Narrativa

Ruby, my dear

Me quito los tacones y los dejo en el pasillo. Cuando Miranda encontró la pequeña puerta abierta en Motolinia, yo llevaba esperándola treinta y tres minutos, pienso, mientras cuelgo mi abrigo en el perchero a la entrada de mi cuarto en la Colonia Roma. Quedamos que nos íbamos a ver por ahí de las siete y media y el grupo era grande: para las demás personas, la tardanza de Miranda pasó desapercibida, para mí no. Llegué al Zinco Jazz Club a las siete y veinte. Miranda bajó los escalones para llegar al sótano y se detuvo en la puerta hasta que le aplaudieran al grupo que tocaba Tenderly. Mientras reacomodaba sus trenzas pequeñas detrás de sus aretes largos, toreaba los montones de mesas que había entre nosotras y ella y nos saludaba, primero de lejos con su sonrisa de cal y su mano de barro, luego de cerca con su voz agradablemente monótona que siempre parecía que preguntaba, yo ya había dado por sentado que ella no iba a llegar y me había acabado mi segundo negroni, me digo y voy a la cocina para secuestrar una jarra con agua. La jarra de agua, también de barro, se parece a Miranda, fresca, opaca, vital. A quién se le ocurre llegar tarde a su despedida, murmuro. Cuando Miranda intentó darme un abrazo yo me quedé paralizada y no pude pararme. Pegó su frente a mi hombro, yo ya tenía la cabeza ligera y sentía el alcohol dilatando el tiempo, pienso, con la jarra rebosante entre los brazos.

Camino con cuidado para que no se caiga. Se sentó, e iba a hablarme de algo. Yo veía sus labios pintados de rosa e intentaba anticipar la conversación, pero el saxofonista asintió en la dirección de la pianista y empezaron a tocar I’m Old Fashioned. Nos callamos y volteamos al escenario. Miranda me tapaba al baterista y la bajista, y yo veía, encima de sus hombros descubiertos, a la pianista a la izquierda y el saxofonista a la derecha. Parecía que el sonido salía de ella. Casi se lo dije, pero Hugo, quien le había hecho ojitos desde nuestra primera clase juntas en la Facultad de Música, tres años antes, le preguntó si quería ir por algo de tomar y se fueron a la barra. Cómo fue, El día que me quieras, Born to be blue y otras dos canciones que no reconocí. Hugo y Miranda pasaron de estar lejos y más o menos al pendiente de los demás a tener un par de rodillas y hombros pegados y estar absorbidos entre sí. Para ese momento, sus tequilas seguramente estaban empezando a surtir efecto, pienso y llevo la jarra a mi cuarto. Dejo la bolsa sobre mi escritorio y la veo con culpa.

Me sirvo un vaso con agua y dejo la jarra al lado de la bolsa. Recuerdo el horror absoluto de saber que algo tan fuerte no es recíproco y voy a mi baño. El saxofonista estaba dando todo lo que tenía y era difícil hablar con las personas; Hugo y Miranda empezaron a hablarse directamente al oído. Miranda volteaba hacia nosotras y nos veía como viendo a la pared, que es como decir que no nos veía. Hugo puso su mano contra su mejilla y me acordé esas líneas de Safo (¿poema treinta? ¿treinta y uno? ¿por ahí?) que le gustan tanto a Marcos. Ese hombre me parece un igual a los dioses, o como sea que vaya la traducción, Miranda sabría pero importa poco. Lo real es el fuego delgado bajo la piel y el dolor, no la poesía. El bajo y la batería llenaban mis oídos, retumbaban en mi esternón y alborotaban mi embriaguez. Me sentía casi muerta.

No sé por qué tomé si solo me pone triste, me digo, mientras mojo el algodón con desmaquillante. Entonces el piano, ligero y anticipatorio. El saxofón se hizo de la línea melódica, que sonaba casi como una súplica y ardía, azul y extendida. Empezaron a improvisar sobre el tema de Ruby, My Dear y me perdí en la música y el reflejo de la luz morada en la boca del saxofón. Parecía una pequeña constelación alrededor de esa dulce oscuridad. Por unos momentos, todo estaba bien. Es más, por unos momentos, nada estaba. Sólo había la luz morada en la boca del saxofón y la melodía cercana a un suspiro: Ruby, My Dear, Ruby, My Dear para siempre y nada más. Parecía que la canción nunca acabaría ni habría empezado, hasta que llegó un silencio que parecía circular y estaba lleno de alivio. Unos aplausos prematuros y un grito del sobrentusiasta insensible de Hugo lo interrumpieron. El mundo regresó con todo su peso, pienso al buscar mi cepillo de dientes. Prendo las bocinas y pongo la versión de piano solo de Thelonius Monk. No es lo mismo, pero ayuda. Hugo nos invitó a su departamento y organizamos una pequeña flota de ubers. No lo aguanto, pero todo por estar cerca de Miranda, aunque ni hablé con ella en toda la noche, me digo con el cepillo de dientes todavía en la boca.

Las tres nos fuimos en el mismo coche. Todo el camino hablaron entre sí. Qué es esa cercanía glauca. Qué es sentir su hombro contra el mío si estaba volteada y hablando con él. Hugo se acercó y le plantó un beso en la punta izquierda de su labio y no sé si sentí asco, tristeza o rabia, pero algo incendiaba mis adentros. Aún lo hace. Llegamos a su edificio, subimos tres pisos tambaleantes de escaleras y nos enseñó su librero lleno de porquerías. Miranda, mereces más. En unos pocos minutos se llenó la sala-comedor. Hugo alternaba vino tinto con tabaco en la esquina y veía a Miranda esculcar el librero y tomar café con Dios sabe qué. Alguien indeterminado tocaba mal el piano de pared desafinado. A veces parecía que tocaba Debussy y a veces que era I Will survive. Todo esto, mientras nadie apagaba la maldita bocina tocando Getz/Gilberto. Tres amargados estaban sentados en la esquina contraria a Hugo y sorbían café (o peor aún, té) a las dos de la madrugada. Miranda se volteó, hizo espacio entre las velas y empezó a enrollar un porro sobre la mesa, entre ella y el piano. El del piano se puso a hablar con ella. Embriaguez en todos lados. Alguien recuerda esto, sola, ahora sobria, tirada en la cama y viendo al techo.

Qué significa estar aquí y amar y estar bien con que todo sea ligeramente decepcionante. Saber de la muerte térmica del universo y la entropía y seguirle diciendo que sí a la vida. Qué significa que seamos la última línea de nuestros ancestros y desear agotar el campo de lo posible. Entonces para qué callar las cosas. Por qué no me paré para decirle a Miranda que a veces despierto en la mitad de la noche con sus ojos y labios entreabiertos grabados en mi mente. Por qué no crucé el cuarto hasta la mesa, interrumpí al pianista y le confesé a Miranda que nunca había visto nada más hermoso que su rostro contra la luz de las velas. Así, tal vez pude tener el rechazo en las manos, seguir con la vida. Por qué no perseguir la muerte emocional de nuestros deseos. ¿Será que deseamos desear, que queremos el encanto de lo lejano y que esa presencia detrás de la luz anaranjada nos atormente? No queremos salir de la cueva y ver el sol, sino ver a las sombras moverse. Las cadenas están adentro y quizá las amamos más que al amor. Pero al final todo eso es filosofía y no importa.

Saqué mi cuaderno y pluma de mi bolsa, arranqué una hoja y empecé a escribir la carta, me dije, mientras me levanto de la cama y voy al escritorio. “Miranda, querida. Querida Miranda: El problema esencial es que te quiero y no estamos juntas. Que me duela es entendible, pero lo que no es tan obvio es que aunque no te tengo entre mis brazos, no puedo poner mi cabeza sobre la tuya ni ver tus ojos de cerca, y no sé cómo se siente tu cadera en mis manos o tu susurro en mi oído, quererte tanto hace que vea que hay flores en todos lados, que la luna está llena y que el rojo de los claveles y el aroma de los jacintos nunca han sido tan intensos. El aroma de la vida toca todas las cosas y el mundo me canta. Por eso no te digo en persona, querida, lo que siento; por eso te dejo esta carta y me voy sin despedirme. No arruinemos lo que nunca tuvimos. Espero que seas feliz del otro lado del mundo. Con amor, de veras, – Cristina” Eso es lo que decía la carta. Cuando acabé de escribirla tomé mis cosas, busqué a la chica con mi mirada y la encontré, contra la pared, tapada por el cabello largo de Hugo.

He de haber despedazado la hoja hasta que no hubiera un trozo más grande que un diente. Los aplasté en mi puño y fui a buscar la taza de Miranda. La encontré junto a la copa de él. Sin pensar, arrojé los papeles en el vino y ni presté atención a cómo se disolvía la tinta azul en el líquido rojizo. Abrí mi bolsa, cometí mi crimen y bajé las escaleras. Esperé a mi uber en la banqueta.

Con culpa, con una satisfacción completamente nueva, saco la taza de mi bolsa y la pongo sobre la mesa. Podría ser el centro de un altar, o una obra en una exposición, que debería ser lo mismo. Veo el borde, rosado sobre blanco, con el rastro de los labios de Miranda y no sé qué hacer. Mientras parece que río, mi cabeza cae entre mis manos abiertas y mi cuerpo se agita. Levanto la mirada y entre mis dedos veo otra vez los puntos rosas sobre la porcelana. Parecen pétalos. Todo cae, todo tiembla.

Narrativa

Diario de un idiota

Por Mikaela Huet-Vray

01 de marzo (12:05 p.m.)

Sigo aquí sigo aquí. Ya ha pasado un mes. Estas cuatro paredes blancas me asfixian. Sigo aquí. Quiero salir. Ojalá no se olviden de mí.

(1:46 p.m.)

No sé qué hacer. Qué estará haciendo Sarita. Trato de mirar por la ventana a ver si tal vez alcanzo a ver mi casa desde aquí. Pero no distingo nada. Deben estar almorzando.

(4:11 p.m.)

Tomé una siesta, me sentí chiquito otra vez. Extraño ser chiquito. Y colorear. Ojalá tuviera crayolas.

(7:01 p.m.)

Hay un reloj colgado en la pared. Por eso puedo saber tan bien la hora. Precisión. Me gusta. Es mi pequeño lujo. Ya van a apagar las luces. Chao. 

02 de marzo (9:34 a.m.)

Cielo azul y pájaros afuera. Pajaritos. Piu piu. pipipiu.

(9:36 a.m.)

La hora cambia muy rápido.

(9:37 a.m.)

Y muy lento a la vez. Tal vez duerma todo el día.

03 de marzo (8:41 a.m.)

Menos pájaros. Más gritos de noche. No sé por qué estoy aquí. No he hecho nada malo. No me dejan hablar mucho con los otros. Sarita no ha venido a visitarme. Qué pasa. Me siento triste.

(2:22 p.m.)

Voces al lado. Qué envidia.

(6:53 p.m.)

No he hecho nada malo, lo juro. Solo quiero salir y jugar con Sarita.

04 de marzo (10:20 a.m.)

Hoy es día de gelatina. Y de visitas. Qué emoción. Me voy a arreglar.

(5:51 p.m.)

Me tuvieron que dormir. Mamá vino sola. Sarita no vino con ella. Por qué Sarita ya no me quiere mami. Sí te quiere mijito pero este no es lugar para niños. Yo soy un niño mami. Sí pero es diferente, tú sabes mi amor que lo hago por tu bien, y además Sarita está en el colegio. Yo también quiero ir al colegio mami.

Papito ya me tengo que ir, vuelvo la próxima semana. Mami no te vayas, llévame contigo, no me dejes aquí mami no me gusta.

Pero se fue y estuve muy triste y por eso me tuvieron que dormir un rato. Sigo cansado. Hasta mañana.

05 de marzo (7:12 a.m.)

No me gusta tanto escribir. No sé a quién le estoy hablando y eso no me gusta. Supongo que me hablo a mí mismo. Yo soy el único que lee esto. Bueno aunque a veces mi enfermera Cata lo lee. Dice que es muy interesante y que debería escribir más sobre cómo me siento y menos sobre los pajaritos y el cielo. Pero yo no le hago caso.   

(3:31 p.m.)

Me aburro. dks oppppppp fffffff WWWW. m    e       a      b   u   r  r  r  r  r  r o   o o.

(3:33 p.m.)

(3:34 p.m.)

(3:37 p.m.)

(3:38 p.m.)

No se me ocurre nada. Perdón Cata. Sólo estoy cansado. Aunque hoy un copetón estaba cerquitica de mi ventana.

06 de marzo (6:04 p.m.)

Hoy no me siento bien. Hablé con Mamá por el teléfono del pasillo. Me dijo que la semana que viene no iba a poder venir como me había dicho porque iban a operar a Sarita. Qué tiene Sarita mami. Nada mijito, no te preocupes. Pero me preocupé porque la escuché sorber por la nariz como cuando lloraba. La llamada se desconectó y grité mucho. Cata y Mariana me arrastraron a mi cuarto y me dieron mis pastillas.

Por qué ya no puedo ver a Sarita, Cata. No entiendo. Cata miró por un segundo a Mariana y se arrodilló en frente de mí. Dieguito, te acuerdas de lo que pasó antes de que vinieras aquí. Sí, estábamos en el parque Mamá, Sarita y yo. Y no te acuerdas de nada más. No, Cata, no me acuerdo. Qué pasó. Pero Cata no me dijo nada. Me acarició la cabeza y se fue con Mariana.

07 de marzo (9:33 a.m.)

No me acuerdo. No me acuerdo. No me acuerdo. Cómo estará Sarita. Mamá no ha llamado. Sáquenme Sáquenme. Cata ayúdame a ver a Sarita por favor.

(9:34 a.m.)

A Sarita le gustan mucho los helados de pistacho.

(9:35 a.m.)

A Sarita le gusta mucho correr y rodar por el pasto. Por eso siempre vamos al parque de al ladito de la casa.

(9:36 a.m.)

Sarita y yo a veces nos peleamos. Yo soy más grande que ella pero Sarita es muy rápida y a veces me pega duro. Eso me enoja.

(9:37 a.m.)

Mamá siempre nos regaña cuando peleamos. Juego de manos, juego de marranos, dice siempre. Pero nosotros no le hacemos mucho caso.

(9:38 a.m.)

Fuimos al parque ese día. Peleamos como siempre. Le jalé el pelo. La empujé al piso. Y después. No me acuerdo. No me acuerdo. Mi mami gritó. ¡Para Diego!¡Déjala ya, qué haces! No me acuerdo. No me acuerdo. Cata ayúdame.


Mikaela Huet-Vray es una autora colombiana (Bogotá), estudiante de letras en la Sorbona. Ha publicado poemas en el fanzine Serpiente de Montaña, iniciativa independiente colombiana.

Narrativa

Muerte y concepción de un mensaje de texto

Borró el mensaje por tercera vez y volvió a empezar. ¡Hola, Irina! Oye, el día está muy bonito y tú también. ¿Te gustaría ir al bosque a hacer un picnic con quesos, un vinito y unos libros de poesía? Contempló el borrador unos instantes y lo eliminó. No quería ser impositiva. Miranda odiaba hasta la médula hacer este tipo de cosas. Quizá un buen paso sería bajarle a la puntuación, quitar los signos de interrogación del principio y deshacerse de las mayúsculas: hola irina! cómo estás? oye, el día está muy bonito y tú también. si no estás ocupada, te gustaría ir al bosque a hacer un picnic con quesos, vino y libros de poesía? Mejor. Le daba una salida y sonaba más casual. Pero ella no era casual, ¿por qué tendría que serlo? La vida es demasiado corta y es ridícula esa actitud de fingir que no nos importa lo que sí. No entendía la lógica detrás de sostener que la indiferencia es atractiva. No podría ser más absurda toda la idea del hombre frío y distante que hace a las chicas embelesarse.  Pero entendía el miedo al compromiso y no quería espantar a Irina, apenas se estaban conociendo.

Esas cosas nunca se saben. La línea entre una amistad y algo más se difumina como las esquinas de un trazo de carbón. Los hombres suelen ser mucho más obvios. Irina le echaba miraditas furtivas mientras hacían su trabajo en equipo para la clase de literatura posmoderna. Cuando Miranda se peleaba con Henry porque quería meter sus opiniones del siglo pasado en el trabajo, Irina asentía en apoyo. Y amaban con pasión a las mismas poetas confesionales: podían hablar por horas como si nadie antes las hubiera entendido. La afinidad era clara. Se caían bien y hasta habían ido por un té al barrio chino la semana pasada. Irina le había mandado un mensaje un par de horas antes avisándole que estaba saliendo de un resfriado común y que se iba a ver descuidada. Pero llegó preciosa, con un vestido largo de lino azul marino. Había rodeado su lagrimal con una pintura que brillaba color de plata y tenía el contorno de sus pestañas delineadas con un negro obsidiana que le daba a su mirada una profundidad hipnótica. Los farolillos de papel que colgaban en la calle apenas se reflejaban en sus aretes alunados de latón y aluminio, que mutaban las luces amarillas en pequeños puntos blancos y cobrizos en su cabello oscuro y ondulado. Parecía un interminable cielo estrellado en la noche más sola. Miranda pensó que eso era la felicidad. Verla gesticular con euforia cuando hablaba de Sylvia Plath y Anne Sexton y que sus siete anillos en cada mano resplandecieran en tonos distintos con cada palabra. Sus sonrisas destacaban sus pecas y hoyuelos, que se sentían como triunfos. El pasado musical de Miranda se asomaba y ella quería, con cada fibra de su ser, tocarle el Claro de Luna de Debussy. Pero el encanto se rompía cada vez que Irina quería discutir las ideas de Henry, que era todo un machote, peor que un orangután. Miranda no quería pensar en él mientras construían un vínculo tan hermoso.

Miranda llevaba poco menos de media hora dándole vueltas al mensaje, aunque lo había empezado a pensar mucho antes. Le trajeron su latte con leche de soya, con un corazón blanco sobre la espuma café, en una taza magenta. Se recargó en el respaldo del sofá, elevó la mirada para probar su latte y vio, más allá de las periqueras vacías y la ventana, a las personas caminando frente el Café Bloomsbury, entre la universidad y donde vivieron los Woolf. Algunas, con la intención de aprovechar el sol, cruzaban en chanclas y shorts o faldas largas al parque de la esquina contraria. Otras seguían la cuadra, esquivaban el poste negro victoriano y se dirigían a los edificios cobalto de los empresarios de la Ciudad de Londres. Dio otro sorbo y le escribió a Amelie. Oye, Ami. Estoy intentando escribirle a Irina y no sé cómo. Estaba pensando en algo como ‘oye. cómo estás? el día está muy bonito y tú también. si no estás ocupada, te gustaría ir al bosque a hacer un picnic con quesos, vino y libros de poesía?’. Send help. Otra opción era agregarle detalles al mensaje para Irina. Hacerlo más íntimo, transparente. Algo auténtico. Decirle que encontró un lugar a diez minutos de la estación de las afueras de la ciudad, y que tiene unos dientes de león y unas margaritas preciosas que le recordaron a ella y, de alguna forma que no acaba de estar clara, a sus hoyuelos y cómo sonreía con todos los dientes. Respuesta de Amelie: Ni idea, pero eso no. Bajo ninguna circunstancia. Namás dile que vas a ir por un café y que si quiere acompañarte. No seas tan intensa, ni sabes si le gustas. Pésimo consejo, qué es eso de no ser intensa. ¿Cuál era el punto en esconder la electricidad en la punta de su lengua? Pero sí había que bajarle un poco. Quizá podía hacer esa cosa que decía el imbécil de Henry, dizque muy conocedor en estos temas, que mientras más es le pongas al ‘‘oye’’, más interés demuestras. oyeeeeeeeeeeeeeeeeeee. No, ese era un exceso. Qué innecesariamente difícil. ¿Por qué no decir lo que sentimos y ya? Poder mandar un Oye, me gustas y quiero pasar más tiempo contigo para que nos conozcamos. ¿Qué opinas? Pero no, ¿verdad?  Siempre tenemos que andar con jueguitos.

Miranda recordó a todos los hombres que habían intentado usar una pickup line con ella y se regocijó en sus fracasos. Nada sube los ánimos como ver a un hombre desagradable decepcionarse. Ese era, tal vez, el único atractivo que Miranda le veía al fútbol. Tres le habían dicho variaciones de Pingüino gordo… algo para romper el hielo. Dos le habían preguntado si creía en el amor a primera vista para irse después de la negativa y regresar preguntando si creía en el amor a la segunda. Uno había sido extrañamente político: Cómo me gustaría ser el proletariado para expropiar tus medios de producción. Cuatro habían sido todavía más obscenos. No quería estar en el mismo saco que ellos. Quería ser abierta sobre lo que sentía, pero le daba miedo que no fuera recíproco.

Le dio otro sorbo a su latte y vio de reojo las parejas en el parque. Agarradas de la mano, tomando el sol, echadas sobre el pasto, sentadas en las bancas bajo las magnolias y cerezos en flor, caminando lado a lado en improbable sintonía. Tal vez era más improbable quererse tanto. Suertudas. Cómo no sentirse romántica cuando Londres abandonaba sus trajes grises. oyeee. cómo estás? el día y el pasto lleno de margaritas están muy bonitos y tú también. qué tal si nos juntamos en un rato para hacer un picnic, tú llevas el pan y un libro de poesía y yo llevo el vino y los quesos. jalas? A Miranda le gustó la opción. Podría ser mejor, le gustaría que Irina saliera con ella porque quería y no por ninguna otra razón. Decidió agregar un pero sin presión 🙂 al final. Le volvió a mandar el borrador a Amelie. Tal vez Irina sentía lo mismo que ella. Estuvieron cuatro horas en la casa de té y sólo se fueron porque iba a cerrar. Irina le propuso que fueran juntas al metro y caminaron hablando de la musicalidad de Plath, qué libros y cds se llevarían a una isla desierta, qué nombre le pondrían a sus gatos si pudieran tenerlos y opinaron sobre su maestría en historia del arte. Una vez bajo tierra y en lugar de separarse, Irina le dijo que le quedaba suficiente lasaña del día anterior para las dos y la invitó a cenar en su departamento. Hablaron de lo que querían que tuviera su futuro durante tres estaciones, unas escaleras, cinco calles, un elevador y el tiempo que tomó abrir la puerta, saludar al compañero de piso que veía la tele en la sala-comedor, llegar a la cocina, poner la lasaña en el único plato de Irina, meterla al microondas para que diera vueltas hasta que emitiera vapor, sacarla y llevarla a la cama de Irina. Se sentaron frente a frente y comieron con un disco de Janis Joplin que Irina puso de fondo, para callar el documental del compañero de piso. Cada vez que Miranda se inclinaba hacia el frente, cruzaba las piernas o se apoyaba sobre sus palmas extendidas, Irina reflejaba sus movimientos. Miranda sólo se fue un par de horas después de haberse acabado la lasaña, cuando notó que los ojos avellanados de Irina le llamaban tanto la atención que no podía concentrarse en nada más. Concluyó que no tenía prisa, que le diría todo en otro momento. Regresó a la noche llena de estrellas y empezó a pensar en el mensaje de texto que le escribiría después.

Mensaje de Amelie: No sólo sigue igual de intenso, sino que decirle que sin presión hace que haya más presión. Tú hazme caso. Dile que vas por un café y unos libros y que si quiere ir. Y ya. Todo lo demás sobra. Miranda lamentó pensar que Amelie solía tener la razón y borró el mensaje. Levantó la cabeza para darle una serie de sorbos pequeños al latte, hasta que sólo quedara un rastro de espuma en su bigote. Por un instante largo, sintió que todo su cuerpo se tensaba y que le faltaba oxígeno. Miranda no pudo evitar reírse ante su recién descubierta miseria. Vio, sentada bajo un cerezo precioso en una de las bancas del parque de la esquina contraria al café, a Irina, con su sonrisa de todos los dientes y sus hoyuelos. Sentado a su derecha, oscureciendo con su mano peluda sus costillas izquierdas, Henry veía sus labios.

Narrativa

Petirrojo

No me podía levantar de la cama. Cada día era más difícil. A pesar de la terapia y de las pastillas, la falta de luz en invierno me partía el alma. Mi vida se me estaba resbalando entre los dobleces de mis sábanas y eso me paralizaba. Todo me paraliza ahora. De chiquita no era así. A veces mi mamá me cuenta lo enérgica que era antes, esas ganas de comerme el mundo, como dice ella. Pues el mundo me comió a mí mamá, perdóname. Pero creo que todavía hay esperanza. Hay días que siento esa presencia acogedora y tranquilizante, esa presencia de la que era antes. Y aquella niña dulce me coge de la mano y me acompaña hasta el baño para que tome una ducha y me vista. Mi niña se me aparece de vez en cuando en forma de petirrojo. Un petirrojo sereno y gordito que se posa suavemente en el marco de mi ventana y hace gárgaras de música con el viento. Casi todas las mañanas lo veo, y me acompaña.

Pero esta mañana me desperté y ya no sentía nada. Miré a la ventana en busca de consuelo pero no había rastro de mi compañero. Una sensación inexplicable se apoderó de todo mi cuerpo y, por más ridículo que suene, decidí salir a buscarlo. Me alisté, atravesé la sala de estar y salí del apartamento ante la mirada anonadada de mi mamá. No salía hace por lo menos cuatro meses. Bajé los tres pisos de mi edificio y salí a la calle. Salí. Y el hedor de la realidad me abofeteó. La basura, los andenes putrefactos, las palomas decrépitas revoloteando encima de mi cabeza, la mierda de perro que pisas inevitablemente. La verdad, siempre me sorprendió que un pajarito como mi petirrojo se posara en una ventana de un tercer piso entre tanta paloma y gorrión. Seguí andando por las calles de una ciudad que ya no reconocía. Todo estaba medio vacío, medio muerto. No había tanta gente en la calle como me esperaba. Tuve una sensación rara en el estómago. Qué idiotez, me dije, ahora donde se supone que encuentre yo un petirrojo. Alcé mi cabeza tratando de ver los marcos de todas las ventanas de los edificios que me rodeaban. Cuando me dolió el cuello paré sintiéndome aún más ridícula.

De repente, escuché unas risitas infantiles seguidas de murmullos. Venían del parquecito descuidado de al lado de mi apartamento. Al acercarme, vi a dos niños de unos once años sentados en el piso, al lado de los columpios. Los dos parecían muy entretenidos jugando. Me dio curiosidad y, animada, decidí acercarme aún más para ver mejor lo que yo me imaginé que era un juego de canicas. Pero escuché un gorjeo. Una gargarita de música. Y lo vi, aleteando sus alas con todas sus fuerzas. Las manitas blancas aplastándolo contra el pasto. Las manitas blancas asfixiándolo con sus dedos. Y se reían. Este sí que es testarudo, decía uno de ellos, no se deja. Salí de mi ensimismamiento y les grité que ¡qué hacían! que lo iban a matar. Los dos niños se voltearon a mirarme, me tiraron la lengua y salieron corriendo con ruidosas carcajadas. Me arrodillé en el pasto y recogí, con mucho cuidado, a la niña que fui.


Mikaela Huet-Vray es una autora colombiana (Bogotá), estudiante de letras en la Sorbona. Ha publicado poemas en el fanzine Serpiente de Montaña, iniciativa independiente colombiana.

Narrativa

Los ojos del silencio

“[…] el timbre de voz de la sombra no era el timbre de un solo individuo, sino de una multitud de seres.”

Edgar Allan Poe, Sombra

Esta es la historia de otro solitario empedernido, de un extravagante más en algún pueblo enrarecido por las heridas del tiempo. Lo conocían por el nombre de Rodrick Gerhardt; un tipo sombrío de mirada gélida, rostro enjuto y áspero al trato; antes profesor, esposo y padre. Hasta el día de su muerte, acaecida la noche del 27 de octubre de 1891, no se sabía demasiado sobre él; tan sólo que un afinador de pianos llamado Edward Milner, esposo de una joven enfermera del sanatorio y, casualmente, vecino suyo, lo visitaba sin falta una vez al año. Aunque difícilmente podría hablarse de amistad, los extraños eventos que unieron a Rodrick Gerhardt y a Edward Milner son, sin lugar a dudas, mucho más fuertes que la simpatía y la afinidad.

No he de ser juzgado por haber escuchado y reconstruido tantas veces lo que estoy por relatar, pues la memoria me obliga, y cualquier hombre que haya vivido en la desgracia, ya sea por un fugaz instante o por el resto de su vida, sabe de los profundos imperativos del alma. Lo impredecible y lo inexplicable han sido, desde el inicio, los dioses que nos han transformado en ángeles o en bestias, en seres de renombre o en desconocidos incapaces de inspirar otro sentimiento que la desconfianza y el temor. Todo aquél que ha pisado las húmedas tierras de Millport conoce la angustia y la nostalgia, la sensación del naufragio, la tortura del recuerdo: la vivencia de un pasado menos agrio, incluso feliz.

Casualidad o no, Rodrick Gerhardt llegó al pueblo de Millport cuando recién enviudó. El trágico accidente que, intuimos, había matado a su esposa y a su hijo primogénito nunca nos fue revelado más que por su semblante corroído. Las únicas palabras de Rodrick Gerhardt que el pueblo conoció fueron las que se escapaban todas las noches por la ventana del salón de su casa; edificio que, siempre en vela, acogía únicamente acordes tristes y sones marchitos. —Hoy vine a sentarme a tu lado, mi vida, queriéndote amar; hoy vine a pedir que me lleves, querida, en el eco del mar— cantaba diariamente el afligido viudo. Durante nueve años, el pueblo sólo conoció la desazón de estas baladas, pero al décimo año todo cambió drásticamente: los sonidos que salían de la residencia Gerhardt eran cada vez más extraños y descuidados, la estridencia crecía y borraba todo rastro de equilibrio y de mesura. El desquicio de aquel hombre era ensordecedor y espeluznante, y la locura que provocaban sus clamores se exacerbaba con el paso de las noches. Las progresiones más horrendas de sonido inundaban las calles de Millport durante largas veladas. El terror que infundía el sonido era abismal e infinito. Sin embargo, cuando la parálisis de aquel pavor estaba al borde de alcanzar su punto mortal, los sonidos cesaron de repente, y un sosiego espantoso y definitivo abrazó al puerto.

Una mañana de aquel décimo año, después de una semana entera de inaudito silencio en el concejo, la señorita Stevens reportó el insoportable hedor con las autoridades, un olor nauseabundo que provenía de la residencia Gerhardt desde la noche anterior. Cuando la policía irrumpió en el edificio, halló el cadáver de Rodrick Gerhardt tendido en el centro del salón, con una expresión escalofriante en el rostro. La casa se encontraba completamente desolada y a oscuras, no había un solo mueble ni decoración en el edificio, y todas las ventanas, salvo el ajimez abierto que conectaba al salón con la calle, estaban cubiertas por pesadas y largas cortinas. Las pertenencias del pobre viudo se reducían a un piano antiguo, miles de partituras esparcidas por el suelo con extrañas inscripciones y signos insólitos, y un pequeño cuaderno que se encontraba próximo a su cuerpo. Entre las páginas del cuaderno se encontraba un retrato ligeramente velado y trasnochado de su esposa y su hijo, que servía de separación entre las anotaciones neuróticas de los meses pasados y las marcas de algunas páginas arrancadas toscamente. Al ver todo esto, el rostro del oficial Wilkins se ensombreció al instante, tardó en moverse; finalmente comenzó a examinar la escena, tomó el cuaderno con delicadeza y, después de hojearlo durante un par de minutos, decidió guardarlo. —Llévense el cuerpo y hablen con el sacristán; el entierro no puede esperar.— Una vez retirado el cuerpo, el oficial Wilkins divisó en el pequeño atril de madera sobre el piano unas partituras muy particulares, distintas del resto; sucias, arrugadas y con unas líneas casi ilegibles escritas con una tinta oscura y densa. El oficial tomó las páginas y las guardó cuidadosamente junto con el cuaderno, luego abandonó el edificio.

Según escuché tiempo después, tras realizar los procedimientos habituales —es decir, llenar los debidos formularios y redactar el reporte— el oficial Wilkins se dedicó a inspeccionar las anotaciones del cuaderno y las inusuales líneas de las partituras en el atril. Todo le resultaba incomprensible y oscuro, los signos y las palabras que encontraba en aquellas páginas eran de lo más extraño, códigos indescifrables, palabras impronunciables. Largas horas estuvo el oficial tratando de encontrar algún patrón en aquellos símbolos, alguna conexión lógica que explicara aunque fuera superficialmente las inscripciones, pero el intento fue inútil: más que palabras, los signos en las páginas eran imágenes; más que imágenes, las figuras plasmadas en las hojas eran sonidos incognoscibles, alusiones a una experiencia que nuestros sentidos ignoraban. Mientras más miraba las páginas tratando de comprender, más se manifestaba la insania del oficial, que a pesar de la frustración seguía observando, oyendo, sintiendo las inscripciones que yacían esparcidas en el escritorio. Una sombra inefable rondaba su mente, una especie de vértigo confundía sus sentidos, un océano oscuro pronunciaba intensos estrépitos en su cabeza. Dos días pasó el oficial Wilkins en aquel trance maldito, hasta que un colega lo encontró fulminado en la silla de su escritorio, con los ojos desorbitados y el cuerpo contraído, mientras susurraba frases ininteligibles, ruidos guturales nunca antes percibidos. Desde luego, el oficial fue inmediatamente llevado al sanatorio. El episodio fue adjudicado a una crisis nerviosa, algo no muy descabellado si se piensa en la  edad relativamente avanzada del oficial Wilkins y en la aparente inactividad del pueblo de Millport. Aquel mismo día, el caso fue transferido al oficial Dunn, un hombre solemne de unos cuarenta años cuya personalidad parecía considerablemente menos impresionable que la del oficial Wilkins. Tras leer el reporte del caso, el oficial Dunn no hizo más que corroborar la supuesta locura y misantropía de Rodrick Gerhardt, por lo que, sin mirar las páginas y las inscripciones que tanto afectaron al oficial Wilkins, sacó sus propias conclusiones.

El día del entierro, una sola persona asistió a la ceremonia: Edward Milner, el afinador de pianos, el único conocido en el pueblo, quizá, de Rodrick Gerhardt, aunque probablemente sea inexacto hablar de un conocimiento profundo. Cuando Edward Milner regresó a su residencia después del entierro, el oficial Dunn ya lo esperaba en la puerta de su casa, con una pequeña caja de madera que yacía a sus pies. Ahorrándose los preámbulos, el oficial se dirigió a un Edward Milner nervioso y angustiado.

— Disculpe las molestias, señor Milner. Prometo ser breve.

— Yo no lo conocía, ¿sabe? El señor Gerhardt me dirigió la palabra sólo un par de veces.

— Tengo entendido que usted visitó diariamente a Rodrick Gerhardt durante las últimas semanas de su vida, y que antes, usted visitaba su residencia una vez al año para afinar su piano.

— Así fue, pero en esas visitas no se dijo ni una sola palabra… Le digo que me habló tan sólo un par de veces.

— Cuénteme sobre la última vez que hablaron.

— Yo estaba en la alcoba, con Margareth, cuando, de pronto, unos golpes a la puerta me obligaron a levantarme de la cama. Los golpes, desesperados y violentos, no cesaron hasta que abrí el portón. La oscuridad y el letargo que me invadía me impedían distinguir la figura de la persona al exterior de la casa. Sin embargo, antes de que pudiera acercar la vela a la silueta para identificarla, ésta dio un paso al frente y me tomó de los hombros con fuerza. La vela iluminó el rostro del señor Gerhardt, que repetía mi nombre con gravedad y me miraba con un brillo inusual en los ojos. Parecía otra persona, un ímpetu irreconocible enardecía sus gestos y aceleraba sus palabras. Me habló de un reencuentro que se aproximaba, de un gran acontecimiento que estaba esperando desde hace años. Junto a estas frases atropelladas, me ordenó ir a su casa todos los días para hacer los ajustes habituales. “De vital importancia, de vital importancia…” repetía con un tono severo y angustiado. No pude reaccionar, quedé estupefacto; antes de decir cualquier cosa, el señor Gerhardt ya había emprendido su camino de regreso, musitando frases incomprensibles hasta desaparecer en la penumbra. Cuando el desconcierto pasó, pensé que la paga diaria por los ajustes rutinarios me vendría muy bien, y al día siguiente fui a visitarlo, según me lo había pedido. Usted sabe que en este pueblo mi oficio es escasamente requerido, y yo tengo una mujer y un hijo que alimentar.

— Comprendo, pero ¿una vez en su casa, qué hacía usted con el piano?

— No quiero aburrirlo con detalles técnicos… digamos que me aseguraba de que las cuerdas sonaran bien; a veces hacía falta un poco de limpieza, otras veces bastaba con ajustar las clavijas. Aunque he de decirle, oficial, que por más minucioso que fuera mi trabajo el día anterior, al día siguiente me encontraba de nuevo con un instrumento terriblemente desafinado, y no hace falta poca cosa para necesitar una afinación diaria. En cuanto al señor Gerhardt, lo único que hacía mientras me ocupaba del piano era escribir frenéticamente en su cuaderno y en sus partituras; mientras hacía esto, decía cosas para sí en tono bajo y serio que yo nunca alcanzaba a comprender, pero sea cual fuere el motivo de su escritura, debía tratarse de una fuerte obsesión.

— Sueños, señor Milner, turbaciones nocturnas.— dijo mientras sacaba el cuaderno de la caja que estaba a sus pies

— ¿A qué se refiere?

— El señor Gerhardt plasmaba en este cuaderno todo tipo de ensoñaciones estremecedoras que, sin lugar a dudas, perturbaron su estado de ánimo durante los últimos momentos de su vida. Era un hombre insano con una demencia incurable, un infeliz que probablemente vivió más tiempo del que debía. Yo sé que no fue un homicidio, señor Milner, nadie en su sano juicio lo pensaría, pero mi oficio exige cumplir con protocolos, y siendo usted la única persona que lo frecuentó, es mi deber preguntarle estas cosas.

Dicho esto, el oficial Dunn levantó la caja con los papeles de Rodrick Gerhardt y la colocó en las manos de Edward Milner. —Revise estas páginas, señor Milner, quizá recuerde algo importante y pueda decirme después lo que significan. Regresaré en unos días para reanudar nuestra conversación.— El oficial inclinó ligeramente la cabeza en señal de despedida y se fue.

Apenas cerró la puerta tras sus pies, Edward Milner puso la caja en la mesa del comedor y sacó el cuaderno y las partituras que el oficial Wilkins había encontrado en el atril del piano. Lleno de curiosidad, Edward Milner dispuso las hojas en la superficie de la mesa, hasta cubrirla por completo de páginas e inscripciones. La curiosidad se transformó pronto en incomprensión, luego en confusión. Al poco tiempo, el desconcierto se convirtió en una consternación obsesiva, de manera que Edward Milner pasó horas frente a los signos y las figuras plasmadas en las páginas, totalmente absorto, mirando con una fascinación siniestra los extraños símbolos que Rodrick Gerhardt había trazado. Sus ojos adquirieron, de repente, un brillo fúnebre; un destello sepulcral invadió su rostro y, en cuestión segundos, su cara comenzó a contorsionarse en escalofriantes gestos, su boca emitía sonidos ininteligibles, un ruido lento y profundo se articulaba en el estrépito de sus balbuceos. Una reacción similar a la experimentada por el oficial Wilkins perturbaba el estado de Edward Milner, aunque esto yo aún no lo sabía. Fue cuando el trance llegaba a su cúspide que Margareth Milner llegó a la residencia, tras terminar su guardia en el sanatorio. Tan pronto vio a su marido en aquellas condiciones, lo apartó con violencia de las páginas y trató de reanimarlo haciéndolo inhalar un poco de alcohol con un paño. Transcurrieron largos minutos antes de que Edward Milner cesara de articular aquellos sonidos incognoscibles. Sin embargo, el silencio fue sucinto y brusco; de un instante al otro Edward Milner detuvo sus gesticulaciones y sus sonidos, y aquel extraño vigor abandonó su cuerpo súbitamente, dejándolo exánime y pálido. Tan pronto cesó el ruido, Margareth Milner tomó el mantel que yacía en la repisa sobre la estufa, y cubrió, sin atreverse a mirar la mesa, las páginas que, durante horas, había observado su marido. Aunque aquellas páginas, después del insólito suceso, fueron puestas en un baúl y arrojadas al mar, nadie se atrevió a tocarlas ni a acercarse a la mesa durante un largo tiempo.

El sanatorio recibió a Edward Milner y lo acogió varios días. Cuando el pobre hombre recuperó el color en el rostro y la suficiente fuerza para sostener su cuerpo, Margareth Milner lo trasladó a la residencia para poder atenderlo mientras cuidaba a su hijo Euen, de entonces nueve años. Las cosas que observó y que escuchó aquel infante helarían la sangre de cualquiera, y no es de extrañarse que a partir de los terribles episodios de locura vividos en Millport, la gente del pueblo reconociera en los ojos del niño aquel brillo mortal que también veían en la mirada del padre y del oficial Wilkins. Y es que las noches previas a los atroces incidentes, el pequeño Euen miraba desde su ventana el salón de su vecino, siempre en vela, cuyos sones marchitos y acordes tristes, por alguna razón, lo fascinaban. Aún cuando el estado mental de su vecino empeoró, y de su boca y piano no salían más que horripilantes ruidos e insoportables estruendos, el pequeño Euen no paraba de mirar a través de la ventana; por el contrario, su fijación por el sonido se volvía más fuerte, de modo que no despegaba los ojos del salón y escuchaba con atención aquel ruido ininteligible como sujeto por un poderoso trance. La noche del 27 de octubre, cuando el terror que infundía el sonido era abismal e infinito, y la parálisis de aquel pavor estaba al borde de alcanzar su punto mortal, Euen observó el suceso que habría de trastornar su vida para siempre: con la mirada fija en el salón de Rodrick Gerhardt, el pequeño Euen vio cómo, durante el éxtasis del viudo, un ser extraño escaló hasta el ajimez que conectaba al salón con la calle; se trataba de un cuadrúpedo sin rostro, una especie de alimaña apenas distinguible que portaba el sonido de la sombra, cargaba con el estruendo inconfundible del abismo y hablaba el lenguaje de la muerte. Cuando la criatura atravesó el umbral de la ventana, se desplazó lentamente hacia el piano de Rodrick Gerhardt con la brusca agilidad de un centípedo. Cuando hubo alcanzado el piano, la alimaña se posó sobre el instrumento y, con un movimiento indescriptible de profunda violencia y pesadez, la criatura “miró” a Rodrick Gerhardt directamente a los ojos, provocando un grito sordo en el rostro del viudo que marcó el último gesto de su vida.

Una calma espantosa y definitiva hundió al niño en un vacío interminable, en un terror eterno y dormido en el que creyó desvanecerse hasta alcanzar la oscuridad más profunda, hasta escuchar el fragor del tiempo vencido. Cuando Euen Milner despertó del desmayo en los brazos de su madre, el brillo sepulcral que acompañaría su mirada el resto de su vida ya se había impregnado en sus ojos, y no fue capaz de emitir ningún sonido a partir de aquel instante. Los días posteriores al incidente, los pasó callado en su habitación, mirando y escuchando a través de la ventana los sucesos cotidianos: oyó a la señorita Stevens llamar a la policía; vio al oficial Wilkins y a los demás agentes examinar el salón de su vecino y recoger las partituras y el cuaderno del viudo; escuchó la conversación entre el oficial Dunn y su padre; percibió desde su recámara los sonidos del episodio psicótico, e imaginó su dolor y su rostro perdido; escuchó a su madre llegar y auxiliar a su padre; y cuando pasó algunos días en el sanatorio, a causa del estado mental de su progenitor, escuchó los relatos que el oficial Wilkins, aún afectado, refería a los doctores y enfermeras. Tiempo después, sufrió la muerte de su padre, cuyo equilibrio mental, desgraciadamente, nunca recuperó.

A raíz de esta desgracia, Margareth Milner no volvió a conocer la tranquilidad; sumida en un pánico perpetuo, pasaba las noches en vela, mirando hacia el mar con un portarretrato vacío entre las manos. El joven Euen pasó los siguientes años al lado de su madre, acompañando taciturno su angustia y presenciando el prematuro deterioro de la mujer. Él estuvo siempre a su lado, escuchando el insomnio de su madre, viendo aquel brillo crepuscular crecer en sus ojos hasta el día de su defunción. Desde entonces, el pequeño Euen se ha dedicado a recordar, a revivir los trágicos sucesos de su vida y repetírselos en silencio; y no se le ha de juzgar, porque la memoria lo obliga a escribir su desgracia, y a contar la historia de este solitario empedernido.


Bruno Armendáriz (Ciudad de México, 2000) estudia letras francesas en la FFyL. Susceptible al sentimentalismo, la fatiga y la adjetivación innecesaria, comparte ideas sobre música en Revista Cluster.
Instagram: @brunoarmenda

Narrativa

El nacimiento de Vera

But O as to embrace me she enclin’d

I wak’d, she fled, and day brought back my night.

John Milton, Soneto 23

El insomnio y querer estar ocupada la orillaron a empacar. Le tomó hasta la mañana. No había mucho que guardar, pero llevaba unos días sin tener ganas de nada. Desde que falleció Agustín, sus movimientos se habían alentado y cada vez eran más difíciles. Sentía que no podía dejar de hacer cualquier cosa, sobre todo en las noches. Así nadie se daba cuenta del esfuerzo que ahora le costaba todo. Vera se sentó sobre la cama infantil, todavía con la cubierta de planetas, y vio en la pared, junto a un póster de Nirvana, uno de los primeros murales del muerto: un puesto de flores imaginario, no muy distinto al que pasaba cada mañana cuando iba a la escuela. Desde niño, Agustín había estado obsesionado con la pluralidad de las cosas: le parecía casi inconcebible, por ejemplo, que tantas texturas, formas y colores distintos fueran parte de lo mismo y que terminaran en las mismas macetas de plástico negro, o en conos de periódico del día anterior. Mientras Vera seguía con sus ojos los pétalos púrpuras de los crisantemos, los rayos de los girasoles y la simpleza pura de las margaritas, su pulgar hacía girar los dos anillos de oro, prácticamente impolutos y envueltos alrededor de su muñeca en una cadena improvisada.

Había muerto dos semanas atrás. Vera lo encontró en la tarde, cuando regresó de la oficina. Estaba pálido y sentado frente a la mesa de su taller. Todavía tenía el pincel seco y tieso en la mano. La imitación de los alcatraces del vecino, que se veían desde la única ventana del taller, quedó atravesada por una línea diagonal amarillo canario, que quizá resultó de algún espasmo producido por el infarto.

La mañana había transcurrido con normalidad. Vera se levantó a las seis y media y se bañó con su jabón de menta. Agustín preparó el desayuno (unas claras con huitlacoche, avena, jugo verde para ella, unos chilaquiles rojos y un jugo de naranja para él) y se sentaron para platicar sobre sus planes del fin de semana. Agustín quería ir a asolearse, tomar mezcal, comer moles de varios colores. Tenía anhelos de revivir su luna de miel del año pasado en Oaxaca, pero no lograron concretar nada. Limpiaron los platos, Agustín fue a pintar sus óleos y Vera corrió a la oficina, para ser la primera ahí. Últimamente había tenido prisa.

Ahora llevaba una quincena con su suegro. Pedro sugirió que Don Agustín y ella se podían hacer compañía mientras se encargaba de poner en orden los papeles del muerto y el departamento. Vera se hospedó en el cuarto de la infancia de Agustín y no podía evitar acordarse de él, sobre todo cada vez que veía en el techo, sobre la almohada, la grieta que él decía que tenía forma de pétalo de bugambilia. Para ella, era una grieta con cara de grieta, pero acercarse a la imaginación luminosa de Agustín agravaba su sentimiento de pérdida. A pesar de eso, todavía no lograba soltar ni una lágrima.

Agustín siempre fue el sentimental de los dos. Si la muerta fuera ella, él seguramente hubiera empapado el piso con sus lágrimas diarias y poblado las paredes con monstruos, más solitarios que horribles.

Vera se dio cuenta de que había alguien más en la recámara cuando sintió una mano pesada sobre su hombro. ‘¿Cómo sigues, hijita? ¿Estás lista?’ dijo el suegro a la viuda. Él sí tenía los ojos aclarados por las noches de llanto desolado. Tenían la misma forma de luna menguante que aquéllos hechos ceniza y guardados en una cripta en el Pedregal, entre la suegra y varios pares de ancestros que Agustín nunca conoció. Asintió: dijo que estaba lista y arrastró la maletita hasta el garaje. En el camino, evitó las fotos, los cuadros, las pinturas y cualquier otro recuerdo. Procuró caminar cabizbaja. Prometió llamar pronto y le dio un abrazo al suegro, que siguió llorando cuando se despidió de lejos y ella ya estaba en el coche, camino al departamento. Vera llevaba desde la preprimaria sin llorar, cuando mandaron a su hermano a terapia porque disque los niños no lloran, porque no son débiles. Ella se obligó a dejar de expresar su dolor y ahora era incapaz de hacerlo, sobre todo cuando más sentía que lo necesitaba.

En lugar de la cajuela, prefirió poner su maleta en el asiento del copiloto, con cinturón. Pasó casi todo el viaje en su cabeza, no en la calle. Habría atropellado a un viene-viene, si él hubiera sido un poco menos ágil o ella menos atenta. En el recorrido de la Escandón a Coyoacán hizo paradas en su memoria: cómo Pedro le presentó a Agustín cinco años atrás para que aprendiera a relajarse, aquellas pequeñeces que los juntaron. Se acordó del poema de Robert Haas que él se tatuó bien pequeño en la espalda, como un reconocimiento de que siempre iba a ser parte de su vida, pero que no aguantaría verlo todos los días. Recordó también esas cosas que hacía, como escribirle mensajes en el espejo empañado de la regadera, salir en bicicleta los domingos para tener pan dulce recién hecho, o pintar sus óleos de flores encima de pinturas monstruosas.

Su recuerdo fue interrumpido en Avenida Universidad por un niño que se abalanzó sobre su parabrisas con la intención de limpiarlo, a pesar de (o tal vez con más ganas por) todas las veces que le dijo que no con la cabeza. Vio a la madre con otro niño en su rebozo. Los tres estaban descalzos y se sorprendió cuando entendió que su desprecio era más bien envidia. Los niños siempre le habían dado indiferencia, pero en ese momento no había nada que hubiera querido más que tener a un pequeño, en el que poco a poco se fueran desarrollando los gestos y las facciones del que amaba. Lo hubiera metido a clases de pintura, le hubiera contado que su padre fue un gran hombre y lo hubiera querido mucho. También se hubiera llamado Agustín. Le dio quince pesos al niño, el semáforo pasó a verde y regresó a su cabeza.

Agustín decía que lo auténticamente hermoso sólo era posible si se alternaba con horror o tristeza. Entonces insistía en retratarla primero, luego pintar monstruos sobre ella, flores sobre los monstruos, paisajes urbanos sobre las flores y diseño tipográfico u otras abstracciones sobre lo urbano. Nunca llegó más allá de eso, pero Vera intuía que eventualmente la pintaría sobre otra cosa y se cerraría el ciclo. Quizá sólo volvería a empezar.

Llegó. Abrió el portón y bajó la rampa. En el estacionamiento, al lado de los elevadores, la esperaba su hermano, Pedro, que recién había acabado de guardar en su cajuela las cajas de ropa, pinceles, óleos, acuarelas, lienzos y las cosas de aseo de su amigo. Sólo se confundió y se llevó el jabón de menta y no el de mandarina y albahaca. Le ayudó a subir la maleta al departamento y a desempacar, para que no viera todavía los cajones vacíos a medias, ni los demás huecos tangibles. De nuevo en el estacionamiento, Pedro le dijo que lo llamara si necesitaba cualquier cosa. La luz sucia hizo que Vera no supiera de las lágrimas de su hermano hasta que se secó los ojos en su hombro con un abrazo que ella no sintió.

Después de que Pedro se fuera, Vera se dedicó a reordenar, para distraerse un poco. No se permitía dejar de estar ocupada. Quería que el departamento se viera un poco más lleno, entonces acomodó varios grupos de flores enviadas por amistades y familiares lejanos: tulipanes, orquídeas, etcétera, no importaba. Entró a su cuarto, abrió las puertas del clóset. Pedro dejó, quizás intencionalmente, la sudadera favorita de Agustín, lo demás era vacío. Vera esparció su ropa para que el espacio fuera menos evidente.

Una vez, Agustín llegó vestido con esa sudadera y unos pantalones carmesíes, porque iban a ir a Michoacán a ver las mariposas monarcas y alguien le dijo que se subían a las personas vestidas de rojo. Inmediatamente, fue a comprarse su atuendo. Estaba emocionado como niño por la idea de que lo tapizaran con alas de bronce, ónix y plata, antes de que dejaran de existir. Entonces supo Vera que quería pasar el resto de sus días con él. Se sintió culpable al descubrir que le dolía que Agustín estaba extinto y ellas no.

Tomó la sudadera, ropa interior, unos pants. Los puso encima el lavabo, prendió la regadera, colocó su toalla color durazno con flores negras sobre el cristal de la cabina color caracola y, una vez que el vapor comenzó a soplar, se metió a bañar. Del agua enfriándose a sus pies, de las burbujas fundiéndose y multiplicándose en los rincones de su espalda, y del vapor condensándose y comenzando a gotear, nació una nueva Vera: prístina, vulnerable y quebradiza. Ahora ella olía a mandarina y albahaca. Salió, se enmantó con la toalla durazno, fue al espejo. En un momento de pausa y con dos hilos cristalinos corriendo desde sus ojos húmedos, notó, escrito con trazos seguros y longevos, la última muestra de amor del muerto.

Narrativa

El verano

Verónica no siempre lo detestó. Los primeros años, se burlaba con Andrés de las tardes bochornosas, enumerando las ventajas de tener mucho frío contra tener mucho calor. Al final, él siempre llegaba a la misma conclusión: con el frío siempre puedes ponerte otra cosa encima, pero con el calor sólo hay tanto que puedas quitarte. Ella lo miraba con ternura y le recordaba que sólo en el verano sabía tan bien el agua helada.

Sin embargo, los días se vuelven insoportables. Desesperada, Verónica abre las ventas y se refugia metiendo la cabeza en el congelador. Está contraindicado, consume demasiada energía y no la enfría mucho; pero en esa cajita de hielo recuerda a su madre: sentada en la cocina escuchando las noticias en el teléfono. En la pantalla un señor de traje (todavía se acostumbraban los trajes) hablaba de la última ola “…de 38°. Las autoridades recomiendan tomar precauciones y mantenerse hid…” Su madre permanecía en silencio y Verónica daba vueltas, impaciente. Al dar las dos saldrían a la calle, buscando la plaza más cercana donde las fuentes, esculpidas para otros tiempos, escupían potentes chorros de agua y los pequeños chapuceaban. Sospecha que su antiguo gusto viene de aquellos días, de los charquitos de agua tibia y las risas infantiles jugando en la tarde, mientras su madre la veía y sonreía. Casi nunca sonreía.

En el cuarto contiguo un grito rompe la somnolencia. Se apresura a sacudirse los trocitos de hielo. Para mitigar la soledad prende la televisión, se aproxima al origen de los alaridos y lo acurruca en su pecho: una cara redonda chilla entre sus brazos. Los cachetes rechonchos se pintan de rosa por el bochorno y, entre lágrimas y sudor, Verónica siente sujetar la crisálida de una enorme oruga. La sensación le produce repulsión, pero no hay más remedio. Es Andrés, el hijo de Andrés.

Se dedica a arrullarlo con esmero y, conforme pasan los minutos, el berrinche cede ante el pendular movimiento de sus cuerpos. Sin embargo, el encantamiento es delicado, requiere tiempo y paciencia, tendrá que mantenerse así por un rato, con las noticias para distraerse. En su escritorio, la conductora anuncia el decimocuarto aniversario de La Reclamación. Ya nadie celebra nada, pero Verónica se sorprende al escuchar que, como parte de los festejos, las autoridades han anunciado la reapertura de algunos museos y sitios históricos, un desfile militar y, sobre todo, que se encenderán las fuentes de la ciudad durante el fin de semana.

Una sensación eléctrica le recorre el cuerpo y, mientras apaga el televisor, mira la hora: son las dos de la tarde. El estruendo ha terminado, en el sopor de la tarde sólo permanecen un par de ojos negros que, desconcertados, la observan. No sabe descifrar si lo que mira en ellos es súplica, desesperación o incomprensión; pero entiende que, en sus propios ojos, igual de negros, el anuncio ha destapado la angustia de su madre silenciosa. Andrés debe conocer las fuentes y chapotear en los charcos. Hay que salir.

Verónica da el primer paso fuera del edificio y el aire caliente la golpea, envolviéndola en una agradable sensación. Sabe que pronto será un problema, pero disfruta el momento, a fin de cuentas ha salido preparada: con una mano sujeta la sombrilla y con la otra empuja al bebé en su carriola. Hinchado, el asfalto arde con la radiación acumulada de todo el día y a cada paso sugiere peligro, pero la de aventura la entusiasma. La estación de metro se encuentra a unos 30 minutos, si apresura la marcha, y de ahí toda la ciudad estará a su alcance. Por las calles vacías no se escucha más que las veloces ruedas de Andrés, recuerdo de los metálicos rugidos que producían los coches. Nunca se prohibieron formalmente, algunas amistades presumían haberlos abandonado como su contribución a la causa, otras sólo dejaron de usarlos, entusiasmadas con las bicicletas. La verdad era menos misteriosa: ya nadie podía pagar la gasolina.

Un bache.

Convertida en catapulta, la carriola los estampa en el pavimento, fracturándose en el proceso. Inmediatamente reanudan los llantos y se apresura a levantarlo, revisarlo. Han tenido suerte, el incidente no pasa de algunos rasguños en los codos y un susto para Andrés; pero el transporte está perdido. Es imposible continuar con todo, así que decide dejar los restos en una esquina, segura de que a alguien le servirán, o vendrá después a recogerlos, con Andrés. El llanto no cesa. Se las arregla para sostener al niño con una mano y a la sombrilla con la otra, que ya están cerca. Una gota escurre por su frente y cae sobre la cabecita enrojecida que, como si sopesara la situación, detiene sus alaridos por un instante, sólo para reanudarlos con mayor ahínco. Verónica comienza a exasperarse. La mente se le escapa a la noche en que lo anunciaron a sus padres: piensa en las risas y felicitaciones de su padre, que los abrazó con fuerza, primero a ella, después a Andrés; en cómo todos bromeaban y planificaban, hablando de colores y escuelas. Y el dolor regresa al recordar cómo su madre la veía, callada. Jamás le había perdonado esa mirada y las telas silenciosas que arrastraba.

Se detiene en seco: frente a ambos una malla de acero cuelga de la entrada. Lo ha olvidado, para controlar el flujo de personas, muchas estaciones han cerrado durante el fin de semana. El llanto continúa y ella, enfurecida, lanza la sombrilla contra las viejas láminas. ¿A qué imbécil se le ocurre cerrar el metro hoy? ¿Qué no saben a dónde va? ¿Por qué no pueden entenderla? No ha sido la mejor madre, pero le queda toda la vida por delante, tan sólo es un niño. Y a ella ¿quién le preguntó? ¿Quién la conjuró a este mundo desolado de piedras grises y árboles muertos? ¿Qué debe hacer, si no intentar? que no le han dado otra opción. Maldice a Andrés con su entusiasmo idiota, a sus amistades rígidas de perros babeantes y gatos malolientes, y a sus padres ¿por qué no le advirtieron?

Implacable, el sol evapora sus lágrimas conforme se estrellan en el suelo y no le concede el respiro de tirarse, exhausta. Sin embargo, entre los llantos y la rabia, Verónica escucha algo. Una música carnavalesca la llama, distante. Son helados. Se levanta, reanimada por el recuerdo de las fuentes y la nieve. Andrés continua decidido, pero no importa, escucha el cansancio en su voz. Los rayos dorados de la tarde se cuelan entre las manzanas y rebotan en las ventanas cerradas de la ciudad; en las calles desiertas Verónica deambula, ignorando su sudor y el del niño que lleva en brazos. Y mientras pasan las horas, llevándose los últimos resquicios de luz y dejando respirar a la tierra ardiente, se pregunta si de verdad lo habrá escuchado, si su búsqueda tendrá algún sentido.

En ese momento da la vuelta en una estrecha calle y lo ve: en una plaza de proporciones diminutas, de la boca de unos pescaditos pétreos brota un modesto chorro de agua, arqueando unos centímetros en el aire, antes de impactar en el suelo, sin nadie que vea todo su esplendor. En la esquina, un señor de traje negro empaca con delicadeza sus utensilios y se prepara para irse, en el último carrito de helados del mundo. Ella se aproxima con velocidad y le ruega que le de uno. Le explica la búsqueda que ha consumido toda la tarde, señalando de paso al niño silencioso que lleva en brazos. Le cuenta de su madre, de las fuentes y de Andrés. Él la mira, impávido, y pronto los recuerdos la arrastran a la desesperación, materializados en sus ojos negros que, como ella, ya no pueden más. Hasta escucharlo:

¿De qué sabor?

Verónica se sienta en una banca frente a los peces inmóviles. No recuerda si en las prisas de la salida ha cerrado las ventanas del departamento, o si ha dejado la puerta del congelador abierta. Sin embargo, el silencio de la noche le quita la importancia al olvido y a sus recuerdos. Sin aviso, el agua deja de fluir, indicando que es hora de volver. Se detiene a saborear el momento, entre sus manos sostiene deliciosa nieve de limón.


@el_abernuncio

Narrativa

Marcha fúnebre en el estilo de Callot

In memoriam M. E.

Se abrió la puerta del salón 2244 y un estudiante ojeroso, con sus manos en la bolsa de la sudadera, escapó como si escondiera algo o quisiera mostrar que tenía frío. La voz anapéstica del sociólogo se multiplicó y comenzó a retumbar en las paredes del pasillo, “el surgimiento del positivismo, y por la influencia de Gaos, que le dijo que no estudiara eso porque no leía griego ni latín, y entonces se preguntó cuál es el contenido filosófico-ideológico del mural de Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública. Y en parte bajo el espíritu de León-Portilla…” hasta que se cerró la puerta. Entonces sólo se escuchó la impresora de la esquina, frente al sillón negro, entre los salones 2245 y 2246, ése en el que duermen los alumnos durante el último mes de clases para no tener que regresar a casa.

El estudiante tanteó el rectángulo frío y delgado en la bolsa y volteó a revisar ambos extremos del pasillo. Cuando vio que estaba libre de sospecha, abrió la puerta frente al sillón, subió las escaleras, caminó hasta estar frente las oficinas de publicaciones, dio una vuelta a la izquierda y se apoderó de la banca frente al balcón. Procuró moverse con prisa, porque había salido de su clase con la excusa de ir al baño. Le gustaba esa banca porque estaba al aire libre, a esas horas le daba el sol y además estaba en el piso de oficinas, entonces podía cometer su crimen en santa paz. Sacó el rectángulo y oprimió el botón que tenía junto a la entrada para el cargador. En la esquina izquierda superior, el lector electrónico mostró la hora. Restaban cinco octavas partes de la clase de sociología, faltaba una hora y cuarto para el fin de semana, y tres días para volver a tener clase de redacción. En esa clase, el estudiante no se daba escapadas breves para leer por gusto. Por un instante, pasaron por su mente esas preguntas que lo molestaban desde que empezó la carrera, preguntas sobre pasiones no perseguidas, futuros, deudas, conformidades, su cobardía y mediocridad. Se repitió esas frases de autoconvencimiento sobre el prestigio de su universidad y el privilegio de estar ahí y logró callar sus preocupaciones por unos momentos.

Esos descansos duraban poco en el ocio contemplativo, entonces decidió seguir con su novelita para distraerse. Quería por lo menos acabar el capítulo, pero no seguirse, para que el Profesor M. no se preocupara. El estudiante lo admiraba, hasta lo respetaba, pero sentía que su clase merecía una atención que lo superaba, todavía más por dos horas seguidas. Aquél era un día especialmente difícil porque la clase había tenido algo que ver con el positivismo, no sabía qué. El estudiante perdió el hilo desde la semana pasada. Suspiró porque se sentía atrapado. En momentos como ese, le faltaba el aire. Sentía que este camino lo llevaría a ser un muerto vertical, un perfecto insensible productivo, intocado, frío e impoluto. El estudiante volvió a leer el título, Tres golpes de tristeza, una de esas novelitas que se han escrito sobre Mahler, y buscó la última palabra que había leído. Continuó con su lectura, como si el tiempo se solidificara entre los espacios blancos y las líneas negras:

«…ve el título del artículo en el periódico de la mañana, ‘Thousands mourn dead Fire Chief; Great Tribute to Kruger, who sacrificed his life in the Service’, y sospecha que la disonancia proviene de la muchedumbre que abruma la avenida gris e iluminada, aquélla que camina al lado de la oscuridad de Central Park, como un ejército que se confunde con un bosque. El compositor se asoma de la ventana del onceavo piso con suficiente fuerza para parecer que se quiere aventar de cara. Con sus manos aferrándose con firmeza al marco, ve la procesión fúnebre, lenta y rítmica, que honra al bombero caído. Así recordó cuando él tenía catorce años y su hermano favorito, Ernst, respiró por última vez. Gustav deseaba haberse sentado durante meses en la cama de su hermano pequeño, a su lado, con la esperanza de que no llegara su fin. Y llegó, como cualquier otro final. Todos a su alrededor siguieron con sus vidas. Nadie, salvo por él, estuvo de luto por el pequeño cadáver. Sólo esperaba que la muerte fuera capaz de otorgarle sentido a la vida. Y ahora, con la muchedumbre detenida abajo, el maestro de ceremonias da unos pasos adelante para decir unas palabras, enmudecidas por la distancia. El silencio es petrificante y redondo, como si durara un compás entero. Entonces lo rompe un niño —más diminuto aún desde el onceavo piso— que redobla, feliz y energético, un tambor, y Mahler toca en su mente los tres martillazos de su sexta sinfonía. Cada uno puede sobrevivir tres golpes al corazón y luego muere. ¿Cuántos había recibido él? Tal vez sólo aguantaría otro. El redoble acaba y él se da cuenta de que esto era distinto a su Sexta, algo de una profundidad emotiva suficiente para ser parte de otra obra, quizás su última. Pero el nuevo silencio mata su pensamiento. El sosiego intenso y palpable está tan impregnado de belleza y duelo que sus lágrimas como emoción cristalizada fluyen por sus pómulos de piedra caliza para caer once pisos y confundirse con la llovizna. Siente la suave mano blanca de Alma en su hombro, que intenta sacarlo de un lugar de soledad absoluta, voltea a verla y se quiebra en llanto por la inmediatez del amor, la vida, la alegría, la desesperanza y la muerte». 

El estudiante cerró el lector electrónico, y se sintió paralizado y empapado de empatía. Fue uno de esos momentos en los que algo resuena profundamente con la persona que lee y se tiene que tomar una pausa antes de regresar a la vida de la que escapó. Una vez más, ocultó el aparato en su sudadera y bajó al salón para evitar regaños. Abrió la puerta del salón 2244 y se volvió a romper el silencio del pasillo, ahora con un “le dijeron, es que profesor, usted está muy malo, necesita una dieta blanda y dejar de tomar. Ya deje de escribir cosas que lo alteren en la noche. Y entonces dijo que así no valía la pena vivir y se murió. José Ortega y Gasset, su amigo y casi casi…” El estudiante se infiltró hasta llegar a su asiento y comenzó a asentir y ver al Profesor M., como si supiera de qué hablaba. Se sintió avergonzado y culpable hasta que acabó la clase.

Cuando todos habían salido del salón, el estudiante guardó su aparato en la mochila, salió al pasillo y se encontró con el olor seco a tabaco de V., la profesora de español y redacción. Se saludaron, y la profesora, con una sonrisa juvenil que no tenía nada que ver con su edad, le ordenó que caminara con ella. Fue más una invitación imposible de rechazar que una imposición. Él intentaba grabar en su memoria todo lo que V. le decía y la acompañó gustoso. Pensaba que escuchar sus palabras, tan delicadas como definitivas, se asemejaban a tener mariposas anaranjadas entre las manos. Con un tono alentado y más cercano al murmullo que al habla, como si pesara cada letra contra sus alternativas, la profesora empezó a hablar. Ya terminé de leer el cuento que me prestó, dijo. No esperaba menos de una recomendación suya. Excelente y terrible: lo disfruté, es un texto sabroso. Ni se le ocurra dejar que alguno de sus compañeros más frágiles o inocentes lea nada de su Cărtărescu. Mucho menos cerca de los exámenes. Está como para deprimirse todas las vacaciones. Muy bueno. El estudiante se sintió orgulloso de que le hubiera gustado y disfrutó esa asociación, su Cărtărescu. Admitió para sus adentros que nunca había admirado a alguien tanto como a ella y recordó la vez en la que recitó Los dos reyes y los dos laberintos para corregir la gramática de Borges, de memoria.

Él pensó que quizás ese era un buen momento para compartirle sus dudas y pedirle consejo, pero antes de poder hacerlo, ella cortó su idea. ¿Ha leído algo de Cummings? La próxima semana le traeré una colección de poemas suyos, pero por ahora, busque i thank you God, para que no olvide respirar, descansar de sus profesores big-shot y pueda vivir de vez en cuando. Él estaba agradecido con V., mientras que medía sus pasos para que fueran tan graves y definitivos como los de ella. Profesora, dijo, inseguro, hay algo que quiero hablar con usted: llevo un tiempo pensando en cambiarme de carrera. Quizás a un programa de letras hispánicas o inglesas, pero todavía no acabo de decidirme. Sin sorpresa y con ternura, quizás con nostalgia en sus ojos, le detuvo en seco. Por favor no sea imbécil. Cuatro años no son nada, y después podrá hacer lo que quiera. Si quiere perseguir la literatura, por favor hágalo, yo le ayudo, pero en su tiempo libre y ya de lleno después de acabar sus estudios aquí. Y el estudiante intentó defender su postura con una voz cada vez más delgada. Pero creo que me podría empapar en literatura de una forma más completa si me dedicara a estudiarla formalmente. Además, en algún momento tengo que apropiarme de mi vida. Para ese entonces, ya habían alcanzado el elevador, ella presionó el botón, se abrieron las puertas y entraron. Él seguía esperando una respuesta mientras que ella intentó ocultar un ataque de tos.

 Se volvieron a abrir las puertas y salieron al pasillo del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, que sólo ofrecía posgrados. Con sus ojos perdidos y una mueca de arruga a arruga, ella abrió la puerta de su cubículo, tapizada de fotos de bustos griegos y otros hombres guapos, desde Harrison Ford y Marlon Brando, hasta Pericles y Alcibíades, y salió despavorido el olor de tabaco que permeaba todo lo que ella tocaba. Entró a su guarida y se sentó frente a su escritorio, que estaba cubierto de ensayos sin calificar, reseñas por leer y otras curiosidades impresas. A pesar de que iba a su cubículo cada semana, el estudiante seguía impresionado por sus libreros rebosantes de diccionarios de griego y latín, sus volúmenes de poesía del Siglo de Oro, y sus innumerables tomos de filología hispánica y filosofía clásica, todos en rojo, azul y verde. Ella esculcó en los papeles para encontrar una hoja. El estudiante la recibió con confusión y sólo la leyó hasta un año después, por miedo y dolor. Si le interesa aprender a escribir cuentos, lea a Chéjov. Si quiere aprender a leer cuentos, entonces tendrá que leer las Novelas Ejemplares. Pero si lo que busca es dominar la gramática y la redacción, yo le enseño todo lo que pueda enseñarle. Empecemos el lunes, dijo la profesora, con confianza y sin pretensiones. Él sabía que lo decía en serio y estuvo eufórico por la posibilidad de que le dé clases uno a uno. La hoja de papel era una lista de libros, y la profesora le dijo que la discutirían otro día. Tengo que irme, pero no olvide bailar esta noche. Relájese un poco. ¿Le veré la próxima semana?, preguntó V., sin necesitar la respuesta.

Ella se empezó a preparar para su próxima clase y él salió del cubículo sintiéndose vivo e intoxicado. Con prisa, regresó a casa para contar los segundos que faltaban para el lunes. La profesora V. nunca llegó. Seguramente fue cáncer de pulmón. La pérdida fue insoportable. Cuando él menos lo esperaba, ella se había ido para siempre. Y su partir dejó un vacío en su vida, un hueco que absorbía la luz. Se quedó sin refugio ni escapatoria. El miércoles, el estudiante prestó atención en su clase de sociología.

Narrativa

Canción del fuego fatuo

Apenas se asoman los primeros rayos del sol cuando abres los ojos. Dormiste mal, con el rostro dirigido a la pared y te deslumbra la mañana. Sudas, y hay poco tiempo para procesar lo que soñaste. Tienes mucho que hacer. Recuerdas que estabas en una feria, de esas que se ponían en el parque a la vuelta de tu casa. Ibas cada año, hasta que tu hermano creció demasiado para esas cosas y tu papá dejó de tolerar el ruido de la gente. Después fuiste con tu mamá un par de veces, pero ya no era lo mismo. En tu sueño estabas con ella, y todavía puedes ver el carrusel de platón perdiendo sus contornos resplandecientes. Los caballitos con piernas de plástico rojo se multiplicaban hasta convertirse en uno circular, que cargaba sombras color terracota en su lomo infinito. Te sentabas en los escalones del Monumento a Álvaro Obregón, donde estuvo el restaurante en el que lo mataron hace casi cien años. Eras todavía más pequeño entre las estatuas monstruosas de dos mujeres de granito. Una sostenía un martillo, otra una mazorca. Tosías con una voz que retumbaba en tu diafragma (no era la tuya) y tus dientes se caían. Todos. Eran negros y puntiagudos, como puntas de flecha de obsidiana, de esas que venden para los turistas en las pirámides. No sabes si tu sorpresa fue mayor a tu horror. Bajaste apurado los escalones sin regresar la vista al monumento. Llevaste el puño de piedras negras a tu mamá y te dijo que no te preocuparas, mientras ponía su mano cálida y suave sobre tu cabello. En ese entonces, todavía brillaba.

Quitas la almohada de entre tus rodillas. Te estiras. Vas a estar muchas horas en el escritorio y no quieres que te duelan tanto. Revisas tu celular. Son las seis y trece, pronóstico de siete grados, parcialmente nublado, con 30% de probabilidad de lluvia. No tienes respuesta de Helena. Seguro dijiste algo que no le gustó. Te levantas de la cama, agradeces que conseguiste un cuarto con baño y prendes el agua caliente de la regadera, escarbas el par de ropa interior limpia que te queda, la playera del día anterior, los jeans del lunes y te metes a bañar. El jabón es del tamaño de una almendra, debiste haber traído más. Habías llenado la maleta de libros, empacaste un camino de cama y un cojín de Tenango de Doria, pero no trajiste suficiente jabón. A ver cuándo te da tiempo de ir a la ciudad por esas cosas. Te secas y vistes. Metes la ropa sucia y las toallas a la inmensa bolsa amarilla que tiene escrito con marcador, en letras de molde, el nombre de tu hermano. Supones que tu mamá lo garabateó cuando él se tuvo que ir de campamento, para que no se perdiera o no se lo robaran.

La escuela los sacaba a acampar cada primavera desde la primaria hasta la prepa. La primera vez que te iba a tocar, lo cancelaron por la influenza H1N1 y, en secreto, sentiste alivio. No tuviste suerte las siguientes nueve veces. Te parecía espantoso salir del hogar. Mucho más todavía cuando es para estar rodeado de niños hiperactivos en lugares con humedad, lodo, mosquitos y sol, todos crueles. Los últimos dos campamentos fueron después de que se te abriera el mundo a los sentidos, e ir a la naturaleza ganó un encanto muy particular. Ahora sientes que antes de esos años no estabas vivo, que todo pasaba frente a tus ojos de perro triste como si estuvieras desconectado de la realidad y sólo hubieras existido en los libros. Siempre te ha costado trabajo no estar en la luna. Tenías diecisiete años cuando empezaste a intentar verle cara de Rin a cada riachuelo y de Alpes a cada cordillera. La primera vez que viste el amanecer fue en uno de esos campamentos, cuando los niños inclementes ya estaban hormonales. Fueron a Veracruz, al lago de Catemaco, donde están los brujos. Te acuerdas de oír, a lo lejos, los gritos de la isla de los monos. Te despertaste con sus alaridos de la madrugada y fuiste a la orilla del lago. Viste al sol como un disco rojo tenue, y las islas, el agua y el horizonte sin estrellas se confundían en un azul pálido, casi blanco. Sentiste un dolor profundo en el pecho por ser la única persona viendo eso, que se perdería para siempre. Tienes la imagen clara todavía, pero no sabes qué tanto la contamina su similitud con esa pintura famosa. Te impresiona que la memoria distorsione tanto. Crees que eso te pasa con frecuencia. Te frustra cómo lo real se desvanece entre lo que relacionas y tus ideas. Te aterra vivir dentro de tu cabeza.

Bajas las escaleras y entras a la cocina. Te haces de desayunar. Hueles la leche y te das cuenta de que ya está mala, entonces le pones agua a los corn flakes. Te los comes sin pensar y te haces un café soluble. Ambos son casi insaboros, pero cumplen su función. Ves tus ojeras de autoexplotación en el reflejo del agua con cereal. Deberías dormirte más temprano o despertarte más tarde, pero tienes mucho que hacer. No ayuda que los vecinos hagan fiesta a cada rato, a pesar de (o quizá a causa de) la pandemia. Dejas tus trastes sucios en el lavabo y ves que no tienes mensajes. Quizás se descompuso su teléfono, o está muy ocupada. Decides dejar de darle vueltas al asunto y subes a tu cuarto. Buscas Antígona en el librero. Pones un dedo encima del lomo del libro, lo inclinas, luego lo tomas con tu pulgar y dedo medio, lo sacas, y tienes un mundo entero en las manos, una caricia de humanidad, de sus pasiones, su dolor y su sosiego. En este caso, las de un griego muerto hace más de dos milenios y medio. No le das importancia y lo guardas bajo el brazo. Tienes que acabarlo para mañana. Te pones tu tapabocas y casi sales de la casa de estudiantes así, pero recuerdas que necesitas guardar el camino y el cojín, deshacer la cama, meter las sábanas y cubiertas en la bolsa, y que te falta el detergente en cápsulas.

Bajas las escaleras jorobado por el sacote amarillo en la espalda. Vibra tu teléfono, pero no es la respuesta. Es uno de esos correos de la universidad sobre el virus, pidiendo que no cunda el pánico. Te preocupa más el silencio que el virus. Puede ser que la aburriste y que su tiempo sea demasiado valioso como para que te conteste. Sales de la casa, cierras con llave y empiezas a caminar sobre Hull Road. Aprietas el paso: no tuviste en mente el frío cuando saliste. Cuando la calle se convierte en Lawrence Street, te sospechas invasor. Aceleras más y sacas el libro con tu mano derecha. La izquierda sostiene el saco y te comienza a doler la fricción con sus hilos. Con dificultad por los lentes empañados, empiezas a leer para no enfrentar las ventanas del edificio de la esquina. Te sientes más en paz cuando cruzas la muralla y ves la lavandería de Walmgate. Apenas abrió, entonces sigues solo al entrar. Pones capsulitas de detergente en dos lavadoras, las llenas y empiezan a dar vueltas. Te sientas en el piso tibio y devoras los primeros dos episodios de la obra. Luego recuerdas que tienes que limpiar los trastes y tirar la leche, entonces sales, caminas con velocidad por el frío, evades la mirada del edificio de la esquina, abres la puerta de la casa estudiantil, te lavas las manos, te quitas el tapabocas y entras a la cocina. Todavía no hay respuesta, por el cuarto día consecutivo. Seguro has revisado tu teléfono un centenar de veces desde entonces. Desactivas las notificaciones. Enjuagas el tetrapack de la leche y lo haces pequeño, lo tiras en la basura inorgánica, casi llena. Vas a lavar platos y pones una playlist de boleros tristes.

Una amiga y tú habían hecho un grupo de los estudiantes hispanohablantes. Primero eran cuatro: una española, una guatemalteca, una venezolana y tú. Helena llegó después, cuando eran como veinte. No te había llamado la atención hasta que te marcó un día para pedirte ayuda con el cambio de número de teléfono. Resultó que vivía en Lawrence Street, a pocas cuadras de tu casa y que ella era la única persona cuarentenada en su vivienda, así como tú en la tuya. Empezaron a platicar en sesiones largas de hilos de treinta o cuarenta mensajes. Luego decidieron caminar por los edificios alrededor de los de ustedes y ver cómo cambiaban las hojas. Te sorprendió la manifestación del otoño: ver que las hojas no salían amarillas o naranjas, sino que se iban colorando de adentro hacia afuera, como si un fuego naciera de su centro y las preparara para extinguirse. Pronto, caminar con Helena se convirtió en algo hogareño. Lo primero que te atrajo de ella fueron sus ojos, profundos y abiertos, como de avellana silvestre, con una pupila apenas discernible. No sabes si te gustan tanto porque el cubrebocas tapaba prácticamente el resto de sus rasgos faciales. Caminaban por ahí de las seis y veían los atardeceres sobre el río Foss. No ayudaba que no habías conocido a personas nuevas desde que te encerraste en México en marzo. Querías ver su sonrisa.

La última vez que caminaron fue un poco más en la noche. Faltaban cinco días para que llegaran sus compañeros de piso, así que intentaron sacarle todo el jugo a la soledad. Con dos metros de distancia entre sí, se apoyaron en el barandal del puente sobre río y vieron un rato largo los patos asomándose a las profundidades. No dijeron nada por varios minutos. Veían cómo la luna iluminaba todo y pintaba cientos de pequeñas hojas de plata sobre el agua. Unos faros y la luz de un súper oriental rasgaban a la masa oscura con reflejos azules, rojos y amarillos. El silencio se extendió como el cristal sobre la llama. Te volteó a ver y te sorprendió que dos puntos pudieran ser tan expresivos. Pasaron un par de minutos, o capaz que no. Te dijo que le daba emoción ver nieve por primera vez y propusiste algunos planes ambiguos sobre el invierno, en el caso de que no pudieran regresar a casa. Ahí le pudiste haber dicho. Pudiste haberle dicho que te atraía. Que querías que te enseñara el último rincón de su ciudad natal. Que querías acercarte. Que querías tomar su mano. ¿Pero qué tal que todo estaba en tu cabeza? Crees que te haces ideas. Te lo han dicho hasta el cansancio. Además, seguramente no es tan difícil sentir eso por cualquier persona frente a un río, con los patos, el silencio, la luna y la distancia. ¿Para qué apresurarse con algo que puede lastimar tanto? Y no eres el tipo de persona que haría cosas así. Siguieron hablando de la Navidad. Regresaron a su puerta. Era la última oportunidad. Sólo le deseaste una linda noche. Seguiste hasta Hull Road. Fuiste a la casa estudiantil, te lavaste las manos, subiste a tu cuarto, le mandaste un par de mensajes para llegar a la pregunta que querías hacer y nunca los contestó.

Seguramente dijiste algo que la incomodó. Bajas, te pones el tapabocas, abres la puerta de la casa. Puede ser que hayas sido demasiado insistente. Caminas con prisa viendo al piso hasta llegar a la lavandería. Tal vez sólo te quería tener ahí hasta que pudiera interactuar con más personas. Entras, te vuelves a sentar en el piso. Te duelen las rodillas. Quizás ni siquiera le caías bien. Sigues con el tercer episodio de Antígona. Creonte le dice a su hijo Hemón que recuerde que lo que abraza se torna frío en sus brazos. De ahí al final de la obra, Sófocles te hace pedazos. Te quedas unos tres minutos viendo cómo tus cosas dan vueltas y hacen círculos perfectos, casi hipnotizantes. Desdoblas la bolsa amarilla, metes todo ahí y regresas a tu cuarto. Pasas las dos horas que siguen colgando ropa, viendo tutoriales de planchado en la computadora e intentando planchar tus camisas. Regresas Antígona al librero. Revisas el teléfono. Está por llegar la hora en la que México se despierta, entonces te toca decidir entre dormir un par de minutos o empezar a resolver tus pendientes para la semana. Optas por lo primero, para no notar el silencio. Intentas apagar tu cabeza, te acuestas en la colcha y cierras los ojos.

Soñaste que estabas en una exhacienda, de esas que ahora son hoteles llenos de alemancitos y que visitabas durante los años de tu infancia en los que era seguro viajar por México. Estabas en el patio central, veías las vigas de madera oscura que sostenían un techo de losas, el cielo era azul, no tenía nubes, y las paredes eran blancas. Helena estaba sentada sobre una fuente de piedra. Suponías que, si no le decías algo en ese momento, no tendría sentido volver a dirigirle la palabra. Te acercaste a la Helena del sueño, le dijiste que no querías incomodarla de ninguna forma y que sabías que se iría pronto, pero que, si no le decías todo, te arrepentirías siempre. Te importaba que eso no fuera a crear distancia entre ustedes. Te decía que tenía bastante en qué pensar y no volvías a saber nada de ella. Nunca. Quizás sólo fue amable contigo.

Despiertas diez horas después. Bajas a la cocina y pones agua a hervir. Sacas un cilindro blanco del cajón al lado de la estufa. Ves las instrucciones. Ésta era inglesa, pero quería parecer china. Por primera vez en tu vida, doblas la tapa de una sopa instantánea y sacas un polvo rojo. No sabes qué hacer. Vuelves a leer las instrucciones. Cuando silva la tetera, viertes el agua en el recipiente, le pones el polvo y lo vuelves a cerrar. No sabes si te salió peor lo de Helena o tu sopa. Recuerdas que la pandemia de tu niñez no te afectó mucho y hasta te alegró. Dos semanas de encierro para un niño privilegiado y ensimismado no son nada. Te preguntas si Helena tiene pecas o algún lunar en su rostro y suspiras. Abres la sopa, huele dulzón, demasiado. A veces sólo piensas que te gustaría tener algo, lo que sea, en tus brazos, aunque se enfríe y tus brazos se desmoronen. Luego te acuerdas de que hay más entre nuestros brazos de lo que es aparente, que sólo es un día malo y que vienen otros. No necesariamente mejores. En el esquema grande de las cosas, nada de esto importa. Se te olvida la sopa y subes a arreglar tus pendientes.

Narrativa

Caro

Su nombre era Belén Carolina, pero nunca quiso usarlo. No me sorprendió descubrir, años después, que había empezado a referirse a sí misma de otra forma.

Era una niña de ojos rasgados y oscuros. Cuando abría la boca evidenciaba dos cosas: tenía los dientes amarillos y un retraso en el habla. No podía articular bien, la voz se le atoraba en la garganta y hablaba hacia adentro. Era una alumna torpe, la peor en matemáticas. Lloraba cuando nos daban los resultados de los exámenes, las tareas, los ejercicios de geometría que hacíamos en hojas cuadriculadas. Quería que la llamáramos Freddie, como Freddie Mercury, pero no lo hacíamos porque un día la maestra escuchó que alguien le pedía un lápiz a Freddie y se escandalizó. Le decíamos Caro.

Durante los recreos Caro comía sándwiches envueltos en aluminio y fruta oxidada. Se sentaba en la misma banca todos los días y nadie quería acercársele porque siempre cargaba novedades sombrías. Tenía el aura pesada y nosotras soñábamos con tener novio, caminar por el centro y acampar en las playas fronterizas, donde dicen que el sol se desploma en segundos, como pelota en caída libre, y a la luz tibia del atardecer la suceden ráfagas de viento helado y áspero.

Caro repelaba. Para ella no había futuro. No se imaginaba en otros lados ni haciendo otras cosas. Su semblante enfadado se volvía siniestro cuando despertaba con alarmantes granos bulbosos que se multiplicaban en su nariz ancha. Pesada y con fatiga, Caro reptaba por los pasillos como si sus zapatos estuvieran llenos de guijarros, y su joroba absorbía toda nuestra diversión.

Un día fue a la secundaria con pantalones y la madre Teresa se enojó. Después de exhibirla y amonestarla por su apariencia varonil, la madre la encerró en el armario de limpieza y ahí la dejó todo el día, en la oscuridad, con las escobas, los trapeadores y los líquidos detergentes, porque nosotras no sabíamos que la había olvidado, creímos que sólo se trataba de un castigo excesivo y cruel. A la una cuarenta y cinco, cuando sonó el timbre de salida, la madre Teresa dejó caer el gis mientras apuntaba la tarea en el pizarrón, dijo ¡Madre santísima! y corrió al armario, donde encontró a Caro hecha ovillo en una esquina, con lágrimas corriéndole por las mejillas, y ella le echó una mirada de reproche que, ahora sí, le refrescó la memoria cada tanto hasta el día de su muerte.

Otro día llegó a la escuela con el pelo empapado de gel. Nos dijo que se había peinado con el rizador de su madre y que ella la había jalado al lavabo. Después de sumergirle la cabeza en agua fría, la señora le endureció la cabellera con el líquido pegajoso y hediondo del frasquito para castigarla por su vanidad. No supimos cómo consolarla. Mague le preguntó por qué se había rizado el pelo, si los chinos eran tan feos. Era cierto. Fátima tenía una mata espesa de rulos, un nido de pájaros sobre su cabeza de tabique, y todas sabíamos que era la niña más fea del salón.

No respondió. Suspiró y fue a sentarse a su banca, miserable.

Nunca vimos al señor. Caro evitaba hablar de él y se turbaba si alguien mencionaba a su propio padre. Retorcía las manos sudadas bajo el pupitre con desesperación y se quedaba callada, esperando a que la conversación virara a temas más agradables. Solía contemplar a los hombres que atravesaban el portón metálico del colegio, los electricistas y los plomeros que revisaban los desperfectos de las instalaciones, los administrativos que caminaban junto a las monjas con aire de importancia. La maestra dictaba verbos frente al pizarrón y Caro espiaba por un cachito de la ventana, un triángulo de fondo rojo por el que atisbaba pares de zapatos lustrosos. Las carcajadas la enloquecían. Pedía permiso para ir al baño y en el camino observaba fijamente a los caballeros de bigotes bien peinados, los que dejaban un tufillo a colonia en el aire. A su regreso hacíamos bolitas de papel y las lanzábamos a su espalda, riéndonos, y ella dejaba caer una cortina de pelo para que no le adivináramos el pensamiento.

Sus padres estaban separados, pero no se habían divorciado. El señor enviaba cheques por quincena y la señora era una mujer despuntada y rigurosa. Era escritora. Varias veces nos tocó leer cuentos suyos en el libro de español de la SEP. “La sopa de letras de Josefa”. “El tío Alberto está enojado”. Mi favorito, “La nutria que se zambulló en el fin del mundo”. Eran historias maravillosas. La maestra hacía énfasis en la identidad de la autora y le sonreía a Caro con complicidad desde su escritorio, como si creyera que para ella era un placer subrayar el nombre materno con el dedo índice, saborear el sonido de la tinta negra y nítida en su lengua. Pero Caro no podía leer ni un párrafo de corrido. Su lectura en voz alta era atroz, todavía más lo eran sus mejillas radiantes de humillación que nos obligaban a apartar la vista.

Caro creció con un aya. Así empezó a llamar a doña María cuando leímos fragmentos de El jardín secreto. Doña María era una mujer gorda y amable. Tenía cejas tupidas y oscuras como gusanos quemadores. Durante las asambles hurgaba en las profundidades de sus bolsillos manchados de aceite, donde escondía dulces de cajeta, y nos tendía los envoltorios rojos de celofán guiñando el ojo con rapidez. La mano rechoncha volvía al regazo acogedor y se engarrotaba, aprensiva, cuando era el turno de Caro de subir a la tarima. Doña María vino a todos los bailables hasta que se murió. La atropellaron en el centro, frente a la refresquería que está en la calle Vicente Guerrero, un día que fue a la Parisina a recoger unas telas. Eso lo supimos por El Norte, que publicó una breve nota con el título “Atropella camión a muchacha en el centro”. Caro no fue a la escuela ese día, ni el siguiente, ni toda la semana. Se apareció el lunes próximo, y durante los honores a la bandera vimos cómo enjugaba lágrimas con su brazo tembloroso en el suéter del colegio, llenando de mocos la manga azul marino. Tenía doce años y su madre pensó que ya no necesitaba que la cuidaran, así que se quedó sola, sin aya.

Le perdí la pista después de la secundaria, entre el torbellino de niñas que dejaban la escuela, se emparejaban con novios más grandes o se iban a la ciudad con sus primas.

La vi una sola vez, en el cine. Iba saliendo del brazo de Antonio. Habían proyectado Abismos de pasión en el parque de béisbol. Era la primera vez que veíamos algo así. Los besos de lengua. Los abrazos apretujados. La promesa de muerte ante la terrible posibilidad del amor perdido. Antonio se inclinaba, cariñoso, hacia mí, me susurraba frases tiernas y yo lo escuchaba, nerviosa, cuando la vislumbré junto a la verja de entrada. Vi su cabellera larga y negrísima. Luego escuché su voz inconfundible. La taquillera tenía una mano huesuda sobre su hombro y la guiaba hacia la salida con suavidad, ignorando sus protestas enfadadas. Entendí, por la escena, que la mujer se negaba a venderle un boleto para la siguiente función. Creía que Caro tenía retraso mental.

Apenada, jalé el brazo de Antonio para que se diera la vuelta y saliéramos por otro lado. No mencioné siquiera su nombre.

Seguido me hallaba pensando en ella de la manera más mezquina posible: enumeraba sus defectos y sus desgracias, y luego me sentía ventajosa, más libre y querida que la pobre Caro.

Fue mamá quien, en una llamada, me contó que se la había encontrado en el mercadito, el primer sábado después de Navidad. Dijo que la había visto muy cambiada, más blanca y ojerosa, con el pelo a rapa y aretes grandes, aunque antes fue tan recatada y sobria. Era un cambio radical para una mujer que ya insinuaba arrugas. Dijo que Caro puso una expresión muy rara cuando ella la saludó, que la agarró del codo y le pidió que la llamara Rosario, ya nadie la llamaba Caro. Aquí mamá se murió de risa en el teléfono y tuve que alejar el auricular hasta que se compuso. Se da lujos de rica pero ni sabe hablar, dijo, qué bárbara.