Cultura

Nuestras lecturas favoritas de 2020

“¿Quieres sentirte mejor? Deja de leer libros nuevos”, escribió Emily Temple el mes pasado en la plataforma Lit Hub. Temple abogó por desempolvar los estantes y leer libros “viejos” para escapar de los desaires de 2020. Y es que la literatura reciente, aclaró, no ofrece el mismo consuelo que un libro de otra época. Con ese espíritu, ofrecemos esta lista de nuestras lecturas favoritas del año. Abajo recomendamos libros y cuentos recientes, libros con antigüedad respetable, libros viejos, y también, porque no todos buscamos lo mismo en la literatura, libros sobre el futuro. Esperamos que alguno atrape su mirada.

Feliz año nuevo.


De Azucena:

Cumbres borrascosas, de Charlotte Brontë. ¿Qué fuerzas oscuras reinan en este texto? La intensidad del antihéroe que declara: si no hay amor, que haya muerte. La malicia envidiable de la heroína que asegura: yo hago lo que se me da la gana. El lenguaje simplón de la narradora, la sirvienta Nelly, que abre los oídos del joven Lockwood, y los nuestros. Nelly fue testigo de la vida desgraciada de Heathcliff y contarla le produce placer malsano. Cumbres borrascosas es un chisme muy largo ejecutado con maestría. En marzo, cuando se publicaban reseñas de La peste y La montaña mágica para teorizar sobre la epidemia, releer el desamor de Cathy y Heathcliff me ofreció un horizonte limpio y reconfortante.

“Tachas”, de Efrén Hernández. Un joven distraído mira por la ventana mientras su maestro dicta la lección. Las nubes avanzan y se tuercen en el cielo azul. Él ha dejado de atender la clase. De pronto el maestro lo atrapa y le hace la pregunta que inicia el relato: ¿Qué son tachas? Quiere saber si el estudiante ha estado prestando atención. La mirada del joven va más allá y se funde con el pensamiento existencial. “¿Quién va a saber lo que son tachas? Yo, por mi parte, como ejemplo, no puedo decir lo que soy, ni siquiera qué cosa estoy haciendo aquí, ni para qué lo estoy haciendo”. En este cuento, Efrén Hernández presenta la característica definitiva de su narrativa: la libre asociación y el desvarío agudo y sensible. El tren de pensamiento, de un modo u otro, llegará a su destino. Disponible aquí.

Nieve de primavera, de Yukio Mishima. El primer volumen de El mar de la fertilidad abre con los mejores amigos Honda y Kiyoaki, hijos de familias promientes del Japón posterior a la guerra ruso-japonesa. Honda, estudiante brillante y dedicado, permanece en las sombras mientras se desenvuelve el romance entre Kiyoaki y Satoko. El embarazo accidental de Satoko desencadena los hechos más importantes de la novela: hundida en vergüenza, la muchacha corta su abundante cabellera y busca la protección de monjas budistas. En el convento hace un juramento de castidad y renuncia para siempre a su relación clandestina con Kiyoaki. Él la busca, desesperado y herido. Avanza hacia el convento dando tumbos en la nieve. Aunque su corazón se debilita en cada vuelta, las monjas le niegan una audiencia con Satoko. Es Honda, el protagonista verdadero, quien asiste a su amigo. Así escucha la visión definitiva, la que explica los otros tres volúmenes de la tetralogía, en voz de Kiyoaki: “Nos volveremos a ver. Bajo la cascada”. El libro más bello que leí en 2020.

“Opus 123”, de Inés Arredondo. Aunque los relatos más famosos de Arredondo pertenecen a La señal y Río subterráneo, en Los espejos encontré uno distinto, más extenso, que se convirtió en uno de mis favoritos. Pepe Rojas y Feliciano Larrea sufren el desprecio de sus compañeros de escuela y de los patriarcas de sus casas. Sus compañeros los maltratan. Son la vergüenza de sus padres. Los niños perciben, de reojo, la existencia del otro; lo añoran, pero temen acercarse y empeorar la situación. La fijación silenciosa se cimenta, primero, sobre su homosexualidad; pero es el profundo amor por la música lo que los une de manera irrevocable. Este relato de Arredondo describe las consecuencias sentimentales de la homofobia para dos niños que, tímidos, apenas se abren al mundo social. Ambos deben aprender a vertir su felicidad, sus desdichas y penas, en el piano.

Con mis ojos a los muertos, de Magolo Cárdenas. La delicada imagen de una ciudad al noreste de México se vislumbra en esta mezcolanza de narrativa breve, los apuntes y las ocurrencias de Josefa, una alumna de un colegio de monjas, y los anuncios del gobierno municipal. En un apunte, Josefa escribe: “La madre Sorondo supo que habíamos ido a ver Lo que el viento se llevó y dijo: lo que el viento se lleva es su pureza y castidad”. La combinación estrambótica de textos permite que la escritora explote el humor y, a la par, ofrezca la mirada íntima y digna de una narradora-historiadora. Un libro brevísimo y creativo que me hizo reír.


De Armando:

All the Sonnets of Shakespeare, editado por Paul Edmondson y Stanley Wells. ¿Hay algo que pueda ofrecer una nueva edición de los sonetos de Shakespeare? Sí, mucho. Esta edición de Paul Edmondson y Stanley Wells es interesante por dos motivos: por un lado, no se limita a los 154 sonetos que Shakespeare publicó en 1609, sino que incluye los sonetos que están dentro de sus obras de teatro, como los de Romeo y Julieta, Enrique V o Troilo y Crésida. Por el otro, los poemas están organizados cronológicamente. Ambas características rompen con la lectura tradicional de estos textos y permiten mostrar el desarrollo del soneto en la obra de Shakespeare y de su trayectoria como escritor. Esta edición es tan atractiva para las personas que están acostumbradas a la obra shakespeariana como para las que no. Ofrecer una visión nueva de los sonetos en una forma comprehensiva, accesible e interesante es todo un mérito por sí mismo.

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cărtărescu. Los cuentos de El ojo castaño de nuestro amor ondulan entre la tristeza introspectiva y lo grotesco, pero le dan espacio a lo sublime y a una belleza visual abrumadora. Aunque casi todos los cuentos de esta colección remiten a la infancia del autor en la Bucarest comunista, también abundan los pasajes oníricos, el pasado histórico y las preocupaciones ensayísticas sobre la importancia de la literatura, de su herencia rumana y el lugar de la poesía en nuestros tiempos. Este libro, con sus momentos de luz y tristeza iridiscente, tiene una faceta poco usual en los textos de Cărtărescu, alimenta mi sospecha de que no hay un sentimiento humano ajeno a su obra. La brevedad hace que sus cuentos sean accesibles, a pesar de su densidad expresiva y su profundidad. Creo que esa combinación hace que este libro sea la mejor introducción a un autor fascinante y extraordinario.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Por su tema, me rehusé durante un par de años a leer Lolita. Una novela sobre un pedófilo siempre tendrá razones de sobra para ser controversial e incómoda, mucho más si es tan buena. Evitarla fue un error. La repulsión y el rechazo que pueda y deba generar el protagonista se contrapone directamente con el lirismo y la hermosura de su relato. El libro funciona como una advertencia sobre el poder de la literatura y sus peligros, en la que se puede empatizar hasta con las figuras más monstruosas. Se lee como una carta de amor a la lengua inglesa, una exploración de sus sonidos, ritmos y asociaciones. Éste es un libro que hay que leer y, de ser posible, en voz alta. Su musicalidad es sobrecogedora.

La mesa limón, de Julian Barnes. A lo largo del año he regresado varias veces a este libro por sus ternuras inesperadas y su intimidad. Las páginas de esta colección magistral de cuentos están pobladas por personas envejecidas, que ven en retrospectiva sus deseos frustrados, particularmente los sexuales y afectivos. Sus pasados están llenos de relaciones disfuncionales, problemas de comunicación y domesticidades rotas. Me gustaría destacar por su sentido del humor “Vigilancia”, un cuento sobre un hombre desilusionado por la relación con su esposo, que, para desahogarse, comienza a callar a las personas que hacen ruido durante los conciertos de música clásica, así como “La de cosas que sabes”, que es sobre las reuniones de dos viudas que se hacen compañía, a pesar de no soportarse. Es una serie de retratos de nuestra humanidad, y de nuestros intentos de escapar de la soledad e insignificancia, con introspección irónica y delicadeza.


De Marcela:

Ellas hablan, de Miriam Toews. Con poco menos de 200 páginas, esta novela pesa. No pesa como el golpe de un martillo o una bola de demolición, pesa como el cansancio. Las mujeres que la protagonizan, habitantes de una comunidad menonita y víctimas de violación en masa, están en el proceso de dibujarse una nueva manera de existir. Los futuros que trazan, las estrategias que crean, los planes que solidifican con temor y gozo tienen una materia en común: el lenguaje. ¿Se irán de sus hogares o se quedarán a pelear? ¿Vale la pena quedarse por sus hijos, por el resto de los hombres? Ellas hablan, discuten, ríen, filosofan. Siempre lo han hecho, sólo ahora las escuchan.

Apegos feroces, de Vivian Gornick. Encontrarte en la figura, el habla, el rostro de tu madre. Pasar una vida juntas que no parece beneficiar del todo a ninguna. Gornick acude a la agudeza y al humor negro para hacer un recuento de su complicada relación con su madre desde la infancia hasta la madurez. Los diálogos que pueblan estos recuerdos hacen de este libro una novela perfecta, por más que sus personajes sean “reales”. A lo largo de todo el texto se encuentran, también, las reflexiones ensayísticas de la autora sobre la labor de la escritura, tan vigentes a finales del siglo XX como ahora.

Una vida de pueblo, de Louise Glück. La poeta que ha estado en boca de todos encuentra en este libro, como en el resto de su obra, el equilibrio entre sensibilidad cortante y austeridad. Una colección de poemas que se nutren de las praderas, las plazas de pueblo, los picnics en la hierba. Un medido, apacible y merecido descanso en medio del encierro. No culpemos a la poeta por las complicaciones relacionadas a la distribución de su obra, por su fama repentina. Leámosla.

La mancha humana, de Philip Roth. Roth conocía verdaderamente a los seres humanos, sus vicios, anhelos y maquinaciones. Su prosa expone en todo momento qué hay detrás de las palabras de la gente, evidencia la esencia oscura de todo lo que pasamos la vida negando. Esta novela, la última de su aclamada Trilogía americana, es su obra maestra. Una crítica a la academia norteamericana cruzada por una sociedad que se regodea con el escándalo entre Bill Clinton y Monica Lewinsky, da rienda suelta a su racismo después de los atentados del 9/11 y encuentra en la moral barata una droga que no ha podido dejar.


De Fiacro:

El planeta inhóspito, de David Wallace-Wells. Es difícil creerlo, pero iniciamos el año hablando de incendios, no de virus. A la distancia parecen algo menor, no sospechábamos lo que venía. Pero no lo son. Ése es el futuro que nos aguarda, y no prestar atención significa que cuando finalmente podamos salir a las calles será para intentar apagar el infierno. El planeta inhóspito es una recomendación obligada. Su lectura es depresiva, pero ahí radica su doble valor: no hace ningún esfuerzo para maquillar el horror que nos deparan las próximas décadas y tampoco cae en la trampa de presentarlo en el estéril lenguaje de la ciencia, que eso no moviliza a nadie. David Wallace hace un fenomenal trabajo en presentar las distintas aristas del problema, si todavía podemos llamarlo así, que tenemos en frente; y como dice la primera línea del libro: la cosa es peor, mucho peor, de lo que imaginamos.

Tales of Two Planets, editado por John Freeman. Uno de los desafíos más importantes de la crisis climática es la manera en que hablamos de ella, nuestra imaginación estéril. Incluso ahora, nuestras soluciones son patéticas: poner impuestos y, a lo mucho, sacarle el carbón al aire con ventiladores que aún no existen. Buena parte del problema viene de que no nos hemos dado a la tarea de crear buena ficción sobre nuestro nuevo futuro. Si las cosas salen bien ¿cuándo? Si vamos al despeñadero ¿cómo? ¿quiénes? El compendio de historias de Tales of Two Planets es un buen punto de partida para plantearnos cómo se ama en un planeta donde los árboles se mueren, cómo se vive en ciudades desbordadas de orina y heces, y por qué importa tanto la vida de un gorila llamado Bruno.

The Southern Reach Trilogy, de Jeff VanderMeer. Históricamente los alienígenas han sido víctimas de las peores adaptaciones de monstruos en la cultura popular. Posiblemente desde el debut en radio de La guerra de los mundos no haya habido algo a la altura del tema. Por eso me pareció agradable descubrir la adaptación de Netflix del primer libro de la trilogía de Jeff VanderMeer. La aparición antropomórfica del final no es una traducción fidedigna del horror que transmiten los libros, pero no le debe a la inquietud. Dicho eso, para la escala cósmica, la lenta desenvoltura que es el misterio del Área X y las torres que crecen de arriba para abajo, no hay de otra más que remitirse a los libros. Estoy haciendo una pequeña trampa al incluir una trilogía, pero para el lector apresurado al menos Aniquilación bastará.

Dune, de Frank Herbert. No es sencillo adentrarse a la saga de Frank Herbert: además de que el primer volumen tiene las dimensiones de un tabique, no ayuda mucho que los primeros capítulos están repletos de explicaciones y alusiones a un mundo desconocido. No obstante, los cimientos rinden frutos. Encima del detallado universo de Dune hay una trama de intriga política, épica galáctica y un planeta interesante por sí mismo; y a pesar de que las referencias históricas (las visiones jihadistas o la estructura imperial casi calca del Sacro Imperio Romano Germánico) son quizás demasiado evidentes, no deja de ser agradable encontrarlas en un contexto tan distinto.

Además, con la adaptación de Villeneuve a la vuelta de la esquina, es un excelente momento para adentrarse en la saga. Finalmente, si me compran la urgencia de sentarnos a imaginar el futuro, la ciencia ficción es uno de los géneros literarios más ricos. Dune no es la excepción.

Sontag: Vida y Obra, de Benjamin Moser. Es una tarea intimidante animarse a escribir la biografía de Susan Sontag. Por si no fuera suficiente que buena parte de su obra es incomprensible si no se tiene cierto dominio de los clásicos (lo que sea que eso signifique), adentrarse en el entramado de su vida sólo la vuelve una figura más imponente. Moser hace un estupendo trabajo presentando las cosas que decide presentar; y si bien hay que tomarse la narrativa con un grano de sal (también las biografías presentan lo que el escritor dice, no lo que realmente sucedió), la biografía de Sontag es una lectura estupenda para las vacaciones, perfecta para echarse un capítulo por noche.

Narrativa

Canción del fuego fatuo

Apenas se asoman los primeros rayos del sol cuando abres los ojos. Dormiste mal, con el rostro dirigido a la pared y te deslumbra la mañana. Sudas, y hay poco tiempo para procesar lo que soñaste. Tienes mucho que hacer. Recuerdas que estabas en una feria, de esas que se ponían en el parque a la vuelta de tu casa. Ibas cada año, hasta que tu hermano creció demasiado para esas cosas y tu papá dejó de tolerar el ruido de la gente. Después fuiste con tu mamá un par de veces, pero ya no era lo mismo. En tu sueño estabas con ella, y todavía puedes ver el carrusel de platón perdiendo sus contornos resplandecientes. Los caballitos con piernas de plástico rojo se multiplicaban hasta convertirse en uno circular, que cargaba sombras color terracota en su lomo infinito. Te sentabas en los escalones del Monumento a Álvaro Obregón, donde estuvo el restaurante en el que lo mataron hace casi cien años. Eras todavía más pequeño entre las estatuas monstruosas de dos mujeres de granito. Una sostenía un martillo, otra una mazorca. Tosías con una voz que retumbaba en tu diafragma (no era la tuya) y tus dientes se caían. Todos. Eran negros y puntiagudos, como puntas de flecha de obsidiana, de esas que venden para los turistas en las pirámides. No sabes si tu sorpresa fue mayor a tu horror. Bajaste apurado los escalones sin regresar la vista al monumento. Llevaste el puño de piedras negras a tu mamá y te dijo que no te preocuparas, mientras ponía su mano cálida y suave sobre tu cabello. En ese entonces, todavía brillaba.

Quitas la almohada de entre tus rodillas. Te estiras. Vas a estar muchas horas en el escritorio y no quieres que te duelan tanto. Revisas tu celular. Son las seis y trece, pronóstico de siete grados, parcialmente nublado, con 30% de probabilidad de lluvia. No tienes respuesta de Helena. Seguro dijiste algo que no le gustó. Te levantas de la cama, agradeces que conseguiste un cuarto con baño y prendes el agua caliente de la regadera, escarbas el par de ropa interior limpia que te queda, la playera del día anterior, los jeans del lunes y te metes a bañar. El jabón es del tamaño de una almendra, debiste haber traído más. Habías llenado la maleta de libros, empacaste un camino de cama y un cojín de Tenango de Doria, pero no trajiste suficiente jabón. A ver cuándo te da tiempo de ir a la ciudad por esas cosas. Te secas y vistes. Metes la ropa sucia y las toallas a la inmensa bolsa amarilla que tiene escrito con marcador, en letras de molde, el nombre de tu hermano. Supones que tu mamá lo garabateó cuando él se tuvo que ir de campamento, para que no se perdiera o no se lo robaran.

La escuela los sacaba a acampar cada primavera desde la primaria hasta la prepa. La primera vez que te iba a tocar, lo cancelaron por la influenza H1N1 y, en secreto, sentiste alivio. No tuviste suerte las siguientes nueve veces. Te parecía espantoso salir del hogar. Mucho más todavía cuando es para estar rodeado de niños hiperactivos en lugares con humedad, lodo, mosquitos y sol, todos crueles. Los últimos dos campamentos fueron después de que se te abriera el mundo a los sentidos, e ir a la naturaleza ganó un encanto muy particular. Ahora sientes que antes de esos años no estabas vivo, que todo pasaba frente a tus ojos de perro triste como si estuvieras desconectado de la realidad y sólo hubieras existido en los libros. Siempre te ha costado trabajo no estar en la luna. Tenías diecisiete años cuando empezaste a intentar verle cara de Rin a cada riachuelo y de Alpes a cada cordillera. La primera vez que viste el amanecer fue en uno de esos campamentos, cuando los niños inclementes ya estaban hormonales. Fueron a Veracruz, al lago de Catemaco, donde están los brujos. Te acuerdas de oír, a lo lejos, los gritos de la isla de los monos. Te despertaste con sus alaridos de la madrugada y fuiste a la orilla del lago. Viste al sol como un disco rojo tenue, y las islas, el agua y el horizonte sin estrellas se confundían en un azul pálido, casi blanco. Sentiste un dolor profundo en el pecho por ser la única persona viendo eso, que se perdería para siempre. Tienes la imagen clara todavía, pero no sabes qué tanto la contamina su similitud con esa pintura famosa. Te impresiona que la memoria distorsione tanto. Crees que eso te pasa con frecuencia. Te frustra cómo lo real se desvanece entre lo que relacionas y tus ideas. Te aterra vivir dentro de tu cabeza.

Bajas las escaleras y entras a la cocina. Te haces de desayunar. Hueles la leche y te das cuenta de que ya está mala, entonces le pones agua a los corn flakes. Te los comes sin pensar y te haces un café soluble. Ambos son casi insaboros, pero cumplen su función. Ves tus ojeras de autoexplotación en el reflejo del agua con cereal. Deberías dormirte más temprano o despertarte más tarde, pero tienes mucho que hacer. No ayuda que los vecinos hagan fiesta a cada rato, a pesar de (o quizá a causa de) la pandemia. Dejas tus trastes sucios en el lavabo y ves que no tienes mensajes. Quizás se descompuso su teléfono, o está muy ocupada. Decides dejar de darle vueltas al asunto y subes a tu cuarto. Buscas Antígona en el librero. Pones un dedo encima del lomo del libro, lo inclinas, luego lo tomas con tu pulgar y dedo medio, lo sacas, y tienes un mundo entero en las manos, una caricia de humanidad, de sus pasiones, su dolor y su sosiego. En este caso, las de un griego muerto hace más de dos milenios y medio. No le das importancia y lo guardas bajo el brazo. Tienes que acabarlo para mañana. Te pones tu tapabocas y casi sales de la casa de estudiantes así, pero recuerdas que necesitas guardar el camino y el cojín, deshacer la cama, meter las sábanas y cubiertas en la bolsa, y que te falta el detergente en cápsulas.

Bajas las escaleras jorobado por el sacote amarillo en la espalda. Vibra tu teléfono, pero no es la respuesta. Es uno de esos correos de la universidad sobre el virus, pidiendo que no cunda el pánico. Te preocupa más el silencio que el virus. Puede ser que la aburriste y que su tiempo sea demasiado valioso como para que te conteste. Sales de la casa, cierras con llave y empiezas a caminar sobre Hull Road. Aprietas el paso: no tuviste en mente el frío cuando saliste. Cuando la calle se convierte en Lawrence Street, te sospechas invasor. Aceleras más y sacas el libro con tu mano derecha. La izquierda sostiene el saco y te comienza a doler la fricción con sus hilos. Con dificultad por los lentes empañados, empiezas a leer para no enfrentar las ventanas del edificio de la esquina. Te sientes más en paz cuando cruzas la muralla y ves la lavandería de Walmgate. Apenas abrió, entonces sigues solo al entrar. Pones capsulitas de detergente en dos lavadoras, las llenas y empiezan a dar vueltas. Te sientas en el piso tibio y devoras los primeros dos episodios de la obra. Luego recuerdas que tienes que limpiar los trastes y tirar la leche, entonces sales, caminas con velocidad por el frío, evades la mirada del edificio de la esquina, abres la puerta de la casa estudiantil, te lavas las manos, te quitas el tapabocas y entras a la cocina. Todavía no hay respuesta, por el cuarto día consecutivo. Seguro has revisado tu teléfono un centenar de veces desde entonces. Desactivas las notificaciones. Enjuagas el tetrapack de la leche y lo haces pequeño, lo tiras en la basura inorgánica, casi llena. Vas a lavar platos y pones una playlist de boleros tristes.

Una amiga y tú habían hecho un grupo de los estudiantes hispanohablantes. Primero eran cuatro: una española, una guatemalteca, una venezolana y tú. Helena llegó después, cuando eran como veinte. No te había llamado la atención hasta que te marcó un día para pedirte ayuda con el cambio de número de teléfono. Resultó que vivía en Lawrence Street, a pocas cuadras de tu casa y que ella era la única persona cuarentenada en su vivienda, así como tú en la tuya. Empezaron a platicar en sesiones largas de hilos de treinta o cuarenta mensajes. Luego decidieron caminar por los edificios alrededor de los de ustedes y ver cómo cambiaban las hojas. Te sorprendió la manifestación del otoño: ver que las hojas no salían amarillas o naranjas, sino que se iban colorando de adentro hacia afuera, como si un fuego naciera de su centro y las preparara para extinguirse. Pronto, caminar con Helena se convirtió en algo hogareño. Lo primero que te atrajo de ella fueron sus ojos, profundos y abiertos, como de avellana silvestre, con una pupila apenas discernible. No sabes si te gustan tanto porque el cubrebocas tapaba prácticamente el resto de sus rasgos faciales. Caminaban por ahí de las seis y veían los atardeceres sobre el río Foss. No ayudaba que no habías conocido a personas nuevas desde que te encerraste en México en marzo. Querías ver su sonrisa.

La última vez que caminaron fue un poco más en la noche. Faltaban cinco días para que llegaran sus compañeros de piso, así que intentaron sacarle todo el jugo a la soledad. Con dos metros de distancia entre sí, se apoyaron en el barandal del puente sobre río y vieron un rato largo los patos asomándose a las profundidades. No dijeron nada por varios minutos. Veían cómo la luna iluminaba todo y pintaba cientos de pequeñas hojas de plata sobre el agua. Unos faros y la luz de un súper oriental rasgaban a la masa oscura con reflejos azules, rojos y amarillos. El silencio se extendió como el cristal sobre la llama. Te volteó a ver y te sorprendió que dos puntos pudieran ser tan expresivos. Pasaron un par de minutos, o capaz que no. Te dijo que le daba emoción ver nieve por primera vez y propusiste algunos planes ambiguos sobre el invierno, en el caso de que no pudieran regresar a casa. Ahí le pudiste haber dicho. Pudiste haberle dicho que te atraía. Que querías que te enseñara el último rincón de su ciudad natal. Que querías acercarte. Que querías tomar su mano. ¿Pero qué tal que todo estaba en tu cabeza? Crees que te haces ideas. Te lo han dicho hasta el cansancio. Además, seguramente no es tan difícil sentir eso por cualquier persona frente a un río, con los patos, el silencio, la luna y la distancia. ¿Para qué apresurarse con algo que puede lastimar tanto? Y no eres el tipo de persona que haría cosas así. Siguieron hablando de la Navidad. Regresaron a su puerta. Era la última oportunidad. Sólo le deseaste una linda noche. Seguiste hasta Hull Road. Fuiste a la casa estudiantil, te lavaste las manos, subiste a tu cuarto, le mandaste un par de mensajes para llegar a la pregunta que querías hacer y nunca los contestó.

Seguramente dijiste algo que la incomodó. Bajas, te pones el tapabocas, abres la puerta de la casa. Puede ser que hayas sido demasiado insistente. Caminas con prisa viendo al piso hasta llegar a la lavandería. Tal vez sólo te quería tener ahí hasta que pudiera interactuar con más personas. Entras, te vuelves a sentar en el piso. Te duelen las rodillas. Quizás ni siquiera le caías bien. Sigues con el tercer episodio de Antígona. Creonte le dice a su hijo Hemón que recuerde que lo que abraza se torna frío en sus brazos. De ahí al final de la obra, Sófocles te hace pedazos. Te quedas unos tres minutos viendo cómo tus cosas dan vueltas y hacen círculos perfectos, casi hipnotizantes. Desdoblas la bolsa amarilla, metes todo ahí y regresas a tu cuarto. Pasas las dos horas que siguen colgando ropa, viendo tutoriales de planchado en la computadora e intentando planchar tus camisas. Regresas Antígona al librero. Revisas el teléfono. Está por llegar la hora en la que México se despierta, entonces te toca decidir entre dormir un par de minutos o empezar a resolver tus pendientes para la semana. Optas por lo primero, para no notar el silencio. Intentas apagar tu cabeza, te acuestas en la colcha y cierras los ojos.

Soñaste que estabas en una exhacienda, de esas que ahora son hoteles llenos de alemancitos y que visitabas durante los años de tu infancia en los que era seguro viajar por México. Estabas en el patio central, veías las vigas de madera oscura que sostenían un techo de losas, el cielo era azul, no tenía nubes, y las paredes eran blancas. Helena estaba sentada sobre una fuente de piedra. Suponías que, si no le decías algo en ese momento, no tendría sentido volver a dirigirle la palabra. Te acercaste a la Helena del sueño, le dijiste que no querías incomodarla de ninguna forma y que sabías que se iría pronto, pero que, si no le decías todo, te arrepentirías siempre. Te importaba que eso no fuera a crear distancia entre ustedes. Te decía que tenía bastante en qué pensar y no volvías a saber nada de ella. Nunca. Quizás sólo fue amable contigo.

Despiertas diez horas después. Bajas a la cocina y pones agua a hervir. Sacas un cilindro blanco del cajón al lado de la estufa. Ves las instrucciones. Ésta era inglesa, pero quería parecer china. Por primera vez en tu vida, doblas la tapa de una sopa instantánea y sacas un polvo rojo. No sabes qué hacer. Vuelves a leer las instrucciones. Cuando silva la tetera, viertes el agua en el recipiente, le pones el polvo y lo vuelves a cerrar. No sabes si te salió peor lo de Helena o tu sopa. Recuerdas que la pandemia de tu niñez no te afectó mucho y hasta te alegró. Dos semanas de encierro para un niño privilegiado y ensimismado no son nada. Te preguntas si Helena tiene pecas o algún lunar en su rostro y suspiras. Abres la sopa, huele dulzón, demasiado. A veces sólo piensas que te gustaría tener algo, lo que sea, en tus brazos, aunque se enfríe y tus brazos se desmoronen. Luego te acuerdas de que hay más entre nuestros brazos de lo que es aparente, que sólo es un día malo y que vienen otros. No necesariamente mejores. En el esquema grande de las cosas, nada de esto importa. Se te olvida la sopa y subes a arreglar tus pendientes.

Narrativa

Veinte variaciones ouilipianas sobre dos versos de Alejandra Pizarnik

00 Aria (texto original)

¿Sabes tú del miedo?

Sé del miedo cuando digo mi nombre.

01 Reorganización alfabética

 AA BB C DDDDDD EEEEEEE G IIII LL MMMM NN OOOOO R SSS T UU

02 Anagrama

Mío Cid: en ruidos gélidos se la tomen de lamen, médium debe boa.

03 Lipograma en c, f, h, j, k, p, q, v, w, x, y, z

 ¿Sabes tú del miedo?

 Sé del miedo cuando digo mi nombre.

04 Lipograma en a

¿Tienes miedo?

Tengo miedo si digo mi nombre.

05 Lipograma en s

¿Conoces al miedo?

 Conozco al miedo cuando digo mi nombre.

06 Traslación (S+7)

¿Sabes tú del mielítico?

Sé del mielítico cuando digo mi nominal.

07 Traslación (V+1)

¿Sacralizas tú al miedo?

Sacralizo al miedo cuando declamo mi nombre.

08 Una letra menos

¿Sabes tú del miedo?

Sé del miedo cuando dio mi nombre.

09 Tres letras menos

¿Sabes tú del mido?

Sé del meo cuando digo mi nombre.

10 Negación

¿No sabes del miedo?

Sé de la calma cuando digo mi nombre.

11 Reducción

¿Miedo?

Sé del miedo cuando digo mi nombre

12 Otra reducción

¿Sabes tú del miedo?

Mi nombre.

13 Doble reducción

¿Miedo?

Mi nombre.

14 Mínimas variaciones

¿Sabes tú del medio?

Sé el de en medio cuando digo mi hombre.

¿Sabes tú del hielo?

Sé del hielo cuando higo mi hombro.

15 Pésimas traducciones en ida y vuelta

¿Sabes tú del miedo?

Sé del miedo cuando digo mi nombre.

Do you know fear?

I know fear when I say my name.

¿Conoces al temor?

Conozco al temor cuando afirmo mi reputación.

Have you met awe?

 I meet awe every time I affirm my reputation.

¿Conoces a la admiración? 

Conozco a la admiración cada vez que ratifico mi reputación.

16 Spanglish

¿Sabes tú del fear?

Sé del fear when I say mi nombre.

17 Haiku

¿Sabes del miedo?

Sé del miedo al decir

mi propio nombre.

 18 Inventario de sustantivos

El miedo

El miedo

Mi nombre

19 Efe

¿Safabefes tufu defel mifiefedofo?

Sefe defel mifiefedofo cufuafandofo difigofo mifi nofombrefe.

20 Literatura definicional (Diccionario del español de México)

¿Sabes tú de la sensación que se experimenta ante algún peligro, posible daño o ante algo desconocido, y que se manifiesta generalmente con pérdida de la seguridad, actitudes poco racionales, temblor, escalofríos, palidez?

Sé de la sensación que se experimenta ante algún peligro, posible daño o ante algo desconocido, y que se manifiesta generalmente con pérdida de la seguridad, actitudes poco racionales, temblor, escalofríos, palidez cuando digo la palabra con la que se me distingue.  

00 Aria (texto original)

¿Sabes tú del miedo?

Sé del miedo cuando digo mi nombre.

reseñas

«Hebras» de Esther Seligson

Lo que mueve a Seligson es el paso desenfrenado del tiempo, la infancia, la familia. Las despedidas. Así lo revela la autora desde el epígrafe de Edmond Jabès: “Todo libro se escribe en la transparencia de un adiós”. Hebras tiene el tono de un texto que se escribió de manera impúdica. Aquí no hay pretensión alguna de separar la emoción propia y su consecuencia intelectual.

En “Luciérnagas en Nueva York”, la escritora le habla a su nieta recién nacida. ¿Cómo ha sido la vida desde tu nacimiento?, parece preguntarse, y así redescubre el jardín de la casa que habitan tres generaciones de mujeres: las plantas y los bichos minúsculos, el atronador ladrido del perro, las fragancias de los nuevos pétalos. La perspectiva romántica predomina en la descripción de los espacios, en el agradecimiento por la sola posibilidad de vida y su manifestación en la nieta, porque con ella la abuela renació.

Redescubro contigo lo que de por sí es único y pronto olvidamos sumergidos en nuestras rencorosas soledades de adulto. Y lleva razón el poeta al reclamar del alma su infantil capacidad de asombro, de entrega, de anhelo

Estamos bebiendo café en la terraza del Centro Cultural Elena Garro. Hay una fuerte corriente de aire y hablamos apretando los vasos humeantes. Es invierno, no sé de qué año. Tampoco sé cómo saco el libro a colación. El punto es que Marcela me dice: No me gusta Seligson, es muy rosa, muy meh. Literatura rosa. Me quedo pensando. ¿No es otra forma de referirse a su narrativa como «prosa poética»? Eso ya lo escuché en otro lado. ¿Por qué me gusta a mí?

No entiendo cómo se modera el lenguaje poético, si debería hacerse siquiera. Aceptamos una verdad irrefutable: Chéjov es el maestro del cuento porque muestra al lector “lo que sucede” y no elabora en cosas que “no aportan” al relato (ahí suele terminar la afirmación, difícilmente alguien se aventurará a complejizarla). La conclusión es obvia: se desalienta la manipulación excesiva del lenguaje. Quizá no hay respuesta. Hay autoras como Seligson que reconocen y celebran el papel fundamental de las emociones en la creación literaria; y otros que la acusan de melodramática o chantajista, pues creen que dirige al lector, lo obliga a la experiencia estética.

Los complejidad de los primeros movimientos infantiles avanza a la par del lenguaje. En la infancia es imposible nombrar lo que acontece, y después, cuando podemos formar palabras, hemos olvidado lo que sintieron nuestros dedos al palpar por primera vez. Por eso la narradora se esmera en plasmar las impresiones que atestigua en su nieta (su reacción ante el sonido de las campanas, los ojos luminosos del gato sobre la maceta, las flores de tallo alto y pesado), con la lucidez que sus años le permiten: sus palabras están dirigidas a la niña futurizada, la lectora adulta.

La fijación en el lenguaje y la edad, y la fascinación por el asombro infantil, se repiten en “Retornos”:

Si tornara a vivir de nuevo, me gustaría ser una de mis nietas, que me cuenten las historias que conté y me contaron, abrir desmesuradamente los ojos, oídos y memoria, empalmar sin tregua amaneceres y crepúsculos, redescubrir el gozo de cada saber, las texturas del color, la inagotable filigrana de las letras que van haciéndose sílaba, vocablo, palabra, dibujando en el aire […]

Seligson, en el afán de volcar sensaciones y contactos primitivos en su escritura, acude, inevitablemente, a la poesía. Su prosa va y viene cual gato aburrido, entre la sutilidad estética y la descripción explícita. Aquí radica su encanto o fatalidad, dependerá ya del lector: en sus abstracciones del mundo y su audacia para notar las cosas más pequeñas, como “la mariposa atrapada entre el vidrio y la tela de alambre en la ventana, que empezaría a aletear en cuanto disminuyera la luz”. El relato rinde homenaje a la inspiración creadora.

El lector puede desgastarse por el tono romántico de la narrativa, pienso, si la lectura se reduce a un conjunto de adornos o frases rimbombantes. Si la prosa se sostuviera por completo en la combinación de palabras fortuitas, la narración sería pretenciosa, cansada, exhibicionista. Me gusta Seligson porque supo conciliar el relato y la unión entre el lenguaje y su sensibilidad; la forma y el estilo, me entero después por personas que saben mucho; o lo que se ve y lo que no se ve, para la mayoría. En Hebras lo memorable no es lo que sucede, sino lo que se muestra: la casa de la abuela, la madre joven, el acercamiento a las manos infantiles, el jardín que crece sin algo que le detenga, como planta trepadora, devorándolo todo.

La infancia es una oportunidad fugaz de cercanía física con el mundo. Pero el retorno a la infancia, a través de otro, también es una oportunidad de redescubrir la palabra y lo místico. “Jardín de infancia” es el relato fantástico de otro jardín, evocado por el sueño de una narradora sobre “el niño que fue y la niña que quiso ser y la niña que fue y el niño que quiso ser”. En el sueño, los niños emprenden la búsqueda de “la puerta de las siete alegrías” por invitación de serafines alegres pero de origen dudoso, quienes recitan adivinanzas y cantan música conocida: naranja dulce limón partido, dame un abrazo que yo te pido, reproduce Seligson, y el final del relato llega, brutal, con un destino trágico que ya se insinuaba en imágenes previas:

Al alba los ángeles recogen los cuerpos de los niños destrozados entre las patas de los caballos igualmente descabezados…

Despierto. La mariposa sigue ahí. Recuerdo que, mucho antes de saber quiénes eran, yo ya había escrito sus nombres en mis cuadernos escolares.

De tin, marín,
de do, pingué,
cucara, mácara,
títere fue.

De los relatos y textos que componen Hebras, destacan los que juegan con visiones alucinantes y fantasmagóricas, con la extensión del mundo onírico en una realidad aparatosa. Y como los niños que buscan lo inasible, el lector lee y relee en busca de significado. Hemos entrado al reino infantil de las canciones y las rondas. El lenguaje se endulza con la provocación de la memoria y la nostalgia, porque basta un verso para ubicar en geografía, remitir a una vida cotidiana específica, a la propia infancia. ¿Pero qué significa? ¿Significa algo, hay acaso un motivo trascendental de la escritura que el lector puede desentrañar, o es la pura compilación de lo que, para Seligson, fue la belleza? Es ese pensamiento, agraciado por la ambigüedad, el que seduce. No hay falta.

Seligson, Esther, Hebras, México, Ediciones sin nombre, 1996.

Narrativa

Temporada de Jacarandas

I

Llevábamos pocas horas bajo la sombra de las flores incandescentes del flamboyán. El sol era implacable, casi como un desafío contra la lluvia de la noche anterior que llegó a empapar la madrugada. Las grúas del seguro eran más lentas de lo usual por las vacaciones de Semana Santa. Ya era la quinta vez que repetía la misma descripción insatisfactoria: “Le entregué el coche al valet como a las ocho. Hora y cuarto después, me regresó las llaves y nos dirigió hacia donde estaba estacionado. Nos enseñó que no encendía y se fue. Lo revisamos y nos dimos cuenta de que alguien abrió el asiento del copiloto y se robó la computadora del coche. Ahora no funciona y el valet ya se desapareció.” Me dolía inmensamente que esto hubiera pasado a dos cuadras de la escuela en la que estuve dieciséis años. Me quería ir a casa, pero mis opciones se reducían a quedarme sentado en la acera junto a un charco mientras llegaban los del seguro o ir al Ministerio Público y explicar lo mismo otras tres o cuatro veces. Opté por la primera. Después, Sofía me acercaría a Chimalistac, pero en ese momento el calor se me hacía insoportable y sólo quería encontrar un refugio. Cerrar una puerta con llave, la que fuera.

Sofía y yo estábamos sentados en el lado de la calle que tenía sombra, a pesar de que la coladera estaba tapada y la acera estaba arrugada y quebrada por la fortaleza de las raíces del árbol de lumbre. El agua polvorienta ocultaba las suelas de nuestros zapatos, pero era preferible a estar del lado del sol. Las fresas silvestres y las diminutas flores blancas escondían la peregrinación de hormigas en el submundo del pavimento roto y me hicieron olvidar momentáneamente que me habían robado y que habían convertido a Vincent (mi coche, llamado así porque un camión le voló el espejo izquierdo en un cuello de botella) en poco más que una cáscara de metal azulado. Cuatro horas antes, la nostalgia me había vencido y convencí a Sofía de ir a desayunar chilaquiles verdes al restaurante en el que comía solo en la prepa todos los jueves mientras leía. Ahora, ella me acompañaba por solidaridad y me propuso llevarme a casa cuando llegaran los del seguro. Salvo por una llamada a la policía y otra al seguro, la espera había sido silenciosa, hasta que le llegó un mensaje a Sofía, lo vio de reojo y me preguntó si ya me había contado de Miranda. Dijo que la había conocido tres años antes, en la Facultad de Música, porque estaban en la clase de solfeo y ambas traían el mismo suéter amarillo. Yo tomé una rama corta y empecé a mover los pétalos rojos que flotaban en el charco. Imaginé un naufragio mediterráneo en aguas turbias. Cada vez que se hundía la embarcación, conseguía otra para perderse también en la oscuridad y recordé aquellas líneas que Kipling atribuyó a marineros fenicios:

Dioses, no me juzguéis como un dios,

sino como un hombre

a quien ha destrozado el mar.

Uno no puede evitar maravillarse ante un mundo en el que coexisten el polvo y las flores.

Sofía relataba que Miranda era perfecta: también estudiaba letras clásicas, hablaba ruso, latín, griego, alemán, etcétera, etcétera. En una de ésas, hasta acadio. Y llevaban tres años dándose vueltas como zopilotes hasta que le ofrecieron una beca en la Universidad de Padua. El día en el que Sofía me acompañaba con paciencia infinita y demasiada generosidad, Miranda había llegado a Roma y esperaba su segundo vuelo. No se volverían a encontrar. Después, describió durante quince minutos cómo a Miranda le encantaba irse al bosque a acampar llevando sólo un cuchillo. Me hubiera gustado imaginarla como el tipo de persona que, si se peleaba con Dios, pensaría que ella tenía la razón, pero sé que Sofía tiene mejor juicio.

Le pregunté si estaba bien o si quería hablar de ello, pero me dijo que prefería no hacerlo. En cambio, me preguntó cuál era el mejor partido que había dejado ir. Mi mente se fue inmediatamente hacia Abril y, después, hacia una serie de incógnitas ociosas: ¿existe un mejor partido? ¿La dejé ir? ¿O más bien me expulsó de su vida? La respuesta corta —y la que murmuré— es que no lo sabía. La respuesta larga empezaba por decir que “Cuatro años y tres semanas antes de ese domingo de Semana Santa…”. Pero me quedé con la corta, porque me aterran las palabras. Decir (o peor aún, escribir) algo es dar una sentencia de realidad, es casi admitirlo, darle una forma en el mundo.

II

Cuatro años y tres semanas antes de ese domingo de Semana Santa, intenté empujar la puerta del café “La serpiente emplumada”. No tuve éxito. Mis manos tiritaban un poco por el frío y más por los nervios. Dejé los guantes en Vincent, que estaba en la agencia por su oreja mochada. Me vi obligado a levantar la vista del piso tapizado con flores parecidas a cuernos violetas y a acomodar mi mochila con cosas para el gimnasio y la universidad. Pensé que, cuando estuviera sentado con Abril, ella me preguntaría qué cargaba y le diría jugando que mi traje de antropólogo. Así le explicaría que estaba haciendo una etnografía que intentaba estudiar los rituales de los hombres en los gimnasios, casilleros y regaderas y podríamos bromear, para romper el hielo. Pero no me preguntó nada sobre eso.

Vi la etiqueta sobre la manija y jalé la puerta de metal negro. Empequeñecido, entré al café con una pena agigantada. Entonces, al igual que ahora, no sabía cómo actuar en ese tipo de situaciones. El café tenía dos pisos: el primero era de piedra desnuda y vigas de hierro cubiertas de pseudopoemas puestos con magnetos por los comensales. Un haikú particularmente malo decía Evening to whisper/ Silent dawn around your lips/ A thunder to cry. Nunca me conmovió, pero todas las veces que regresé al café lo vi, ridículo, invicto y separado del resto, a la altura de mis ojos. En la esquina del lado derecho de la puerta había una tarima con una periquera vacía, un micrófono negro mate y una guitarra acústica de verde chillón, de esas que no necesitas escuchar para saber que estarán desafinadas. Al lado, una chica con un impecable suéter blanco tejido leía La sonata a Kreutzer mientras ignoraba su pollo a la salsa bernesa. Más ignorado aún estaba su acompañante, que la veía con algo que podría parecer fascinación, pero quizá se confundía con una extrañeza absoluta. Había una barra en el fondo, que anunciaba smoothies de yogur griego con moras.

Di unos pasos y me oprimió ver a Abril en el segundo piso, con un vestido negro lleno de pétalos azules y un suéter con cuello redondo. Me encantó cómo resaltaba su cuello esbelto. Las manos alargadas de Abril escondían un tarro de cristal con hielo morado. Sus rasgos eran tan definidos y pálidos que, si no hubiera sido por la intensidad de sus ojos, la hubiera dado por mármol. Pasé junto una mesa con dos estudiantes peleándose por su trabajo final sobre la polarización de las elecciones estadunidenses (o algo así, no pude oírlos tanto como hubiera querido), subí las escaleras con rodillas temblorosas, vi unos anuncios en la pared sobre clases de tarot y saludé a Abril. Esperé a que me preguntara si quería bajar por algo de tomar y, más bien, me invitó a sentarme. A lo largo de este manojo de años he regresado a este momento para darme cuenta de que la omisión me hirió de la misma manera que cuando me enteré, en una tira de Mafalda, que Santa Claus no existe. La magia había muerto, pero cualquier momento anterior era hermoso y preciado. Varias veces he pensado que Abril y yo no funcionamos porque no me preguntó nunca si quería ir por algo de tomar. Y tampoco me preguntó por la mochila.

Con mi garganta seca y sometido al repugnante calor húmedo de marzo, coloqué mis cosas entre las patas de la silla y la mesa, que era un tristísimo acetato del Tristán e Isolda de Wagner dirigido por Kleiber. Su función se había reducido a aguantar malteadas, cacahuates, algún juego de mesa y, en este caso, un smoothie solitario. Abril me preguntó si todo estaba en orden. Seguramente notó que mis ojos saltaron al primer piso y que tenía mis dudas sobre si sentarme o quedarme parado. “Sí, sí. Todo bien, ¿tú qué tal?” respondí casi mecánicamente, sin hacer contacto visual y ocultando mi horror por la cercanía al barandal transparente. Hay toda una colección de cosas que jamás le dije a Abril, que iba desde mi horror por las alturas, hasta cómo su mirada fija y color avispa me daba más vértigo que los tres metros de caída.

Quizás para protegerme, olvidé nuestra conversación casi por completo. Sé que Abril me contó de su tesina sobre el Dichten Denken de Heidegger y la novela Narziso y Golmundo. No recuerdo la relación entre ambos. También me acuerdo de que hablamos sobre la música de cámara de Schubert y sobre el exnovio de Abril, que escribió un cuento sobre el estafador de Coyoacán que supuestamente es un dramaturgo y revende boletos falsos frente al kiosco. Recuerdo, más bien, que cuando empecé a hablar, ella bajó la mirada y comenzó a mover sus manos, que yo no alcanzaba a ver. A lo largo de mi monólogo, en el que seguramente tropecé una y otra vez, porque mi seguridad en mí mismo se volvía más pequeña con cada palabra, tenía la impresión de que veía su celular mientras me escuchaba a medias. Mi inseguridad empeoró cuando logré regresarle la palabra y me recitó un soneto a las jacarandas, de belleza aplastante y totalmente fuera de mi comprensión, más intimidante que sus ojos primaverados, que sus ideas y que sus omisiones. La conversación regresó a la incomodidad. Si hubiera visto que las manos de Abril estaban ocupadas jugando con los botones como perlas de su suéter verde y no con su celular, tal vez nos hubiéramos entendido. Pero pensé ingenuamente que después podría arreglarlo todo. Entonces, cuatro años y tres semanas después, decidí romper el silencio. “Sofía, ¿alguna vez te conté de Abril?”

III

Le di unos detalles sobre Abril a Sofía. Suficientes como para que entendiera por qué me atraía tanto después de años de desencuentro y silencio. Le dije que Abril escribía poesía, se sabía a Borges al derecho y al revés, y que era muy brillante y liviana, casi como un pétalo suspendido en el aire. Omití que, poco a poco, representó esa vida que nunca tuve, pero siempre quise. Ella tenía veladas bohemias con sus amigos, que parecían hechos de luz de luna y vino. Iban a museos y salas de conciertos, se encontraban en parques para ver atardeceres y en azoteas para contar estrellas. Mientras tanto, yo llevaba poco menos de veinte años de sentirme solo e incomprendido. Callé que cada vez la imaginaba mejor y era menos capaz de saber cómo era en realidad. Noté que mi deseo y su representación se podrían anteponer a la realidad y a su posibilidad como persona. Así que hice un esfuerzo consciente por salir de su vida.

Tampoco dije que la había visto, a lo lejos, en septiembre, y que no nos saludamos. Fue en la sala de conciertos del Palacio de Bellas Artes, justo antes de que Veronika Eberle tocara el concierto de violín de Brahms con la Orquesta Sinfónica de Montreal. Mis dos boletos y yo fuimos a sentarnos solos, y la ausencia de Adela, que me dejó plantado, se mezcló con alguna mirada amielada de Abril y con la embriaguez de la multiplicidad de la vida en el primer movimiento de Brahms. Hay momentos victoriosos, punzantes, nostálgicos, pero los dolorosamente hermosos me saltaron como nunca. Esa noche, soñé primero que intentaba abrazar a Adela y que le daba asco, casi como si oliera a cadáver y todos, excepto yo, se dieran cuenta. Cada persona me veía con desprecio y caras largas. Al despertar, tomé un vaso con agua. Volví a acostarme y soñé después que Abril y yo estábamos en algo parecido al fondo de una pecera inmensa. El piso era cobalto y tenía algas vivas que apuntaban a un cielo sin límites con nebulosas púrpuras, rosas y azules brillantes que triunfaban sobre la oscuridad. El olor fresco a lavanda y mandarina era apenas sugerente. Las paredes estaban cubiertas de tulipanes u orquídeas en flor que palpitaban como si tuvieran pulso y respiraran. Los dos sentíamos el alivio del llanto, nos sonreíamos. Nuestras palmas se tocaban en sintonía. Encajaban, como si fueran perfectamente planas. Su mirada no me pesó. Desperté cinco minutos antes de que sonara mi alarma. Vi que tenía un mensaje de Abril, como si hubiéramos compartido ese tierno momento de complicidad. Tampoco dije que acabé mi relación con Adela poco tiempo después. “¿Al final qué pasó?”, preguntó Sofía. “Ah. Pues nada. Ahora tiene un novio y se ven muy felices. Me da gusto por ambos”, contesté. Lo dije en serio.

IV

Llegó la grúa del seguro. Me explicó que la cámara de seguridad de la esquina era de las nuevas del gobierno de la ciudad. De esas que todavía no funcionan y tal vez nunca lo hagan, pero ya pusieron porque asumen que una apariencia es suficiente para sustituir, aunque sea por un rato de ingenuidad, una cosa que funciona. La grúa se llevó lo que quedaba de Vincent al mecánico y Sofía ofreció acercarme a mi casa. Me gusta que Sofía me deja estar en silencio. Vi por la ventana cómo la ciudad se estaba pintando de azul violáceo. Era la temporada en la que la bóveda blanca de contaminación y nubes se rompe, y el cielo comienza a verse como se supone que se ve un cielo. Ésta es una ciudad distinta a la Ciudad de México de mi memoria, separada de la real, tan plural, imposible y pesada. La que puebla mis recuerdos como pequeños ácaros sedientos es monolítica, melancólica, constante, en la que se funden las jacarandas jóvenes, el cempasúchil de los muertos y las mariposas monarcas que anuncian el invierno. Las calles se cubren de arcos de papel picado que cuelgan de las luces de navidad y las banderas tricolores, algunas verdes, blancas y rojas, otras, más antiguas, deslavadas, cafés, grises y anaranjadas. Recuerdo a Abril desde esta ciudad gris de la memoria, donde puedo volver a vivir. No sé si por egoísmo o inmadurez, tenía miedo de vivir bajo su sombra, pero también sentía que éramos inevitables. Sofía me dejó en el Parque de la Bombilla. Caminé poco hasta una banca debajo de tres jacarandas violetas, me senté en ella y esperé a que las flores muertas cubrieran mi cuerpo mientras me sumergía en el recuerdo.