Ensayo

Malas lectoras

“Don’t read like children, like vacation readers on the beach, like escapists, like fundamentalists, like nationalists, like antiquarians, like consumers, like ideologues, like sexists, like tourists, like yourselves.” 

Michael Warner

Pasta suave 
Crecí en una casa con libros, casi todos de mi mamá, pero nunca me inculcaron un fetiche por el libro-objeto. Libro que me daban era libro que brutalizaba. Manchar las páginas con café o jugo, doblar las hojas, subrayar con marcatextos; olvidar el libro en el asiento trasero del carro, donde el sol pegaba a través del vidrio caliente y decoloraba la portada; nada era un crimen. No sabía del culto a los libros. En casa había ejemplares de Porrúa y Tomo, números de Proceso, Letras Libres y Nexos, libros de fantasía y ciencia ficción, de autoayuda; también de texto, viejos, forrados con plástico, clásicos, de Borges, García Márquez, Kafka, Guy de Maupassant, las Brontë. Daba igual quién editaba, quién traducía, de qué tamaño era la letra y si las páginas eran ásperas o brillosas.

Por años no tuvimos un librero. Uno sobre otro, los libros crecían torres en el cuarto de mis padres, en contacto regular con el polvo que levantaban los aironazos de julio. Tampoco había espacios dedicados a la lectura. Leíamos en el carro; tiras de Mafalda durante los trayectos cortos; novelas y cuentos en la carretera. Leíamos en los peldaños fríos de la sala, con el débil soporte de una almohada; ahí también estudiábamos. En el banco, las plazas, el supermercado. 

Hay que leer así para entender que la concentración es un lujo. Como leer. Nosotros éramos desordenados, despreocupados y ligeramente corregibles. A la larga es costoso serlo, cuando te exigen métodos, pruebas y excelencia. Pero en la infancia, como introducción y lavado de cerebro, para que la niña lea sola, no sé si existe más disfrutable manera de leer. 

Hace semanas un amigo examinó el libro que yo iba leyendo. Era una edición de Penguin Classics, un paperback, un “pasta blanda” que a mí me gusta porque se contorsiona; lo doblas para que quepa en la mochila, lo aplastas. Está feo, el papel está feo, me dijo él. El papel de Penguin es delgado y translúcido, barato. En cambio, los libros de pasta dura son bonitos, pero rígidos. Exigen que una se siente en la mesa, que abra la edición con cuidado de no tronar la espina, no someterlo a presión excesiva. A veces es imposible rayar las páginas. Por eso son buenos regalos: son caros, tienen el lomo grueso, colorido y elegante, así que lucen bien en tu librero, en las fotos y en Zoom. Si quieren sentirse ridículos, intenten leer un libro de pasta dura en la playa, en el monte o en el transporte público. No están hechos para circular. 

Lectoras críticas
Imagino que una mala lectora, hoy, se vería como yo algunos días, cuando leo medio distraída, con el celular, atenta a las notificaciones de WhatsApp que iluminan mi pantalla, o intercambio tuits, veo memes y respondo mensajes cada tantas páginas; cuando el estruendo afuera de mi ventana es tal que renuncio al libro y me paro para averiguar qué está pasando. Leer es sinónimo de resistirse a las tentaciones externas, entrar en modo avión, cerrarse al mundo: es un tímido experimento de concentración. Puntualmente, también encarné a la mala lectora el día que cerré Moby-Dick en la página setenta y dos y no volví a abrirlo. Fui ella cuando me preguntaron, en una entrevista-interrogatorio, qué había leído del siglo xvii, y admití que nada, ni una sola palabra, además de los poemas de sor Juana y sus cartas, que todas hemos leído y entonces, lógicamente, ninguna entendimos. 

Una buena lectora ha leído los clásicos y exhibe pruebas. Los conversa tranquilamente, con placer, como si paseara por calles familiares. Nada más ordinario, nada más sencillo. 

Es bien sabido que hay buenos y malos lectores. Los buenos lectores son críticos, tienen un bagaje amplio, habitan un mundo poblado de libros, ensayos, artículos, teoría y ciencia, poemarios, obras, música. Leen con lápiz en mano; corrigen a los autores en el margen de las páginas sin dudarlo. Son políglotas. No regurgitan información cuando han terminado de leer; observan en silencio lo que no se halla en el texto, aluzan, arrojan pensamientos, contribuyen a la conversación. La lectura crítica engarza las perlas de intelectuales que llevan veinte, treinta años leyendo sin parar. Llevan muchos más años leyendo si contamos las horas de lectura de sus antepasados, y no sería injusto hacerlo: la lectura crítica es, en buena medida, una herencia. 

La obsesión por atravesar esa metamorfosis movediza y convertirnos en buenas lectoras llega muy pronto, muy tarde o nunca. No sé qué es más afortunado.  

Escapistas
Mme. Bovary era una mala lectora, aunque leía como loca, era lo único que hacía. Leía tanto que su suegra le sugirió a su esposo mediocre, Charles Bovary, que le quitara los libros. Emma sufría ataques de fiebre, agotamientos y tenía depresión. Nosotros sabemos que ya está pensando “¡Dios mío! ¿Por qué me habré casado?”, que está arrepentida del precipitado matrimonio y la lectura es su único consuelo. Para su suegra, Emma está exhibiendo los síntomas de una enferma o histérica. Para la academia, para las universidades, para las lectoras del siglo xxi que leemos a Flaubert, Emma es epítome de una mala lectora: emotiva y conmovible al borde de las lágrimas. 

Madame Bovary no tiene interlocutores ni amigas que la escuchen, así que se refugia en la narrativa. Esconde su semblante desesperado en novelas gordas y absorbentes. Se compadece de sí misma, se busca en las heroínas, fantasea; aborrece visiblemente a su marido, un médico fracasado, mojigato y patético. Es un cliché. Profundamente romántica a pesar de su infelicidad, Emma todavía cree que el amor es una solución existencial; de allí que caiga en las trampas de los amantes que se va encontrando. Hacia el final de la novela, Emma ha aceptado las mentiras de la ficción y las ha hecho suyas: creyó en las promesas seductoras de sus pretendientes, confundió la vida con la narrativa y pagó sus errores. Comparte padecimientos con don Quijote. 

He hablado de malas lectoras por una razón que adelanto ya. La cruzada contra los malos lectores es, en muchas ocasiones, una cruzada contra el mundo de mujeres que hemos “leído mal”. En su libro pionero de 1984, Reading the Romance: Women, Patriarchy, and Popular Literature, la crítica literaria Janice Radway entrevistó lectoras del medio oeste estadunidense. Sus entrevistadas eran apasionadas del género bodice-ripping, que con seguridad ustedes conocen: portadas color pastel, hombres musculosos que abrazan jovencitas caderonas, apretadas en corsets; los rostros enmarcados en cabelleras espesas; ella blanca y con escote pronunciado, él moreno y fiero. Novelas eróticas y románticas, despreciadas igualmente por hombres y feministas.

“We read books so we won’t cry”, le dijo una de las entrevistadas a Radway. En un inconsciente y magnífico performance de Madame Bovary, las mujeres acuden al género para huir de sus vidas cotidianas, de maridos violentos, apáticos o feos, del aburrimiento. Radway concluyó que los libros eróticos canalizaban el sufrimiento y el tedio de las vecinas. Aconsejó, sin embargo, que la protesta debía entrar al espacio público, no establecerse en la soledad de su imaginación ni en las prácticas lectoras. También se dirigió a las feministas y pidió comprensión: la lectura, antes que lectura, es un hecho social. 

Pienso en otra gran lectora de la literatura: Jo March. La más popular de las Mujercitas es mucho más difícil de clasificar. Jo fue escapista, muy al principio, cuando inició su paseo literario y devoró libro tras libro. En su rotundo rechazo a la feminidad, en su decidido deseo no sólo por igualar a los varones en libertad, aventuras y espíritu, sino también en talento literario, Jo se adecuó fácilmente a las exigencias del canon masculinizado. Renunció al amor romántico, que nunca le interesó. Como Emma, Jo se hinchó de historias, escenarios, dramas, poesía, por placer y a veces por escapismo; como escritora, se distanció con prudencia de los textos y leyó críticamente para escribir los propios. Jo dio el salto. 

Erótica de la lectura 
Desordenada, acrítica, mala, atenta o culta, la lectura no se me antoja virtuosa. Lo más incómodo del argumento, para quienes lo usan, debe ser describir la buena lectura. ¿Habrá una lectura tan crítica y pura, que resulte buena? Es fácil adivinar que los malos lectores, según estos juicios, han sido entorpecidos por su contexto. Las instituciones, las injusticias, la educación, las experiencias nos conducen a elegir ciertos libros y cómo los leeremos. Más ejemplos de “bad reading”, según Merve Emre: la lectura burocrática, informativa o revolucionaria. Los pedestres tienen las de perder. 

Pero ya dije que no voy a defender nada. Sí mencionaré un punto de otra persona, porque me gustó. En un capítulo de Reading Today, Stefano Rossoni escribió que la lectura indisciplinada de Madame Bovary atiende el llamado que hizo Susan Sontag en 1966, en Against Interpretation: “in place of a hermeneutics we need an erotics of art”. Rossoni cree que Emma bebió el antídoto que buscaba Susan Sontag. Emma lee con entrega, deseo y sensualidad; no le interesa el rigor, el conocimiento ni el estudio. Tal vez leer mal, o leer eróticamente, significaría no renunciar al cuerpo. En lugar de dejarlo atrás, en favor de la concentración absorta y la perfecta torre de marfil, estaríamos conscientes de él, de sus latidos, ruidos, susurros, sudores y emociones, del hambre y la sed. Sería una lectura viva, atravesada por la existencia. (¿Habrá, para los escritores, otra manera de sentarse a escribir?). 

Imaginemos a una muchacha que lee. 

A orillas de un ojo de agua. 
Su espalda contra un ahuehuete. 
A su lado alguien duerme. 
Ella misma está quedándose dormida en la tierra, entre brotes y retoños. 
El libro se le resbala entre las manos.  
Despierta cada tanto, se talla los ojos, bosteza. 
Un perro sucio atraviesa el cauce. 
Chapotea con las orejas bien paradas, cojea. 
Ella lo mira y él a ella. 
Esculca en su morral. Pela una naranja, los gajos vuelan. 
El olor penetra las páginas. 
Alguien despierta. 
Recibe besos en la nuca. En la espalda. 
Sigue leyendo. 

Ensayo

Se va a caer desde arriba

Por Luisa De la Concha Montes

En su libro “Arqueología del Búnker”, el teórico y filósofo cultural Paul Virilio habla sobre la extraña dicotomía que representa el búnker de guerra. Mediante un ensayo visual que documenta la presencia de estas estructuras después de la Segunda Guerra Mundial, Virilio explora la extraña tensión que representa la existencia de estos búnkeres en el terreno que ha dejado de ser un campo de batalla. Según él, uno de los aspectos principales del posmodernismo es que conceptos binarios, como son las ideas de guerra y paz, o áreas civiles y militares, dejan de ser válidos. En otras palabras, el posmodernismo indica un cambio en el que cada aspecto de nuestra sociedad es guiado por los conceptos de dominación y colonización. De este modo, los terrenos físicos se convierten en áreas que deben ser “defendidas, aseguradas, invadidas o conquistadas.”[1] De acuerdo con esta idea, las herramientas culturales, como el cine, la televisión y la fotografía, se vuelven una parte esencial de la dinámica de control. El mundo de la violencia pasa del campo de batalla y se adapta al campo mediático; los lentes de las cámaras se convierten en las nuevas armas de fuego.

Al adoptar esta teoría como punto de partida, quiero proponer que del mismo modo que el mundo mediático ha utilizado la violencia como su referente principal, existen maneras en las que podemos utilizar sus mismas armas para reconquistar el espacio de manera constructiva. Para lograr esto, podemos utilizar la fotografía como un referente simbólico que nos puede ayudar a imaginar y construir utopías feministas. Hace un año, la Ciudad de México fue testigo de una de las marchas más grandes de nuestra historia. De acuerdo con números oficiales, la protesta del 8 de marzo contó con más de 70 mil participantes.[2] Personalmente, fue una experiencia extraña, ya que no pude estar ahí. Crecí en la Ciudad de México y me mudé al Reino Unido hace tres años. Sin embargo, mi identidad como mujer feminista está fuertemente arraigada a mi tierra madre. No estar presente físicamente me llenó de nostalgia, pero también de orgullo. La experiencia de ver a miles de mujeres volverse parte de un movimiento que previamente no entendían fue apaciguadora. Por un día, la ilusión de paz y sororidad se volvió real. Sin embargo, también estuve muy consciente del impacto que el no-estar-ahí tuvo en mi propia visualización de la marcha. Todo lo que vi, experimenté y sentí fue un producto mediático.

Una de las imágenes que más me impactó fue la fotografía aérea que tomó Santiago Arau de la Alameda Central. En esta foto se puede ver a la multitud de manifestantes entre los edificios, el Hemiciclo a Juárez y las jacarandas. Virilio sostiene que una de las maneras en las que los ideales del campo de batalla se transfieren al territorio citadino es por medio del diseño del espacio. Es decir, la planeación urbana se convierte en “un arma estratégica de fortificación.”[3] De esta manera, la fotografía de Arau subvierte el uso de las estructuras urbanas para el beneficio político de la protesta; el tamaño de los edificios permite entender la magnitud física de la marcha. Al documentar este espacio urbano en el contexto de la protesta, Arau además establece una visión urbana que sobrescribe las intenciones patriarcales del Estado. Aunque sea de manera ficcional y temporal, esta fotografía nos permite ver una realidad alterna en la que la ciudad le pertenece al movimiento feminista y no al Estado.

Santiago Arau, “Jacarandas Alameda Central Marcha 8M”, 8 de Marzo, 2020.[4]

Otra de las ideas de Virilio que se pueden adaptar a la lectura de esta imagen es la fluidez. Virilio analiza el uso del concreto en el búnker para crear una metáfora respecto a las contradicciones de la posmodernidad. De manera similar al búnker, que está hecho de concreto líquido, la posmodernidad depende de discursos inestables basados en los flujos del capital. A pesar de ello, la estructura del búnker y de la posmodernidad encuentra la manera de existir y resistir. De este modo, al utilizar un dron –un objeto capaz de transcender las barreras físicas de la ciudad– para tomar esta fotografía, podemos re-imaginar la fluidez como una técnica visual que nos permite dejar atrás las barreras del cuerpo humano y del patriarcado. Recordemos que la lucha feminista en México está firmemente arraigada en la experiencia corporal. Es un movimiento que lucha en contra de la violación, el acoso sexual y los feminicidios. En esencia, es un movimiento que desea ponerle final a la normalización de la violencia hacia el cuerpo femenino y que nos invita a emanciparnos de la mirada masculina. Debido a esto, el uso del dron es sumamente simbólico. La imagen no es tomada por un cuerpo humano y el dron se convierte en un agente que nos permite ver más allá del género: nos ayuda a imaginar una realidad post-humana.

La imagen también crea una ilusión visual de fluidez: pareciera que las manifestantes se filtran entre las calles de manera casi líquida, reconquistando el espacio y moviéndose libremente. Uno de los aspectos más importantes de esta escena es la idea del colectivo. Contrario a los propósitos de dominación del Estado, el propósito de las manifestantes no es conquistar el espacio para su beneficio individual, sino crear un ambiente físico en el que cada mujer se pueda sentir segura. Esta imagen nos permite ver una urbe imaginaria en la cual las barreras simbólicas impuestas sobre el cuerpo femenino son derribadas. Un contrargumento sería que esta foto de cierta manera borra las historias individuales de cada feminista y crea una percepción homogenizada del movimiento. Sin embargo, quiero proponer que esta homogenización tiene un propósito político muy claro: esta imagen nos ayuda a sanar momentáneamente los choques ideológicos que son intrínsecos a las diversas ramas del movimiento feminista, creando una utopía visual de sororidad. En palabras de Virilio, el uso de la visión artificial del dron nos permite “reconstruir un paisaje que de otro modo experimentaría una fragmentación infinita.”[5] A pesar de que esta imagen evidentemente es una versión ficticia del feminismo, su existencia y su lectura subversiva nos permite sanar las pérdidas y tensiones ideológicas del feminismo mexicano, convirtiendo esta imagen en un símbolo necesario. En otras palabras, esta imagen es un símbolo que nos permite re-imaginar el campo de batalla contemporáneo de la política sexual como una utopía libre de contradicciones.

Quiero finalizar este ensayo hablando del aspecto más simbólico de esta imagen: las jacarandas. La primera vez que vi esta foto fue en Twitter, acompañada del encabezado “¡Las jacarandas también son feministas!”[6] La simplicidad de esta frase y de la foto me movió el suelo a pesar de estar a más siete mil kilómetros de distancia por dos razones principales. La primera razón es meramente visual. Este gesto simple, en el que las jacarandas se confunden con las manifestantes y viceversa, crea una enfática coexistencia entre la naturaleza y el cuerpo, sugiriendo que la verdadera emancipación del patriarcado implica una tregua con la naturaleza.  La segunda razón, sin embargo, es un poco más compleja, ya que tiene que ver con mi memoria e identidad feminista.

Hace unos días recordé que la primera manifestación a la que asistí fue en el 2003, en contra de la guerra en Iraq. Vagamente recuerdo que mi mamá y yo asistimos juntas. También recuerdo que había muchas personas con carteles, pero nosotras no teníamos un cartel. Al darse cuenta de que esto me molestaba, mi mamá tomó un papel huérfano que estaba en el suelo y utilizando el jugo de las jacarandas como tinta, escribió No a la guerra. Cuando el mundo me pesa y leo encabezado tras encabezado de mujeres desaparecidas, regreso a esa memoria de la tinta morada y de las manos de mi madre encontrando la manera de politizar a la naturaleza. Sé que mi mamá probablemente sintió impotencia al saber que nuestro cartel no sirvió de nada (un mundo en el que las jacarandas paran una guerra en Iraq no existe), pero también sé que esas manos, las mismas manos que me arroparon cuando yo no sabía hacerlo, las mismas manos que golpearon a un hombre en el metro cuando intentó masturbarse contra ella, las mismas manos que pintaron jacarandas sobre el papel, nunca dejaron de trazar palabras utópicas. No a la guerra es un suspiro distante, una promesa ficticia. Del mismo modo, se va a caer, es una proclamación necia, a veces ciega, pero no por ello deja de ser necesaria. A veces, el dolor de la realidad nos hace olvidar que necesitamos soñar para seguir existiendo. Imágenes como la que tomó Arau hace un año son símbolos necesarios que nos permiten volver a la inocencia de la niñez, al calor de la maternidad y a la inexistencia de las dicotomías.

Un año después, las jacarandas siguen cayendo, desde arriba.


[1] Douglas Kellner, ‘Virilio, War and Technology: Some Critical Reflexions’, in Paul Virilio: From Modernism to Hypermodernism and Beyond. ed. By John Armitage (London: SAGE, 2000), pp. 103-125 (p. 104).

[2] https://www.infobae.com/america/mexico/2020/03/08/minuto-a-minuto-de-la-marcha-por-el-dia-internacional-de-la-mujer-comienzan-pintas-en-la-plancha-del-zocalo-de-la-cdmx/#:~:text=Sobre%20Avenida%20Ju%C3%A1rez%20y%20Eje,a%20la%20marcha%20del%208M.

[3] Paul Virilio, Speed and Politics (Cambridge: MIT Press, 1977), p. 11.

[4] https://www.instagram.com/p/B9fUANXH4L-/

[5] Paul Virilio, Bunker Archaeology (New York: Princeton Architectural Press, 1994), p. 40.

[6] @Hipofrenia_, 9  de marzo, 2020 <https://twitter.com/Hipofrenia_/status/1236888738447462400&gt;


Luisa De la Concha Montes (Ciudad de México, 1998) es fotógrafa y escritora. Instagram: @erst.while

Ensayo

Provincia

Por varios años, desde que me mudé a la Ciudad de México, sufrí cada vez que volvía a Monterrey. Me acechaba una congoja severa cuando dejaba la ciudad. Para mí la vida se hallaba en el centro del país, con el bullicio y la velocidad abrumadora, y no en los rincones despoblados del norte ni en sus cielos azules. ¿Qué concedía ese poderoso magnetismo a la capital? En mi caso, la aglomeración de carteleras de cine, librerías, museos, universidades y conciertos; la promesa de una “oferta cultural”, si hablamos de la cultura que se imprime, numera y vende en boletos de cartón.   

Era imposible rehuir el vacío en el estómago cuando despegaba el avión. Durante el descenso observaba, extrañada, los rectángulos de tierra y las montañas despintadas. La sombra del metal alado se cernía sobre la pista ardiente y sobre mí, y  yo me preguntaba, de nuevo, qué estaba haciendo en Monterrey. ¿Y qué se compara al gozo de aterrizar de noche en la Ciudad de México, después de planear sobre su mundo de luces parpadeantes? ¿Con la visión de las miles de serpientes que transitan por sus calles y avenidas? ¿Con el vacío límpido y negro del lago de Texcoco, en el que una desea, a veces, zambullirse, como si se tratase de una alberca maravillosa? 

Emigrar para estudiar en la capital es igual a decir: hay algo allá que aquí no. La idea se convierte en sentimiento. Hay algo aquí que me abraza con brazos férreos, me retiene, me convence de que existo. Estoy viva. Aquí cobré vida. En este lugar aprendí, hablé, amé, lloré, sufrí, me quise morir. La aspiración sofoca y nubla el pensamiento. La contaminación droga. El eco del Periférico persigue. Perisur se abalanza con su sonrisa de esfinge. La Cineteca Nacional acorrala, incisiva: ¿Esta película también la pasan en Monterrey? Las librerías se amontonan: ¿Sólo tienen una Gandhi y un Fondo de Cultura? ¿No leen, o qué? Los peatones corren, caminan apresurados, sueltan codazos pendencieros para ganarte la entrada al vagón del metro. Hay mucho que hacer, el día es corto y las jornadas, largas. La ciudad está saturada y es nuestra. 

¿Qué vi la primera vez que un taxi me recogió del aeropuerto? Torres de Jenga. Luego, la desnudez impúdica de una urbe a la que no la protegen las montañas. Sólo los volcanes se asoman, tímidos, en los días más despejados, y me recuerdan que sí hay algo oculto entre la neblina y la nata, un montón de rocas calientes. Pero la mirada topa, aquí y allá, con espectaculares, edificios y segundos pisos. Me abrumó el ruido, atronador e incesante, de los taladros, las camionetitas, los elotes, el fierro viejo, el Metrobús, los camiones que aceleran para llegar a su destino. Hay que esquivar el mundo para escudriñar el cielo; hay que buscar un rincón arbolado, semivacío, para estar en paz. 

¿Qué es provincia? Me recordé niña, echada en la cama de mis padres. Con el control remoto viajé por todos los canales de la tele abierta, ida y vuelta, una y otra vez. Me detuve ante la visión más curiosa: un hombre mayor, blanco, diminuto, ataviado con un jumper rojo. “¡Los cuates de provincia!”, gritó. La voz, escuálida y temblorosa, salió disparada de su garganta como un silbido. Chabelo era mi única referencia de esa palabra.

Para mi cumpleaños veinticinco, mi amiga Josefa me regaló un dibujo del Cerro de la Silla que ella misma pintó con acuarelas. El contorno definido contiene la gama de verdes y cafés que eligió para la elevación. En el fondo grumoso, azul, espolvoreó nubes suaves. Acertó en la curva característica del cerro, que se hunde en el medio y luego repunta con sutileza. En la esquina inferior derecha garabateó la fecha con un marcador de punta fina. La postal está apoyada en mi escritorio, frente a una pequeña pila de libros: Diecinueve poetas contemporáneos de Nuevo León, una antología que encontré en una librería de viejo de la Roma; la Crónica regiomontana de Salvador Novo, el raquítico panfleto publicitario que escribió Novo por encargo de Cervecería Cuauhtémoc; la Historia breve de Nuevo León, de Israel Cavazos e Isabel Ortega Ridaura. Son para mi tesis, me dije al comprarlos, aunque no tenía mucho sentido. Quería leerlos. No sé cuándo me convertí en una persona a la que una amiga podría regalar un dibujo del Cerro de la Silla. No sé cuándo me interesó reevaluar mi relación con Monterrey, el norte, “la provincia”. 

El año pasado mamá hurgó en una caja de plástico transparente y desempolvó el acta de nacimiento del abuelo. Me mostró las líneas que le habían llamado la atención: “Ha nacido un niño indígena de raza blanca”. Mi abuelo, que no habló ninguna lengua indígena. Que no conoció a sus padres. Que se inventó el apellido dos veces, porque no sabía cómo se llamaba. Pero sí hubo tlaxcaltecas, muchos, en la Villa de Guadalupe. Allí se asentaron en el siglo xviii. Las pastorelas y la danza de los matachines son prueba de la herencia indígena. El norte, cuyas fronteras fueron una convulsión continua de trazos, albergó poblaciones más diversas de lo que se cree. El acta de nacimiento de mi propio padre dice lo mismo: niño indígena de raza blanca. Como diciendo “Es blanco, pero no se confundan”.

Recuerdo a mi abuelo. 

El abuelo era un frágil jarrón de porcelana en la salita de su casa. Tenía que agacharse para atravesar el umbral. Arrastraba todo el peso de su cuerpo, con dificultad, hacia el sillón. Era una visión en el grueso uniforme de mezclilla, las matavíboras en las que enfundaba sus pies, el casco que apenas disimulaba su pelo ralo. Las quemaduras insinuaban una piel por completo roja bajo la luz incipiente del candel. El abuelo suspira. Acomoda su reloj de pulsera en la muñeca izquierda. Lo revisa cada pocos minutos para asegurarse de que no ha perdido su único tesoro por los amplios ademanes que hace al hablar. Ese reloj parece de catrín, dice la abuela, te lo van a robar en la parada si te sigues yendo todo emperifollado. Él la ignora. Se sienta, abre las piernas hasta donde puede, y pide un cigarro. La abuela ríe como si él hubiera contado un chiste. Se levanta, sin embargo, y pone una olla sobre el fogón. Echa hojas de naranjo en una taza. Al final, agrega una cucharada de miel y revuelve el brebaje. Lucas bebe tragos largos. El líquido atraviesa el gaznate y se asienta en la panza. Ahora el agua dorada convive con el humo negro del carbón que lo despierta, de madrugada, con violentos ataques de tos. La abuela espera que la bebida baste para apaciguarlos. Ay Lucas, dice, es que te la vives trabajando. Sí. Su frente, todo él es caliente y tostado. Cuando tengo frío me recuesto en el pecho del abuelo. 

Mi recuerdo es falso. Lo fabricó mi imaginación. Mi abuelo murió quince años antes de que mis padres se conocieran, a los sesenta y cinco, de una enfermedad pulmonar. A veces pienso que llegué a la capital para pensar en él. La atracción que sentí al llegar, la ilusión enamorada, se evaporó como rocío en la madrugada. A veces pienso que vine para que me zarandearan. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Quiénes son tus padres y quiénes tus abuelos? Moverse es una fantasía y, a veces, una prisión. La ciudad saturada. Pero también es una imagen panorámica. La mía se extiende desde las montañas, la tierra, la abuela en la mecedora, la vergüenza que me enrojecía el rostro cuando me recogía del jardín de niños con su vestido desteñido y los huaraches que dejaban entrever sus pies; hasta los rascacielos, los edificios, el Colegio helado, las suaves corrientes de aire de la biblioteca. Mi corredor se extiende del vocabulario mutilado al nuevo acento. Pero cuando escribo, vuelvo. Escribo mucho y sobre cosas que no sé. Escribo para conocer a mi abuelo y recordar, con el ceño fruncido, a mi abuela.

Provincia. O como escribió Amado Alonso: “No hay estilo individual que no incluya en su constitución misma el hablar común de sus prójimos en el idioma, el curso de las ideas reinantes, la condición histórico-cultural de su pueblo y de su tiempo”. 

Ensayo

La carne de Teseo

No sin dificultades, el ambientalismo es una de las posturas aceptadas en el sentido común contemporáneo. Quizás por la amplitud de luchas que cobija, su éxito en la arena política ha sido limitado; sin embargo, su heterogeneidad le ha servido bien en lo cultural y mercantil. Ingenioso, el modelo capitalista ha sabido incorporar las inquietudes medioambientales a su propia agenda: si las toneladas de basura que diario desechamos asfixian a las tortugas, con tal de seguir tirándolas al mar, pronto fabricamos popotes de bambú.

Recuerdo que hace no tantos años el vegetarianismo seguía viéndose como postura extrema, incluso peligrosa. ¿Cómo vamos a alimentarnos sólo de plantas? La gente necesita minerales, proteínas, necesita hierro, necesita carne. Y si algunos hippies necios insisten, al menos que no se metan con los niños. Las cosas han cambiado. Hoy las dietas vegetales no son sólo aceptadas, sino que también se han vuelto significadoras de la ilustración individual. Es, por supuesto, una caricatura, pero la leche de almendra y la tinga de zanahoria van muy bien con la cultura woke, tan propia de ciertos estratos sociales; y, a la par de las nuevas prácticas alimentarias, han proliferado nuevas categorías. Uno no deja de comer carne, uno es vegeteriano, pescetariano, frutariano, ovo-vegetariano, lacto-vegetariano o vegano. También se puede tener la intención de reducir el consumo de carne en la dieta, pero las distinciones son categóricas, uno se adscribe plenamente a alguna o sólo es flexitariano.

Tantas distinciones han sido objeto de burla desde ciertos sectores de la sociedad, que critican cualquier cosa “progrey se jactan de vivir de acuerdo con la tradición, independientemente de cuál. No obstante, el mercado nuevamente se ha adaptado. El vegetarianismo, el veganismo y el consumo ético no son realmente nuevos, pero su popularización los ha hecho redituables. Cada vez vemos más productos amigables con el medio ambiente: jugos orgánicos, huevos de gallina libre, carne de vaca en libre pastoreo, leche de coco y café de producción socialmente responsable. Hay muchos problemas con el capitalismo verde, pero no son lo que me interesa aquí, sino uno de los últimos productos en la historia de este consumo: Beyond Meat.

Parece de mal gusto, pero cuenta la leyenda que, incluso después del trágico suicido de su padre, los atenienses decidieron preservar el barco de Teseo para conmemorar el éxito de su triunfante regreso de Creta. De acuerdo con Plutarco, durante siglos el pueblo de Atenas mantuvo el navío en las condiciones óptimas para navegar en cualquier momento; y, con el paso inevitable del tiempo, mientras las tablas se pudrían las remplazaban con otras, nuevas y más fuertes. Este acto de perseverancia, inútil como la mayoría de las conmemoraciones, dio origen a una de las paradojas clásicas de la metafísica occidental. No hay nada muy particular en remplazarle una pieza al navío, o dos, o tres; pero, después de cien años, cada pieza había sido sustituida y ahí reside el problema: ¿Era ese barco restaurado el mismo barco de Teseo? Y si sí, suponiendo que mantuviésemos todos los componentes originales y rearmáramos la nave en paralelo, ¿sería esta también el barco de Teseo? ¿Se puede cruzar el mismo río dos veces? ¿Qué determina la identidad?

Hay distintos caminos por los cuales aproximarse a la paradoja. Heráclito rechaza la permanencia de la identidad a través del tiempo, Aristóteles la ancla a la causa formal de los objetos, Hobbes amplia el experimento mental, Locke lo transforma en un calcetín y, como bien sabemos, a veces resulta que las cosas pueden ser las mismas, pero no iguales. A mí siempre me parece divertido verlo desde el ángulo lingüístico. No lo parece, pero “El barco de Teseo” es un nombre propio, no refiere a cualquier nave, sino a la de Teseo; y, además, si Teseo en la gloria de su heroísmo hubiese mandado a construir una flota entera, todos esos navíos hubieran sido “los barcos de Teseo” pero no “El barco de Teseo”. Los nombres propios son muy útiles dada su precisión, porque parece que siempre tienen una referencia concreta en el mundo. El barco de Teseo es, solamente, el que zarpó a hacia la isla del Minotauro, y es sólo aquel cuyas fatídicas velas negras provocaron la confusión y muerte de un rey. Sin embargo, hay múltiples ejemplos de cómo los nombres propios no son tan precisos como aparentan. La paradoja en cuestión es uno de ellos, pero hay más, como los casos de Phosphorus y Hesperus, o de Aristóteles y El maestro de Alejandro el Grande. Evitando el tedio, no me detendré a explicar el argumento, basta decir que una de las soluciones al problema es que, para determinar el contenido semántico de los enunciados, hace falta mirar al sentido y no a la referencia de las palabras. ¿Es el navío reconstruido “El barco de Teseo”? Depende del sentido que le hayamos asignado como comunidad lingüística a ese nombre; y pareciera que “El barco de Teseo” alude a ambos, al monumento y a la embarcación: insisto, son lo mismo, aunque no sean iguales.

Son notorias las distancias que recorremos con tal de no alterar nuestros hábitos. Una de las principales dificultades del vegetarianismo y el veganismo es que, evidentemente, implican dejar de comer carne, y resulta que nos gusta mucho. Esto ha provocado dos cosas: primero, que quienes se deciden por estos regímenes alimenticios estén muy orgullosos de ello, porque es realmente complicado llevar estas dietas cuando buena parte de nuestra cultura culinaria gira en torno a la carne (sé que el orgullo también deriva de otros lados, a eso voy). La segunda es que, aunque se haya renunciado a los productos animales, sus platillos siguen siendo deliciosos; así que han proliferado las adaptaciones, donde se remplazan las carnes por sustitutos vegetales: alambre de champiñones, tacos de jamaica, enmoladas de queso; más que réplicas son variaciones del mismo platillo, operan en función de éste y no de algún ingrediente en particular.

No obstante, también se han multiplicado los simulacros: hotdogs con salchichas veganas, huevos revueltos con chorizo vegetal, alitas de tofu, hamburguesas de lenteja. En muchos de estos casos se busca replicar la carne tanto como el platillo; se busca simular la textura, la consistencia, la forma y el sabor del pollo, la res y el cerdo, sin que el alimento provenga de alguno de estos animales. Y la simulación es comprensible, para muchas personas la renuncia no es a la carne per se, sino a lo que esta implica. El simulacro es la única forma de conseguir los nuggets sin matar al pollo.

Otra vez la tecnología nos ha salido al paso y ahora tenemos las Beyond Meat. Según Ethan Brown, CEO de la compañía que las produce, estos alimentos no se tratan de simulacros, sino de auténticas carnes de origen vegetal. La afirmación resulta contundente dado que, desde cierta perspectiva, es imposible. Hasta ahora no había ocurrido nada similar; la carne, por definición, ha sido imposible de adquirir si no es del cadáver animal, su identidad inseparable de su origen. Y de este nexo se desprende la renuncia a la misma.

Usualmente se deja de comer carne por cuatro motivos: primero, porque se está en contra de la crueldad con la que se obtiene, en contra de las condiciones “inhumanas” (como si fuésemos el estándar del buen comportamiento) de los criaderos y mataderos, o simplemente en contra del asesinato animal. La segunda razón es la conexión que tiene la industria de la carne y los animales con problemas ambientales y con la crisis climática; al ser uno de los sectores que más aportan a las emisiones de GEI, hace falta que pongamos nuestro granito de arena. Tercero, actualmente existe una discusión sobre qué tan sano es nuestro enorme consumo de carne, particularmente roja; así que, para algunos, esto no es más que una apuesta por la salud individual. Finalmente, está la cuestión del sabor: es probablemente el motivo más marginal (también el menos admirable), pero es innegable que las carnes tienen un papel estelar en las prácticas alimenticias actuales, con el resto de los ingredientes alrededor. Parafraseando a Jeremy Fox, no hace falta ser vegetariano para darse cuenta de que no le damos la misma importancia, ni el mismo cuidado, a nuestras chuletas que a nuestras zanahorias; y deberíamos, la centralidad que le hemos dado a la carne funciona como anteojera para nuestra experiencia culinaria.

De estos motivos, la Beyond Meat atiende a la mayor parte. Por poner un ejemplo, la Beyond Burger está construida a base de proteínas de chícharo, frijol y arroz, a las cuales se les añaden pequeños depósitos de grasa vegetal para replicar el “marmoleado” de una hamburguesa tradicional. No contentos con replicar la estructura, se le añade extracto de manzana al producto, lo que no cambia en nada el sabor, pero hace que la carne del empaque adquiera el color rojo que trae la sangre y, mientras se cocina, se dore al café que todos conocemos. El resultado es una hamburguesa vegetal diseñada para tener la misma composición química de grasas y proteínas que una hamburguesa animal, el mismo sabor, la misma textura y hasta el mismo color. Añadido a esto, según un estudio de la Universidad de Michigan, la producción de la Beyond Burger requiere 99% menos agua, 93% menos tierra de cultivo, contribuye 90% menos a la emisión de GEI y requiere 46% menos energía para producirse que una hamburguesa tradicional. Por último, estos productos dicen tener la misma o mayor cantidad de proteínas que sus contrapartes animales, nada de colesterol, menos grasas saturadas y nada de hormonas o antibióticos.

Quedamos en un lugar peculiar. Estas über-carnes parecen traer consigo todos los beneficios de la carne sin todas sus desventajas. Su elaboración no compromete la pureza de nuestra moralidad (hasta que nos ponemos a pensar en las condiciones de los trabajadores que cultivan todos estos vegetales, pero esa será otra discusión), contribuye a los esfuerzos para mitigar los efectos de la crisis climática (habrá que ver cuánto) y hasta parecen ser una alternativa más saludable a lo que estábamos acostumbrados. Encima, no sólo saben bien, saben a carne. Parecen carne. ¿Son carne?

Como los atenienses, hemos levantado un monumento a nuestra comodidad y, después de extirpar lo malo, nos permitimos continuar con lo que estábamos acostumbrados. El único precio ha sido que, en el proceso, nos hemos convertido en alquimistas: tanto lo deseábamos que transmutamos el cobre en oro; y a los pobres chícharos, arroces y frijoles en carne. Si esto resulta en salvarle la vida a cientos de vacas y cerdos, y si nos permite poner un modesto dique frente a la catástrofe climática, lo celebro. Quizás sólo debería llamarnos la atención todo lo que estamos dispuestos a hacer para mantener las cosas como están. En los días que vienen dudo que sea posible.

Y en serio, los vegetales sí saben bien.


@el_abernuncio

Ensayo

Veritas

Hace un par de semanas regresaron a clases 30 millones de estudiantes. Es sólo un decir, porque los regresos suelen implicar desplazamiento; quizá sea mejor decir que la escuela regresó a los alumnos. La idea de utilizar la televisión como medio de transmisión para expandir el alcance educativo no es nueva: en México, desde finales de los años sesenta se inició el programa de telesecundarias y, junto con él, ha habido otros esfuerzos como la Universidad Abierta de la UNAM o el programa de Televisión Educativa del IPN. La intención siempre ha sido aprovechar el potencial de las telecomunicaciones para salvar las brechas físicas que impiden difundir una educación de calidad a todo el país, para todos. Suena bien. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la educación a distancia siempre se ha visto como complementaria a la tradición del aula; está pensada para llegar a esos lugares donde, de otra forma, no se podría. Así que, cuando, en otro revés del 2020, se anunció que este año a nadie le tocarían pupitres ni pizarrones, la noticia no se tomó con demasiado entusiasmo, ni modo.

Las diferencias son muchas, pero este incidente me recuerda al pánico de algunos años atrás cuando Internet seguía siendo una novedad. Con la difusión de una red de transmisión de información completamente nueva y la normalización de las computadoras personales, comenzó a hablarse sobre la posibilidad de que la educación a distancia, hasta entonces relegada a una categoría de segunda, hiciese obsoleto el modelo de educación de élite. Después de todo ¿cómo podría competir un aula de 30 alumnos en una Ivy League frente a un modelo donde un número virtualmente infinito de personas podrían conectarse a un salón digital y aprender directo de las mejores universidades del mundo? La pregunta suena algo tonta, pues no tendría por qué ser un problema masificar la educación del más alto nivel; al contrario, sería una enorme ventaja para alcanzar el sueño de la ilustración.

No obstante, el problema y la pregunta eran otros. Por un lado, es incómodo, pero hay que decirlo: actualmente, la educación es un negocio. Los subsidios al sistema educativo público suelen quitar ese amargo sabor, pero, además del conocimiento y la ciencia, las escuelas y universidades requieren comprar o rentar grandes planteles, invertir en mantenimiento, pagar salarios, hacer campañas publicitarias, llevar registros, pagar servicios y comprar material. En la mayoría de los casos, si alguien quiere lidiar con estos problemas no es por caridad, sino porque es posible conseguir una ganancia. La educación hoy la entendemos como un servicio que se vende y se paga. Así que, cuando de pronto aparece la posibilidad de tener acceso a este bien sin buena parte de sus costos de producción ¿cómo justificar los límites si físicamente ya no hay? ¿Cómo mantener la exclusividad? ¿Cómo mantener las altas colegiaturas? Por el otro lado, hay algunos problemas menos cínicos. Actualmente, es impensable hablar de educación sin hablar de la evaluación: calificaciones, promedios, comparaciones, certificaciones, títulos y boletas son cosas inseparables de ir a la escuela. Ya sabemos que el gusto de estudiar es secundario, y si pasamos de un salón con 30 personas a uno con 3000, incluso si todos aprenden perfectamente bien ¿cómo lo demostramos? ¿Cómo evaluamos? ¿A quién le ponemos 5, 6 o 9? ¿Cómo les dejo saber a los alumnos que aprobaron? ¿Cómo les dejo saber a los empleadores?

Al final, el apocalipsis educativo no ocurrió. A mediados de 2012 Stanford, Harvard, y el MIT anunciaron grandes iniciativas para ofrecer cursos masivos abiertos en línea (MOOCs por sus siglas en inglés) a través de innovadoras plataformas como edX y Coursera. Lo que siguió fue que, desde entonces, muchas de las grandes universidades del mundo tienen sus programas de educación digital. La diferencia es notoria: una maestría en línea de la Universidad de Pennsylvania tiene un costo total de 25,000 dólares, mientras que un año de doctorado en Oxford cuesta aproximadamente 34,000, en Harvard 50,000 y en la Universidad de Chicago 60,000. Sin embargo, incluso con estas diferencias, todo sigue con normalidad, pues la variedad en la oferta educativa para cada modelo sigue siendo enorme; pero, sobre todo, porque que no es lo mismo tomar clase en el aula que en la computadora, y no es lo mismo tener un título que diga lo primero que lo segundo.

En la primaria, aprenderse la geografía de los Balcanes siempre es una pesadilla. Uno se acuerda con facilidad del país de la pizza y los romanos, de los ingleses que anduvieron por todo el mundo o de dónde vienen los Samuráis y las Geishas; pero, cuando llegamos a Albania, Montenegro o Bulgaria, la cosa se pone fea. Desde luego que a nadie le han hablado de la guerra de Bosnia (que la “limpieza étnica” no es una cosa que se le enseñe a las niñas y niños), nadie sabe quién es Tito ni qué es Yugoslavia, eso de los pueblos eslavos suena muy raro, sobre Grecia dejamos de escuchar desde la época de Pericles (vamos unos mil años atrasados) y lo mismo pasa con Roma, que después de los bárbaros ya no hace falta hablar de qué pasó en Oriente. No sabemos nada de ellos pues, pero igual hay que aprenderse los países y sus capitales, de memoria.

En una de esas dinámicas que se implementan para hacer divertido el aprendizaje y que no tenía nada que ver con el examen o la memoria, aleatoriamente nos asignaron un país y nos pidieron presentarlo al salón. A la fecha, sigo recordando con afecto la bandera croata, particular por su patrón de cuadros y por una cabrita que tiene en el escudo, recuerdo la extraña forma de cuña del país (impaciente por quitarle toda la costa a su vecino), y a su capital Zagreb, cuyos sonidos de z y gr siempre me parecieron agradables. Desde luego, toda esta información me ha sido inútil hasta ahora, igual que aprenderme de memoria los países. Tampoco tengo duda de que no ha sido una ventaja para mis empleadores, que las formas se llenan igual de fácil con o sin el conocimiento de esa cabrita. Pero no puedo evitar pensar que hubo algo más valioso en eso que me inspiró al grado de provocarme emoción durante un mundial de fútbol (afición que jamás he compartido) al ver al equipo croata participar.

La urgencia de no frenar ni un instante y llevar la escuela a todos los rincones del país, a como de lugar, proviene de distintos sitios: del lado de la institución, es un modelo productivo del cual dependen dueños y trabajadores por igual; para miles de administrativos, docentes y personal de mantenimiento, el sistema educativo simplemente no puede detenerse, de eso dependen. Del lado de las familias, la escuela es una práctica social indispensable para el funcionamiento familiar, permite la administración del tiempo y habilita la posibilidad el trabajo, especialmente para las madres. Finalmente, para muchos la educación es también la promesa de un mejor futuro y un mejor país; no sorprende que sea por esto último que generalmente se la defiende.

El argumento suele ir por tres lados: Primero, desde el siglo pasado se ha argumentado que los países que invierten fuertemente en educación son a los que mejor les va, y si alguien no ha salido de las vías del desarrollo es probablemente su culpa. Es una postura popular en los países del Norte global, que sin duda tienen sistemas educativos más o menos buenos, pero que también tienen una historia de imperialismo y colonialismo de la que no es muy agradable hablar. Hay algunos casos excepcionales que salen a colación todo el tiempo. Corea del Sur es el gran ejemplo, porque hasta la primera mitad del siglo XX tenía los mismos niveles de desarrollo que México; sin embargo, a partir de los años 70, su crecimiento se detonó y pronto entraron al selecto grupo de países desarrollados, dejándonos atrás. Una de las explicaciones de este crecimiento milagroso es que invirtieron mucho en educación. La historia es más compleja. Para entender el modelo educativo surcoreano hace falta hablar del modelo confucionista, del colonialismo japonés, de la ocupación estadounidense y de la dictadura de Park Chung Hee; pero para muchos eso está de más, hay que invertir en educación para llegar al “primermundismo”, punto.

Segundo, la educación se considera importante porque se ha asociado directamente con la movilidad social. Es esencial mandar a nuestros hijos a la primaria, la secundaria, preparatoria y universidad porque si no ¿de qué van a vivir? Que estudien en universidades reconocidas y de preferencia carreras serias, ingenierías, medicina, derecho, si no ¿cómo van a competir? Y una vez que uno termina más vale ir pensando en el posgrado porque hay que ascender en el mercado laboral. Es, de nuevo, una idea que cargamos del siglo pasado, porque para muchos ese fue el caso: tener una educación universitaria fue lo que garantizó que múltiples familias mexicanas consolidaran su lugar dentro de una incipiente clase media. No obstante, las cosas han cambiado; hoy, tras años de salarios estancados, la educación no garantiza la movilidad, quizás la permanencia; y, en cualquier caso, aprender es lo secundario de todo el asunto.

Finalmente, la tercera defensa es que la educación es un derecho humano y es buena por sí misma. No tengo mucho que decir al respecto. Como la mayoría de los derechos humanos, este argumento es más una bandera aspiracional que nos indica qué cosas nos parecen buenas, qué cosas no; es agradable defender esas causas, pero no nos aclara mucho de ellas. Dice la UNESCO que “por su carácter de derecho habilitante, la educación es un instrumento poderoso que permite a los niños y adultos que se encuentran social y económicamente marginados salir de la pobreza y participar plenamente en la vida de la comunidad”. Volvemos a lo mismo.

A fin de cuentas, nada de esto tiene que ver con la educación, lo que importa es el desarrollo. Es normal. El modelo de nuestro sistema educativo no tiene demasiado sentido si tratamos de verlo con el aprendizaje en el centro. Me agrada la idea de saber que “la mitocondria es la planta eléctrica de la célula”, pero ¿por qué es tan importante que sepa eso? ¿Por qué es tan indispensable que lo sepan todos, que lo sepan ya? Y me surgen otras preguntas: ¿a quién le importa si me saqué 8.7 memorizando los distintos tipos de ecosistemas y 9.3 en la evaluación de morfemas lexicales? ¿Qué significa siquiera ese número? La respuesta es obvia, no significa nada. Pero, esos números tienen una utilidad tremenda porque, según dicen, son los que nos permiten saber quién ha aprendido mejor, quién es más listo; y, evidentemente, a los mejores les toca lo mejor: mejores maestros, mejores salarios, mejores empleos. Dicho de otra forma, es indispensable mantener al sistema educativo andando porque es el pilar de la meritocracia, que no es otra cosa que un modelo para distribuir la desigualdad; y por eso la urgencia, como están las cosas, es importante encontrar justificaciones, la educación está de más.


Fiacro Jiménez Ramírez sigue vivo.

@el_abernuncio

Ensayo

El infierno de pasar por México

Afuera, en la periferia de las ciudades, han transitado desde tiempos remotos  los vagabundos, los exiliados, en fin: los extranjeros. Un mundo de exclusión e inclusión construido con la naturalidad con que unas manos forman un montículo de tierra para separar un territorio del otro. Según sostiene Thomas Nail en su libro The Figure Of The Migrant, la percepción que tenemos de la historia occidental gira en torno a un concepto espacio-temporal bien definido; se trata de la existencia de un “adentro” y un “afuera”. Desde que se fundaron las primeras ciudades ha habido un bárbaro cuyos balbuceos no cabían en la Polis y altos muros para mantenerlo lejos. En este artificio bordeado por fronteras tangibles e intangibles hay figuras nítidas que caminan por las aceras, turistas que dan la vuelta al mundo con sus papeles en regla y su eterna contraparte: las figuras cuyo tránsito es castigado. Los migrantes.

Migrar es un derecho humano, reza el antimonumento erigido este 22 de agosto en la Ciudad de México frente a la embajada de los Estados Unidos. Su propósito es no olvidar una tragedia que, diez años después, sigue impune: la masacre de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas. ¿Por qué moverse de un espacio a otro en este país es igual a transitar hacia la muerte? En México, una nación “de paso” por excelencia, la literatura de los últimos 10 años se ha hecho la misma pregunta. En Los niños perdidos (2016), el brutal testimonio de Valeria Luiselli producto de su trabajo como intérprete en la corte migratoria de E.E.U.U., la autora equipara las políticas de migración de México con “un videojuego de realidad aumentada […] donde gana el gañán que caza más migrantes”.  Un cruento juego entre «buenos» y «malos».

La frontera con Tijuana-San Diego del lado de México. Imagen: FB/CUELL Tijuana.

Volvamos un momento a los baluartes primigenios de la civilización occidental. En el Antiguo Testamento, Abel estableció su ganado y cosechas con el favor de Dios. Caín, el asesino, vagó su rumbo, legando su condena a todos sus parientes. La muerte de un migrante parece conservar aun hoy en día ese tufo de moralidad. Si los bad hombres mueren, es por decisión propia. Si llegan al infierno, es porque no tendrían que haber andado tanto. En respuesta, la literatura mexicana ha tomado en más de una ocasión los relatos en torno al cielo y al infierno como modelo para sus narrativas sobre la migración.

Tal es el caso de Las tierras arrasadas (2015) de Emiliano Monge, que combina testimonios de migrantes centroamericanos en su paso por México con fragmentos de La divina comedia, creando una perturbadora amalgama temporal que pesa sobre el lector. Lo que ocurre ahora ha ocurrido ya mil veces y seguirá ocurriendo, tiempo cíclico del mito que también aparece, pero en clave prehispánica, en Señales que precederán al fin del mundo (2009) de Yuri Herrera.

Como los videntes en el infierno de Dante, condenados a mirar siempre hacia atrás, el migrante desciende hasta el infierno portando la maldición de Caín.  En la alternancia de sus personajes entre el horizonte infinito del desierto y los apretados confines de camiones de carga, bodegas y mataderos, se externaliza uno de los más grandes miedos de la sociedad occidental: un mundo abierto, sin límites, en donde la frontera entre el sol y la sombra se difumina.  Para quien migra, la vida no toma lugar en el cielo como en la tierra; más bien, es en la tierra, en los parajes insólitos del desierto, como es en el infierno. 

Ambas novelas incorporan e invierten los tropos de la road novel, inmortalizada a mediados del siglo pasado en la literatura norteamericana (pensemos, por dar un ejemplo, en Jack Kerouac). En esta literatura de viaje de la modernidad había una meta, un sueño, una transformación espiritual hacia, si no lo perfecto, por lo menos lo positivo. En la literatura mexicana de migración, esta transformación se asemeja más a un apocalipsis de muertos vivientes. Cada uno de los desterrados, de los que se describen a sí  mismos como “sin cuerpo y sin alma”, tiene su destino grabado en fuego.

El fuego: su destructora, atronadora y a la vez purificadora esencia, elemento fiero que catalizó el inicio de nuestra civilización; eje de sacrificios y la forma preferida de eliminar todo rastro de un cuerpo. Los cuerpos y su destrucción son esenciales en Las tierras arrasadas, pero esta representación del fuego no es aislada. Fila India (2013) de Antonio Ortuño también recurre a él: quema con él los cuerpos.

Mural en Tijuana, México. Imagen: Marcela Santos

En la configuración de esta novela se encuentra la esencia del sacrificio y de su mercantilización. Las escenas de violencia extrema que se representan, con un lenguaje que raya en el hiperrealismo, no tienen un propósito dramatizante. Son incómodas, oscuras, satíricas. En ellas, el lector se hunde en el más profundo horror sólo para ser “rescatado”, una y otra vez, por las banalidades todavía más obscenas de la vida política. Los personajes ven a un hombre quemarse y se lamentan de haber perdido dinero. Los asesinos incendian un refugio repleto de migrantes y se alejan escuchando la radio. Los protagonistas, los cazadores que han entregado tantas vidas a la muerte, están enamorados, viven en sus mentes su propia tragedia. La fila india que hacen los migrantes hacia su muerte son las filas de los interminables trámites burocráticos. Sus vidas son números en papeletas archivadas.

Se levanta una nube de fascismo, de exclusión y la literatura responde: no con oposición directa, no con contraargumentos o dramatizaciones. Ante la exclusión extrema, los personajes más marginados al centro. Ante la extrema violencia, la violencia extrema, o en sordina, el lado más incómodo de esa violencia pero, sobre todo, su banalidad. El propósito no es darle voz a quienes ya la tienen: la literatura no tiene esa superioridad. Tampoco tiene la capacidad de mover o cambiar las cosas; es acaso un paréntesis de reflexión. Si de algo nos sirven estas narrativas de la migración, es para recordarnos que la migración no está reservada a un grupo de personas que huyen; es una situación que nos cruza directamente. Que esta literatura nos siga sirviendo de dique, un medio saludable para transitar por capas y capas de versiones oficiales. 

Ensayo

La invisibilidad

Hace algunas navidades, mi hijo de cuatro años me regaló un dibujo que hizo utilizando la pestaña de una caja de cereal y un par de colores. Cuando le pregunté qué eran aquellos fantásticos trazos, comprendí que su regalo superaba, de lejos, mi capacidad imaginativa:

—Es la gema roja de la invisibilidad —me dijo.

—¿La qué? —pregunté.

Pacientemente, me explicó que era un poder sobrenatural de auxilio en el que me podía hacer invisible si estuviese en peligro: “Aprietas esta gema roja y, fuuuum, nadie te ve, sólo tú”. ¡Genial! Incluso mejor que el anillo de Giges, mi hijo me regaló el poder supremo de la protección.

He querido utilizar la gema roja en innumerables ocasiones, por razones muy diversas: casi siempre como escape o resguardo, pero confieso que en ocasiones también por una curiosidad algo absurda, similar a la de Wakefield, el personaje de Nathaniel Hawthorne.

Más allá del uso que se le podría dar a un poder sobrenatural como éste, la invisibilidad es una fantasía que descansa sobre una infinidad de deseos: por ejemplo, de estar presente sin estarlo del todo; de presenciar el mundo a lo lejos, sin ser parte activa de él; de observar sin ser observado y, sobre todo, de ver cómo son “realmente” las cosas en nuestra ausencia. En muchos casos, el deseo de ser invisible supone que el comportamiento individual o de grupo es distinto en “ambientes naturales”, es decir, sin un público mirando y entorpeciendo la realidad real. El panóptico de Bentham, el experimento de Milgram, y hasta las palomitas de Whatsapp reposan sobre esta ilusión, mostrando lo inconsecuente y vacilante que puede ser la condición humana. Ya lo confesó Brás Cubas en sus agudísimas memorias póstumas: en la vida, el qué dirán, la mirada de los otros, el contraste de los intereses, la lucha de las codicias nos obligan a esconder los trapos sucios, a disimular sus desgarrones y descosidos, a no confiar al mundo las revelaciones que se hacen a la conciencia. Imposible no ver rasgos de Glaucón.

Pero acaso no hace falta ir tan lejos ni meterse con los orígenes de la filosofía moral. Lo que importa destacar es que la invisibilidad como imaginario lúdico no es novedad; es un sueño habitual, algo ordinario y una de las quimeras más antiguas de las ciencias sociales: se trata de comprender un fenómeno social, el que sea, tal y como es, sin ser contaminado por la presencia —el sesgo— del que observa, quien sea. Es asumir que existen hechos sociales independientes(mente) de quien los mira, y más: que el propio fenómeno cambia al ser interferido por la observación. No me refiero a la doble interpretación hermenéutica, que desde luego presenta otro tipo de dilemas, sino a un supuesto mucho más sencillo: que la presencia de un observador cambia la esencia de un hecho social al transformarlo en escenario, con actores que, como dice el antropólogo Bazin, no hacen solamente (o verdaderamente) lo que hacen, sino lo que permiten al espectador ver.

La invisibilidad como fantasía está presente en todas las disciplinas de las ciencias sociales, y se apoya en la idea del distanciamiento cuidadoso como condición necesaria para lograr una comprensión más cabal del mundo social. Es un tema viejo, no resuelto y que en las últimas décadas se ha alojado en lo que las ciencias sociales llaman “el trabajo de campo”, ese momento en el que se sale del aula o de la oficina para supuestamente enfrentarse al mundo, mirarlo, escucharlo y participar en él.

El trabajo de campo suele contrastarse con aquel que es exclusivamente de escritorio; son formas distintas —complementarias— de acercarse a comprender las esquinas del mundo. Cada disciplina ha establecido una relación muy particular con el trabajo de campo. Para algunas, por ejemplo, la antropología y en ocasiones la geografía, éste es un sello de identidad que lo distingue de otras formas de hacer y saber. No es un hacer por hacer ni un simple ritual de paso, sino un hacer comprometido con entender un fenómeno social a partir de la experiencia de las personas que lo viven y lo producen: mirar lo que hacen, cómo actúan, preguntar lo qué piensan o sienten y escuchar cómo se expresan dentro del universo cultural en el que circulan. Se busca comprender otros órdenes sociales bajo sus propios términos. Hacer trabajo de campo supone estar en un lugar por un tiempo, no siempre definido, para observar, hablar, escuchar y, en ocasiones, participar en él. Implica, muchas veces, cruzar una frontera física o simbólica para adentrarse a un mundo que no es completamente propio, con contornos imprecisos.

Como objeto de preocupación académica, el trabajo de campo se ha transformado en una industria muy rentable, como los baby showers. La cantidad de libros, talleres, panfletos y artículos producidos en las últimas dos décadas sobre el tema es francamente abrumadora y, en su mayoría, bastante inútil. Porque lo que estos trabajos suponen es que hay un antes y un después, un principio y un fin; nos brindan una receta que, si se sigue al pie de la letra, da como resultado un delicioso pastel: tres tazas de rapport, otras dos de preguntas semi-estructuradas, una cucharada de guión de observación, y una pizca de valor. Y los componentes humanos más importantes como son la curiosidad, sensibilidad, conocimiento, imaginación, creatividad o sentido común son marginados frente al régimen del ingrediente. Lo que estos esfuerzos buscan es dar respuestas inequívocas a una enorme diversidad de experiencias. Lamentablemente, son esas mismas respuestas las que acaban por frenar el pensamiento y hacer de la vivencia de campo un proceso acartonado y estéril. Lo dijo Anne Carson: “Answering makes thinking stop and when your thinking is still, you might as well be dead. It is a deadness. Living happens when your thinking moves. It is not hard. You just have to relinquish some kind of complacency about answering stuff”.

Ahora bien, quienes hemos hecho trabajo de campo sabemos que existen límites: hay personas inaccesibles, tiempos imposibles de cubrir, o espacios a los que simplemente no entraremos jamás, por las razones que sean. Y son precisamente esas fronteras las que marcan los límites de nuestro conocer, algunas inimaginables. Pero permanece siempre la esperanza de encontrar caminos, descubrir nuevas entradas, por más imposibles que parezcan. Por eso nos preocupa saber cómo comportarnos frente a situaciones o personas desconocidas, qué decir, cómo vestir, cómo moverse, qué (no) preguntar, porque domina la ilusión de que tenemos algo de control sobre nuestra (in)visibilidad. Acaso parecen trivialidades, y hasta cierto punto lo son, pero las seguimos tomando en serio porque pensamos que entre menos ruido genere nuestra presencia, más puertas se nos abrirán, más puro será el contexto y más acabada nuestra comprensión de él.

Malinowski en las islas Trobriand.

Muchos antropólogos de principios de siglo XX compartían la misma preocupación, aunque no la hiciesen voluntariamente pública. Es verdad que parte de su inquietud se ubicaba en otra cosa: en romper con la antropología de escritorio y conocer mundos desconocidos estando y participando en ellos. Las diferencias entre el hombre blanco y los trobiandeses, samoanos o los kwakiutl importaban sólo en la medida que su presencia fuese novedad. Así, el reto era lograr ser invisibles, que los indígenas, al verlos constantemente todos los días, dejaran de interesarse, alarmarse o auto controlarse por su presencia; se trataba de dejar de ser objeto perturbador de la vida trivial, como lo manifestó Malinowski en su introducción a Argonauts of the Western Pacific. La única distancia que cobraba peso era la de la aceptación, que acaso se conseguía con tiempo, aprendizaje del idioma y mucha paciencia. El secreto de Fred Murdock fue precisamente ese: que los hombres rojos lo aceptasen como uno de los suyos para dejar de estar y así llegar a la verdad.

Sabemos que la invisibilidad es una fantasía y, sin embargo, las ciencias sociales se empeñan en seguir alimentándola. Pero en el mundo real, ese que está en la calle, en la casa, en la frontera o en el trabajo, la invisibilidad existe, no como poder sobrenatural, sino como una condición de vida, una forma desgarradora de existir.

Imaginarla es un juego.

Desearla es un privilegio; ignorarla también lo es.

… la gema roja seguirá en mi cartera: es mi tesoro, porque me la regaló Fabio.


Verónica Crossa Niell es profesora en El Colegio de México.

Ensayo

Apuntes sobre la poesía como memoria y sentires cristalizados

1

En su ensayo Against Interpretation, Susan Sontag sostiene que, desde la crítica de Platón, el arte ha tenido que aprender a defenderse. Para él, el arte era inútil porque intentaba imitar al mundo que percibimos, que no es más que la representación imperfecta del mundo de las ideas. Aristóteles justificaba a la poesía porque veía en la tragedia una oportunidad de catarsis: ir al anfiteatro ofrecía la posibilidad de purgar los sentimientos negativos de la audiencia, como una terapia. Sir Philip Sidney defendió a la poesía por su capacidad de cambiar al mundo y, también, de liberar al poeta de él.  

Pero ¿es en verdad necesario encontrar una función de la poesía? ¿Su valor depende de su utilidad? No realmente. Sostengo que, para las personas que en verdad aman cualquier tipo de arte, éste no necesita una razón de ser, basta simplemente con que sea. En las palabras de Noé Jitrik: “el poder de la literatura consiste en la literatura misma”.[1]

2

A mi parecer, hay justificaciones internas y externas de la literatura. Las primeras son de las personas de letras para las personas de letras, mientras que las segundas se aventuran fuera de ese mundo. Son dos discusiones distintas, casi como si en una se tuviera una charla amable con un grado alto de complicidad, mientras que en la otra se rogara para evitar la violenta expulsión de los poetas de la República.

Las internas se basan en una premisa sencilla: la literatura se justifica por sí misma. La literatura es un fin antes que un medio. A diferencia del martillo o la silla, no es necesario que un poemario sea capaz de quitar el clavo de la pared o que me pueda sentar sobre él para que tenga valor. Su mérito no descansa en su utilidad. Basta con haber amado un libro para compartir esta posición.

La justificación externa es más compleja. El problema empieza con el hecho de que la literatura está dos veces marginada: primero, porque la postura hegemónica sobre las actividades humanas dicta que, para que sean valiosas, tienen que ser instrumentales, servir para algo. Segundo, porque la literatura no suele tener alguna pretensión de decir algo generalizable ni objetivo. Entonces, la justificación externa busca convencer a nuestros contemporáneos de que leer, digamos, a Emily Dickinson aporta algo a su mundo. Este texto está más cerca de las justificaciones externas que de las internas.

3

La literatura puede tener muchas funciones distintas: puede presentar aporías, hacer tangibles las ideas de otros, transportarnos a mundos distantes, hacernos olvidar una pena y escapar, entre muchas cosas más. No sostendré nunca que éstas sean las razones principales para apreciarla, porque la literatura es mucho más que eso. A pesar de ello, no se debe subestimar el valor que puede tener la literatura como repositorio de la memoria.

El objetivo de este texto es, primero, tratar a la poesía como una cápsula del sentir y de la memoria humana. Y, segundo, mostrar por qué eso es esencial y urgente.

4

Como Antonio Alatorre apuntó, la lectura es un proceso intersubjetivo. Al escribir, el autor destila su experiencia subjetiva en lenguaje y, a su vez, el lector está sumido en su propio mundo igual de parcial y empapado en vida cuando se encuentra con lo escrito. Es tan simple como decir que hay tantas poesías como combinaciones de lectores y autores.[2]

Leer sería, entonces, un encuentro de dos mundos. Lo quiera o no, la obra de un autor emana de su momento, sus valores, su experiencia, los temas que le apasionan y muchas otras cosas más. La obra encapsula el mundo según lo vivía quien lo escribe. Y que la literatura preserve el mundo con la densidad vital de Virginia Woolf no es poca cosa.  

5

A finales del siglo XII a.C., los complejos de palacios de Micenas estaban en llamas. Posteriormente, serían ruinas. Parece ser que una combinación de cambio climático, epidemias, saqueos de piratas y migraciones masivas tuvo como consecuencia el colapso de casi todas las civilizaciones de la Era de Bronce. Con el fin del micénico y el inicio de una “edad oscura”, Grecia y las islas del Egeo regresaron al analfabetismo.

Emily Wilson sostiene que los relatos y mitos de ese período reflejaban el recuerdo y las fantasías sobre las culturas micénicas y minóicas, ambas perdidas. La Odisea se compuso como un poema oral en ese período y muestra un pasado heroico en el que hay inmensos palacios con puertas de bronce y columnas de plata, donde grandes reyes comían carne y bebían vino mientras las mujeres tejían lana púrpura y los dioses se ocultaban entre las personas, para guiarlas y darles regalos lujosos.

La lectura de la Odisea nos pone frente al sentir de generaciones que memoraban un pasado distante con melancolía y pensaban que habían perdido la abundancia y el favor de los dioses. No quedaron más huellas que los vestigios y las palabras.

6

El corpus de la literatura anglosajona comprende todo lo escrito en inglés antiguo entre el siglo VII de nuestra era y la batalla de Hastings, de 1066. Los anglosajones tenían una tradición larga de poesía oral y comenzaron a escribir con la expansión del cristianismo, que llegó al reino de Kent en 597.

Los poetas anglosajones (llamados scops) eran la memoria viva de la comunidad en la que habitaban. En una sociedad mayoritariamente analfabeta, el acceso que tenía la gente al pasado histórico se limitaba a las canciones de los poetas. Y la poesía anglosajona estaba centrada en tratar al pasado pagano con un tono elegíaco.

Beowulf nos acerca a la visión que tenía su autor del mundo desaparecido de sus antepasados en Dinamarca y Suecia. Y adoptar el cristianismo obligaba a los anglosajones a enfrentarse al hecho de que estaban condenando a sus ancestros a las consecuencias de no estar bautizados. Leer The Wanderer nos sumerge en un mundo en el que ser exiliado es desgarradoramente doloroso por la distancia que impone con la familia y la tierra, pero también con un señor feudal. Las dos relaciones más fuertes para el hombre anglojasón eran esas: aquélla con su familia y aquélla con su señor. El contraste que ofrece ese poema entre las heladas brutales y las cálidas salas de banquetes donde los señores fuertes daban regalos a sus siervos es, en las palabras de Crossley-Holland, la poesía de amor de una sociedad heroica.

En la poesía anglosajona hay un sentido profundo de honor, lealtad y el destino ineludible. También hay ogros en los pantanos, dragones que esconden tesoros en cuevas, linajes que conectan a los reyes con Odín e imágenes sorprendentes: mares como caminos de ballenas, una lanza como la serpiente del escudo. Todo eso conformaba un mundo que, al igual que todos los demás, dejó de existir. Ahora queda su historia y su sentir.

7

Guam es una isla estratégica en el Océano Pacífico, al lado de la fosa de las Marianas. Fue colonizada en el siglo XVI por los españoles, anexada por los estadunidenses en 1898, ocupada por los japoneses en 1941 y controlada de nuevo por los Estados Unidos en 1944. Ahora es un territorio no incorporado de los Estados Unidos, donde se aplica su constitución a medias y los pobladores son tratados como ciudadanos de segunda clase.

Los indígenas de la isla, los chamoru, han sido víctimas de un genocidio que casi acabó con toda su población, de intentos de aniquilar su lenguaje y tradiciones, así como de toda la barbarie que conlleva ser una colonia desde hace casi medio milenio. Además, la isla sufre de súper-tifones y otras formas de desastres naturales que serán cada vez más graves conforme se vayan extinguiendo los corales. Por ello, la crisis climática amenaza seriamente la habitabilidad de la isla.

La obra poética poscolonial y ambientalista de Craig Santos Perez refleja la memoria del pasado y la consciencia de la fragilidad del futuro. Por dar dos ejemplos, Without a Barrier Reef trata sobre aquel futuro en el que el poeta tendrá que explicarle a su hija que los corales en el mar y sus peces están muertos, y su poema from achiote va sobre la importación de esa planta latinoamericana a Guam, la abuela de Santos Perez, y sobre San Vitores, un jesuita que bautizó a la hija del jefe chamoru Mata’pang sin su permiso. Mata’pang mató a San Vitores y, como castigo, los españoles lo ahogaron y redujeron la población de Guam de 200’000 personas a 5’000 en dos generaciones.

Craig Santos Perez pone en el centro de nuestra imaginación a aquellos grupos que sufrirán más por la catástrofe climática de nuestro futuro cercano y cristaliza la memoria de la opresión del pueblo chamoru. En sus palabras, “My hope is that these poems provide a strategic position for “Guam” to emerge from imperial “redúccion(s)” into further uprisings of meaning”.[3] En este sentido, su obra hace algo esencial y urgente.

8

Jorge Luis Borges imaginaba que su escritura era vana, porque si algo no lo escribía él, alguien más lo haría. Es como el teorema del mono infinito, que afirma que, en un lapso sin fin, un mono inmortal frente a un teclado escribirá, sin duda, Hamlet. Pero la idea de Borges está fundamentalmente equivocada, porque no enfrenta que todo es finito y que la humanidad no es inmortal. No hay ninguna certeza real de que haya humanidad en cien años. Cada obra es producto de su mundo, y miles de mundos se desmoronan cada día.

9

El poeta arábigo andaluz Ben Chaj escribió en el siglo XI un poema sobre la despedida de su amada. Describe cómo se iba en un palanquín sobre lomos de camellos y sus lágrimas reptaban sobre las mejillas como escorpiones sobre rosas. Esta descripción es distante a mi mundo y, sin embargo, me conmueve hasta la médula. Un mundo muerto de hace un milenio es perfectamente capaz de irrumpir en el mío con una fuerza indescriptible e insospechada. La historia y la poesía son capaces de funcionar como repositorios de la memoria, pero mientras que la primera suele estar interesada en entender, la segunda está interesada en sentir. En la lectura de la poesía, no se accede a la memoria del autor, sino que se empatiza con ella. No es una hermenéutica, porque no se trata de entender el mundo del texto, sino de darle nueva vida.

El último Estado musulmán en la península ibérica cayó en 1492 y ha habido incontables intentos para erradicar la herencia arábiga en el mundo hispánico. Pero las semillas de la poesía arábigo-andaluza fueron suficientemente fuertes para superar al olvido y florecer como tiernos azahares en la memoria de otros, como la de García Lorca. Mientras quede un poema, seguirá habiendo humanidad.

10

En uno de los cuentos que más me gustan, Mircea Cărtărescu se pregunta sobre Ovidio:  

¿Se pronunciará su nombre en este mundo al cabo de otro milenio? ¿Se leerán aún sus Fastos dentro de un millón de años? Después de que el sol se apague y la galaxia se desintegre y se produzca la muerte térmica del universo infinito, ¿volverá a recitar alguien siquiera dos versos, con ritmo elegíaco, sobre los rizos de las damas elegantes y sus cajitas de marfil con afeites? Por supuesto que sí, por supuesto que sí. Puesto que han brillado en otra época, brillarán para siempre, más allá del mundo físico y de su terrible destino, en un espacio distinto al del polvo y el olvido. Pues, como dijo Mallarmé, «el mundo sólo existe para llegar a un libro».[4]

11

La poesía contiene la fuerza de vidas que se niegan a dejar de ser sentidas y la memoria de mundos que se rehúsan a dejar de ser experimentados. Sartre dijo que es claro que los libros “no tiene[n] utilidad práctica directa […] que no existe libro alguno que haya impedido a un niño morir”[5], pero basta con un poema para salvar un mundo entero de una muerte probable, cruel e injusta.


[1] Noé Jítrik, “Introducción”, en Jean Paul Sartre et al., ¿Para qué sirve la literatura?, trad. F. Mazía, Buenos Aires, Proteo, 1966, pp. 10.

[2] La frase es de Fiacro Jiménez.

[3] Craig Santos Perez, “Preface”, en su libro from unincorporated territory [hacha], Oakland, Omnidawn, 2017, p. 11.

[4] Mircea Cărtărescu, “Pontus Axeinos”, en su libro El ojo castaño de nuestro amor, trad. M. Ochoa de Eribe, Madrid, Impedimenta, 2016, p. 68.

[5] Jean Paul Sartre, en Jean Paul Sartre et al., ¿Para qué sirve la literatura?, trad. F. Mazía, Buenos Aires, Proteo, 1966, p. 93.


Antonio Alatorre, “¿Qué es la crítica literaria?”, en su libro Ensayos sobre crítica literaria, Ciudad de México, El Colegio de México, 2012, pp. 43-57.

Craig Santos Perez, from unincorporated territory [hacha], Oakland, Omnidawn, 2017, 104 pp.

Craig Santos Perez, “Without a Barrier Reef”, Cog Literary Journal, 2018, https://www.cogzine.com/copy-of-matt-zambito, consultado el 6 de julio de 2020.

Emilio García Gómez, Poemas arábigo-andaluces, Buenos Aires, Austral, 1940, 188 pp.

Homer, The Odyssey, trad. E. Wilson, Nueva York, Norton, 2018, 582 pp.

Jean Paul Sartre et al., ¿Para qué sirve la literatura?, trad. F. Mazía, Buenos Aires, Proteo, 1966, 106 pp.

Kevin Crossley-Holland, The Anglo-Saxon World: An Anthology, Nueva York, Oxford University, 1999, 308 pp.

Mircea Cărtărescu, “Pontus Axeinos”, en su libro El ojo castaño de nuestro amor, trad. M. Ochoa de Eribe, Madrid, Impedimenta, 2016, pp. 45-68.

Susan Sontag, “Against Interpretation”, en su libro Against Interpretation, Nueva York, Farrar, Strauss & Giroux, 1966, pp. 3-14.

Ensayo

Una noche gay en Shanghái: donde se sube al mar

一个上海的同志夜晚: 潮起之地

Noche atípica de 2018. Decidí cruzar media Shanghái para visitar el famoso “barrio gay” de la ciudad. Estaba escribiendo en la barra de un bar popular y pequeño, en el fondo proyectaban “Crazy in Love” de Beyoncé y varias obras maestras de Britney Spears, cuando se me acercó un entrenador de gimnasio (llamémosle Yimou). Parecía estar llegando del trabajo.

Yimou le habló al bartender como a un hermano, pidió “lo de siempre”, se me quedó viendo y me preguntó por qué hacía la tarea en medio de un bar, en viernes.

— Tengo que estudiar algo de la ciudad para una clase y elegí los espacios de convivencia para la comunidad gay —dije.

—Yo te doy el tour — me respondió.

Esa noche recorrí más de media docena de lugares y observé diversas formas de socialización comunitaria, a pie de calle, escondidas o arrinconadas (ajá, ese tipo de “arrinconadas”).

I.

Ésta es una ventana a la vida LGBT en la República Popular China (RPC).

Aquí, crecer en una ciudad costera implica gozar del desarrollo económico de la región y tener contacto con ideas liberales de fuera. Dentro de ese espacio “privilegiado”, Shanghái es un lugar especialmente propicio para que la comunidad LGBT florezca: debido a su historia particular de colonialismo y ubicación estratégica, Shanghái ha sido, durante más de un siglo, una puerta de China continental al extranjero.

La ciudad se localiza donde el río Yangtsé —el más largo de China y el segundo más largo del mundo— se encuentra con el Mar de China del Este. Shanghái (上海) literalmente se traduce como “encima del mar”; aunque, por la etimología 上 (shàng), en mi cabeza la pienso, románticamente, como “donde se monta el mar” o “donde se sube al mar”.

A inicios del siglo xx, diversas ideologías se colaron a través de esta ciudad costera, entre ellas la que dio pie a la formación del Partido Comunista de China dentro de la ex concesión francesa de la ciudad (entre 1920 y 1921), donde hoy se encuentran los distritos de Huangpu (黄埔) y Xuhui (徐汇).

Como otras ciudades amigables con la comunidad LGBT, Shanghái tiene su propio “distrito gay” en la concesión francesa, cerca de los sitios donde se reunían los primeros grupos de trabajo del Partido Comunista, hace ya cien años.[1] La zona se caracteriza por ingresos elevados, la abundancia de bares, cafés y restaurantes “hípsters”. También hay sitios de encuentro LGBT en puntos menos ricos de la ciudad, pero la legación francesa se ha impuesto como el referente principal.

II.

En la comunidad LGBT china que es más fácil conocer cuando uno es extranjero, la que se proyecta hacia fuera del país, predominan los hombres blancos y cisgénero de ingreso alto. El modelo se reproduce en otras partes del país; es el caso del famoso bar Destination en Beijing, ubicado en Sanlitun (三里屯), un barrio cosmopolita, rico y aspiracional donde se concentra una parte importante de las representaciones diplomáticas extranjeras desde la segunda mitad del siglo pasado, y que se ubica dentro de la nueva zona de embajadas de la ciudad (北京使馆区).

Además de esa noche con Yimou, recorrí la concesión francesa de Shanghái durante un par de semanas; visité Lucca 390, Happiness 42, Rice, Lollipop, Asia Blue, Eddy’s, Replay, y otros lugares cuyos nombres se borraron entre la pronunciación en chino y la memoria difusa de las altas horas de la noche. Me quedé con ganas de conocer las periferias del cosmopolitismo, más lugares con nombres chinos y menos en inglés, pero eso requería redes de contactos diversas, es decir, más tiempo.

Los establecimientos que visité tenían una estética sobria, unos eran más minimalistas que otros. La personas eran de edades diversas, y lugares como Lucca ofrecían distintos ambientes dentro de un sólo establecimiento; sin embargo, en algún punto de la noche se mezclaba la demografía de cada ambiente y había comunicación intergeneracional.

Las formas de interacción me intrigaron. El baile era escaso; eran las conversaciones, con personas de pie o sentadas, las que predominaban. La gente se entretenía con videojuegos o juegos de mesa. Elementos así hacían que los bares fueran espacios poco eróticos, aunque el cubilete, en particular, se utilizaba para que el alcohol diluyera el pudor. Los espacios sexualizados se reservaban a entornos menos regulares: las salas de karaoke, los rincones, y, por supuesto, el cruising.

Tal vez lo que más llamó mi atención esa noche fue la variedad de opciones que tiene la comunidad para socializar en lugares donde las conversaciones son audibles, no domina la pista de baile y conviven personas de muchas nacionalidades y edades; aunque a todas las unía el filtro del ingreso medio-alto.

Saber que esos espacios se abarrotaban, y que creaban lazos entre desconocidos, me llenó de ilusión y me sorprendió.

III.

A pesar de que no eran la población mayoritaria de la noche, los extranjeros se veían más que en otros lados.

El modelo de cosmopolitismo shanghainés es el más exitoso de China continental, lo cual se ha vinculado a la autoconcepción de la ciudad y su gente como uno de los nodos interculturales del mundo. Al dejar de lado los muchos beneficios que esa imagen ha traído, el cosmopolitismo es una dimensión más de la desigualdad: aunque Shanghái es una ciudad inmensa, no es para nada representativa de las medias nacionales.

Por ejemplo, a diferencia de México, donde el área metropolitana más progresista, la Ciudad de México, representa aproximadamente un sexto de la población total del país, Shanghái, con sus 20 millones de habitantes, concentra poco menos de 2% de la población total de la República Popular China.

La exclusión se refleja también hacia adentro. En China continental y en el mundo, Shanghái es un epítome de la metrópoli global, aunque no todos sus habitantes se relacionan con el núcleo cosmopolita. Para acceder al espacio de la élite global, es necesario tener capital económico y cultural. Esta lógica de exclusión se replica en la comunidad LGBT.[2]

Aparte del ingreso, hay otro factor que convierte a Shanghái en un espacio de difícil acceso. En China continental persiste el sistema hukou de residencia, el cual limita los servicios públicos que se pueden disfrutar si se sale del territorio donde se nació. Esto afecta, por ejemplo, a las personas que nacieron y crecieron en una comunidad rural de Hunan, pero decidieron trabajar en Beijing.

El sistema hukou de residencia no inhibe la migración irregular interna, pero sí limita la calidad de vida a la que se puede aspirar cuando se migra. La política, que tiene algunas justificaciones debatibles en términos de control poblacional, coloca en desventaja a las minorías que desean establecerse en espacios más progresistas.

IV.

La rápida multiplicación de usuarios de internet[3] chinos ha permitido crear una socialización segura más allá del espacio físico.

Quizá el caso más importante para los hombres homosexuales es Blued.[4] Esta app de origen chino podría, a simple vista, igualarse con Grindr, que también está disponible en China continental; no obstante, Blued tiene una serie de funciones que la vuelven más integral y acogedora, como los grupos de conversación, los “muros” o timelines para compartir experiencias y que se asemejan a características de las redes sociales Instagram, Facebook y Twitter. La función de la app también es particular. Blued, a diferencia de sus alternativas, no se utiliza tanto para entablar relaciones sexuales.

Aunque no encontré la misma variedad de espacios físicos y visibles que en Shanghái, cuando visité otras partes de China descubrí el uso diverso de Blued, al que recurrían tanto estudiantes universitarios (que buscaban sostener conversaciones en inglés), cuanto obreros que sólo hablaban mandarín.

V.

China continental alberga diversos caminos para vivir en diversidad y anteponerse al prejuicio, los cuales se bifurcan y entremezclan a diario. Estos caminos no son nuevos, ni de origen extranjero.

Las personas de la RPC han experimentado cambios muy radicales durante las últimas décadas y, aunque la transformación social no siempre sigue el ritmo de la económica, mucho está por verse todavía, sobre todo más allá de donde uno se sube al mar.

Río Yangtsé, Wuhan, China, 2018

Arturo Palacios (Aguascalientes, 1996) es internacionalista por El Colegio de México. Desayuna, come y cena China.

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[1] Curiosamente, el término más común para referirse a personas gay es tongzhi (同志), que se traduce como “camarada” y refuerza un sentido comunitario.

[2] Bao, Hongwei, “Queering/Querying Cosmopolitanism: Queer Spaces in Shanghai”, Journal of Current Cultural Research, 2012, vol. 4, pp. 97-120.

[3] Entre 2007 y 2017, el porcentaje de la población de la RPC que usaba internet pasó de 16% a más de 54%, según cifras del Banco Mundial. (https://data.worldbank.org/indicator/IT.NET.USER.ZS?locations=CN).

[4] Yi-Ling Liu, “How a Dating App Helped a Generation of Chinese Come Out of the Closet”, The New York Times, publicado el 5 de marzo de 2020, en https://www.nytimes.com/2020/03/05/magazine/blued-china-gay-dating-app.html, consultado el 7 de marzo de 2020.

Ensayo

Apuntes sobre el insomnio

El hombre está muerto pero no ha
podido quedarse dormido.
Virgilio Piñera

Los niños deben acostarse temprano

Durante mi infancia escuché incontables veces que debía dormir ocho horas diarias. Las diez de la noche se consideraban ya horas inadecuadas para seguir pululando por la casa. Sin embargo, aun a pesar mío, siempre he sido inmune a aquella recomendación.

Ignoro hasta qué punto esto es consecuencia del periodo de pesadillas y un par de episodios de sonambulismo que experimenté antes de los seis años. Pero es un hecho que desde muy chica, cuando pernoctaba con mi madrina, ésta acababa rindiéndose y se dormía mientras yo deambulaba por su departamento en espera de que el sueño me visitara también. Luego, en la primaria, la imposibilidad de dormir se manifestaba en fechas como la víspera de Reyes o el inicio de ciclo escolar. Aunque de naturaleza muy distinta, ambos eventos me emocionaban mucho, supongo que por la expectativa de la novedad que implicaban.

La primera vez que me vi obligada a quedarme despierta ocurrió en primero de secundaria. Un profesor, en un despliegue de autoritarismo, nos pidió una tarea ilógica casi de un día para otro. Debíamos pasar a computadora los ejercicios de varias unidades de nuestro libro. Trabajé en ello hasta alrededor de las 4 a.m. de la fecha de entrega. Aquella madrugada hice mi debut como bebedora de café. No me gustaba su sabor pero me tomé varias tazas para mantenerme despierta. Logré terminar la tarea y me fui a acostar sin saber que era sólo el inicio.

Condenada a las ojeras desde la niñez, pronto dejé de hacer distinciones entre la dificultad de dormir que arrastraba desde entonces y los desvelos a los cuales me sometía como estudiante por dejar las cosas para el último minuto. Al igual que otros de mis amigos, me vanagloriaba de ir en vivo a la escuela cada final de semestre o de que me amaneciera terminando trabajos que entregaría pocas horas después. Lo cierto es que en esas noches el insomnio fue una herramienta útil.

Apagar dispositivos 90 minutos antes de acostarse

Soy incapaz de pensar en algún periodo en el cual haya dormido bien por más de dos semanas. He intentado de todo: escuchar música, ver una película para arrullarme, leer, tomar infusiones varias o gotas de valeriana, meditar. Nada ha funcionado el tiempo suficiente para considerarme poseedora de una adecuada higiene del sueño.

Durante una racha de noches en vela que comenzaba a lindar con la desesperación, armé un tablero en Pinterest con ilustraciones, citas e información sobre mi mal, como para exorcizarlo. Entre las recomendaciones para ello encontré la de mantenerme lejos de las pantallas al menos noventa minutos previos a la hora en que planeo acostarme a dormir. En mi búsqueda de soluciones, pues, estaba el error mismo. Mi adicción a los dispositivos lleva años alimentando al monstruo que me impide descansar en cuanto pongo mi cabeza en la almohada.

Tratando de cambiar mis malos hábitos, me encuentro un montón de artículos donde abordan la importancia de crear rutinas para tener días más productivos. Aparecen frente a mis ojos listas con nombres de empresarios, escritores, deportistas. Los hay quienes se levantan a las 5 a. m. para hacer ejercicio o comenzar a trabajar. “6 hábitos de la gente exitosa” rezan los títulos de notas e infografías, esa forma de sacarle mayor provecho a la cotidianidad. Al parecer, la clave está en pasar despierto la mayor cantidad posible de horas. En jornada diurna, aclaro.

Cansada de no pegar el ojo por las noches y de sentir que no puedo ni abrirlos cuando los pájaros comienzan a cantar, me cuestiono qué sueño estoy persiguiendo al querer incorporar esas prácticas a mi rutina, qué tipo de vida estoy anhelando. ¿Cuántos prescindirían del acto de dormir, si pudieran, en nombre de la productividad? ¿Producir qué, para quién? Una idea sombría cruza por mi mente: ¿cuántos jefes no desearían que sus empleados no requirieran descanso alguno? ¿Será que un día sí hallan la forma de que la vigilia no termine jamás?

Recuerdo una novela que leí hace años cuyos personajes tenían la opción de inyectarse una sustancia que los mantendría despiertos para siempre. Qué panorama tan horrible. Una de las cosas más angustiantes del insomnio es que suele venir acompañado de la necesidad feroz de desconectarme de cuanto pienso, veo, leo, siento. En este mundo tan abrumador y saturado de información, cada día más, ¿para qué querría estar despierta de forma permanente? Definitivamente no.

Abandonarse al sueño

Imaginemos un tipo de psicoterapia en la cual los médicos curan parasomnias y otros trastornos que afectan el subconsciente accediendo a los sueños de sus pacientes y manipulándolos. Ésta es la inquietante premisa de la que parte Paprika, novela de Yasutaka Tsutsui. Sobra decir que dicha práctica onírica requiere confidencialidad y sumo cuidado por parte de quien la realiza, pues quien se somete a ella está en vulnerabilidad absoluta. Pienso que si hay gente a quien la sola idea de presentar somniloquía alguna vez y revelar un asunto privado puede ponerla nerviosa, qué implicaría dejar que alguien vea lo que soñamos. En ese sentido, estar despiertos es la zona segura donde, a pesar de todo, seguimos en control de nuestros deseos, aversiones y manías.

Entonces quizá la imposibilidad de dormir responda al miedo. Uno que nuestra razón no entiende pero nuestro organismo conoce a la perfección. Clinofobia, onirofobia, somnifobia. Niños que no quieren irse a la cama, anticipando terrores nocturnos; gente que experimenta constantemente parálisis del sueño; personas con estrés postraumático que permanecen en estado de alerta por si cualquier cosa; aquéllas que no pueden dormir solas, las que no pueden hacerlo acompañadas.

A mí, por ejemplo, me resulta aun más difícil de lo habitual ceder a la somnolencia cuando estoy con alguien. Esto puede resultar ventajoso, por un lado, cuando la charla se extiende o la situación es digna de mantenerme despierta; pero es una maldición cuando soy la única que no ha podido sucumbir al cansancio y veo pasar los minutos entre respiraciones, ronquidos y la certeza de que entre más tarde en lograrlo, peor será la mañana. ¿Acaso será todo esto indicativo de una desconfianza inherente a mí?

En la narración que da su nombre al libro de Banana Yoshimoto, Sueño profundo, hay una mujer cuyo empleo consiste en pernoctar con otros. Su única función es hacer compañía al cliente mientras descansa, que al despertar no se halle solo. Dormir como un trabajo. Paradoja teleológica o culmen del rendimiento humano. El acto de irse a la cama se va volviendo imposible para ella. Aquella tarea, en apariencia simple, la enfrenta con la carga inesperada de compartir ese momento tan íntimo. Durante el sueño acompañado se transmite más que sólo el aire respirado. Es tan individual ese momento que los límites de lo que toleramos al hacerlo son muy difusos: el efecto terapéutico que puede tener para uno puede ser la pesadilla de otro.

Eso me lleva a pensar en las palabras de la filósofa Marina Garcés, quien plantea que reaprender a dormir es un acto de resistencia. En uno de los ensayos que conforman Común (Sin Ismo), explica que apelar al descanso es una forma efectiva de “sabotear la máquina para producir beneficio” en la cual nos ha convertido el capitalismo. Esa por la cual tenemos la costumbre de presumir las noches en vela, aun bajo el disfraz de quejas: nos reconocemos aptos, disponibles, pendientes del ritmo y las necesidades de este sistema.

En mi insomnio subyacen también cierta desconfianza hacia el mundo que me rodea, un impulso vano de estar siempre preparada para hacer quién sabe qué y la certeza de que, de cualquier manera, nunca será suficiente. Agrega, “la imposibilidad del sueño es, por tanto, la imposibilidad de un mundo común donde poder descansar y abandonarse”. Un mundo donde cada uno se sepa vulnerable y, no obstante, acompañado y a salvo.

Quién iba a decirlo, de todas las cosas que he aprendido a lo largo de mi vida, carezco precisamente de la que podría salvarme tanto de la vigilia como de mi pesimismo. Queda concebir una metodología del buen dormir, articular su técnica y practicar hasta dominarla. Imaginar que un anarcosueño es posible.

Minucias finales para leerse con MOR (movimientos oculares rápidos)

Pareciera que los parámetros para valorar nuestros hábitos oníricos siempre están en función de otras generaciones. Incapaces de reconocer que dormir no es una circunstancia fortuita sino una necesidad básica a cualquier edad, no falta quien se excuse por abandonar temprano una reunión arguyendo que debe acostarse pronto porque “ya está viejito”; o utilizan esa otra expresión falsísima, “dormir como bebé”, para denotar una noche de descanso óptimo. En realidad, el porcentaje de adultos mayores que sufre trastornos del sueño es alto, especialmente como consecuencia secundaria de otros padecimientos. Por otro lado, habría que preguntar a los padres de bebés si tal frase tiene sustento empírico o si surgió de los labios de alguien que nunca pasó la noche con una criatura durante sus primeros meses. Así se va erigiendo una mitología más bien engañosa donde ser joven es sinónimo de ser tan noctívago como se pueda.

Otras personas atribuyen no a los años sino a una conciencia tranquila su inmejorable capacidad de reposo. Me siento obligada a refutar este argumento. Perteneciendo a las filas del insomnio como lo hago, estoy convencida de que si a toda la gente violenta, corrupta y despiadada del mundo se aplicara esta lógica, otro mundo tendríamos. Estarían buscando cómo redimirse con tal de dormitar siquiera unos minutos. Cabe sospechar que algún perverso bendecido por Morfeo tuvo a bien difundir tan insostenible tesis y el restante séquito de durmientes la ha replicado sin reparo.

Una teoría más se decanta hacia el vínculo entre el descanso favorable y la actividad física realizada a lo largo del día. Sólo quien haya experimentando una jornada de ésas tan movidas que provocan hinchazón de pies y piernas y dolor de espalda sabe que a veces ni eso basta. Cuántos no habremos descubierto que el agotamiento era tal que no soportamos siquiera la sensación de las sábanas contra nuestra piel.

Como Montaigne, no dejo de sorprenderme de quienes caen en un sueño imperturbable aun frente a las mayores desgracias o situaciones de gran expectativa. La misma perplejidad me causan las opiniones encontradas sobre si somos capaces de resistir mucho tiempo en vela o si podríamos morir a causa de la privación del sueño. A mi asombro se suma un tufillo de envidia y consternación. Me preocupa que ni mi edad ni mi rutina lleguen a garantizarme la paz de quienes sueñan olvidados de sí.

Llegada a este punto, evoco nostálgica mis años de estudiante cuando simplemente me dejaba llevar por la inercia del desvelo. ¿Cuántos litros de café habré bebido mientras estudiaba o redactaba trabajos finales? ¿Cuántas neuronas se me habrán muerto en ese lapso por la extenuación? ¿Valió la pena ese desgaste? Alguna vez me sentí orgullosa de aguantar tanto, hoy lamento que el insomnio sea parte indisoluble de mi narrativa personal. Sería maravilloso tener control sobre la glándula pineal para conciliar el sueño a voluntad, pienso mientras afuera amanece.


Jimena Maralda (Ciudad de México, 1994) estudió Letras Hispánicas. Forma parte de la colectiva Pensar lo doméstico. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Ensayo (2019-2020).

@jimpetite