Ensayo

Veritas

Hace un par de semanas regresaron a clases 30 millones de estudiantes. Es sólo un decir, porque los regresos suelen implicar desplazamiento; quizá sea mejor decir que la escuela regresó a los alumnos. La idea de utilizar la televisión como medio de transmisión para expandir el alcance educativo no es nueva: en México, desde finales de los años sesenta se inició el programa de telesecundarias y, junto con él, ha habido otros esfuerzos como la Universidad Abierta de la UNAM o el programa de Televisión Educativa del IPN. La intención siempre ha sido aprovechar el potencial de las telecomunicaciones para salvar las brechas físicas que impiden difundir una educación de calidad a todo el país, para todos. Suena bien. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la educación a distancia siempre se ha visto como complementaria a la tradición del aula; está pensada para llegar a esos lugares donde, de otra forma, no se podría. Así que, cuando, en otro revés del 2020, se anunció que este año a nadie le tocarían pupitres ni pizarrones, la noticia no se tomó con demasiado entusiasmo, ni modo.

Las diferencias son muchas, pero este incidente me recuerda al pánico de algunos años atrás cuando Internet seguía siendo una novedad. Con la difusión de una red de transmisión de información completamente nueva y la normalización de las computadoras personales, comenzó a hablarse sobre la posibilidad de que la educación a distancia, hasta entonces relegada a una categoría de segunda, hiciese obsoleto el modelo de educación de élite. Después de todo ¿cómo podría competir un aula de 30 alumnos en una Ivy League frente a un modelo donde un número virtualmente infinito de personas podrían conectarse a un salón digital y aprender directo de las mejores universidades del mundo? La pregunta suena algo tonta, pues no tendría por qué ser un problema masificar la educación del más alto nivel; al contrario, sería una enorme ventaja para alcanzar el sueño de la ilustración.

No obstante, el problema y la pregunta eran otros. Por un lado, es incómodo, pero hay que decirlo: actualmente, la educación es un negocio. Los subsidios al sistema educativo público suelen quitar ese amargo sabor, pero, además del conocimiento y la ciencia, las escuelas y universidades requieren comprar o rentar grandes planteles, invertir en mantenimiento, pagar salarios, hacer campañas publicitarias, llevar registros, pagar servicios y comprar material. En la mayoría de los casos, si alguien quiere lidiar con estos problemas no es por caridad, sino porque es posible conseguir una ganancia. La educación hoy la entendemos como un servicio que se vende y se paga. Así que, cuando de pronto aparece la posibilidad de tener acceso a este bien sin buena parte de sus costos de producción ¿cómo justificar los límites si físicamente ya no hay? ¿Cómo mantener la exclusividad? ¿Cómo mantener las altas colegiaturas? Por el otro lado, hay algunos problemas menos cínicos. Actualmente, es impensable hablar de educación sin hablar de la evaluación: calificaciones, promedios, comparaciones, certificaciones, títulos y boletas son cosas inseparables de ir a la escuela. Ya sabemos que el gusto de estudiar es secundario, y si pasamos de un salón con 30 personas a uno con 3000, incluso si todos aprenden perfectamente bien ¿cómo lo demostramos? ¿Cómo evaluamos? ¿A quién le ponemos 5, 6 o 9? ¿Cómo les dejo saber a los alumnos que aprobaron? ¿Cómo les dejo saber a los empleadores?

Al final, el apocalipsis educativo no ocurrió. A mediados de 2012 Stanford, Harvard, y el MIT anunciaron grandes iniciativas para ofrecer cursos masivos abiertos en línea (MOOCs por sus siglas en inglés) a través de innovadoras plataformas como edX y Coursera. Lo que siguió fue que, desde entonces, muchas de las grandes universidades del mundo tienen sus programas de educación digital. La diferencia es notoria: una maestría en línea de la Universidad de Pennsylvania tiene un costo total de 25,000 dólares, mientras que un año de doctorado en Oxford cuesta aproximadamente 34,000, en Harvard 50,000 y en la Universidad de Chicago 60,000. Sin embargo, incluso con estas diferencias, todo sigue con normalidad, pues la variedad en la oferta educativa para cada modelo sigue siendo enorme; pero, sobre todo, porque que no es lo mismo tomar clase en el aula que en la computadora, y no es lo mismo tener un título que diga lo primero que lo segundo.

En la primaria, aprenderse la geografía de los Balcanes siempre es una pesadilla. Uno se acuerda con facilidad del país de la pizza y los romanos, de los ingleses que anduvieron por todo el mundo o de dónde vienen los Samuráis y las Geishas; pero, cuando llegamos a Albania, Montenegro o Bulgaria, la cosa se pone fea. Desde luego que a nadie le han hablado de la guerra de Bosnia (que la “limpieza étnica” no es una cosa que se le enseñe a las niñas y niños), nadie sabe quién es Tito ni qué es Yugoslavia, eso de los pueblos eslavos suena muy raro, sobre Grecia dejamos de escuchar desde la época de Pericles (vamos unos mil años atrasados) y lo mismo pasa con Roma, que después de los bárbaros ya no hace falta hablar de qué pasó en Oriente. No sabemos nada de ellos pues, pero igual hay que aprenderse los países y sus capitales, de memoria.

En una de esas dinámicas que se implementan para hacer divertido el aprendizaje y que no tenía nada que ver con el examen o la memoria, aleatoriamente nos asignaron un país y nos pidieron presentarlo al salón. A la fecha, sigo recordando con afecto la bandera croata, particular por su patrón de cuadros y por una cabrita que tiene en el escudo, recuerdo la extraña forma de cuña del país (impaciente por quitarle toda la costa a su vecino), y a su capital Zagreb, cuyos sonidos de z y gr siempre me parecieron agradables. Desde luego, toda esta información me ha sido inútil hasta ahora, igual que aprenderme de memoria los países. Tampoco tengo duda de que no ha sido una ventaja para mis empleadores, que las formas se llenan igual de fácil con o sin el conocimiento de esa cabrita. Pero no puedo evitar pensar que hubo algo más valioso en eso que me inspiró al grado de provocarme emoción durante un mundial de fútbol (afición que jamás he compartido) al ver al equipo croata participar.

La urgencia de no frenar ni un instante y llevar la escuela a todos los rincones del país, a como de lugar, proviene de distintos sitios: del lado de la institución, es un modelo productivo del cual dependen dueños y trabajadores por igual; para miles de administrativos, docentes y personal de mantenimiento, el sistema educativo simplemente no puede detenerse, de eso dependen. Del lado de las familias, la escuela es una práctica social indispensable para el funcionamiento familiar, permite la administración del tiempo y habilita la posibilidad el trabajo, especialmente para las madres. Finalmente, para muchos la educación es también la promesa de un mejor futuro y un mejor país; no sorprende que sea por esto último que generalmente se la defiende.

El argumento suele ir por tres lados: Primero, desde el siglo pasado se ha argumentado que los países que invierten fuertemente en educación son a los que mejor les va, y si alguien no ha salido de las vías del desarrollo es probablemente su culpa. Es una postura popular en los países del Norte global, que sin duda tienen sistemas educativos más o menos buenos, pero que también tienen una historia de imperialismo y colonialismo de la que no es muy agradable hablar. Hay algunos casos excepcionales que salen a colación todo el tiempo. Corea del Sur es el gran ejemplo, porque hasta la primera mitad del siglo XX tenía los mismos niveles de desarrollo que México; sin embargo, a partir de los años 70, su crecimiento se detonó y pronto entraron al selecto grupo de países desarrollados, dejándonos atrás. Una de las explicaciones de este crecimiento milagroso es que invirtieron mucho en educación. La historia es más compleja. Para entender el modelo educativo surcoreano hace falta hablar del modelo confucionista, del colonialismo japonés, de la ocupación estadounidense y de la dictadura de Park Chung Hee; pero para muchos eso está de más, hay que invertir en educación para llegar al “primermundismo”, punto.

Segundo, la educación se considera importante porque se ha asociado directamente con la movilidad social. Es esencial mandar a nuestros hijos a la primaria, la secundaria, preparatoria y universidad porque si no ¿de qué van a vivir? Que estudien en universidades reconocidas y de preferencia carreras serias, ingenierías, medicina, derecho, si no ¿cómo van a competir? Y una vez que uno termina más vale ir pensando en el posgrado porque hay que ascender en el mercado laboral. Es, de nuevo, una idea que cargamos del siglo pasado, porque para muchos ese fue el caso: tener una educación universitaria fue lo que garantizó que múltiples familias mexicanas consolidaran su lugar dentro de una incipiente clase media. No obstante, las cosas han cambiado; hoy, tras años de salarios estancados, la educación no garantiza la movilidad, quizás la permanencia; y, en cualquier caso, aprender es lo secundario de todo el asunto.

Finalmente, la tercera defensa es que la educación es un derecho humano y es buena por sí misma. No tengo mucho que decir al respecto. Como la mayoría de los derechos humanos, este argumento es más una bandera aspiracional que nos indica qué cosas nos parecen buenas, qué cosas no; es agradable defender esas causas, pero no nos aclara mucho de ellas. Dice la UNESCO que “por su carácter de derecho habilitante, la educación es un instrumento poderoso que permite a los niños y adultos que se encuentran social y económicamente marginados salir de la pobreza y participar plenamente en la vida de la comunidad”. Volvemos a lo mismo.

A fin de cuentas, nada de esto tiene que ver con la educación, lo que importa es el desarrollo. Es normal. El modelo de nuestro sistema educativo no tiene demasiado sentido si tratamos de verlo con el aprendizaje en el centro. Me agrada la idea de saber que “la mitocondria es la planta eléctrica de la célula”, pero ¿por qué es tan importante que sepa eso? ¿Por qué es tan indispensable que lo sepan todos, que lo sepan ya? Y me surgen otras preguntas: ¿a quién le importa si me saqué 8.7 memorizando los distintos tipos de ecosistemas y 9.3 en la evaluación de morfemas lexicales? ¿Qué significa siquiera ese número? La respuesta es obvia, no significa nada. Pero, esos números tienen una utilidad tremenda porque, según dicen, son los que nos permiten saber quién ha aprendido mejor, quién es más listo; y, evidentemente, a los mejores les toca lo mejor: mejores maestros, mejores salarios, mejores empleos. Dicho de otra forma, es indispensable mantener al sistema educativo andando porque es el pilar de la meritocracia, que no es otra cosa que un modelo para distribuir la desigualdad; y por eso la urgencia, como están las cosas, es importante encontrar justificaciones, la educación está de más.


Fiacro Jiménez Ramírez sigue vivo.

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