Cultura

Nuestras lecturas favoritas de 2021

Como en 2020, en Desvelo adaptamos el ejercicio de «Los mejores libros de 2021» a uno bien sencillo: compartirles pocos libros que cada uno disfrutó especialmente durante los meses pasados, sin importar su año de publicación y país de origen. Acá mencionamos novelas y ensayos, manifiestos urgentes y libros de historia; autores como Hermann Hesse, Saidiya Hartman, Bárbara Jacobs y George Sand. La lista es heterogénea y, como el proyecto en sí, su objetivo es dialogar entre nosotros, conocer lo que los demás descubrieron este año y expandir nuestras lecturas: esta vez tenemos un invitado lector que contribuyó a nuestra lista.

Esperamos que hagan clic con algún título, y que ustedes también compartan sus lecturas como caramelos. ¡Feliz año nuevo!

De Armando:

Pnin, de Vladimir Nabokov

Por un lado, Pnin es Nabokov en su punto más accesible. La novela es corta, ágil, y tiene en su centro a un protagonista tragicómico y entrañable, Pnin, con el que es fácil empatizar. Es posible que el capítulo que nos lleve al llanto sea también el que nos haga reír en voz alta. Por el otro, el mundo de Pnin es aquél de los émigrés rusos en los cincuentas, uno lleno de soledad, de los muertos de la revolución y el holocausto. Además, no deja de ser una novela de Nabokov: abundan los juegos literarios, los dobles sentidos, códigos y espejos. Éste es un libro que ofrece algo para cualquier lector, y es especialmente bueno para romper el prejuicio de las personas que imaginan a Nabokov como un esteta inmoral, desconectado del mundo y su dolor

Ada or Ardor, también de Vladimir Nabokov

Ada or Ardor es Nabokov sin restricciones, y por lo tanto un texto más difícil. Mi edición tiene casi quinientas páginas, que comienzan con unos capítulos que parodian la complejidad genealógica de las novelas rusas del siglo diecinueve y pasan por una sección particularmente opaca dedicada a la filosofía del tiempo de uno de los protagonistas. A pesar de su dificultad, Ada lo vale, sin pensarlo dos veces. Tiene algunas de las páginas más hermosas que he leído y momentos de una intensidad emocional sobrecogedora. Al igual que lo mejor del resto de sus otras obras, Ada enseña a leer con cuidado y a ver el mundo con más colores y texturas al cerrar el libro. Lo recomiendo en particular para las personas convencidas del genio de Nabokov, que disfrutan su pirotecnia verbal, sus delicadísimas imágenes y su música.

Días de tu vida, de Bárbara Jacobs

No sé de nada que se parezca a Días de tu vida, la extraordinaria novela más reciente de Bárbara Jacobs. El monólogo continuo de Patricia, su hermana y la protagonista en agonía, es una asociación libre compuesta por pequeñas oraciones en minúsculas que no suelen rebasar las tres palabras antes del punto y crean un flujo que captura nuestra atención y emociones. La novela de Jacobs impone una lectura lenta pero con un ritmo constante, contraria a las novelas híper-ágiles que se pueden consumir en una hora o dos sin significar gran cosa. Y como las oraciones son muy pequeñas, cada palabra importa y crea una experiencia de lectura profunda que compenetra con el lector.

A pesar de que la voz de la narradora es la de alguien en el lecho de muerte, su vitalidad y carisma hacen que su amor por la vida supere cualquier angustia. En esencia, la pesadez y sobriedad de la muerte se ve pequeña junto con el gozo de haber vivido y la esperanza de reencontrarse con sus muertos. La novela de Jacobs es un triunfo que afirma la vida.


De Camila:

En la Tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong

«Querida Ma», dentro de la cabeza del narrador – o podría haber sido su corazón – el nombre comienza a retumbar, como la canción de una campana, «Estoy escribiendo para llegar a ti, incluso si cada palabra que pongo es una palabra más lejos de donde estás». Y aunque sabe que su madre es analfabeta, su educación terminó a la edad de 5 años después de que una redada de napalm destruyó su escuela en Vietnam, y así, todas sus horas y su dolor se doblarán en papel y se guardarán, las palabras seguían cayéndose, prendiéndose a fuego a medida que avanzaban. 

Vuong entiende profundamente la elocuencia de la violencia, y sus palabras vibran con un salvajismo rojo, floreciendo, sacando tanta sangre de la historia como sea posible. Vuong muestra los sentimientos de su narrador, Little Dog, como el agua encamina sus olas, y uno sólo puede asumir que él debe haber dibujado en alguna fuente de dolor dentro de sí mismo, creciendo en los Estados Unidos, queer, y el hijo de un inmigrante. Vuong escribe como si estuviera abrazando sus recuerdos por la última vez, como si los estuviese incrustando en la superficie de su piel. Sus palabras son tan suaves como una capa de tela sobre el cuerpo que se envuelve contra el frío; pero a veces tienen la tendencia abrasiva de rallar las páginas, como la raspadura de una piedra que afila a una hoja. A menudo, el alfabeto parece transmutarse en horquillas incoherentes, vacilando como si fuera un sueño desgastado. 

El resultado es un libro que no se puede describir sin tomar prestado algo del lenguaje propio del autor: «No te estoy contando una historia sino un naufragio, las piezas flotando, iluminadas, finalmente legibles».

País de nieve, de Kawabata Yasunari

el mar agitado

extendiéndose hacia Sado

la Vía Láctea*

– Matsuo Bashō

El haiku evocador de Bashō se cita al final del libro mientras un personaje principal comienza a contemplar las pequeñas gotas de fuego que, en contraste con el ambiente tranquilo de un país hecho de nieve, flotan en el aire, ardiendo de furia y desencanto, pero protegidos por el esplendor absoluto de la Vía Láctea. La sublimidad de un firmamento bajo el cual la existencia se manifiesta en forma de la belleza y la tristeza. 

Así se desarrolla la experiencia tangible de leer la prosa de Kawabata. Su estilo minimalista y conmovedor. Su voz sincera y nostálgica. Una melodía única en una noche tranquila en medio de una corriente de estrellas centelleantes. Principalmente, País de nieve es un cuento de amor. Una aventuraromántica. Un hombre arrugado por su propia frialdad, casado con un par de mujeres etéreas. Mujeres que le dan todo lo que tienen. Un despliegue dramático de cada emoción. Un abismo de vulnerabilidad. Un comportamiento obstinado que ni siquiera considera renunciar a todo lo que está destinado al fracaso. Una relación que estaba destinada a perecer frente a las montañas blanqueadas, incluso antes de que empezara. 

Este libro rebosa de nostalgia, de las delicias de la naturaleza. Una belleza sencilla, la belleza japonesa, pura, no adulterada; una que se niega a caer bajo el hechizo de la modernidad occidental; tratando desesperadamente de preservar sus tradiciones y valores. El mundo de una geisha. Lección tras lección sobre cómo entretener a otros con el corazón roto.

*mi traducción de la interpretación en el inglés

Siddhartha, de Hermann Hesse 

La simple elocuencia de este libro bien puede ser incomparable en toda la literatura. Como muchos lectores, supongo, al principio pensé que el Siddhartha de Hesse sería la biografía del Buda Gautama, también conocido como el príncipe Siddhartha. De hecho, incluso la estructura narrativa parece imitar las enseñanzas del Buda: la primera parte con sus cuatro capítulos podría insinuar las cuatro verdades y la segunda parte, con sus ocho capítulos al Camino Óctuple. Incluso cuando el mismo Buda aparece como un personaje en la historia, podría ser visto por un tiempo como el doble del héroe, a quien se enfrenta, niega y finalmente acepta como su espíritu gemelo. 

Sin embargo, el libro no sigue esta trayectoria supuesta. El Siddhartha de Hesse elige su propio camino, negándose a ser un seguidor del «Ilustre». Por lo tanto, la estructura dual del libro incluye a una vista más cercana tres edades en la vida del héroe, cada uno de ellos completado con un despertar, una epifanía. Así, la novela resulta ser, aparte de una novela de ideas, también un bildungsroman. Fue la manera más fácil para mí, debido al título y a las referencias míticas en el texto, ofrecer fragmentos de filosofía budista como claves de la lectura. Sin embargo, el conocimiento de ella no es necesariamente un requisito, ya que al final, el libro llega a describir a la búsqueda arquetípica hacia el significado del mundo y el Sí Mismo. Y poco a poco, página a página, las alusiones eruditas se vuelven menos importantes, mientras que el viaje de Siddhartha se convierte en lo nuestro, lo universal; tocando y cambiando para siempre nuestra alma haciéndonos creer, incluso es sólo por un tiempo, que levantamos el velo y vimos lo desconocido.


De Azucena:

Historia de las alcobas, de Michelle Perrot 

En las alcobas ocurren los acontecimientos más importantes de la vida: el nacimiento y la muerte, el sexo y la secrecía, los sueños y las pesadillas. Historia de las alcobas es un paseo narrativo por imágenes cotidianas de esta vida privada en Occidente. Perrot nos abre la puerta igualmente de la majestuosa cámara de Luis xiv, de las habitaciones de obreros, de niños, de enfermos y moribundos, de escritores como Proust, Kafka y Woolf. Hace una sabia parada en el rechazo a lo doméstico, propio de las feministas, los existencialistas y los aventureros fogosos, y también coquetea con el picaporte de las habitaciones de hotel. 

La historiadora argumenta con obras literarias. Cuando escribe, por ejemplo, que tener una habitación propia garantiza la independencia de las mujeres, robustece su afirmación con el monólogo de Faunia, la protagonista de La mancha humana de Philip Roth: una noche Faunia se queda a dormir en el cuarto de su amante y al día siguiente lamenta su impulsiva decisión, pues “dormir en la propia cama es de una importancia vital” para una chica como ella. Imposible ignorar la osadía de una científica social que, en pleno siglo xxi, esgrime la literatura como fuente documental legítima.

Sarrasine, de Balzac 

El escultor Sarrasine ha pasado su vida observando cuerpos femeninos en busca de rodillas pequeñas, manos y cuellos esbeltos y hombros pálidos para esculpir “la figura perfecta”. Durante un viaje a Roma, el artista asiste a un número de Zambinella, una hermosa estrella de ópera, y reconoce en la cantante las formas deseables que antes sólo encontró en múltiples mujeres. La viva imagen de su obsesión inspira su mejor escultura, pero una noticia escandalosa perturba por completo el significado de su visión. Sarrasine es una lectura placentera por un sinfín de motivos: el retrato de la vida urbana en París del siglo xix; el irónico escándalo sexual; la narración ágil en forma de chisme. Todo en la novella confirma que la obra “fresca” o “disruptiva” no es, necesariamente, la contemporánea.

Indiana, de George Sand

Indiana se casó a los dieciséis años con un ex oficial del Ejército francés y su tediosa vida cotidiana la ha enfermado desde entonces. En su triste afán de supervivencia, y como Madame Bovary, la joven busca pasión como bocanadas de aire. Así se enamora sin remedio de Raymon de Ramière, su vecino apuesto, rico y elocuente, sin saber que aquél ya ha seducido y embarazado a su mucama. Basta con este pincelazo para exponer la naturaleza canalla del hombre que atormentará a la heroína. 

Con Indiana, George Sand —el seudónimo masculino de Amantine Lucile Aurore Dupin— afianzó la fama entre los círculos literarios. Hoy la novela tiene un interesante revés anacrónico: se discute si la obra es “feminista” o no porque el origen del drama está en la vulnerable posición de las mujeres bajo el Código Napoleónico, en particular su incapacidad de divorciarse y poseer tierras. El adulterio, el drama, la rivalidad entre hombres y la institución que encarna cada personaje (el “régimen de representatividad” que ciertos críticos han observado en la tradición realista) rápidamente hicieron del título un clásico de la literatura francesa. Sin embargo, Sand tomó apenas unos elementos del género y los desechó con la misma facilidad. La habitación circular de Indiana es, en este sentido, ilustrativa: al adentrarse en ella sus pretendientes ingresan a un mundo luminoso, plagado de ilusiones, espejos y fragancias, y quedan atontados. En la alcoba rosada se desdibujan los límites del opresivo mundo social que habita Indiana, y se le permite a la heroína, si a veces, respirar. 

De Fiacro:

How to Blow Up a Pipeline, de Andreas Malm

Este año tuvo lugar la COP26 y fue un espectáculo desolador. De seguir como vamos, para 2100 se estima que la temperatura del planeta incrementará entre 2° y 3°C. Hace cinco años, el objetivo del celebradísimo acuerdo de Paris era mantenernos en 1.5°C, lo cual implicaba hambrunas, sequías, desplazamientos, incendios e inundaciones en el terreno de lo manejable. Estamos muy por encima de eso. How to Blow Up a Pipeline es un manifiesto con una propuesta muy sencilla: dada la situación actual, el ambientalismo necesita comenzar a utilizar la violencia como herramienta política. La idea es contundente y polémica. La mayoría de las principales figuras en el ambientalismo se han declarado abiertamente en contra de ella y sin duda hay múltiples argumentos en contra. Sin embargo, Malm hace un excelente trabajo delimitando de qué tipo de violencia estamos hablando (únicamente contra la infraestructura petrolífera), cuáles son las virtudes de esta herramienta, y cuáles son los vicios del ambientalismo como lo hemos visto hasta ahora. Sin importar si uno está de acuerdo con Malm, How to Blow Up a Pipeline ofrece una mirada fresca al problema más grande de nuestro tiempo.

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

Mi primera lectura de Dorian Gray fue durante la secundaria y desde entonces había sido una astilla en mi conciencia. En su momento, me pareció un libro extremadamente descriptivo y, siendo un puberto impaciente, lo abandoné en plena descripción de una cortina. Casi 15 años después ha sido una sorpresa ligeramente macabra regresar a Wilde y encontrar una lectura tan rica. Estoy seguro que Dorian Gray ofrecerá cosas distintas para cada lector. En mi caso, mi interés inicial por el diálogo con lo ensayos de Sontag sobre la naturaleza del arte, pronto fue suplantado por las discusiones sobre la moral cristiana, la torturada homosexualidad de Wilde y la, primero seductora, y en última instancia patética persona de Lord Henry. Para quien esté cansado de los pesados años que hemos tenido, Wilde ofrece una muy parcial reflexión sobre el hedonismo, sus virtudes, y sus peligros.

El ministerio del futuro, Kim Stanley Robinson

Se ha escrito sobre la Crisis Climática desde hace más de 50 años. No obstante, ha sido hasta años recientes que ha comenzado a incrementar la popularidad de su ficción. Imaginarnos el futuro que nos espera es, en mi opinión, una labor crucial que ha estado demasiado ausente de los movimientos ambientalistas. Más allá de los grados, los datos y las estimaciones, la movilización política suele venir de un lugar emocional. Crear narrativas sobre dónde estamos y a dónde vamos es urgente. En este sentido, El ministerio del futuro ha sido una de las lecturas más populares entre los activistas del movimiento. El libro comienza con una narración de cómo una, por ahora ficticia, ola de calor termina matando a cientos de miles de personas en la India. La descripción es progresivamente aterradora y sirve perfectamente para ilustrar el peligro que tenemos en puerta.


De Fernando Bañuelos:

La isla, de Judith Martínez Ortega

Judith Martínez Ortega llegó al penal de las Islas Marías un 31 de diciembre para trabajar como secretaria del entonces director, el general Francisco J. Múgica. La isla recoge una serie de viñetas sobre “aquel año de incendio” que Martínez Ortega pasó en el Pacífico antes de volver a la capital y hacer fortuna como coleccionista y restaurantera. Mitad chismógrafo y mitad diario, el libro de Martínez Ortega describe vidas tensas en que el ritual y la vigilancia muy apenas pueden mantener algo parecido al orden, algo parecido a la paz. Conforme avanza el año, reos y colonos (incluyendo a la autora) se erosionan poco a poco bajo el peso de la crueldad, el aislamiento, la cotidianidad de las tormentas. “Estaban hechizados por el mar, por las noches magníficas que se metían por las ventanas y llenaban los cuartos de estrellas, por la brisa que estaba toda perfumada con el viejo olor de la sensualidad.” Dos tragedias: La isla es el único libro publicado de Martínez Ortega (1908-1985), se reeditó una sola vez (que yo sepa), en 1959.

Estilo, de Dolores Dorantes

¿Quiénes son las nenas que hablan desde las páginas de Estilo? Dicen: “Este es un libro que no existe.” Dicen: “Te tenemos rodeado.” Dicen: “ Queremos que nos tapes la boca.” Dicen: “Somos espacio y somos superficie.” Dicen: “Somos adolescentes armadas cruzando la frontera.” Dicen: “Danos la presidencia.” Estilo es un poemario hecho de fragmentos chamuscados que sugieren una explosión: esquirlas. Al igual que Querida fábrica (2012), el libro que Dorantes publicó inmediatamente después, Estilo se ha leído como una respuesta desde la proverbialmente enrarecida poesía mexicana actual a La Guerra. Su retórica remite a los titulares de esos (estos) años, sí, pero la violencia que ordena (desordena) los libros de Dorantes es sólo suya, una violencia sobre la lírica, sobre la idea de que los poemas se-tratan-de-algo, sobre la idea de que un poema, un libro, un texto es algo que se parece a una persona.

Wayward Lives, Beautiful Experiments, de Saidiya Hartman

Saidiya Hartman ya había escrito dos libros buenos y entonces escribió uno radiante. En cada capítulo de Wayward Lives, Beautiful Experiments, Hartman trata un documento de la persecución y explotación de afrodescendientes en ciudades norteamericanas a inicios del siglo XX. Su “argumento académico”, por así decirlo, es convincente (donde muchos testigos de la “sociabilidad negra” han visto patología, ella ve experimentación y voluntad de escape), pero lo que brilla es su prosa y su técnica narrativa: Hartman escribe con la soltura de una novelista (algunos de sus pares académicos la han acusado de serlo). Además, usa la terminología más exaltada de los estudios culturales norteamericanos y encuentra lo bello que alguna vez hubo en ella, la forma en que sirve para iluminar un par de momentos de dolor o rebeldía en la vida de una persona. El libro es largo y no siempre mantiene el mismo nivel, pero algunas de sus páginas son (perdón por insistir) luminosas. No estetiza ni intenta redimir la miseria e hipervigilancia del ghetto: busca mostrar los momentos de sagacidad o ternura en que, fugazmente, el futuro parece posible.

Narrativa

El verano

Verónica no siempre lo detestó. Los primeros años, se burlaba con Andrés de las tardes bochornosas, enumerando las ventajas de tener mucho frío contra tener mucho calor. Al final, él siempre llegaba a la misma conclusión: con el frío siempre puedes ponerte otra cosa encima, pero con el calor sólo hay tanto que puedas quitarte. Ella lo miraba con ternura y le recordaba que sólo en el verano sabía tan bien el agua helada.

Sin embargo, los días se vuelven insoportables. Desesperada, Verónica abre las ventas y se refugia metiendo la cabeza en el congelador. Está contraindicado, consume demasiada energía y no la enfría mucho; pero en esa cajita de hielo recuerda a su madre: sentada en la cocina escuchando las noticias en el teléfono. En la pantalla un señor de traje (todavía se acostumbraban los trajes) hablaba de la última ola “…de 38°. Las autoridades recomiendan tomar precauciones y mantenerse hid…” Su madre permanecía en silencio y Verónica daba vueltas, impaciente. Al dar las dos saldrían a la calle, buscando la plaza más cercana donde las fuentes, esculpidas para otros tiempos, escupían potentes chorros de agua y los pequeños chapuceaban. Sospecha que su antiguo gusto viene de aquellos días, de los charquitos de agua tibia y las risas infantiles jugando en la tarde, mientras su madre la veía y sonreía. Casi nunca sonreía.

En el cuarto contiguo un grito rompe la somnolencia. Se apresura a sacudirse los trocitos de hielo. Para mitigar la soledad prende la televisión, se aproxima al origen de los alaridos y lo acurruca en su pecho: una cara redonda chilla entre sus brazos. Los cachetes rechonchos se pintan de rosa por el bochorno y, entre lágrimas y sudor, Verónica siente sujetar la crisálida de una enorme oruga. La sensación le produce repulsión, pero no hay más remedio. Es Andrés, el hijo de Andrés.

Se dedica a arrullarlo con esmero y, conforme pasan los minutos, el berrinche cede ante el pendular movimiento de sus cuerpos. Sin embargo, el encantamiento es delicado, requiere tiempo y paciencia, tendrá que mantenerse así por un rato, con las noticias para distraerse. En su escritorio, la conductora anuncia el decimocuarto aniversario de La Reclamación. Ya nadie celebra nada, pero Verónica se sorprende al escuchar que, como parte de los festejos, las autoridades han anunciado la reapertura de algunos museos y sitios históricos, un desfile militar y, sobre todo, que se encenderán las fuentes de la ciudad durante el fin de semana.

Una sensación eléctrica le recorre el cuerpo y, mientras apaga el televisor, mira la hora: son las dos de la tarde. El estruendo ha terminado, en el sopor de la tarde sólo permanecen un par de ojos negros que, desconcertados, la observan. No sabe descifrar si lo que mira en ellos es súplica, desesperación o incomprensión; pero entiende que, en sus propios ojos, igual de negros, el anuncio ha destapado la angustia de su madre silenciosa. Andrés debe conocer las fuentes y chapotear en los charcos. Hay que salir.

Verónica da el primer paso fuera del edificio y el aire caliente la golpea, envolviéndola en una agradable sensación. Sabe que pronto será un problema, pero disfruta el momento, a fin de cuentas ha salido preparada: con una mano sujeta la sombrilla y con la otra empuja al bebé en su carriola. Hinchado, el asfalto arde con la radiación acumulada de todo el día y a cada paso sugiere peligro, pero la de aventura la entusiasma. La estación de metro se encuentra a unos 30 minutos, si apresura la marcha, y de ahí toda la ciudad estará a su alcance. Por las calles vacías no se escucha más que las veloces ruedas de Andrés, recuerdo de los metálicos rugidos que producían los coches. Nunca se prohibieron formalmente, algunas amistades presumían haberlos abandonado como su contribución a la causa, otras sólo dejaron de usarlos, entusiasmadas con las bicicletas. La verdad era menos misteriosa: ya nadie podía pagar la gasolina.

Un bache.

Convertida en catapulta, la carriola los estampa en el pavimento, fracturándose en el proceso. Inmediatamente reanudan los llantos y se apresura a levantarlo, revisarlo. Han tenido suerte, el incidente no pasa de algunos rasguños en los codos y un susto para Andrés; pero el transporte está perdido. Es imposible continuar con todo, así que decide dejar los restos en una esquina, segura de que a alguien le servirán, o vendrá después a recogerlos, con Andrés. El llanto no cesa. Se las arregla para sostener al niño con una mano y a la sombrilla con la otra, que ya están cerca. Una gota escurre por su frente y cae sobre la cabecita enrojecida que, como si sopesara la situación, detiene sus alaridos por un instante, sólo para reanudarlos con mayor ahínco. Verónica comienza a exasperarse. La mente se le escapa a la noche en que lo anunciaron a sus padres: piensa en las risas y felicitaciones de su padre, que los abrazó con fuerza, primero a ella, después a Andrés; en cómo todos bromeaban y planificaban, hablando de colores y escuelas. Y el dolor regresa al recordar cómo su madre la veía, callada. Jamás le había perdonado esa mirada y las telas silenciosas que arrastraba.

Se detiene en seco: frente a ambos una malla de acero cuelga de la entrada. Lo ha olvidado, para controlar el flujo de personas, muchas estaciones han cerrado durante el fin de semana. El llanto continúa y ella, enfurecida, lanza la sombrilla contra las viejas láminas. ¿A qué imbécil se le ocurre cerrar el metro hoy? ¿Qué no saben a dónde va? ¿Por qué no pueden entenderla? No ha sido la mejor madre, pero le queda toda la vida por delante, tan sólo es un niño. Y a ella ¿quién le preguntó? ¿Quién la conjuró a este mundo desolado de piedras grises y árboles muertos? ¿Qué debe hacer, si no intentar? que no le han dado otra opción. Maldice a Andrés con su entusiasmo idiota, a sus amistades rígidas de perros babeantes y gatos malolientes, y a sus padres ¿por qué no le advirtieron?

Implacable, el sol evapora sus lágrimas conforme se estrellan en el suelo y no le concede el respiro de tirarse, exhausta. Sin embargo, entre los llantos y la rabia, Verónica escucha algo. Una música carnavalesca la llama, distante. Son helados. Se levanta, reanimada por el recuerdo de las fuentes y la nieve. Andrés continua decidido, pero no importa, escucha el cansancio en su voz. Los rayos dorados de la tarde se cuelan entre las manzanas y rebotan en las ventanas cerradas de la ciudad; en las calles desiertas Verónica deambula, ignorando su sudor y el del niño que lleva en brazos. Y mientras pasan las horas, llevándose los últimos resquicios de luz y dejando respirar a la tierra ardiente, se pregunta si de verdad lo habrá escuchado, si su búsqueda tendrá algún sentido.

En ese momento da la vuelta en una estrecha calle y lo ve: en una plaza de proporciones diminutas, de la boca de unos pescaditos pétreos brota un modesto chorro de agua, arqueando unos centímetros en el aire, antes de impactar en el suelo, sin nadie que vea todo su esplendor. En la esquina, un señor de traje negro empaca con delicadeza sus utensilios y se prepara para irse, en el último carrito de helados del mundo. Ella se aproxima con velocidad y le ruega que le de uno. Le explica la búsqueda que ha consumido toda la tarde, señalando de paso al niño silencioso que lleva en brazos. Le cuenta de su madre, de las fuentes y de Andrés. Él la mira, impávido, y pronto los recuerdos la arrastran a la desesperación, materializados en sus ojos negros que, como ella, ya no pueden más. Hasta escucharlo:

¿De qué sabor?

Verónica se sienta en una banca frente a los peces inmóviles. No recuerda si en las prisas de la salida ha cerrado las ventanas del departamento, o si ha dejado la puerta del congelador abierta. Sin embargo, el silencio de la noche le quita la importancia al olvido y a sus recuerdos. Sin aviso, el agua deja de fluir, indicando que es hora de volver. Se detiene a saborear el momento, entre sus manos sostiene deliciosa nieve de limón.


@el_abernuncio

Cultura

Apuntes sobre el terror alienígena

Como muchos, estos días he extrañado tiempos mejores. Para mí, la añoranza se ha materializado en los recuerdos de ir a Blockbuster, invariablemente soldados con las memorias de mi infancia: acompañar a mis padres, empujar la puerta transparente, oler el aire artificial y enfrentarme a los anaqueles repletos. Había algo especial en ir y comprometerse con una película entre tantas, y a la salida comprar dulces.

Cada quién tenía su recorrido, pero todos comenzábamos en “Novedades”. Los adultos eran los primeros en detenerse: “Cine de Arte”. La sección, a manera de demostrar su elegancia, tenía estantes de un color oscuro que contrastaba con el punzante blanco del resto. En cambio, yo me apresuraba a lugares más interesantes: “Acción”, “Suspenso” y finalmente “Terror”, donde me quedaba por morbo, sabiendo que era una sección prohibida y que no me atrevería a sugerir nada que proviniera de ahí. En ocasiones, sin embargo, me ganó la valentía. Así es como uno adquiere sus traumas, y así inició mi historia con Señales. 

Mucho ha cambiado desde aquella vez que salí del Blockbuster cargando mi película y todas las pesadillas que me esperaban. Hoy, como a todos, me preocupan otras cosas: titularme, la pandemia, entregar notas informativas que nadie va a leer, pagar impuestos, ganar dinero. Crecer es sustituir los terrores infantiles por otros, más reales y menos emocionantes. Sin embargo, me alegra confesar que todavía hay algunas noches en las que, antes de dormir, miro por la ventana hacia el techo del vecino y busco, quizás ansío, siluetas en la oscuridad.

A la fecha, he visto Señales unas 7 veces. La premisa es simple: Graham es un sacerdote recientemente retirado y debe enfrentar una inminente invasión alienígena. Enfrentar es una mala palabra, porque en realidad no hay nada que Graham pueda hacer, lo cual resulta ser algo positivo, pues lo mejor de la historia tiene poco que ver con los alienígenas y más con cómo una familia normal (es decir completamente disfuncional) lidia con el prospecto del fin del mundo. No se trata de una película muy novedosa en su género: para este punto ya hemos visto más de una invasión al mundo, que siempre es Estados Unidos, y más bien se siente como el resultado natural del género alienígena dentro de la cultura pop.

Posiblemente, la película más famosa en tratar con el problema extraterrestre sea Alien: el octavo pasajero (1979) que, por unos años, movió el lente lejos de las grandes invasiones y presentó una trama mucho más íntima: 7 personas encerradas en el “espacio exterior” con un ser alienígena, un otro por excelencia. Buena parte de su éxito se debió a que la película logra conservar la amenaza esencial que es ese otro, pero subvierte la fórmula en dos sentidos: primero, la amenaza es mucho menor y sus consecuencias son proporcionales; lo peor que puede pasar es que los 7 diablos enclaustrados con el monstruo acaben muertos. Segundo, el otro se separa de la tradicional representación antropomórfica del extraterrestre a tal grado que su nombre es xeno-morfo. Es un retorno al monstruo bestia, cuya única motivación es asesinarnos, lo cual es amenazador, pero no particularmente interesante. Nos importa lo que pasa no porque el mundo esté en riesgo, ni por las motivaciones del otro, sino porque Ripley está en peligro (y la verdad también por el diseño del alienígena que es genial).

Alien: el octavo pasajero (1979)

Sin embargo, los tiempos cambian, y después de Alien observamos dos vertientes en el género. Por una parte, hubo un desplazamiento hacia la acción como elemento central de la trama: más explosiones, más rayos láser, más alienígenas y más riesgo. El resultado son películas como Aliens: el regreso (1986), Depredador (1987),[1] y Día de la Independencia (1996) donde los extraterrestres finalmente amenazan la Tierra y Estados Unidos, haciendo uso de su fuerza y sobre todo de su valentía, los derrota y salva el día. Son historias donde el peligro es cada vez mayor, pero no se siente porque el terror ha desaparecido de ellas.

Por la otra parte, hay un retorno a lo oculto. En esta versión de la historia los alienígenas han dejado los rayos verdes y se mueven entre sombras. Los conocemos por triangulación y rápidos vistazos, y junto a ellos se perfila un nuevo enemigo: el Estado.[2] Aquí me refiero a Los Expedientes Secretos X (1993), donde los agentes del FBI Mulder y Scully luchan contra una gran conspiración gubernamental que colabora con extraterrestres. No sabemos quiénes son, ni qué es lo que quieren, pero sentimos el peligro.

Los expedientes secretos X (1993)

Ambas vertientes son reflejos de su tiempo: la Guerra Fría. Desde el colapso de la URSS, no hemos dejado de ser bombardeados con distintas iteraciones del excepcionalismo y la genialidad estadounidense. Pero, una vez derrotados los soviéticos, ya no se sentía muy esencial ese aparato tan grande del Estado, así que había que buscarle un enemigo o hacerlo el enemigo. En 2001, sin embargo, la historia dio otro vuelco y los atentados en Nueva York reavivaron un sentimiento olvidado de vulnerabilidad. De pronto, enemigos de tierras lejanas amenazaban incluso a los ciudadanos de la gran superpotencia; casi nadie entendía qué querían, por qué, de dónde, pero, en la mente, el peligro una vez más palpitaba.

Así llegamos a Señales.

El defecto más grande de la película es la incapacidad de tomarse en serio a sí misma. En lo que parece un intento de autosabotaje, un humor fuera de lugar corta constantemente la atmósfera opresiva. Por fortuna, conforme avanza la trama estos lapsos son menos frecuentes y es entonces cuando Señales brilla. Porque se trata de una historia desoladora, de un sacerdote que ha perdido la fe después de la muerte de su esposa, y cuya familia ahora debe lidiar con una amenaza incomprensible. El mundo entra en pánico y no hay nadie que pueda ayudarlos. Para unos granjeros en Pensilvania el gobierno es virtualmente inexistente, y las pocas veces que la Sheriff del pueblo se manifiesta, la situación la rebasa por mucho. Así que, cuando la invasión es inminente y, desesperada, la familia decide atrincherarse en casa cubriendo las ventanas con clavos y tablas, sabemos que están completamente solos. Hacia el final, cuando ya no queda más qué hacer, deciden preparar sus platillos favoritos y tener una última cena; lo que usualmente sería indicador de una celebración, rápidamente deviene en gritos, pleitos, llantos y un último momento de reconciliación y catarsis para una familia que enfrenta el fin del mundo.

Señales (2002)

La escena es realmente conmovedora, sobre todo porque no tenemos idea de qué les deparan las siguientes horas, pero sospechamos será terrible. Hasta ahora sólo hemos visto a los alienígenas de lejos, escondidos en los campos y observando desde los techos de las casas, completamente inmóviles. No sabemos qué quieren ni qué harán, pero hay en sus quietas figuras algo que nos augura malicia. Es el redescubrimiento de intenciones y significados desconocidos lo que nos permite vaciar en ellos nuestros terrores personales. Desafortunadamente (aunque para sorpresa de nadie), al final la película recobra aliento y reafirma su fe en el excepcionalismo divino. Resulta que ni siquiera necesitábamos del gobierno porque Dios nos protege, y con unos vasos de agua los amenazantes alienígenas acaban quedando como imbéciles, su aura de amenaza desinflada a batazos de beisbol.

A pesar de sus muchas deficiencias, Señales es una película que disfruto mucho, posiblemente demasiado. Creo que, a pesar de sus bufonadas, marca el espíritu con el que hemos empezado el nuevo milenio. Por muchos frentes la realidad con la que crecimos se tambalea cada vez más, y la sensación de vértigo que esto provoca no desaparecerá pronto. Además, genuinamente es una buena película de alienígenas. Desde entonces, en términos cinematográficos, la evolución del género extraterrestre ha continuado con películas la mayoría bastante malas. Hay algunas notables excepciones: la exploración del tema desde un ángulo lingüístico en La llegada (2016) es sin duda la más original; e interpretaciones como la de Aniquilación (2019) le hacen justicia a la incomodidad de encontrar a un otro absolutamente indescifrable. [3]

Son, por supuesto, historias distintas y sólo se les puede comparar hasta cierto punto; sin embargo, todas descienden de una fascinación por lo desconocido y se entrelazan en la intersección de un terror que ni es el letargo de los miedos mundanos a los cuales nos hemos acostumbrado, ni tampoco es el miedo casi primitivo que reacciona frente a un depredador. Al final podemos tratar de conjeturar al respecto, pero ninguna respuesta podrá sacudir la extrañeza de encontrar sentimientos e inquietudes tan guturales en aquellas siluetas difusas, en seres que jamás hemos visto, pero que en la oscuridad no cuesta trabajo reconocer.

Señales (2002)

[1] La consumación más clara de este enamoramiento por la acción es Alien vs Depredador (2006), donde ya los humanos dan prácticamente igual y lo importante es ver a los monstruos darse de golpes entre ellos.

[2] Una iteración interesante de esta versión es E.T. donde el alienígena es en realidad parte de los vulnerables, y el Estado grande y secreto es al final del día el verdadero antagonista.

[3] No es casualidad que ambas películas estén basadas en historias de ciencia ficción contemporánea, La historia de tu vida de Ted Chiang para el caso de Arrival, y la novela homónima de Jeff Vandermeer para Aniquilación.


Fiacro Jiménez Ramírez sigue vivo.

@el_abernuncio