Cultura

Nuestras lecturas favoritas de 2021

Como en 2020, en Desvelo adaptamos el ejercicio de «Los mejores libros de 2021» a uno bien sencillo: compartirles pocos libros que cada uno disfrutó especialmente durante los meses pasados, sin importar su año de publicación y país de origen. Acá mencionamos novelas y ensayos, manifiestos urgentes y libros de historia; autores como Hermann Hesse, Saidiya Hartman, Bárbara Jacobs y George Sand. La lista es heterogénea y, como el proyecto en sí, su objetivo es dialogar entre nosotros, conocer lo que los demás descubrieron este año y expandir nuestras lecturas: esta vez tenemos un invitado lector que contribuyó a nuestra lista.

Esperamos que hagan clic con algún título, y que ustedes también compartan sus lecturas como caramelos. ¡Feliz año nuevo!

De Armando:

Pnin, de Vladimir Nabokov

Por un lado, Pnin es Nabokov en su punto más accesible. La novela es corta, ágil, y tiene en su centro a un protagonista tragicómico y entrañable, Pnin, con el que es fácil empatizar. Es posible que el capítulo que nos lleve al llanto sea también el que nos haga reír en voz alta. Por el otro, el mundo de Pnin es aquél de los émigrés rusos en los cincuentas, uno lleno de soledad, de los muertos de la revolución y el holocausto. Además, no deja de ser una novela de Nabokov: abundan los juegos literarios, los dobles sentidos, códigos y espejos. Éste es un libro que ofrece algo para cualquier lector, y es especialmente bueno para romper el prejuicio de las personas que imaginan a Nabokov como un esteta inmoral, desconectado del mundo y su dolor

Ada or Ardor, también de Vladimir Nabokov

Ada or Ardor es Nabokov sin restricciones, y por lo tanto un texto más difícil. Mi edición tiene casi quinientas páginas, que comienzan con unos capítulos que parodian la complejidad genealógica de las novelas rusas del siglo diecinueve y pasan por una sección particularmente opaca dedicada a la filosofía del tiempo de uno de los protagonistas. A pesar de su dificultad, Ada lo vale, sin pensarlo dos veces. Tiene algunas de las páginas más hermosas que he leído y momentos de una intensidad emocional sobrecogedora. Al igual que lo mejor del resto de sus otras obras, Ada enseña a leer con cuidado y a ver el mundo con más colores y texturas al cerrar el libro. Lo recomiendo en particular para las personas convencidas del genio de Nabokov, que disfrutan su pirotecnia verbal, sus delicadísimas imágenes y su música.

Días de tu vida, de Bárbara Jacobs

No sé de nada que se parezca a Días de tu vida, la extraordinaria novela más reciente de Bárbara Jacobs. El monólogo continuo de Patricia, su hermana y la protagonista en agonía, es una asociación libre compuesta por pequeñas oraciones en minúsculas que no suelen rebasar las tres palabras antes del punto y crean un flujo que captura nuestra atención y emociones. La novela de Jacobs impone una lectura lenta pero con un ritmo constante, contraria a las novelas híper-ágiles que se pueden consumir en una hora o dos sin significar gran cosa. Y como las oraciones son muy pequeñas, cada palabra importa y crea una experiencia de lectura profunda que compenetra con el lector.

A pesar de que la voz de la narradora es la de alguien en el lecho de muerte, su vitalidad y carisma hacen que su amor por la vida supere cualquier angustia. En esencia, la pesadez y sobriedad de la muerte se ve pequeña junto con el gozo de haber vivido y la esperanza de reencontrarse con sus muertos. La novela de Jacobs es un triunfo que afirma la vida.


De Camila:

En la Tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong

«Querida Ma», dentro de la cabeza del narrador – o podría haber sido su corazón – el nombre comienza a retumbar, como la canción de una campana, «Estoy escribiendo para llegar a ti, incluso si cada palabra que pongo es una palabra más lejos de donde estás». Y aunque sabe que su madre es analfabeta, su educación terminó a la edad de 5 años después de que una redada de napalm destruyó su escuela en Vietnam, y así, todas sus horas y su dolor se doblarán en papel y se guardarán, las palabras seguían cayéndose, prendiéndose a fuego a medida que avanzaban. 

Vuong entiende profundamente la elocuencia de la violencia, y sus palabras vibran con un salvajismo rojo, floreciendo, sacando tanta sangre de la historia como sea posible. Vuong muestra los sentimientos de su narrador, Little Dog, como el agua encamina sus olas, y uno sólo puede asumir que él debe haber dibujado en alguna fuente de dolor dentro de sí mismo, creciendo en los Estados Unidos, queer, y el hijo de un inmigrante. Vuong escribe como si estuviera abrazando sus recuerdos por la última vez, como si los estuviese incrustando en la superficie de su piel. Sus palabras son tan suaves como una capa de tela sobre el cuerpo que se envuelve contra el frío; pero a veces tienen la tendencia abrasiva de rallar las páginas, como la raspadura de una piedra que afila a una hoja. A menudo, el alfabeto parece transmutarse en horquillas incoherentes, vacilando como si fuera un sueño desgastado. 

El resultado es un libro que no se puede describir sin tomar prestado algo del lenguaje propio del autor: «No te estoy contando una historia sino un naufragio, las piezas flotando, iluminadas, finalmente legibles».

País de nieve, de Kawabata Yasunari

el mar agitado

extendiéndose hacia Sado

la Vía Láctea*

– Matsuo Bashō

El haiku evocador de Bashō se cita al final del libro mientras un personaje principal comienza a contemplar las pequeñas gotas de fuego que, en contraste con el ambiente tranquilo de un país hecho de nieve, flotan en el aire, ardiendo de furia y desencanto, pero protegidos por el esplendor absoluto de la Vía Láctea. La sublimidad de un firmamento bajo el cual la existencia se manifiesta en forma de la belleza y la tristeza. 

Así se desarrolla la experiencia tangible de leer la prosa de Kawabata. Su estilo minimalista y conmovedor. Su voz sincera y nostálgica. Una melodía única en una noche tranquila en medio de una corriente de estrellas centelleantes. Principalmente, País de nieve es un cuento de amor. Una aventuraromántica. Un hombre arrugado por su propia frialdad, casado con un par de mujeres etéreas. Mujeres que le dan todo lo que tienen. Un despliegue dramático de cada emoción. Un abismo de vulnerabilidad. Un comportamiento obstinado que ni siquiera considera renunciar a todo lo que está destinado al fracaso. Una relación que estaba destinada a perecer frente a las montañas blanqueadas, incluso antes de que empezara. 

Este libro rebosa de nostalgia, de las delicias de la naturaleza. Una belleza sencilla, la belleza japonesa, pura, no adulterada; una que se niega a caer bajo el hechizo de la modernidad occidental; tratando desesperadamente de preservar sus tradiciones y valores. El mundo de una geisha. Lección tras lección sobre cómo entretener a otros con el corazón roto.

*mi traducción de la interpretación en el inglés

Siddhartha, de Hermann Hesse 

La simple elocuencia de este libro bien puede ser incomparable en toda la literatura. Como muchos lectores, supongo, al principio pensé que el Siddhartha de Hesse sería la biografía del Buda Gautama, también conocido como el príncipe Siddhartha. De hecho, incluso la estructura narrativa parece imitar las enseñanzas del Buda: la primera parte con sus cuatro capítulos podría insinuar las cuatro verdades y la segunda parte, con sus ocho capítulos al Camino Óctuple. Incluso cuando el mismo Buda aparece como un personaje en la historia, podría ser visto por un tiempo como el doble del héroe, a quien se enfrenta, niega y finalmente acepta como su espíritu gemelo. 

Sin embargo, el libro no sigue esta trayectoria supuesta. El Siddhartha de Hesse elige su propio camino, negándose a ser un seguidor del «Ilustre». Por lo tanto, la estructura dual del libro incluye a una vista más cercana tres edades en la vida del héroe, cada uno de ellos completado con un despertar, una epifanía. Así, la novela resulta ser, aparte de una novela de ideas, también un bildungsroman. Fue la manera más fácil para mí, debido al título y a las referencias míticas en el texto, ofrecer fragmentos de filosofía budista como claves de la lectura. Sin embargo, el conocimiento de ella no es necesariamente un requisito, ya que al final, el libro llega a describir a la búsqueda arquetípica hacia el significado del mundo y el Sí Mismo. Y poco a poco, página a página, las alusiones eruditas se vuelven menos importantes, mientras que el viaje de Siddhartha se convierte en lo nuestro, lo universal; tocando y cambiando para siempre nuestra alma haciéndonos creer, incluso es sólo por un tiempo, que levantamos el velo y vimos lo desconocido.


De Azucena:

Historia de las alcobas, de Michelle Perrot 

En las alcobas ocurren los acontecimientos más importantes de la vida: el nacimiento y la muerte, el sexo y la secrecía, los sueños y las pesadillas. Historia de las alcobas es un paseo narrativo por imágenes cotidianas de esta vida privada en Occidente. Perrot nos abre la puerta igualmente de la majestuosa cámara de Luis xiv, de las habitaciones de obreros, de niños, de enfermos y moribundos, de escritores como Proust, Kafka y Woolf. Hace una sabia parada en el rechazo a lo doméstico, propio de las feministas, los existencialistas y los aventureros fogosos, y también coquetea con el picaporte de las habitaciones de hotel. 

La historiadora argumenta con obras literarias. Cuando escribe, por ejemplo, que tener una habitación propia garantiza la independencia de las mujeres, robustece su afirmación con el monólogo de Faunia, la protagonista de La mancha humana de Philip Roth: una noche Faunia se queda a dormir en el cuarto de su amante y al día siguiente lamenta su impulsiva decisión, pues “dormir en la propia cama es de una importancia vital” para una chica como ella. Imposible ignorar la osadía de una científica social que, en pleno siglo xxi, esgrime la literatura como fuente documental legítima.

Sarrasine, de Balzac 

El escultor Sarrasine ha pasado su vida observando cuerpos femeninos en busca de rodillas pequeñas, manos y cuellos esbeltos y hombros pálidos para esculpir “la figura perfecta”. Durante un viaje a Roma, el artista asiste a un número de Zambinella, una hermosa estrella de ópera, y reconoce en la cantante las formas deseables que antes sólo encontró en múltiples mujeres. La viva imagen de su obsesión inspira su mejor escultura, pero una noticia escandalosa perturba por completo el significado de su visión. Sarrasine es una lectura placentera por un sinfín de motivos: el retrato de la vida urbana en París del siglo xix; el irónico escándalo sexual; la narración ágil en forma de chisme. Todo en la novella confirma que la obra “fresca” o “disruptiva” no es, necesariamente, la contemporánea.

Indiana, de George Sand

Indiana se casó a los dieciséis años con un ex oficial del Ejército francés y su tediosa vida cotidiana la ha enfermado desde entonces. En su triste afán de supervivencia, y como Madame Bovary, la joven busca pasión como bocanadas de aire. Así se enamora sin remedio de Raymon de Ramière, su vecino apuesto, rico y elocuente, sin saber que aquél ya ha seducido y embarazado a su mucama. Basta con este pincelazo para exponer la naturaleza canalla del hombre que atormentará a la heroína. 

Con Indiana, George Sand —el seudónimo masculino de Amantine Lucile Aurore Dupin— afianzó la fama entre los círculos literarios. Hoy la novela tiene un interesante revés anacrónico: se discute si la obra es “feminista” o no porque el origen del drama está en la vulnerable posición de las mujeres bajo el Código Napoleónico, en particular su incapacidad de divorciarse y poseer tierras. El adulterio, el drama, la rivalidad entre hombres y la institución que encarna cada personaje (el “régimen de representatividad” que ciertos críticos han observado en la tradición realista) rápidamente hicieron del título un clásico de la literatura francesa. Sin embargo, Sand tomó apenas unos elementos del género y los desechó con la misma facilidad. La habitación circular de Indiana es, en este sentido, ilustrativa: al adentrarse en ella sus pretendientes ingresan a un mundo luminoso, plagado de ilusiones, espejos y fragancias, y quedan atontados. En la alcoba rosada se desdibujan los límites del opresivo mundo social que habita Indiana, y se le permite a la heroína, si a veces, respirar. 

De Fiacro:

How to Blow Up a Pipeline, de Andreas Malm

Este año tuvo lugar la COP26 y fue un espectáculo desolador. De seguir como vamos, para 2100 se estima que la temperatura del planeta incrementará entre 2° y 3°C. Hace cinco años, el objetivo del celebradísimo acuerdo de Paris era mantenernos en 1.5°C, lo cual implicaba hambrunas, sequías, desplazamientos, incendios e inundaciones en el terreno de lo manejable. Estamos muy por encima de eso. How to Blow Up a Pipeline es un manifiesto con una propuesta muy sencilla: dada la situación actual, el ambientalismo necesita comenzar a utilizar la violencia como herramienta política. La idea es contundente y polémica. La mayoría de las principales figuras en el ambientalismo se han declarado abiertamente en contra de ella y sin duda hay múltiples argumentos en contra. Sin embargo, Malm hace un excelente trabajo delimitando de qué tipo de violencia estamos hablando (únicamente contra la infraestructura petrolífera), cuáles son las virtudes de esta herramienta, y cuáles son los vicios del ambientalismo como lo hemos visto hasta ahora. Sin importar si uno está de acuerdo con Malm, How to Blow Up a Pipeline ofrece una mirada fresca al problema más grande de nuestro tiempo.

El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

Mi primera lectura de Dorian Gray fue durante la secundaria y desde entonces había sido una astilla en mi conciencia. En su momento, me pareció un libro extremadamente descriptivo y, siendo un puberto impaciente, lo abandoné en plena descripción de una cortina. Casi 15 años después ha sido una sorpresa ligeramente macabra regresar a Wilde y encontrar una lectura tan rica. Estoy seguro que Dorian Gray ofrecerá cosas distintas para cada lector. En mi caso, mi interés inicial por el diálogo con lo ensayos de Sontag sobre la naturaleza del arte, pronto fue suplantado por las discusiones sobre la moral cristiana, la torturada homosexualidad de Wilde y la, primero seductora, y en última instancia patética persona de Lord Henry. Para quien esté cansado de los pesados años que hemos tenido, Wilde ofrece una muy parcial reflexión sobre el hedonismo, sus virtudes, y sus peligros.

El ministerio del futuro, Kim Stanley Robinson

Se ha escrito sobre la Crisis Climática desde hace más de 50 años. No obstante, ha sido hasta años recientes que ha comenzado a incrementar la popularidad de su ficción. Imaginarnos el futuro que nos espera es, en mi opinión, una labor crucial que ha estado demasiado ausente de los movimientos ambientalistas. Más allá de los grados, los datos y las estimaciones, la movilización política suele venir de un lugar emocional. Crear narrativas sobre dónde estamos y a dónde vamos es urgente. En este sentido, El ministerio del futuro ha sido una de las lecturas más populares entre los activistas del movimiento. El libro comienza con una narración de cómo una, por ahora ficticia, ola de calor termina matando a cientos de miles de personas en la India. La descripción es progresivamente aterradora y sirve perfectamente para ilustrar el peligro que tenemos en puerta.


De Fernando Bañuelos:

La isla, de Judith Martínez Ortega

Judith Martínez Ortega llegó al penal de las Islas Marías un 31 de diciembre para trabajar como secretaria del entonces director, el general Francisco J. Múgica. La isla recoge una serie de viñetas sobre “aquel año de incendio” que Martínez Ortega pasó en el Pacífico antes de volver a la capital y hacer fortuna como coleccionista y restaurantera. Mitad chismógrafo y mitad diario, el libro de Martínez Ortega describe vidas tensas en que el ritual y la vigilancia muy apenas pueden mantener algo parecido al orden, algo parecido a la paz. Conforme avanza el año, reos y colonos (incluyendo a la autora) se erosionan poco a poco bajo el peso de la crueldad, el aislamiento, la cotidianidad de las tormentas. “Estaban hechizados por el mar, por las noches magníficas que se metían por las ventanas y llenaban los cuartos de estrellas, por la brisa que estaba toda perfumada con el viejo olor de la sensualidad.” Dos tragedias: La isla es el único libro publicado de Martínez Ortega (1908-1985), se reeditó una sola vez (que yo sepa), en 1959.

Estilo, de Dolores Dorantes

¿Quiénes son las nenas que hablan desde las páginas de Estilo? Dicen: “Este es un libro que no existe.” Dicen: “Te tenemos rodeado.” Dicen: “ Queremos que nos tapes la boca.” Dicen: “Somos espacio y somos superficie.” Dicen: “Somos adolescentes armadas cruzando la frontera.” Dicen: “Danos la presidencia.” Estilo es un poemario hecho de fragmentos chamuscados que sugieren una explosión: esquirlas. Al igual que Querida fábrica (2012), el libro que Dorantes publicó inmediatamente después, Estilo se ha leído como una respuesta desde la proverbialmente enrarecida poesía mexicana actual a La Guerra. Su retórica remite a los titulares de esos (estos) años, sí, pero la violencia que ordena (desordena) los libros de Dorantes es sólo suya, una violencia sobre la lírica, sobre la idea de que los poemas se-tratan-de-algo, sobre la idea de que un poema, un libro, un texto es algo que se parece a una persona.

Wayward Lives, Beautiful Experiments, de Saidiya Hartman

Saidiya Hartman ya había escrito dos libros buenos y entonces escribió uno radiante. En cada capítulo de Wayward Lives, Beautiful Experiments, Hartman trata un documento de la persecución y explotación de afrodescendientes en ciudades norteamericanas a inicios del siglo XX. Su “argumento académico”, por así decirlo, es convincente (donde muchos testigos de la “sociabilidad negra” han visto patología, ella ve experimentación y voluntad de escape), pero lo que brilla es su prosa y su técnica narrativa: Hartman escribe con la soltura de una novelista (algunos de sus pares académicos la han acusado de serlo). Además, usa la terminología más exaltada de los estudios culturales norteamericanos y encuentra lo bello que alguna vez hubo en ella, la forma en que sirve para iluminar un par de momentos de dolor o rebeldía en la vida de una persona. El libro es largo y no siempre mantiene el mismo nivel, pero algunas de sus páginas son (perdón por insistir) luminosas. No estetiza ni intenta redimir la miseria e hipervigilancia del ghetto: busca mostrar los momentos de sagacidad o ternura en que, fugazmente, el futuro parece posible.

Cultura

Entrevista no editada con David Foster Wallace en la ZDF (3)

Tercera parte de tres. Para leer la segunda parte de la entrevista, da clic aquí.

Traducción de Carlos Arroyo

E.: Sí, pero de hecho no es un nombre alemán.

D. F. W.: No, por supuesto que no. Es un nombre que suena vagamente germánico para los estadounidenses. No es el personaje más sutil. Pues los ángulos son matemáticos. Entonces no sé.

E.: ¿La literatura te permite hacer esa discusión?

D. F. W.: Vi esto en la hoja.

E.: Sí, porque tuve que…

D. F. W.: Está bien. Entonces déjame preguntarte: ¿qué puede hacer la literatura que otras cosas no pueden hacer?

E.: Pues…

D. F. W.: No es fácil, ¿verdad?

E.: No, para nada. Pero pensé que eras más inteligente que yo. Entonces pensé que… Bueno, leí esto en la entrevista. Tú dijiste que el buen arte de alguna manera hace que no te sientas solo. Eso es algo a lo que yo soy adicta. Porque, tan simple como soy, estoy muy feliz cuando no me siento sola al leer algo. Y, ¿sabes? La buena literatura es algo muy musical para mí. Tengo ese sentimiento mucho. Porque, entre más enferma se ha vuelto la vida, las palabras se vuelven más fáciles. Es como algo musical. Entonces yo veo la belleza de las palabras y también lo musical. Y también lo filosófico y el no sentirse sola.

D. F. W.: ¿Podemos contestar eso entonces? Eso es una mejor respuesta de la que yo podía dar.

E.: No, primero te tengo que entrevistar.

D. F. W. [al principio dirigiéndose al camarógrafo]: Pues, retroceda la cinta a lo que ella dijo y yo… No. Es una pregunta pesada. Hay algo musical sobre la literatura porque tiene que ver con patrones de significado que se desarrollan a lo largo del tiempo. Hay algo sobre leer, para mí, que no es como ver una obra de arte. Porque ahí yo elijo cuánto tiempo veo algo y qué veo, estoy siendo dirigido por un pedazo lineal de tiempo. Pero, en una pieza musical o en una película, ese flujo es dirigido por mí. No tengo ninguna elección más que seguirlo. Pero, en los libros, es raro, porque estoy moviéndome a través del tiempo a lo largo de esta cosa… No sé si tú lo hagas, pero, si he leído un párrafo que me gusta mucho, me regreso y lo leo otra vez. Entonces, estoy atrapado en el tiempo, pero tengo más movilidad adentro de ese tiempo. Y creo que… ¿Sabes qué? Lo he hablado con otros escritores y a la mayoría de las personas que hacemos esto nos gustaba leer de niños, seguramente por las mismas razones que a ti. Hay… Estoy intentando encontrar una manera de decirlo que no sólo suene estúpida y simple. No es necesario decir que en este cuarto hay cuatro personas. Todos parecemos ser amables. Hay límites grandes sobre lo que sabremos los unos de los otros. Por ejemplo, yo no sé qué estás pensando en este momento. Dios sepa qué hay en la mente de él [del camarógrafo]. Hay una forma de… Y hablo más como lector. Cuando estoy leyendo algo bueno y real, soy capaz de saltar esa pared de yo, y habitar a alguien más. Es algo que no puedo hacer —no podemos hacer— en la vida normal. Y, cuando habito a otra persona, a menudo lo que están pensando o diciendo o sintiendo son cosas que son como las que yo hago, pero me da miedo que haya algo malo con lo que yo hago y que sean cosas que nadie más haga. Hay una certeza tremenda sobre ese tipo de comunión y empatía. Después se vuelve más complicado, porque también tengo acceso a la mente del actor, de una manera que no tenemos si sólo estuviéramos hablando. La mayoría de mis amigos… Y a la mayoría de mis amigos no les gusta leer… A la mayoría de mis amigos, a quienes no les gusta leer, lo encuentran, A) aburrido y B) lento. Y yo no lo entiendo. Porque, para mí ver televisión, aunque es más fácil, es mucho más lento. Ver imágenes planas en una pantalla plana haciendo cosas interesantes… Y a menudo son muy fáciles de mirar… Es muy diferente de saber lo que es estar adentro de la piel de otra persona. O saber lo que es poder pasar dos horas con un autor que puede hacerme sentir como que sé. Es como magia, para mí.

E.: ¿Y también es conflicto?

D. F. W.: No puedo recordar qué escritor estadounidense fue. Lo escuché hablar y dijo que su trabajo es reconfortar a los perturbados y perturbar a los cómodos. Y, entonces, hay algo reconfortante sobre ser capaz de habitar a alguien más. Pero también hay algo muy incómodo sobre eso. Porque, normalmente, la experiencia que esa persona está teniendo es justamente una que a mí no me gusta, o que no he logrado entender. Y me parece que la división más grande no es entre la música y la literatura, o entre la música y la escultura, o lo que sea. Hay formas de arte que nos ofrecen escapes de nosotros y nuestras vidas diarias. Y creo que eso es divertido en dosis pequeñas. Y también hay tipos de arte que nos ofrecen más confrontación con nuestras vidas. Y no creo que sea sorprendente que no haya tanta demanda o tanto dinero para estos últimos tipos. Porque es más difícil y menos placentero, a veces. Y toma habilidad y educación volverte bueno leyendo y escuchando, para ser capaz de sacar placer de ahí. Hay un elemento de clase ahí, que se vuelve complicado. Pero creo que vale la pena. Creo que leer y escribir valen la pena. Es muy profundo. Me salió bien eso, en medio. Fui lúcido. Lo único que hice fue repetir lo que tú dijiste, pero yo me tardé diez veces más. E hice esto [hace gestos de revoltijos con las manos] mucho más. Dios, hace calor aquí.

E.: Sí.

Camarógrafo: Sí que sí.

E.: Entonces, hemos llegado a algo que de hecho tengo… [Al verlo incómodo y acalorado:] ¿Quieres que te traiga un vaso con agua o algo?

D. F. W.: No, estoy bien. Sólo me quedaré sudando en mi silla. Está bien. No es problema.

E.: Serás el típico estadounidense.

D. F. W.: Sí, el estadounidense sudoroso. Me da orgullo sudar en nombre de los Estados Unidos de América [risas del camarógrafo].

E.: Entonces, estaba a la mitad de una pregunta que puse en esta hoja de papel, que te enviamos por correo electrónico o por fax.

D. F. W.: Y que yo recibí.

E.: Impresionante. Bueno saberlo. [Recita de la hoja:] El miedo del escritor de que su trabajo y su persona, de alguna forma, se vuelvan banales, se aplanen, se abusen, tan pronto como los medios…

D. F. W.: ¡Yo no recuerdo eso! ¿Dónde está escrito eso?

E.: Aquí.

D. F. W.: ¡¿Banal?!

E.: Sí, no sé si eso…

D. F. W.: Ah, sí.

E.: Es “banalizado”. ¿Me inventé esa palabra?

D. F. W.: ¡Qué interesante! Mi copia de la hoja llegaba hasta acá [señala en la hoja].

E.: ¿En serio?

D. F. W.: Sí, no estaba nada de esto.

E.: Ay, por Dios.

D. F. W.: No, está bien. Entonces, ¿estamos hablando del mercadeo de la escritura?

E.: No, me refiero a… [Recita de la hoja:] El miedo del escritor de que su trabajo y su persona se vuelvan banales. Bueno, no sólo es eso, pero digamos que sí tiene que ver con la promoción.

D. F. W.: ¿El trabajo y la persona son la misma cosa?

E.: No, no.

D. F. W.: Pero ambos se vuelven…

E.: Sí, ya sabes, cuando estas ahí afuera, con los medios. ¿Qué pasa ahí?

D. F. W.: Veo una paradoja aquí. ¿Yo voy a hablar de las dificultades de lidiar con los medios, pero estoy hablando con los medios? Fingiré que estoy hablando contigo, pero, cuando esto salga al aire, vas a tener esta cara sudada en la cámara hablando de lo difícil que es, como escritor, estar frente a una cámara. En ese caso, si yo fuera el televidente, pensaría: ¿por qué está este cabrón frente a la cámara? ¿Entonces cómo sugieres que maneje esto?

E.: Sí, veo que es una paradoja, pero al mismo tiempo, es muy… O sea es un miedo legítimo. Entonces… Yo pienso en esto todo el tiempo. Pienso en la literatura, pero pienso, ¿estoy haciendo esto? ¿Qué tal lo estoy haciendo? ¿Cómo puedo preservar estas cosas? Es una paradoja para mí también. Por esa razón, creo que es algo en lo que puedes pensar.

D. F. W.: Claro. Bueno, hay varios intercambios. En Estados Unidos, hay una división entre las editoriales corporativas y las editoriales non-profit, que normalmente son muy chicas y publican mucha poesía y ficción vanguardista. Si tú tienes “suerte”… [Hace comillas en el aire.] Éstas comillas dan miedo. Si tienes suficiente suerte para que te publique una editorial corporativa, te dan más exposición. Te hacen reseñas en el New York Times y no sólo en el periódico local. Te traducen a otros idiomas. Pero las cosas literarias hacen a las editoriales corporativas perder dinero, casi siempre. Y una de las formas en las cuales intentan no perder dinero es con mercadeo. Y, por razones que todos han intentado explicarme, pero yo sigo sin entender, hacer que el autor vaya por ahí y hable y lea… Lo que más les gusta hacer es enviarte a una librería. Das una lectura en una librería. Y a lo mejor hay doscientas personas ahí. Pero, mientras estás en alguna ciudad, haciendo una lectura para alguna librería, hablas con el periódico local y a lo mejor haces algo como esto, que genera publicidad gratis para el libro. Mis problemas con eso son los siguientes: mis cosas… No me parece que sean para leerse en voz alta. En realidad no hay… No se supone que viva en el aliento. No tiene suficientes signos de puntuación. [Se ríe.] Y no siento que lo lea muy bien en voz alto. Eso es A. Y B, encuentro que la mayoría de… Cuando hay una sesión de preguntas y respuestas como la que estamos teniendo tú y yo… Aunque tú y yo estamos teniendo una sesión mucho más larga. Pero, sobre todo con un reportero de periódicos o con una sesión de preguntas y respuestas al final de una lectura, la pregunta es fácil de responder si es aburrida o estúpida. Las preguntas buenas no se pueden responder en ese formato. ¿Cierto? Son preguntas que tendrías que responder tomando una taza de té o de café. Son cosas que sólo se pueden responder en conversaciones entre dos personas. Entonces yo siempre me siento vagamente fraudulento. Hay algo sobre hacer esto, donde tú estás ayudándome. Estamos fingiendo que estamos teniendo una conversación. Y yo también estoy fingiendo que no hay cámaras por allá. Pero, de hecho, todo esto está en televisión y yo sé que tengo que ignorar… No se supone que voltee a ver a la cámara [Voltea a la cámara.], porque eso no hace una buena entrevista. Pero, confía en mí, cuando yo estoy sentado aquí, la cámara es lo único que veo. Es bastante extraño. Y entonces, ¿por qué lo hago? Hago una variedad de tratos y hago unas pocas cosas. Conozco a algunos escritores a quienes les gusta esto. Y es bastante halagador. O sea, ustedes vinieron. Me pone nervioso y me pone ansioso que tengo que hablar de cosas que casi siempre encuentro que son imposibles de discutir en voz alta. O, si no, empiezo a decir: “—¿Cuántos días se quedan en el pueblo? —Tres días.” Pero yo le debo… Tengo una agente a quien le debo veinticinco mil favores, porque ha hecho muchas cosas buenas. Y también es emocionante para un escritor que lo publiquen en otro país. Entonces, ella dice: “Esta editorial alemana es muy buena. Van a publicar el libro bien”. Aunque no creo que mi inglés se pueda traducir al alemán, porque es muy idiomático.

E.: Sí deberías publicarlo.

D. F. W.: Muy buena publicidad, muchas gracias. “Y todo lo que necesita esa editorial es que tú les ayudes a vender libros, para que no pierdan dinero”. Entonces se vuelve muy difícil decir que no. Por otro lado, no creo que sea tan bueno hacer esa publicidad. Quizás en un programa como éste… No hay algo similar en Estados Unidos. pero eso de ir a leer en librerías es convertir a los escritores en versiones baratas de las celebridades. La gente no viene a oírte leer. Viene a ver cómo te ves y a ver si tu voz concuerda con la voz que ellos se imaginan cuando leen. Y nada de eso es importante. Es… guácala. No sé si haya una traducción al alemán para “guácala”. En términos de la banalidad, no sé. La banalidad, para mí, significa, general, simplista, superficial y vacío. Y, si trabajas así, pagas ciertos precios. No tanta gente lee tus cosas. Pero la gente que sí lo lee y está interesada, estás seguro de que… Lo que me gusta de trabajar así es que sé que mis lectores son tan listos como yo. Creo que si eres alguien como Crichton… Alguien que tiene un título de Medicina de Harvard, pero está escribiendo para una industria masiva, las cosas se ponen raras. A mí no me preocupa que la gente que lee mi trabajo lo malentienda o lo banalice, más allá del nivel de banalidad que ya tiene. Sí me preocupa, y es raro, que cuando se traduce a idiomas que no conozco… No sé qué haya ahí. Hay tantas frases estadounidenses ahí que no sé si se puedan traducir o no.

E.: Es muy difícil traducirlo. Creo que la gente que tradujo tu trabajo a alemán son gente que conoce tu trabajo mucho. Conozco a algunos de ellos.

D. F. W.: Es muy bueno saber eso. Y yo puedo creerte, pero sigo teniendo este extraño… La cosa es que… A lo mejor tú también tienes esto en tu trabajo. El término es control freak. Yo quiero controlar cada palabra que está ahí. Y es difícil. El único idioma que sí puedo leer, leí la traducción, y era tan diferente de lo que yo quería decir, que decidí que era hasta mejor que se hiciera en idiomas que yo no conozco. ¿Eso es una respuesta?

E.: Sí, claro. Una cosa que también me llamó la atención es que, cuando hablaste en una entrevista sobre la soledad existencial…

D. F. W.: ¿Dije las palabras “soledad existencial”?

E.: Algo así.

D. F. W.: OK.

E.: Pero, ya sabes, yo soy alemana. A veces entiendo las cosas mal.

D. F. W.: No, para nada.

D. F. W.: Eso es algo que me gusta escuchar a un autor decir. Porque es la única cosa que busco. En las cosas que leo, busco testimonios de soledad existencial. Entonces, ¿eso es algo con lo que te relacionas?

E.: Sí. Si entiendo tu pregunta, es sobre lo que hablábamos hace dos preguntas. Hay algo doloroso en estar en un cuerpo y una consciencia que no pueden aceptar, mediante la conversación, que estará en la cabeza de alguien más. Hay una magia… No sé mucho sobre música, pero la gente que sí sabe dice que hay una pureza en la manera en la cual el estado emocional del músico se puede transmitir por el instrumento. No pueden hacerlo de ninguna otra forma. Quizás la mayoría de los tipos de arte tengan esta cosa mágica. Por un momento, hay una reconciliación y comunión entre tú y yo que es imposible de cualquier otra forma. Pero también es el tipo de cosa que es tan pesada y general, que, sobre todo después de que él [Voltea a ver al camarógrafo.] usó la palabra “pontificar”, siento que…

E.: ¿Qué significa esa palabra? Nunca la he escuchado.

D. F. W.: La palabra “pontificar” significa hablar pomposamente sobre asuntos muy complejos y abstractos. Es peyorativa. Pero él lo dijo de forma chistosa. Es… Y eso es otra cosa sobre ser un estadounidense. Cuando oigo la palabra “existencialismo”, giro los ojos hacia arriba. Digo: “Ah, que palabra tan grande, sexy, filosófica”. Y se vuelve difícil hablar seriamente sobre ella, porque lo único que puedo oír en mi cabeza es a gente burlándose por lo serio y aburrido y tonto que soy. Si eso tiene sentido. Buena suerte editando esta cinta.

[Hay un corte. La pantalla se vuelve negra.]

D. F. W.: Sí, tu acento alemán está mucho mejor ahora. Qué sorpresa.

E.: Sí, es cierto. En Alemania, cuando hablo de mi generación… La gente en mi profesión la mayoría de las veces tiene muy buena educación. Y todo esto. Pero también hay un sentimiento de no poder hacer nada con eso. ¿Sabes? Tienes muy buenas condiciones al inicio. Y, después de eso, piensas, ¿qué sigue? ¿Qué voy a hacer con esto? ¿Sabes? A lo mejor no es la realidad, pero tienes el sentimiento de no estar haciendo nada con tu vida. ¿Qué piensas sobre eso?

D. F. W.: [Hace un gemido de susto.] Sé que hay una paradoja en Estados Unidos, de la gente que consigue trabajos poderosos. Tienden haber ido a buenas escuelas, a menudo a escuelas donde se estudian artes liberales, que es filosofía, los clásicos, idiomas. Y es sobre la nobleza del espíritu y ampliar la mente. Y, de eso, te vas a una escuela especializada para aprender a demandar gente o para aprender a escribir publicidad para que la gente quiera comprar camionetas. Y sí. No sé qué pienso sobre eso, más allá de que no estoy seguro de que haya sido diferente antes. Porque muy pocos de nosotros… Y hay cosas sobre mi trabajo que no me gustan, pero ésta es una cosa que sí me gusta: yo puedo usar casi todo lo que aprendí. Y es algo que resalta cuando estoy quejándome. A veces es trabajo solitario. Y a veces te preocupa que no seas bueno. Sé que en Estados Unidos hay toda una clase… Hablo de una clase muy específica. De la clase alta y media alta, cuyos padres pudieron enviarlos a escuelas muy buenas, donde tuvieron muy buena educación. Que a menudo están en trabajos que ofrecen recompensas financieras, pero no tienen nada que ver con lo que les enseñaron, de manera persuasiva, que era importante y que valía la pena. Y eso… Nunca lo he pensado en esos términos. ¿Es una paradoja, no? ¿Ustedes qué dicen sobre eso? ¿Qué concluyen?

E.: Ésa es la cuestión, que no sé qué concluir sobre eso. No sé si es un fenómeno que tiene que ver con cierta generación.

D. F. W.: Por ejemplo, un amigo tuyo, de tu edad, cuando ibas a la escuela con él, que ahora es empresario, diría que tú estás mejor que él. Porque tú estás usando las cosas que aprendiste. ¿No?

E.: Sí.

D. F. W.: Sí. ¿Sabes qué? Podríamos hablar de esto durante mucho tiempo. Pero no sé si puedo decir algo que sea interesante, desde el punto de vista de la cámara. Es mi sospecha que esto tiene algo que ver con algo que se explicó en el pecado original, en el Génesis. Conforme nos hacemos viejos, tenemos que conseguir dinero para hacer cosas, para seguir vivos. Y hay cosas sobre eso que a menudo se sienten muy mal. [Se ríe.] Sería muy lindo si cortaras eso, porque se sintió raro. No sé.

E.: A lo mejor la alienación es parte de eso, ¿no? En tu libro, en La broma infinita, hay personas que no quieren crecer. Se sienten alienado de lo que empezaron. Y dicen: hemos hecho esto y lo otro…

D. F. W.: Pero no estamos hablando de una alienación marxista. No estamos hablando de la alienación de los medios de producción. Sí, hay una… La cosa es que, en Estados Unidos, creo, dudo que alguien que sólo fue a la preparatoria, a la escuela secundaria, y está trabajando en una fábrica sienta… Dudo que se levante y diga: “Dios, al menos tengo todo este aprendizaje humanista que no estoy usando”. No imagino que él esté más satisfecho o nutrido por su trabajo, tampoco. Pero tú y yo somos parte de una clase y una generación que es muy articulada sobre cuáles son nuestras quejas y sobre qué nos hace sentir incómodos. Y creo que, si hay algo que caracterice a nuestra generación no es que se nos ocurran nuevos problemas y nuevas soluciones, sino que somos infinitamente verbales al respecto. Y eso es probablemente un comienzo. Al menos la gente puede hablar sobre eso. Pero sí.

E.: Hablando de este dilema, de querer estar entretenido… Y tú mencionaste que hubo algo en Estados Unidos, hace unos días, un movimiento en cierta dirección. Tú me preguntaste qué pensaba y yo creo que fue hace diez o veinte años. Entonces, ¿cómo crees que será en un par de décadas, en Estados Unidos? O sea, ¿cómo seguirá esto?

D. F. W.: No sé. Tengo miedo. No sé si pudiera decirte algo sobre los últimos años que alguien más no pudiera decir. Cuando era joven, o más joven, solía… Hay una forma en la que en Estados Unidos estamos cómodos, muy cómodos. Y yo solía pensar que algunas de las respuestas políticas y sociales que yo pensé que deberían… Yo pensé que algunas de las correcciones sociales y políticas que deberían pasar sólo pasarían si hubiera algún cataclismo o infortunio, y ya no estuviéramos tan cómodos como ahora. El hecho de que ahora tenemos evidencia clara de que la forma en la cual vivimos y las relaciones que tenemos con algunos países han hecho que algunos nos odien tanto que quieren asesinarnos, y quizás tengan éxito en asesinar a muchos de nosotros, me aterra, sólo porque… Cuando estaba creciendo, algunos de los periodos mitológicos de la Gran Depresión, la era de Weimar, era que, según la historia, todos se unieron. Fueron tiempos difíciles y nadie tenía lo suficiente. Todos se unieron. Parece, ahora, que la reacción del país al terror y la inseguridad es comprar vehículos de utilidades de deportes, que son unos tanques enormes, y hacer que las personas se sientan seguras. Pero también, a cuatro mil millas de distancia, en un país donde la gasolina es un quinto de lo cara que debería ser, hay una sanidad en Europa sobre los precios de gasolina que no hay aquí. Y la gente está votando por gente que decide ir y matar a cientos de miles de civiles, para matar a unos cuantos enemigos. Nada de esto es importante. Pero el hecho de que nadie aquí esté hablando sobre la conexión entre cómo vivimos y lo que conducimos y las cosas que están pasando… La velocidad con la cual se convierte en: “Esas personas malas, esos fanáticos malos. Son malos. Lo que en realidad odian es nuestra libertad y nuestra forma de vida”. Que es difícil de tragar, ¿no? ¿Quién odia la libertad? La gente odia a la gente, no la libertad. Yo ahora no sé qué va a pasar. Y yo soy un estadounidense que está asustado. Desde que era niño y aprendí que Estados Unidos tenía bases intercontinentales… Desde entonces no he estado tan asustado. Y lo que más me asusta… Esto es totalmente personal, pero tengo más miedo por nosotros que por todos los demás. Eso es un lugar oscuro. No sé cómo me siento al respecto. Vas a usar esto, si quieres. No creo que sea un mal país. No creo que la gente de Estados Unidos sea mala. Creo que hemos tenido las cosas muy fáciles materialmente, durante mucho tiempo. Y que hemos tenido muy poca ayuda para entender que hay cosas que son importantes además de estar cómodos. Y no creo que nadie sepa cómo reaccionaremos si las cosas se ponen difíciles aquí. Y el hecho de que seamos fuertes militar y económicamente también da miedo. Para algunos de nosotros, los estadounidenses. Por suerte, no muchos estadounidenses verán esto en Alemania.

E.: ¿Hay muchos medios de rebelión?

D. F. W.: Claro.

E.: ¿Cuáles son?

D. F. W.: Bueno, pues hay gente que lo hace por todos lados. No sé nada sobre la gente que es repelida de los edificios y que les avientan gas lacrimógeno. La gente que yo conozco que se está rebelando no compra muchas cosas, y no obtienen su visión del mundo de la televisión. Y están dispuestos a gastar cuatro o cinco horas investigando una elección, en vez de dejarse guiar por los comerciales. La cuestión es que, en Estados Unidos, pensamos en la rebelión como una cosa sexy, que involucra acción y fuerza, y se ve bien. Yo supongo que las formas de rebelión que cambiarán las cosas de manera importante serán calladas e individuales. Y probablemente no serán interesantes de ver. Espero cosas menos interesantes y no más interesantes. La violencia es interesante, y la corrupción horrible y los escándalos. Y sables temblorosos hablando sobre la guerra, demonizando a un billón de personas con una fe diferente en el mundo. Todas esas cosas son interesantes. Sentarse en una silla y pensar qué significa esto, y en por qué el auto que conduzco quizás tenga algo que ver con qué sienten sobre mí las personas en otras partes del mundo. Eso fue muy cercano a la verdad. Además, es un poco tonto. Yo soy escritor. No soy político ni un pensador político. Sólo soy un estadounidense asustado, viviendo en California.

E.: Sólo una pregunta más. ¿Crees que haya oportunidad de que nos deshagamos del amor por la atracción, por lo visual? Dijiste que la rebelión supuestamente debe ser atractiva. La gente piensa que es atractivo tomar un arma y ser un rebelde. Pero no se supone que la verdadera rebelión sea atractiva. Porque no lo es. Entonces, ¿cómo nos deshacemos de lo visual?

D. F. W.: Es raro decir esto en la televisión, pero hay algo sobre… No hay nada malo con… No es que haya algo malo con interesarte por lo que es interesante y atractivo. Pero me parece que la televisión y el entretenimiento corporativos, como son tan caros, para ganar dinero, tienen que ser atractivos para una audiencia muy grande. Eso significa que tienen que encontrar cosas que mucha gente tiene en común. Y no sé tú, pero aquí creo que la mayoría de nosotros tenemos en común intereses básicos, no interesantes, egoístas, estúpidos. La atracción física, el sexo, un humor fácil, el espectáculo vívido. Esas cosas, las veré inmediatamente. Y tú y tú y tú y tú. Entonces está en nuestros intereses más básicos y aniñados que somos una masa. Las cosas que nos hacen interesantes y únicos y humanos, esos intereses tienden a ser ampliamente diferentes entre mucha gente. Yo creo que… En términos de la cultura masiva estadounidense, para que las cosas cambien significativamente, se necesitará la fragmentación de la industria de entretenimiento. Algo como lo que ha pasado en la industria de revistas estadounidenses, donde, en vez de tres o cuatro revistas con millones de suscriptores, tienes miles de revistas, cada una con unos cuantos miles de suscriptores. Si el entretenimiento se puede volver más de nicho, es posible que las compañías que sacan estas cosas puedan hacer dinero sin tener que apelar a veinte millones de personas. Porque yo no creo que sea maligno, creo que es como funciona. La única manera de conseguir que diez o veinte millones de personas se interesen por lo mismo es bajándote mucho. Porque a lo mejor a ti no te interesan ningunas de las cosas que he nombrado, inmediatamente, pero a mí sí. No soy diferente de los demás. Hay unas cuantas personas a quienes no les interesa nada de eso.

Cultura

Entrevista no editada con David Foster Wallace en la ZDF (2)

Segunda parte de tres. Para leer la primera parte de la entrevista, da clic aquí.

Traducción de Carlos Arroyo

E.: Entonces somos adictos a divertirnos. Incluso en la llamada literatura seria, ya no quieres hacer el esfuerzo. Los libros que son serios también tienen que ser muy entretenidos. Y no quieres aburrirte. Creo que hace veinte o treinta años, todavía podías leer un libro y era un trabajo. Pero no pensarías: “Tengo que estar entretenido todo el tiempo”. ¿Cómo salimos de esta dinámica? Incluso para los intelectuales tiene que ser entretenido y no aburrido.

D. F. W.: No sé si estoy de acuerdo con la última parte de lo que dijiste. Hay una división real. Es interesante que hayas entrevistado a Crichton. Porque hay una división entre la literatura comercial, las novelas como las de Crichton, Stephen King, Tom Clancy… ¿Quiénes son los otros nombres importantes? Grisham. Algunos de ellos son muy buenos, pero… Y ganan mucho dinero y tienen mucha demanda. Pero también hay… Quizás hay más demanda para libros serios en Europa. Pero aquí hay un conjunto de medio millón… Digamos que un millón de lectores, muchos de quienes son de la clase alta y tienen una educación y se les han enseñado los placeres del trabajo duro en la lectura o la música o el arte, y les gusta eso. Entonces, cuando me hablas, estás hablando con alguien que no tiene mucho poder en la cultura y que no es muy importante, excepto en un segmento muy pequeño… No sé cuál sería el análogo, quizás la música clásica contemporánea en Estados Unidos. Hay gente que la disfruta y la escucha. En parte por entrenamiento y en parte porque están dispuestos a hacer cierta cantidad de trabajo leyéndola. Pero, en comparación con la música pop, el rock y el hip hop, la música clásica no es nada. Económica o comercialmente o en términos de cuántas personas la conocen, o en términos de cuánta influencia tiene sobre la cultura. Así que, para mí, personalmente, no creo que haya sido tan diferente. Probablemente la educación estadounidense solía ser un poco mejor y un poco más difícil. Y los niños no tenían opción más que darse cuenta de que había ciertas cosas que eran difíciles y requerían sufrimiento, pero que, de hecho, eran bastante satisfactorias al final. Pero, en su mayoría, creo que la gente en Estados Unidos que ha estado haciendo cosas “serias”, entre comillas, las cuales son más difíciles y extrañas, siempre han apelado a una audiencia mucho más pequeña. En términos de qué se puede hacer sobre el dilema, para empezar me pregunto a quién le importaría lo que yo pienso. Y, en segundo lugar, no estoy seguro. En tercer lugar, ¿qué piensas tú? Tú vives en el mismo ambiente que yo.

E.: Por supuesto que creo que es un problema. En Alemania tienen a un experto literario en la televisión. Le llaman el papa literario. O sea que es el papa de la literatura. La gente cree que él tiene un entendimiento muy bueno de todo. Y cuando él dice que el libro es bueno, el libro es bueno. 

D. F. W.: ¿Quién es este tipo?

E.: Se llama Marcel Reich-Ranicki. A lo mejor has oído de él.

D. F. W.: No.

E.: Es un tipo muy chistoso, y a lo mejor tiene ochenta años o algo así. Siempre tiene un veredicto sobre el libro. 

D. F. W.: ¿Es parte de tu programa?

E.: No. Pero es una figura de la cultura alemana. Pero, al mismo tiempo, siempre quiere… Lo que no quiere es que el libro sea aburrido. Y, al mismo tiempo, sí entiende mucho sobre los libros y es un buen lector. Pero, al decir que las cosas no deben ser aburridas… Toma por sentado… A veces yo también tengo el sentimiento de que no quiero estar aburrida. Pero quizás ésa no es una opción. Eso no es correcto. Tengo ese sentimiento, aunque suene estúpido.

D. F. W.: No… Hay una diferencia entre estar levemente aburrido… Hay otro tipo de aburrimiento del cual creo que hablas. Leer requiere sentarse solo en un cuarto en silencio. Y yo tengo amigos, amigos inteligentes, a los cuales no les gusta leer porque… No sólo se aburren sino que hay casi una repulsión que emerge ante tener que estar solos, ante tener que estar en silencio. Y lo ves cuando entras a cualquier lugar público en Estados Unidos. Ya no están en silencio. Ponen música. Y es fácil burlarnos de esa música, porque normalmente es música horrible. Pero parece importante que no queramos que las cosas estén en silencio nunca. Y no creo poder defender esto. Pero me parece que tiene que ver con sentir que el propósito de tu vida es gratificarte a ti mismo y conseguir cosas para ti mismo. Hay otra parte de ti… Es la misma parte de ti que tiene hambre del silencio y de pensar muy duro sobre la misma cosa durante media hora en vez de durante treinta segundos. A esta parte no la alimentas. Y se hace sentir en el cuerpo, en una repulsión. No sé si eso tiene sentido. Pero creo que es cierto que en Estados Unidos cada año la cultura se vuelve más hostil… No enojada, sino que se vuelve más difícil pedirle a la gente que lea o que mire una obra de arte durante una hora. O escuchar una pieza de música que es difícil y que requiere trabajo para entenderse. Porque… Hay muchas razones. Sobre todo en la cultura de las computadoras y el internet, todo es tan rápido. Y entre más rápido, más alimentamos esa parte de nosotros, pero no alimentamos a la parte de nosotros a la cual le gusta el silencio, que puede vivir en silencio, que puede vivir sin estímulos. No sé. Es un dicho estadounidense: irse al infierno en una canasta de mano. Las cosas van empeorando y empeorando. Estamos diciendo exactamente lo mismo que la gente dijo hace cien años. No hay forma de saber qué tan diferentes somos. Pero las cosas sí parecen diferentes. 

E.: Sí, y nunca tienes esta distancia de ti misma, para saber si estás en lo correcto o si sólo estás siguiendo un cliché… Ya ni siquiera sé más qué quería preguntar. Hubo algo más que pasó en Entrevistas breves con hombres repulsivos que…

D. F. W.: ¿Te gusta hablar sobre esa historia, verdad?

E.: ¡Sí!

D. F. W.: Está bien.

E.: ¿Es algo malo eso?

D. F. W.: No, está bien. 

E.: Leí algo que me pasa a mí a menudo. Tengo una amiga, que tiene esclerosis múltiple. Y eso es una cosa muy mala para una mujer joven.

D. F. W.: No es nada divertido.

E.: No. Y ella me llama. Y, tan pronto como contesto el teléfono, instantáneamente empieza a hablar, sobre su enfermedad, y lo que toma, y sobre ir al hospital…

D. F. W.: ¿Esta parte va a entrar a la entrevista? ¿Vamos a escuchar esto?

E.: No.

D. F. W.: ¡No! Lo que pensaba. Entonces sigue.

E.: Todo lo que yo diga no va a entrar, de cualquier forma. Así que no te preocupes por eso. 

D. F. W.: Excelente.

E.: Entonces… Pero pensé que querías tener una conversación…

D. F. W.: Sí, esto está bien. Solamente quisiera que… Esto está bien. 

Camarógrafo: Puede que lo escuchen, pero no lo van a pasar en el programa.

D. F. W.: Está bien.

E.: Entonces, ella me llama. Y, en el momento en el que escucho su nombre, pienso: “Mierda. Perdí las siguientes dos horas. Porque estará diciéndome cosas”. Y de alguna manera sé que tiene que sacarlas. Y, como me cae bien, la escucho. Pero, por otro lado, pienso en mi tiempo libre y pienso: “Sólo estaba sentada aquí y ahora tengo que escuchar esto”. Pero, cuando termino, pienso que fue bueno.

D. F. W.: Imagina que te llama muy tarde, por la noche, y te habla durante dos horas, y son disculpas por molestarte. Que es sólo otra capa de glaseado. Pero es algo que viene con los temperamentos depresivos. Hay mucho narcisismo y odio propio.

E.: Sí, pero lo que yo pensaba es: “¿Qué está mal conmigo?” ¿Sabes? Que escucho su nombre y pienso: “Mierda. Otra vez. No debí contestar el teléfono”. Y es… Parte del problema. Porque, por otro lado, sé que es algo que tengo que hacer.

D. F. W.: Sí, pero también es… Ahora sí estamos en esta conversación y voy a estar hablando sobre tu asunto. ¿Pero no van a usar esto verdad? 

E.: No.

D. F. W.: Yo no creo que seas una mala persona. Tengo una amiga que perdió a su hermana, a su madre y a su padre por el cáncer, todo en tres años. Y luego su mejor amigo murió de SIDA en San Francisco. Esta mujer tuvo los peores dos o tres años de entre todas las personas que conozco. Es muy amiga mía. Y mi corazón se hundía cada vez que… Porque siempre era doloroso. Y ella no se quejaba. Iba muy bien. Pero a mí me gustan las cosas agradables. Prefiero tomar mi leche con chocolate y leer un cómic que escuchar sobre cosas poco agradables. Pero esto… La señora depresiva sólo tiene otro giro, que es que está tan preocupada sobre ese sentimiento que tienes tú, porque ella te está llamando, preocupándose por cómo te hace sentir. Hay mucho más narcisismo ahí. No me caía muy bien [el personaje].

E.: Tenía el presentimiento de que no te caía bien.

D. F. W.: Normalmente es muy mala idea que te caiga mal el personaje principal de una historia. Y no lo hago en ningún lado. Pero ella no me caía bien. Por eso sonrío. Todos me preguntan sobre esa historia y es la única sobre la cual no quiero hablar. Pero está bien. Está bien. 

E.: Sí me di cuenta de que no te caía bien. Pero, a pesar de eso, es una historia…

D. F. W.: Ella tampoco se caía bien. Así que hubiera predicho que a mí no me cayera bien. 

E.: Claro. Entonces, ¿ves televisión?

D. F. W.: No tengo televisión. Si tuviera televisión, la vería todo el tiempo. Ésa es mi confesión sobre qué tan fuerte soy para resistirme a las cosas. Veo televisión en casas de amigos, a veces. No tanto como antes.

E.: Claro. Es que en La broma infinita el entretenimiento no viene de la televisión directamente, sino que viene de las capturas que pones todo el tiempo. Pero el entretenimiento en La broma infinita y la televisión en Estados Unidos hoy… ¿Son similares?

D. F. W.: No sé a qué te refieres con “la televisión”. Está la televisión pública, está el cable y está la televisión satelital, donde podemos tener quinientos canales. Y también hay películas en VHS y DVD. El fenómeno de la televisión, lo que podemos analizar, no es tan diferente. Lo que recuerdo en La broma infinita es que había un arreglo con el cual podían transmitir cosas, y a veces entregártelas en un rollo. Tendrías que dejarme ir a checar. No me acuerdo. Hay cosas sobre el libro que económicamente no son realistas.

E.: Sí, es que me pareció que todas las gentes en el libro querían alcanzar un estado mental similar, como la amnesia. Quienes usaban drogas y quienes usaban el entretenimiento… Había una mujer que se hizo algo y dice: “No quería lastimarme, pero ya no quería que me lastimaran. Sólo quería que se detuviera”. ¿Eso no es similar a lo que pasa, donde la gente quiere alcanzar un estado similar?

D. F. W.: ¿La amnesia o el olvido propio? Claro. Creo que parte de la atracción de las drogas y el entretenimiento es escapar de mis problemas y de mi vida y de tener que estar aquí atrapado. Puedo fingir que soy James Bond o fingir que… Simplemente parece que todo está bien al corto aliento. Pero ¿como forma de vida? No funciona bien.

E.: Claro, y en tu libro hay mucha gente consumiendo drogas e intentando no tener que sentir.

D. F. W.: Detenme si me equivoco, porque, como dije, hice esto hace siete años.

E.: Sólo di lo que piensas.

D. F. W.: ¡No! No entiendo la pregunta. Porque parece que las partes del libro que tienen que ver con las drogas tienen que ver con una casa intermedia, donde quienes han consumido drogas durante años de repente se detienen y enloquecen, porque de repente empiezan a sentir. Entonces, si estás hablando de lo llamativo de las drogas en general, hasta donde yo lo entiendo, que es hasta donde lo voy a discutir, parece que… Y esto no es nada original, es una extensión natural de la lógica capitalista corporativa. Que es que me quiero sentir exactamente como me quiero sentir, o sea bien, por exactamente este tiempo, así que intercambiaré esta cantidad de efectivo por esta sustancia. Y lo haré. Pero todo es una mentira, porque el control se va gradualmente. Y ya no es que quiera hacerlo. Es que siento que necesito hacerlo. Y ese cambio, de querer algo a sentir que lo necesito, es grande. Sí. O sea, muchos de los problemas en mi vida, tienen que ver con que confundo lo que quiero con lo que necesito.

E.: Justamente estaba teniendo la misma conversación con alguien sobre la noción simplista de que lo que queremos… Lo que la mayoría quiere alcanzar es un estado de bulto, de ya no tener que pensar. Y sólo quiero saber si hay muchas formas de alcanzar ese estado mental. Viendo entretenimiento…

D. F. W.: ¿Hablas del entretenimiento en general o del entretenimiento en el libro?

E.: En el libro. Y además, cuando prendo la televisión acá, me enloquece. Porque veo algo y luego vienen los comerciales. Y me muestran algo y luego vienen los comerciales. Entonces me enloquece. Crea un estado de… Si lo hiciera todos los días…

D. F. W.: Bueno, si tienes un control remoto, cambias de canal. Y si no te gusta ese canal, vas a otro. Una de las razones por las cuales no tengo televisión, es que me convenzo de que hay algo muy bueno en otro canal y me lo estoy perdiendo. Entonces, en vez de ver algo, empiezo a escanear buscando esta cosa que creo que quiero y que ni siquiera sé qué es. No sé si los alemanes… Esto es quizás algo malo que decir en la televisión. No sé si algo parecido pasa en Alemania, pero es muy estresante. Son demasiadas cosas buenas, combinadas con mi cabecita enferma, que cree que siempre hay algo un poco mejor en el siguiente canal. Y lo único que tienes que hacer… Ni siquiera te tienes que levantar para cambiar el canal. Ése fue el problema. Cuando se volvió tan fácil: sólo mover el pulgar. Fue cuando nos jodimos. ¿Vas a editar el noventa por ciento de esto, verdad?

E.: Claro.

D. F. W.: Ah, bueno.

E.: No porque yo quiera, sino porque…

D. F. W.: Porque no hará nada de sentido…

E.: Entonces, ¿crees que el entretenimiento es algo contra lo que tenemos que pelear?

D. F. W.: Es una pregunta extraña porque, ¿quién diría que el entretenimiento es malo? Yo no diría que el entretenimiento es malo. Pero un modelo de vida en el cual yo tengo derecho a estar entretenido todo el tiempo no es promisorio. Y esto no se traducirá bien, pero: una de las cosas insidiosas sobre el entretenimiento es que el entretenimiento es muy entretenido. Imagínate que este programa estuviera en la televisión estadounidense. Y yo estuviera sentado en un hotel viéndolo. Tendríamos a este nerd hablando de cosas o podría ver a Pamela Anderson corriendo por la playa, o comedia hilarante. ¿Cuál vería? No hay… Si luchar contra el entretenimiento es un requisito, ¿cómo lo hace uno? Hay dos opciones. Diriges el ataque sólo a quienes están dispuestos a escuchar sobre la complejidad de… Pero esas personas no son las que están esclavizadas por el entretenimiento. O encuentras la forma de hacer que el ataque contra el entretenimiento sea entretenido. Y entonces has sido capturado por la misma cosa contra la cual luchas. Es muy extraño.

E.: Sí, exactamente ése es el dilema. Voy a cambiar el tema. La broma infinita toma lugar, en parte, en una academia de tenis. Tú has sido jugador de tenis, un jugador de tenis muy bueno. 

D. F. W.: Más o menos bueno, no realmente bueno. Jugaba mucho cuando era niño.

E.: Y una vez dijiste que el tenis era un poco como el ajedrez y el box. No sé si es una combinación, pero los relacionaste. ¿Qué hace al tenis tan especial?

D. F. W.: Si preguntas por qué está en el libro, la razón por la cual está en el libro es que es el único deporte que conozco lo suficiente como para hablar de por qué es hermoso. También es un deporte que tiene que ver con un lugar cerrado y con mandar cosas de un lado a otro, lo cual tiene que ver con el libro. El tenis es un deporte muy hermoso, porque es muy abstracto y geométrico, y táctico, como el ajedrez. Y también es muy físico. Corres mucho, te cansas mucho. No sé del box, pero es una persona contra otra.

E.: ¿Y el ajedrez?

D. F. W.: Pues, si en verdad te interesa, los jugadores de tenis muy buenos, como los del ajedrez, siempre están pensando con cuatro o cinco jugadas de anticipación. Algunos de los jugadores de tenis que fueron superestrellas en los noventa eran muy buenos con eso. Boris Becker no tiraba un as así como así. Lo que hacía Boris Becker —y creo que aprendió esto de McEnroe— era pegarle a la pelota de manera que tú tuvieras que darle un golpe débil, pero que sí pasara por la red. Todo está pensado con anticipación. Pero también es muy combativo. Tú y yo estamos jugando. Estoy intentando ganarte. Es muy individual. Creo que esto no tiene nada de sentido. 

E.: Sí tiene.

D. F. W.: Ah, bueno.

E.: Discúlpame, pero sí tiene sentido.

D. F. W.: Ah, bueno. Puedes hacer magia con la edición.

E.: Claro, pero no va a ser necesario.

D. F. W.: También tiene que ver con el combate a la distancia. En el box, los cuerpos están muy cerca. En el tenis hay algo más frío. Estoy intentando ganarte, pero estás a 75 pies de distancia. Lo que viaja entre nosotros.es esta cosa pequeña. Hay algo más abstracto. Es como el ajedrez. 

E.: ¿Y también dijiste que es más matemático, no?

D. F. W.: Creo que hay algo en el ensayo que habla sobre el capitalismo y el tenis.

E.: O a lo mejor no lo entendí. ¿Es Mario quien habla con un tipo de nombre Stern?

D. F. W.: ¡Stern! Un alemán, según recuerdo. 

[…]. Para leer la tercera parte de la entrevista, da clic aquí.

Cultura

Entrevista no editada con David Foster Wallace en la ZDF (1)

Primera parte de tres.

Traducción e introducción breve de Carlos Arroyo

Esta entrevista de David Foster Wallace con la agencia de la televisión alemana ZDF, grabada en 2003, salió a la luz después del suicidio de Wallace en 2008. Se ha dicho que es la discusión pública más completa que existe de las ideas del escritor sobre la sociedad estadounidense y la crisis en la cual se encontraba la generación X en los años noventa y dos mil. Principalmente, Wallace discute el sentimiento de vacío y malestar, y la crisis intelectual y de ciudadanía en la cual Estados Unidos parecía encontrarse. Mucha de la discusión entre Wallace y la entrevistadora gira en torno a su novela La broma infinita (1996). La novela  —una historia distópica en la cual Canadá, Estados Unidos y México forman un super-Estado conocido como la O.N.A.N. (en una referencia al término bíblico para la masturbación) y los años llevan los nombres de corporaciones— es considerada una de las novelas más importantes del siglo XX.

Entrevistadora: ¿Crees que es cierto que el humor sólo puede salir de algo que es triste?

David Foster Wallace: Sé que Wittgenstein creía que los problemas y preguntas y asuntos más serios y profundos sólo podían discutirse en la forma de chistes. Y sé que en la literatura estadounidense hay una tradición de los años cincuenta y sesenta llamada humor negro, que es un humor muy triste y sardónico. Estoy intentando encontrar algo interesante que decir para responder… Creo que quizás a veces sí puede ser así y que a veces no. Hay formas de humor que ofrecen escapes del dolor. Y hay formas del humor que lo transfiguran. ¿Eso tiene sentido?

E.: Sí, perfectamente. 

D. F. W.: Ahora voy a empezar a sudar. ¿Sabes qué me ayudaría? Dime qué piensas tú. Si hacemos esto como una conversación, será más fácil para mí. 

E.: Claro. Yo escribí mi tesis de maestría sobre Thomas Bernhard. Y para Thomas Bernhard hay una teoría… Él tenía una enfermedad pulmonar muy fuerte, y no pudo respirar durante toda su vida. Su vida fue muy difícil. Además, odiaba Austria, que es donde vivía. Pensaba que todos eran nazis y había mucho catolicismo fascista. Odiaba todo. Pero, a partir de eso, él desarrolló un sentido del humor extraño. Sus novelas son muy oscuras pero, al mismo tiempo, para mí, son muy ingeniosas. Tienen un humor… Que es como música. Quería saber si tú piensas que es cierto que el tipo de sentido del humor que tú tienes viene de la amargura, la tristeza… O si esto es un cliché. También puede ser un cliché, lo de la tragicomedia. 

D. F. W.: La respuesta, para mí, es que no lo sé. Sé que, muy seguido, el humor es una respuesta a cosas que son difíciles. En Estados Unidos, hay una situación extraña en la cual, en algunos aspectos, el humor y la ironía son respuestas políticas, son redentoras. Y, en otro sentido, en el entretenimiento popular, la ironía y el humor oscuro pueden convertirse en una manera de… Es fingir protestar cuando en realidad no se está protestando. Alguien dijo que la ironía es la canción de un pájaro que ha aprendido a amar su jaula. Y, aunque canta sobre odiar su jaula, en realidad le gusta. Puede ser una llamada para despertar y una anestesia a la vez. La diferencia, en Estados Unidos, es peligrosa, es complicada. 

E.: ¿Y en tus libros? Para mí, tienen preguntas muy serias y a menudo son muy tristes. Pero, al mismo tiempo, tienen un sentido del humor, de alguna manera. 

D. F. W.: No estoy tan consciente de las cosas que son chistosas en los libros. En la versión estadounidense de La broma infinita, yo quería escribir un libro triste. Y, cuando a la gente le gustó, y me dijeron que era chistoso, me sorprendí. Es otra cosa rara sobre el humor. Yo doy clases de Literatura, y a veces enseño Kafka. Hay una historia sobre Kafka, de que, cuando escribía sus historias más aterrorizantes, sus vecinos se quejaban, porque Kafka se reía a la mitad de la noche cuando escribía estas historias. Las encontraba muy chistosas. Y sí hay cosas en ellas que son chistosas. Pero no creo que mucha gente entendería el que un escritor se riera tan fuerte como para que sus vecinos se quejaran. Quizás es difícil hablarle a un escritor sobre el humor o la tristeza en su trabajo, porque nuestro sentido tiende a ser distinto del de los lectores.

E.: Sí, pero hubo una entrevista que diste. No sé para qué medio. Pero dijiste que, cuando empezaste a escribir La broma infinita, querías escribir algo sobre la tristeza. Así que la tristeza sí era algo que estaba presente en ese proyecto. ¿Podrías describir qué…?

D. F. W.: Fue hace mucho tiempo. La manera más fácil de hablar de eso sería decir que, para la clase media alta, en Estados Unidos, particularmente para los más jóvenes, las cosas a menudo son muy cómodas materialmente, pero hay una gran tristeza y vacío. Es difícil pensar en eso. Y es difícil encontrar respuestas en lo abstracto. Y creo que empecé ese libro después de que algunas personas, no amigos cercanos pero sí personas que conocía, se suicidaron. Se volvió obvio que estaba pasando algo. Y sé que ese impulso jugó un papel en que yo empezara el libro. Pero el libro es tan grande, tomó tanto tiempo escribirlo, que es difícil recordar los impulsos al comienzo. Porque todo cambia. Es algo con lo que vives durante años y no algo sobre lo que tienes un presentimiento y sólo haces. Creo que una de las ideas en el libro es que hay un ethos particular en la cultura estadounidense, especialmente en la cultura del entretenimiento y el mercadeo, que apela a la gente como individuos, que no tienes que ser devoto de o servirle a nada más. No hay un bien mayor que tu propio bien y tu propia felicidad. En el libro, según recuerdo, los personajes se vuelven drogadictos. La raíz de “adicto” en latín es adicere, que significa devoción religiosa. Fue un atributo de los monjes. Hay un elemento en el libro en el cual muchas personas están viviendo algo que es cierto, que es que todos adoramos y todos tenemos un impulso religioso. Podemos escoger qué adoramos. Pero el mito de que no adoramos nada y no nos entregamos a nada es simplemente entregarnos a algo diferente, como el placer o las drogas o la idea de tener mucho dinero y poder comprar cosas bonitas. O, en una academia de tenis, es diferente; es una devoción a un objetivo atlético que requiere cierto sacrificio y disciplina, pero sigue siendo un deporte individualista, donde uno quiere avanzar como individuo. Dudo que esto tenga sentido. Pero, cualesquiera sean las condiciones de desesperanza de las que hablas, al menos en La broma infinita, tienen que ver con un ideal estadounidense, no universal, al que los niños se exponen muy pronto, de que tú eres lo más importante, y de que lo que tú quieres es lo más importante, y que tu trabajo en la vida es gratificar tus deseos. Es un poco crudo decirlo así, pero de hecho es algo de la ideología de aquí. Y definitivamente es algo de la ideología que es perpetuada por la televisión y la publicidad y el entretenimiento. La economía florece sobre este ideal. 

E.: ¿Y qué pasa cuando las ideologías se vuelven…

[En este momento, el camarógrafo interrumpe la entrevista.]

Camarógrafo: Tengo que cambiar esta batería.

D. F. W.: Mierda. Casi estaba diciendo algo lúcido. ¿Y no salió?

Camarógrafo: Sí salió.

D. F. W.: Me sentí lúcido.

Camarógrafo: Le prometo que está bien. 

E.: ¿Salió la última pregunta?

Camarógrafo: Sí salió. Pero está difícil, porque se mueve dentro y fuera de cuadro. 

D. F. W.: ¿Me muevo fuera y dentro de cuadro?

E.: La cosa es que el fondo no es muy bonito. Y es por eso que no estamos mostrando…

D. F. W.: Lo siento mucho.

Camarógrafo: No hay problema. Porque está pontificando. 

D. F. W.: Ah, sí, gracias. Qué palabra tan bonita.

Camarógrafo: Es una estilo espiritual, que me está jodiendo por completo. Es broma. Pero sí, puedo darme cuenta de que usted es muy…

D. F. W.: ¿De que me muevo mucho?

Camarógrafo: De que usted es muy reflexivo.

D. F. W.: Pues son preguntas difíciles. Sobre todo si es algo que hice hace siete años.

Camarógrafo: Bueno, yo sólo tomo las fotos.

D. F. W.: Sí, yo cambiaría de lugar con usted en este momento. 

Camarógrafo: Cuando quiera.

E.: ¿Entonces qué crees que pasa con esta ideología, cuando a los niños se les dice desde el principio que lo único que cuenta es su propia felicidad y su propia búsqueda de la satisfacción? 

D. F. W.: Claro que nadie te lo dice. Mamá y papá no te sienten y te lo dicen. Es algo muy sutil que es transmitido por muchos mensajes. Sólo de manera conversacional, ¿entiendes lo que digo? Dudo que los europeos tengan una idea de Estados Unidos distinta de lo que estoy diciendo. Es un motor y templo enorme de la autogratificación y el avance propio. Y, de algunas maneras, funciona muy, muy bien. De otras formas, no funciona tan bien. Porque, al menos para mí, parece que hay muchas otras partes de mí que necesitan preocuparse de cosas más grandes que yo, a las cuales no nutro en ese sistema.

E.: ¿Y crees que los europeos saben eso?

D. F. W.: Los europeos con los que he hablado sí lo saben. Cuando entro en discusiones con los europeos es porque su visión de esto es exagerada y simplista. Es una cosa muy complicada, y llena de paradojas e ironías y de todo tipo de cosas. La idea de que Estados Unidos es un gran centro comercial, de que lo único que queremos hacer es agarrar las tarjetas de crédito y salir a comprar cosas es un estereotipo y es una generalización. Pero, como forma de resumir un ethos en los Estados Unidos, es bastante precisa. Sobre todo después de las elecciones que acabamos de tener el martes. Estados Unidos no está mejorando en esta área. Parece que está empeorando. 

E.: Sí, yo he estado viniendo aquí cada año durante los últimos años. Y me pareció ver algunos progresos en eso, ese desarrollo. Cuando uno va a las tiendas departamentales, la gente parece más agresiva cuando intenta venderte cosas. Por otro lado, me gusta, porque en Alemania… Allá hay una crisis intelectual. Todo está parado, de alguna forma.

D. F. W.: Hay algunas paradojas que acompañan el ser un país occidental rico e industrial. Quizás son bastante comunes. Nosotros tenemos nuestros problemas raciales. Ustedes tienen los problemas de absorber Alemania del Este y todo eso. Me quedaré fuera de la política. Es demasiado alterante. 

E.: En la entrevista que leí, también dijiste que querías escribir algo sobre una generación. No parecías seguro de si tenías razón sobre esta generación. Pero tenías el sentimiento de que tu generación estaba en ese tipo de problemas.

D. F. W.: Lo que recuerdo es que una de las razones por las cuales el libro ocurre en el futuro es que… Ahora tengo cuarenta años. O sea que nací en los años sesenta tempranos. Hasta cierto punto, la gente de mi generación todavía cree que son niños, que son gente que tiene padres. Y recuerdo querer hacer algo sobre la situación de nuestros hijos, sobre la siguiente generación.

E.: Y lo de la vida de niños… ¿Esto también ha tenido que ver con…? Hay una historia en Entrevistas breves con hombres repulsivos donde la persona deprimida siempre está hablando sobre la mujer y el niño herido interno. ¿Es algo que va junto?

D. F. W.: Ese lenguaje, el del “niño herido interno”, es parte de una psicología pop estadounidense, que es un freudianismo popular que tiene su propia paradoja. Entre más nos enseñan a enlistar y tener resentimiento por las cosas que no tuvimos de niños, más vivimos en esa ira y frustración, y más permanecemos como niños. Ésa es una forma muy simple de decirlo. Pero creo que el personaje en esa historia es un compendio de lo peor y lo más doloroso del movimiento de psicología pop. No sé si hay un análogo en Europa Occidental.

E.: Creo que sí lo hay. Y, cuando dijiste que… Me parece que en Europa también hay una reticencia a crecer y a vivir la vida en los términos que pone la vida. ¿Qué deberá hacer esta generación que no es capaz de crecer?

D. F. W.: Déjame agregar algo que apuesto que has notado al hablar con escritores. La mayoría de las cosas sobre las cuales pensamos que estamos escribiendo es muy difícil de discutir de frente, en una estructura de preguntas y respuestas. Y, en algunos sentidos, no puede hablarse directamente. Y es por eso que la gente inventa historias al respecto. Es una gran defensa. Porque siento que lo que estoy diciendo es tan simple y reduccionista que… En la medida en la que yo lo entiendo, ser adultos no es divertido. Hay cosas que quieres hacer. Hay cosas que no puedes hacer, por muchas razones. Y creo que, para los jóvenes de Estados Unidos, hay mensajes confusos en la cultura. Hay una racha de moralismo que propaga las virtudes de ser adultos y tener una familia y ser ciudadanos responsables. Pero también hay un sentido de hacer lo que quieras, gratificar tus apetitos, porque, cuando yo soy una corporación apelando a las partes de ti que son egoístas… Ésa es la mejor manera de venderte cosas, ¿no? Entonces, el punto que sale de eso es que… Creo que es otro ejemplo de… Los sistemas económicos y culturales estadounidenses funcionan muy bien en términos de vender productos a la gente y lograr que la economía florezca. Pero no funcionan tan bien en lo que respecta a educar a los niños o a ayudarnos a ayudar a otros a saber cómo vivir, a ser felices. Si esa palabra significa algo. Claramente significa algo diferente de “Haz lo que quieras hacer”, de “¡Quiero tomar este vaso ahora mismo y arrojarlo!”. ¿Sabes? Lo vemos con los niños. Eso no es la felicidad. Ese sentimiento de obedecer todos los impulsos y gratificar todos los deseos me parece una esclavitud. Nadie habla de eso así. Hablan de libertad de elección y de tener el derecho de tener cosas y de gastar todo el dinero que tengas. Decirlo así me suena muy crudo y simple, pero así es.

E.: Una vez que estás en Europa…

D. F. W.: ¿Esto tiene sentido para ti?

E.: Completamente. Y no estoy mintiendo ni nada. 

D. F. W.: Pero, tú has pasado tiempo en Estados Unidos. ¿Esto es algo que…?

E.: Sí, pero creo que no sólo es un problema en Estados Unidos. Porque todo lo que pasa aquí de alguna manera es copiado por la gente en Alemania. Y allá también hay un impulso de que sólo tienes que hacer lo que te hace feliz y olvidarte de todos los demás. Y no quieres estar con personas aburridas o con personas que te necesitan. Porque eso no es atractivo y todo eso. Entonces, es más o menos lo mismo. Claro que tiene sentido para mí.

D. F. W.: Y funciona muy bien como un sistema para manejar una economía y hacer que los bienes se produzcan y se vendan. Funciona maravillosamente. Las formas en las cuales no funciona son mucho más difíciles de discutir.

E.: Entonces, hablando de eso, de lo que no funciona, ¿dónde no funciona?

D. F. W.: Reduciéndolo a términos generales, como ser adulto, o como un término que rara vez se usa aquí… Ahora voy a dar pena, porque voy a sonar como mi abuelo o algo así. Pero la palabra “ciudadano”, la idea de ser un ciudadano sería entender la historia de tu país y las cosas que son buenas sobre él y las que no, y cómo funciona el sistema. Y tomarte la molestia de aprender sobre los candidatos que van a ser electos, lo cual significa leer. Y eso no es divertido. A veces es aburrido. Pero, cuando la gente no hace eso, pasa esto: ganan los candidatos que tienen más dinero para comprar anuncios de televisión. Porque los anuncios de televisión son, casi siempre, lo único que los votantes saben sobre los candidatos. Entonces tenemos candidatos que están comprados por grandes donantes, que se vuelven, de algunas maneras, corruptos. Eso les da asco a los votantes, lo cual los vuelve todavía menos interesados en la política, menos dispuestos a leer y hacer el trabajo de la ciudadanía. Cuando yo era niño, había una clase llamada “Ciudadanía”. “Aquí hay ciertas cosas sobre Estados Unidos y sobre la historia de Estados Unidos. Por esto es importante votar. Por esto es importante no sólo votar por el más guapo”. Esto es interesante. Y no sé si se puede traducir esto. Pero, al hablar de esto, me da vergüenza. Porque el que yo diga esto suena como si un viejo lo dijera, como si alguien estuviera dando lecciones. Esto, en la cultura estadounidense, hace que puedan burlarse de mí. Sería muy fácil burlarse de lo que estoy diciendo. Y puedo oírlo en mi cabeza, a una voz que se burla de todo esto conforme lo digo. Y ésta es la paradoja de lo que es ser un estadounidense medio inteligente, o un europeo occidental. Que hay cosas que sabemos que son correctas y que sería mejor que hiciéramos, pero, constantemente, es como: “Es mucho más divertido y lindo ir a hacer otra cosa. ¿A quién le importa? Todo es una mierda”. Una disculpa.

E.: Es igual en Alemania, cuando la gente quiere decir algo y sabe que, al mismo tiempo, hay un estereotipo intelectual. Pero no puedes olvidarlo.

D. F. W.: Una de las cosas que causa es tensión e infelicidad para las personas. No creo que sea muy complicado ni que haya nombrado la única razón. La paradoja es que esa tensión y complicación en las personas también las vuelve blancos fáciles para los publicistas. Porque yo puedo decirte: “¿Te sientes incómodo? ¿La vida se siente vacía? Aquí hay algo que puedes comprar, algo que puedes hacer”. El término económico es inelasticidad de la demanda. Exijo todo el tiempo, sin importar cuál sea el precio. Y funciona muy bien, en términos económicos. Emocionalmente, espiritualmente, en términos de ciudadanía, en términos de sentirse una parte importante de este país, ¡o del mundo!… Estoy seguro de que la arrogancia y el desdén del gobierno estadounidense hacia el resto del mundo es desagradable, pero también es una extensión natural de ciertos mensajes culturales que nos enviamos a nosotros mismos sobre nosotros mismos que funcionan muy bien, que nos hacen muy ricos y muy poderosos. Todo es complicado.


Para leer la segunda parte de la entrevista, da clic aquí.

Cultura

Emily Dickinson: libre en cautiverio

Por Juan Carlos Calvillo

Lo que se ha dicho sobre el impacto del confinamiento en nuestras vidas ha sido ya tanto a lo largo de los últimos doce meses, y tan devastador, que me siento incapaz de darle a la gente querida unas palabras de aliento. Y, sin embargo, el objeto de mis estudios literarios durante más de una década ha sido la obra de una persona que vivió toda su vida adulta en un cautiverio semejante a aquel en el que vivimos ahora nosotros, y dado que la compañía es una de las cosas que más añoramos en este encierro, me parece buena idea, en vista de mi mencionada incapacidad, compartir un atisbo de la experiencia de esta escritora estadounidense. Me refiero, desde luego, a Emily Dickinson.

Son bastante conocidos algunos hechos, ya casi legendarios, relativos a su aislamiento: que a partir de los treinta años, más o menos, se retiró de la sociedad; que vivió prácticamente sin salir de la casa de su padre; que sus poemas no se descubrieron sino hasta su muerte en 1886, guardados en un baúl al pie de su cama; que vestía toda de blanco y que no hablaba con visitas más que a través de una puerta entrecerrada en la habitación contigua. Nadie sabe muy bien por qué decidió enclaustrarse y dejar de ver a la gente: algunos biógrafos suponen que padecía agorafobia, o epilepsia, o que sufría ataques de pánico; otros creen que fue una medida que adoptó luego de pasar por una experiencia traumática, en términos emocionales, alrededor del año de 1860. Hoy en día, la crítica cree mucho más probable que la decisión de recluirse fue, más bien, un ejercicio cabal del albedrío, una afirmación rotunda de su independencia. Emily Dickinson optó por el arte en lugar de la vida pública, o al menos de la vida convencional que se esperaba que vivieran las mujeres de su posición en la Nueva Inglaterra del siglo xix.

Lo cierto es que Emily Dickinson prefirió la privacidad (y la privación que viene con ella), y que en el aislamiento la poeta encontró una especie de emancipación que no habría tenido de otro modo. Como ella misma escribió en el poema 657, no es que viviera en el encierro, sino que el retiro fue para ella una forma de libertad. Les leo el inicio de ese poema en traducción mía:

La Posibilidad es mi morada –

una Casa más bella que la Prosa –

superior en Ventanas –

de Puertas – numerosa –

Ahora bien, es verdad que la casa de la familia tenía un jardín inmenso, y, como todos sabemos, eso hace un poco más llevaderas las cosas; pero, en todo caso, lo que importa es que el mundo de Dickinson fue siempre un mundo interior; un mundo en el que, por ejemplo, bastaba un libro para viajar a las tierras más lejanas (poema 1263), un mundo en el que no hacía falta más sociedad que uno mismo y su alma (poema 303), unos cuantos corresponsales y una consagración al poder humano del arte.

Digo lo del jardín de broma, aunque no tanto: claro, es mucho más fácil sobrellevar el encierro en un caserón enorme que en un departamento moderno. Pero lo digo porque Emily Dickinson desarrolló con ese jardín una relación de gran intimidad. Algunos de sus poemas se dan a la tarea de retratar el mundo natural, sus ciclos, sus habitantes y el asombro que le producen a todo aquel que está dispuesto a escuchar sus mensajes. No se trata necesariamente de la experiencia sublime, pero todos, en algún momento, nos hemos sentido en compañía de la naturaleza que nos rodea, y ése es un mundo que se revela sumamente ajetreado, el de las aves y las hormigas y las plantas, una vez que uno le otorga la atención necesaria. Por poner un ejemplo, así describe Dickinson el paso veloz de un colibrí por un arbusto; la estampa se ofrece en términos casi impresionistas (es mi traducción del poema 1463):

La Ruta de una Evanescencia,

con una Rueda giratoria –

la Resonancia de Esmeralda

y una Ráfaga de Grana –

y cada Flor en el Arbusto

se ajusta la Cabeza atropellada –

llegó – quizá – el Correo de Túnez,

un grato Viaje de Mañana –

Salta a la vista que el colibrí ni siquiera se menciona: lo que queda registrado es el efecto, la conmoción que provoca, el rastro color esmeralda y carmín que el ave deja impreso en las sensaciones. Y, sin embargo, la manera que tiene la poeta de concebir este acontecimiento repentino es ponerlo en términos humanos: habrá llegado “quizá – el Correo de Túnez”, el cartero de un país lejano. La personificación del colibrí le ayuda a comprender un suceso que en realidad ocurre mucho más rápido de lo que pueden procesar el ojo y la mente. Y cuando el mundo a nuestro alrededor se convierte en una especie de sociedad, cuando el colibrí es el cartero, cuando el sol desata los listones de las montañas, cuando uno se deja sorprender por la “asesina rubia” (que es como ella llamaba a la escarcha que mataba sus flores), quiero decir, cuando uno es capaz de sentir ese asombro frente un grillo o frente a la luz sesgada del invierno, uno nunca se siente en realidad encerrado. Como escribió alguna vez otro famoso poeta del mismo período y del mismo estado de Massachussetts, Henry David Thoreau: “¿Por qué habría yo de sentirme solo? ¿Acaso no está nuestro planeta en la Vía Láctea?”.

Con todo, Emily Dickinson nunca dejó de pensar en la severidad de su estilo de vida, en los sacrificios que exige la entrega absoluta a la poesía y la abdicación de todo lo demás. La privación es uno de los grandes temas de su obra. Hay poemas en los que la carencia, voluntaria o involuntaria, se entiende como la única forma de vivir y sentir la presencia; es decir, por vía negativa: uno aprende lo que es el placer sólo por medio del sufrimiento. Dicho en otras palabras, son la falta o la pérdida las que confieren significado a los breves instantes en los que existe gratificación. Hay un poema, por ejemplo, el número 67, en el que escribe:

El éxito estiman lo más dulce

los que nunca triunfaron.

Para entender el néctar se requiere

la sed y el desamparo.

Dickinson tenía una visión trágica no sólo del sufrimiento sino también del aprendizaje: en otro poema, incluso más explícito, que sólo voy a parafrasear, el número 167, la poeta afirma que el éxtasis se aprende sólo por medio del dolor, “como los ciegos aprenden [a valorar] el sol”, es decir, cuando es ya demasiado tarde para verlo con ojos propios.

Emily Dickinson era también muy consciente del dolor que provoca la decisión de renunciar. Uno de mis poemas favoritos habla precisamente de la renuncia como si fuera una virtud, como si hubiera una suerte de heroísmo en la capacidad de privarse uno de lo que anhela, y, sin embargo, el poema es totalmente fragmentario —estertóreo, diría yo— a causa del sufrimiento que le produce tomar esa decisión. Aquí, de nuevo, mi propia versión del poema 745:

Dolorosa Virtud – es la Renuncia –

Permitir que se vaya

Una presencia – a cambio de Esperanza –

Ahora no –

Sacarse una los Ojos –

El Alba solamente –

No sea que el Día –

El Gran Progenitor del Día –

Dispute la victoria

Renuncia – es la elección

en contra de sí misma –

para justificarse

una misma a sí misma –

cuando un propósito ulterior –

la haga parecer nimia –

una Visión Velada – Aquí –

Qué difícil es renunciar, “permitir que se vaya / una presencia – a cambio de Esperanza”, saber decir “Ahora no”, “justificarse / una misma” en nombre de “un propósito ulterior”. Creo que éstas son palabras que nos hablan directamente a nosotros, aunque no compartan exactamente el contexto en el que ahora nos encontramos. Y aunque sean palabras duras, también Dickinson sabía muy bien lo que es ese “propósito ulterior” por el que vale la pena la renuncia, el sacrificio, y tampoco de él apartaba ni la vista ni su pensamiento. Mencionó Emily al principio del poema anterior la palabra “Esperanza”, y termino este breve texto informal con un poema dedicado a ella, la esperanza entendida en esta ocasión como un ave que no deja de cantar. Es mi traducción del poema 254:

La “Esperanza” es el ser que tiene plumas –

y se posa en el alma –

y canta la canción sin las palabras –

y no cesa – por nada –

que más dulce – en el Vendaval – se escucha –

y sólo un turbión

resentido podría aturdir al Ave

que a tantos dio calor –

La he escuchado en tierras congeladas –

y en el Mar más extraño –

mas nunca, ni en Penuria, exigió

la miga – de mi Mano.

Espero que el canto de esta ave se escuche todavía, luego ya de tantos meses de confinamiento, y que, si alguna de estas palabras fue de utilidad, permitan ustedes que Emily Dickinson les brinde un poco de compañía en estos tiempos tan difíciles.

Ciudad de México

Abril de 2021


Juan Carlos Calvillo (Ciudad de México, 1983) es poeta, traductor y Profesor-Investigador de tiempo completo en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México.

Cultura

Italians do it better

Por Fabrizio Cossalter

¿Quién es ese imbécil? Soy yo.

Piergiorgio Bellocchio

Existen los imbéciles superficiales y los imbéciles profundos.

Karl Kraus

Todavía actuamos bien, pero el guión no es nuestro.

Alfonso Berardinelli

La semana pasada estaba revisando —gajes de la cuarentena— un montón de papeles y periódicos viejos, con la intención de tirarlo todo, cuando choqué de nuevo, después de unos cuantos años de olvido selectivo, con el rostro noblemente envejecido —casi de antiguo senador romano— de Andrea Camilleri, el apóstol, ya fallecido, del midcult made in Italy, quien me miraba desde la portada amarillenta de una antigua edición del suplemento cultural más leído en el ámbito hispánico. En ese momento, por un descuido, la ceniza del cigarrillo que estaba fumando se cayó en la copa de vino, así que no puedo decir si el subsiguiente reflujo fue provocado por el agravio póstumo a mi supuesto buen gusto literario o por mi habitual torpeza.

De todas formas, la fotografía de aquel apacible nonagenario me recordó el encumbramiento de una obra francamente mediocre, cuya fortuna global ha encontrado un caldo de cultivo inmejorable en la nefasta hegemonía industrial de los indigeribles «guisos novelescos» (Gianni Celati), en la inaguantable trivialidad de la corrección política y en el inevitable colapso —por síndrome de agotamiento— de la crítica literaria y la Kulturkritik.

Hoy día nos deleitamos, en cambio, con las tesis de licenciatura, de maestría y de doctorado dedicadas a la obra de Alessandro Baricco, con los simposios en honor de Umberto Eco y de su meliflua «Sopa Medieval» (Piergiorgio Bellocchio) y con los proyectos de investigación inspirados en Gomorra (el libro, la película, la serie televisiva, qué más da…).

Mientras tanto, Giovanni Comisso, Antonio Delfini, Luigi Meneghello, Paolo Volponi, Goffredo Parise y Gianni Celati yacen —con loables excepciones, naturalmente— casi olvidados en las estanterías de las bibliotecas universitarias, entre el polvo y el desasosiego. Por no hablar de los grandes críticos literarios, de los ensayistas más imprescindibles —por ejemplo, Sergio Solmi, Roberto Longhi, Giacomo Debenedetti, Cesare Garboli, Luigi Baldacci, Giovanni Macchia—, que sobreviven ocultos en la clandestinidad de alguna biblioteca particular.

La sonrisa siniestra del populismo cultural, que nos acecha junto con su camarada histórico, el esnobismo de masas, no es sino la prueba general de nuestro próximo, ridículo entierro. La banalidad y el conformismo habitan felizmente el imaginario desertificado de los herederos de Bouvard y Pécuchet y alimentan la sed de distinción simbólica que caracteriza su empobrecida relación con lo que antaño se solía llamar juicio de valor.

¿Soy demasiado nostálgico? No lo creo, nunca he conocido otra realidad, al fin y al cabo, y no tengo nada que añorar. Además, el exceso de atrabilis me lo impide. ¿Parezco apocalíptico? Tampoco lo creo. En la «estación meteorológica del fin del mundo» (Karl Kraus) no hay espacio para la grandeza desesperada del milenarismo. Lo nuestro es más bien la eutanasia narcotizada.

La compraventa de disfraces intelectuales convierte incluso a los mesianismos revolucionarios y a las teologías negativas —ese matrimonio contra natura entre Benjamin y Heidegger, hoy en día tan en boga— en juguetes de temporada. Si todavía existieran los intelectuales —pero no estoy nada seguro de que sea así—, los podríamos dividir en dos categorías vocacionales: los apocalípticos-integrados y los integrados-integrados.

Los primeros nos ofrecen desde hace décadas el dudoso placer de la regresión y acaban por vendernos muy caro su nihilismo barato. Los segundos nos entretienen con el espectáculo de su cursilería y nos invitan a disfrutar sin complejos de los territorios exóticos de un turismo cultural apto para cada edad del hombre: las transgresiones de cartón piedra al servicio de nuestros paladares atrofiados, que se lo tragan todo sin retener nada; la gimnasia genital disfrazada de erotismo y el exhibicionismo impúdico; los dilemas maniqueos de la novela negra y la (in)ofensiva violencia de papel de la narco-literatura; el plagio pseudo-expresionista de los argots y los dialectos como garantía, adulterada a la par que exitosa, de «estilo» y «autenticidad»…

Mi dispepsia crónica no me permite leer la mala literatura, y menos aún la falsa buena literatura. Es la única virtud que me reconozco. En todo lo demás, mis cualidades y mis costumbres no se alejan de la medianía nada excepcional de una especie en irreversible decadencia. ¿Cómo avivar, pues, el rescoldo de estos fuegos fatuos, que tan sólo representan la exhalación nocturna y solitaria de un desconcierto originario? Al carecer de cualquier teoría o ideología, no puedo sino encomendarme a la idiosincrásica legitimación de la única consigna moral y estética en la que sigo, a pesar de todo, creyendo: «Limitar el deshonor» (Piergiorgio Bellocchio).


Fabrizio Cossalter (Padua, 1974) es ensayista y editor italiano, residente en México.

Cultura

Sobre el pobre trato a la literatura distópica

I


Si hay una historiografía vasta e interminable, ésta es la de la ciencia ficción. Aquí pretendo agregar sólo una nota sobre una tendencia que no he visto discutida ni diseccionada: la confusión entre el género distópico y los peores futuros posibles. 

II

Cuando escuché a la gente hablar sobre literatura distópica por primera vez, incluí títulos que otros probablemente guardarían en la parte de mero abajo de su librero: La trilogía de Vang, Dune, algunos cuentos de Cordwainer Smith, La guerra de los mundos. Todos estos títulos contienen mundos distópicos en el sentido ortodoxo de la palabra: un mundo en el que, idealmente, nadie viviría. Después, pensándolo bien, agregué la serie de libros de El embrujador y otras que muestran los mismos valores. No todas son ciencia ficción. No parecen tener en común nada, además de la filogenética de infiernos. 

La etiqueta “distopía” recoge títulos de lugares distantes entre los estantes de las librerías. No busco hacer filología sobre el género, pero un poco de perspectiva quizá permita que mis argumentos tomen fuerza. 

III 

Considero que Tucídides inauguró el género con el diálogo Melio. ¿Por qué? Uno especula al leer historia. La absorción pasiva de fechas y nombres es un mito. La lectura de eventos implica ir a lugares, especular sobre ellos y eso, al final, también es literatura. 

¿Cómo se pronunció el texto? ¿Qué cara pusieron los atenienses? ¿Qué esperaban y temían los melios? Después de los aciertos literarios clásicos, uno puede pensar que este diálogo comparte puntos con la fantasía totalitaria. Creo que toda la literatura distópica puede reducirse a una sentencia ateniense: “Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben”. 

IV 

Cuando escuché a alguien hablar de la distopía como un lugar similar a la Utopía original, me di cuenta de lo pobre que es la documentación alrededor del género. Ya no es una actitud o un método especulativo. La distopía, hoy, es un lugar delimitado, con fronteras claras, leyes y organismos. ¿De verdad podemos agrupar cientos de libros, desagradables, en una sola incidencia que englobe los posibles peores futuros? Mi respuesta es no. Hablar de la “distopía” como si fuera un lugar al que se le agregan nuestras pesadillas es como ver a Heródoto hablar sobre criaturas fantásticas nacidas debajo del orto de Helios. Divertido, pero una fantasía. 

El peligro de reducir la literatura distópica a la fantasía totalitaria yace en el mismo peligro de leer historia sólo para memorizar nombres y lugares: convertirla en un catálogo muerto, inservible, que ve como lápidas a sus habitantes. ¿De qué sirve decir que Trump es como el Imperio o lo que sea si lo único que hacemos es tuitear desde casa? Especialmente mientras seguimos comprando en Amazon. 

¿A qué se debe este fenómeno? Tengo una vaga idea, pero no me interesa discutir filogenia. Lo que me interesa es corregir este uso, donde lo distópico se reduce a una fantasía totalitaria donde el Individuo lucha contra El Gobierno (y son invariablemente gobiernos a los que se enfrenta la gente, una brillante muestra del sustrato político de los escritores). ¿No es una distopía, también, la eterna guerra de BattleTech? ¿No es el mundo de Sapkowski una distopía mágica? ¿No se acomoda más a nuestras preocupaciones el mundo de Juanito Nemotecnia? Sin embargo, la literatura distópica que leemos se parece más a Atlas Shrugged que a Neuromante. 

VI


¿No es absurdo que el mayor temor de estos autores siga siendo la URSS? Éste es mi principal problema con las fantasías totalitarias: son reliquias de tiempos pasados, cuando la libertad personal y la rebeldía eran el antídoto a la burocracia roja. Esto se ve incluso hoy, en las protestas de Hong Kong. La gente afirma que la China de Tiananmen es la misma de hoy. Creo, sinceramente, que deberíamos temer más a los banqueros que al Big Brother que ve todos mis pasos y censura lo que se le antoja. No vivimos en 1984. 

El lunes 7 de diciembre se comenzó a cotizar el agua como comodidad en Wall Street. No entiendo cómo vemos eso y aun así pensamos que nuestro mayor enemigo es la imposición de la URSS, y no los mirmidones argénteos que escalan el World Trade Center todos los días. Debemos reconocer que la literatura distópica abarca mundos distintos a los de las fantasías totalitarias. Y que, aunque aquellas creaciones literarias no son obsoletas, ya no representan lo mismo que antes. Hay muchos autores que logran vislumbrar nuestros tiempos con más fidelidad. 


Alejandro Navarro (Monterrey, 1994) es letrólogo. 

@nnivannivienen

Cultura

Nuestras lecturas favoritas de 2020

“¿Quieres sentirte mejor? Deja de leer libros nuevos”, escribió Emily Temple el mes pasado en la plataforma Lit Hub. Temple abogó por desempolvar los estantes y leer libros “viejos” para escapar de los desaires de 2020. Y es que la literatura reciente, aclaró, no ofrece el mismo consuelo que un libro de otra época. Con ese espíritu, ofrecemos esta lista de nuestras lecturas favoritas del año. Abajo recomendamos libros y cuentos recientes, libros con antigüedad respetable, libros viejos, y también, porque no todos buscamos lo mismo en la literatura, libros sobre el futuro. Esperamos que alguno atrape su mirada.

Feliz año nuevo.


De Azucena:

Cumbres borrascosas, de Charlotte Brontë. ¿Qué fuerzas oscuras reinan en este texto? La intensidad del antihéroe que declara: si no hay amor, que haya muerte. La malicia envidiable de la heroína que asegura: yo hago lo que se me da la gana. El lenguaje simplón de la narradora, la sirvienta Nelly, que abre los oídos del joven Lockwood, y los nuestros. Nelly fue testigo de la vida desgraciada de Heathcliff y contarla le produce placer malsano. Cumbres borrascosas es un chisme muy largo ejecutado con maestría. En marzo, cuando se publicaban reseñas de La peste y La montaña mágica para teorizar sobre la epidemia, releer el desamor de Cathy y Heathcliff me ofreció un horizonte limpio y reconfortante.

“Tachas”, de Efrén Hernández. Un joven distraído mira por la ventana mientras su maestro dicta la lección. Las nubes avanzan y se tuercen en el cielo azul. Él ha dejado de atender la clase. De pronto el maestro lo atrapa y le hace la pregunta que inicia el relato: ¿Qué son tachas? Quiere saber si el estudiante ha estado prestando atención. La mirada del joven va más allá y se funde con el pensamiento existencial. “¿Quién va a saber lo que son tachas? Yo, por mi parte, como ejemplo, no puedo decir lo que soy, ni siquiera qué cosa estoy haciendo aquí, ni para qué lo estoy haciendo”. En este cuento, Efrén Hernández presenta la característica definitiva de su narrativa: la libre asociación y el desvarío agudo y sensible. El tren de pensamiento, de un modo u otro, llegará a su destino. Disponible aquí.

Nieve de primavera, de Yukio Mishima. El primer volumen de El mar de la fertilidad abre con los mejores amigos Honda y Kiyoaki, hijos de familias promientes del Japón posterior a la guerra ruso-japonesa. Honda, estudiante brillante y dedicado, permanece en las sombras mientras se desenvuelve el romance entre Kiyoaki y Satoko. El embarazo accidental de Satoko desencadena los hechos más importantes de la novela: hundida en vergüenza, la muchacha corta su abundante cabellera y busca la protección de monjas budistas. En el convento hace un juramento de castidad y renuncia para siempre a su relación clandestina con Kiyoaki. Él la busca, desesperado y herido. Avanza hacia el convento dando tumbos en la nieve. Aunque su corazón se debilita en cada vuelta, las monjas le niegan una audiencia con Satoko. Es Honda, el protagonista verdadero, quien asiste a su amigo. Así escucha la visión definitiva, la que explica los otros tres volúmenes de la tetralogía, en voz de Kiyoaki: “Nos volveremos a ver. Bajo la cascada”. El libro más bello que leí en 2020.

“Opus 123”, de Inés Arredondo. Aunque los relatos más famosos de Arredondo pertenecen a La señal y Río subterráneo, en Los espejos encontré uno distinto, más extenso, que se convirtió en uno de mis favoritos. Pepe Rojas y Feliciano Larrea sufren el desprecio de sus compañeros de escuela y de los patriarcas de sus casas. Sus compañeros los maltratan. Son la vergüenza de sus padres. Los niños perciben, de reojo, la existencia del otro; lo añoran, pero temen acercarse y empeorar la situación. La fijación silenciosa se cimenta, primero, sobre su homosexualidad; pero es el profundo amor por la música lo que los une de manera irrevocable. Este relato de Arredondo describe las consecuencias sentimentales de la homofobia para dos niños que, tímidos, apenas se abren al mundo social. Ambos deben aprender a vertir su felicidad, sus desdichas y penas, en el piano.

Con mis ojos a los muertos, de Magolo Cárdenas. La delicada imagen de una ciudad al noreste de México se vislumbra en esta mezcolanza de narrativa breve, los apuntes y las ocurrencias de Josefa, una alumna de un colegio de monjas, y los anuncios del gobierno municipal. En un apunte, Josefa escribe: “La madre Sorondo supo que habíamos ido a ver Lo que el viento se llevó y dijo: lo que el viento se lleva es su pureza y castidad”. La combinación estrambótica de textos permite que la escritora explote el humor y, a la par, ofrezca la mirada íntima y digna de una narradora-historiadora. Un libro brevísimo y creativo que me hizo reír.


De Armando:

All the Sonnets of Shakespeare, editado por Paul Edmondson y Stanley Wells. ¿Hay algo que pueda ofrecer una nueva edición de los sonetos de Shakespeare? Sí, mucho. Esta edición de Paul Edmondson y Stanley Wells es interesante por dos motivos: por un lado, no se limita a los 154 sonetos que Shakespeare publicó en 1609, sino que incluye los sonetos que están dentro de sus obras de teatro, como los de Romeo y Julieta, Enrique V o Troilo y Crésida. Por el otro, los poemas están organizados cronológicamente. Ambas características rompen con la lectura tradicional de estos textos y permiten mostrar el desarrollo del soneto en la obra de Shakespeare y de su trayectoria como escritor. Esta edición es tan atractiva para las personas que están acostumbradas a la obra shakespeariana como para las que no. Ofrecer una visión nueva de los sonetos en una forma comprehensiva, accesible e interesante es todo un mérito por sí mismo.

El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cărtărescu. Los cuentos de El ojo castaño de nuestro amor ondulan entre la tristeza introspectiva y lo grotesco, pero le dan espacio a lo sublime y a una belleza visual abrumadora. Aunque casi todos los cuentos de esta colección remiten a la infancia del autor en la Bucarest comunista, también abundan los pasajes oníricos, el pasado histórico y las preocupaciones ensayísticas sobre la importancia de la literatura, de su herencia rumana y el lugar de la poesía en nuestros tiempos. Este libro, con sus momentos de luz y tristeza iridiscente, tiene una faceta poco usual en los textos de Cărtărescu, alimenta mi sospecha de que no hay un sentimiento humano ajeno a su obra. La brevedad hace que sus cuentos sean accesibles, a pesar de su densidad expresiva y su profundidad. Creo que esa combinación hace que este libro sea la mejor introducción a un autor fascinante y extraordinario.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Por su tema, me rehusé durante un par de años a leer Lolita. Una novela sobre un pedófilo siempre tendrá razones de sobra para ser controversial e incómoda, mucho más si es tan buena. Evitarla fue un error. La repulsión y el rechazo que pueda y deba generar el protagonista se contrapone directamente con el lirismo y la hermosura de su relato. El libro funciona como una advertencia sobre el poder de la literatura y sus peligros, en la que se puede empatizar hasta con las figuras más monstruosas. Se lee como una carta de amor a la lengua inglesa, una exploración de sus sonidos, ritmos y asociaciones. Éste es un libro que hay que leer y, de ser posible, en voz alta. Su musicalidad es sobrecogedora.

La mesa limón, de Julian Barnes. A lo largo del año he regresado varias veces a este libro por sus ternuras inesperadas y su intimidad. Las páginas de esta colección magistral de cuentos están pobladas por personas envejecidas, que ven en retrospectiva sus deseos frustrados, particularmente los sexuales y afectivos. Sus pasados están llenos de relaciones disfuncionales, problemas de comunicación y domesticidades rotas. Me gustaría destacar por su sentido del humor “Vigilancia”, un cuento sobre un hombre desilusionado por la relación con su esposo, que, para desahogarse, comienza a callar a las personas que hacen ruido durante los conciertos de música clásica, así como “La de cosas que sabes”, que es sobre las reuniones de dos viudas que se hacen compañía, a pesar de no soportarse. Es una serie de retratos de nuestra humanidad, y de nuestros intentos de escapar de la soledad e insignificancia, con introspección irónica y delicadeza.


De Marcela:

Ellas hablan, de Miriam Toews. Con poco menos de 200 páginas, esta novela pesa. No pesa como el golpe de un martillo o una bola de demolición, pesa como el cansancio. Las mujeres que la protagonizan, habitantes de una comunidad menonita y víctimas de violación en masa, están en el proceso de dibujarse una nueva manera de existir. Los futuros que trazan, las estrategias que crean, los planes que solidifican con temor y gozo tienen una materia en común: el lenguaje. ¿Se irán de sus hogares o se quedarán a pelear? ¿Vale la pena quedarse por sus hijos, por el resto de los hombres? Ellas hablan, discuten, ríen, filosofan. Siempre lo han hecho, sólo ahora las escuchan.

Apegos feroces, de Vivian Gornick. Encontrarte en la figura, el habla, el rostro de tu madre. Pasar una vida juntas que no parece beneficiar del todo a ninguna. Gornick acude a la agudeza y al humor negro para hacer un recuento de su complicada relación con su madre desde la infancia hasta la madurez. Los diálogos que pueblan estos recuerdos hacen de este libro una novela perfecta, por más que sus personajes sean “reales”. A lo largo de todo el texto se encuentran, también, las reflexiones ensayísticas de la autora sobre la labor de la escritura, tan vigentes a finales del siglo XX como ahora.

Una vida de pueblo, de Louise Glück. La poeta que ha estado en boca de todos encuentra en este libro, como en el resto de su obra, el equilibrio entre sensibilidad cortante y austeridad. Una colección de poemas que se nutren de las praderas, las plazas de pueblo, los picnics en la hierba. Un medido, apacible y merecido descanso en medio del encierro. No culpemos a la poeta por las complicaciones relacionadas a la distribución de su obra, por su fama repentina. Leámosla.

La mancha humana, de Philip Roth. Roth conocía verdaderamente a los seres humanos, sus vicios, anhelos y maquinaciones. Su prosa expone en todo momento qué hay detrás de las palabras de la gente, evidencia la esencia oscura de todo lo que pasamos la vida negando. Esta novela, la última de su aclamada Trilogía americana, es su obra maestra. Una crítica a la academia norteamericana cruzada por una sociedad que se regodea con el escándalo entre Bill Clinton y Monica Lewinsky, da rienda suelta a su racismo después de los atentados del 9/11 y encuentra en la moral barata una droga que no ha podido dejar.


De Fiacro:

El planeta inhóspito, de David Wallace-Wells. Es difícil creerlo, pero iniciamos el año hablando de incendios, no de virus. A la distancia parecen algo menor, no sospechábamos lo que venía. Pero no lo son. Ése es el futuro que nos aguarda, y no prestar atención significa que cuando finalmente podamos salir a las calles será para intentar apagar el infierno. El planeta inhóspito es una recomendación obligada. Su lectura es depresiva, pero ahí radica su doble valor: no hace ningún esfuerzo para maquillar el horror que nos deparan las próximas décadas y tampoco cae en la trampa de presentarlo en el estéril lenguaje de la ciencia, que eso no moviliza a nadie. David Wallace hace un fenomenal trabajo en presentar las distintas aristas del problema, si todavía podemos llamarlo así, que tenemos en frente; y como dice la primera línea del libro: la cosa es peor, mucho peor, de lo que imaginamos.

Tales of Two Planets, editado por John Freeman. Uno de los desafíos más importantes de la crisis climática es la manera en que hablamos de ella, nuestra imaginación estéril. Incluso ahora, nuestras soluciones son patéticas: poner impuestos y, a lo mucho, sacarle el carbón al aire con ventiladores que aún no existen. Buena parte del problema viene de que no nos hemos dado a la tarea de crear buena ficción sobre nuestro nuevo futuro. Si las cosas salen bien ¿cuándo? Si vamos al despeñadero ¿cómo? ¿quiénes? El compendio de historias de Tales of Two Planets es un buen punto de partida para plantearnos cómo se ama en un planeta donde los árboles se mueren, cómo se vive en ciudades desbordadas de orina y heces, y por qué importa tanto la vida de un gorila llamado Bruno.

The Southern Reach Trilogy, de Jeff VanderMeer. Históricamente los alienígenas han sido víctimas de las peores adaptaciones de monstruos en la cultura popular. Posiblemente desde el debut en radio de La guerra de los mundos no haya habido algo a la altura del tema. Por eso me pareció agradable descubrir la adaptación de Netflix del primer libro de la trilogía de Jeff VanderMeer. La aparición antropomórfica del final no es una traducción fidedigna del horror que transmiten los libros, pero no le debe a la inquietud. Dicho eso, para la escala cósmica, la lenta desenvoltura que es el misterio del Área X y las torres que crecen de arriba para abajo, no hay de otra más que remitirse a los libros. Estoy haciendo una pequeña trampa al incluir una trilogía, pero para el lector apresurado al menos Aniquilación bastará.

Dune, de Frank Herbert. No es sencillo adentrarse a la saga de Frank Herbert: además de que el primer volumen tiene las dimensiones de un tabique, no ayuda mucho que los primeros capítulos están repletos de explicaciones y alusiones a un mundo desconocido. No obstante, los cimientos rinden frutos. Encima del detallado universo de Dune hay una trama de intriga política, épica galáctica y un planeta interesante por sí mismo; y a pesar de que las referencias históricas (las visiones jihadistas o la estructura imperial casi calca del Sacro Imperio Romano Germánico) son quizás demasiado evidentes, no deja de ser agradable encontrarlas en un contexto tan distinto.

Además, con la adaptación de Villeneuve a la vuelta de la esquina, es un excelente momento para adentrarse en la saga. Finalmente, si me compran la urgencia de sentarnos a imaginar el futuro, la ciencia ficción es uno de los géneros literarios más ricos. Dune no es la excepción.

Sontag: Vida y Obra, de Benjamin Moser. Es una tarea intimidante animarse a escribir la biografía de Susan Sontag. Por si no fuera suficiente que buena parte de su obra es incomprensible si no se tiene cierto dominio de los clásicos (lo que sea que eso signifique), adentrarse en el entramado de su vida sólo la vuelve una figura más imponente. Moser hace un estupendo trabajo presentando las cosas que decide presentar; y si bien hay que tomarse la narrativa con un grano de sal (también las biografías presentan lo que el escritor dice, no lo que realmente sucedió), la biografía de Sontag es una lectura estupenda para las vacaciones, perfecta para echarse un capítulo por noche.

Cultura

Cecilia o el arte de ver las cosas

En “The Art of Seeing Things”, el naturalista estadunidense John Burroughs invita al lector a reparar en el complejo mundo natural, a observar de manera más precisa cuanto nos rodea:

El ojo ve aquello para lo que cuenta con recursos para ver, y estos recursos son directamente proporcionales al amor y al deseo. Al ojo lo informa y lo agudiza el pensamiento. Mi hijo ve patos en el río allá donde yo no los veo, porque en ciertas temporadas él piensa patos y sueña patos.

Burroughs glorificó las improbables virtudes de los granjeros, rancheros y pueblerinos. Las ciudades engendran el mal; el campo, el bien. Su pensamiento es radical, una vuelta de tuerca al concepto de civilización, pues para él ésta se encuentra, en realidad, en la vida campestre.

Leyéndolo algo me zarandeó. Es cierto, mucho se nos escapa al andar. El gorjeo chirriante de los canarios. Los retoños en las grietas de la banqueta. Los escarabajos de colores. Las enredaderas que suben por los postes que alumbran el camino. ¡Las señales del clima! Esa vida pasa inadvertida porque hay otra, más apremiante y nítida, que exige constante vigilancia.

Los sonidos y objetos humanos y artificiales se nos imponen, son parte de nuestro ámbito, por así decirlo; pero la vida de la naturaleza hemos de descubrirla por el camino, pues es tímida, retraída y se funde con un vasto fondo neutral.


Cecilia Ledesma estudió Biología y Ecología en la Humboldt State University, en California. Su familia es de Chiapas. Cuando era niña, en casa de sus tíos y abuelos había mascotas exóticas, monos araña, guacamayas y tortugas lagarto, porque era lo normal. “Ahora yo estoy limpiando sus pecados”, dijo riéndose.

Nos conocimos en la prepa y tenemos años sin vernos, pero irrumpimos en el celular de la otra con likes, reacciones en Instagram y mensajes esporádicos. El archivo de Cecilia es verde, café y azul, pero no es intencional ni ella cuidadosa: sólo fotografía el cielo, la tierra y distintos cuerpos de agua. Su perfil lo habitan cabras, lagartijas, pulpos, ajolotes, cervatillos, lagartos y quetzales.

Cecy trabajó en un centro de rehabilitación de animales silvestres, en Guatemala. Estudió animales que rescataron —o decomisaron—, víctimas del tráfico ilegal vinculado al narcotráfico: loros, monos, ocelotes, jaguares. En uno de los momentos más memorables de su estadía, la atacó un mono. Ella lo vio impulsarse, enseñar los dientes y prepararse para morderla, y se desmayó del susto. (Leyendo un borrador de este texto, Cecilia sugirió que aclarara que al mono no lo motivó la maldad ni nada semejante: me explicó que, como pasan mucho tiempo encerrados en jaulas, también desconfían de los biólogos).

Su tiempo en Guatemala la convenció de que quiere dedicarse a eso.

“Me encanta la etología. No me laten los animales domésticos. Los veterinarios, por ejemplo, sirven a la gente, porque trabajan con animales individuales, con dueños humanos. Yo prefiero trabajar con grupos de animales silvestres”.

Me envió el reporte sobre un grupo de guacamayas criadas en el centro de rescate. “Es muy sencillo porque se presentó al gobierno para liberarlas en un área protegida. Mi trabajo aquí fue más que nada un estudio de comportamiento para determinar si eran liberables o no”. 

Cuando dice que el reporte es “sencillo” se refiere a que no usó estadística avanzada, por consideración a los funcionarios públicos.

Nature fakers

Hablamos sobre los ensayos de los naturalistas. A Cecilia le dan risa sus descripciones melosas. “O sea, ya hablar de cómo los pájaros levantan el vuelo entre nubes de noséqué, pues ya es mucho choro”. Admito que a mí me gustaron las cursilerías de John Burroughs. Su prosa tiene algo poderoso: se ciñe a la realidad sin escatimar en sus impresiones. Alguna ciencia en lenguaje poético.

A inicios del s. xx, Burroughs estuvo en el ojo del huracán. La polémica estalló por la publicación de School of the Woods, de William J. Long, fechado en 1902, donde el autor describe cómo los animales “entrenaban” a sus crías y se comportaban de manera individualizada. Burroughs escribió una denuncia furiosa contra el texto, acusándole de incorrecto y engañoso. Long había dado rienda suelta a la imaginación.

En el debate hubo una contradicción importante. La literatura de nature realism hizo de los animales sus personajes, antropomorfos, sentimentales y fantásticos. El libro de Long se presentó como un puñado de observaciones «verdaderas», similar a los ensayos de Burroughs, pero se trasladó silenciosamente al género narrativo. Es comprensible reclamarle sus falsas vestiduras. Sin embargo, la controversia se extendió a las obras de Jack London, White Fang y Call of the Wild, que habían gozado de excelente recepción. La crítica acérrima de Burroughs —y del presidente Roosevelt, que en un momento insólito hizo de crítico cultural y acuñó el sofisticado insulto nature fakers— exigió fidelidad también de las novelas.

El mandato por narrar «la verdad» de la naturaleza se entiende por la ocasión histórica: los estadunidenses vivían los primeros años de aprendizaje colectivo, público e impreso, sobre el mundo natural. Aquellos autores que pretendiesen ser “realistas” estaban en deuda con sus lectores, sin importar el género de su obra. De la polémica sólo se salvaron los cuentos de hadas y las fábulas, pues aquéllos iban contra el sentido común. No había duda de que no pertenecían al mundo de lo real.

Ser científica

Le pregunté a Cecilia si se consideraba científica y se revolvió en su sillón. “Híjole”, dijo. Podría decir que lo es, por su título, porque usa el método científico. Pero adscribirse bajo esa palabra tiene significados implícitos. “Naturalista” tiene una acepción amable con el medio ambiente; es una vocación afectuosa, apasionada y noble. Llamarse «científica” es incluirse dentro de un grupo de profesionistas. “Como que te imaginas a alguien encerrado en un laboratorio y usando bata blanca”, dijo Cecy. Una caricatura.

Cecilia experimenta, emplea técnicas rigurosas, confía en lo que aprendió en la universidad. Lo que la detiene de tomar su carnet de científica no es el método, ni una crítica fundamental al sistema productor de conocimiento, sino algo intuitivo y personal: la autoperceción. Es como si, al llamarse científica, el afecto que siente por la naturaleza se mancillase.

Días después me escribió por WhatsApp:

[21:42, 7/13/2020] Cecilia Ledesma: Empecé a leer Consilience de Edward O. Wilson1 (un señor biológo muy acá de Harvard pero escribe cosas buenas) y menciona los tipos de científicos y me acordé de que me preguntaste si me considero científica y en ese momento como que no la pensé bien y te dije que no

[21:43, 7/13/2020] Cecilia Ledesma: Pero sí soy! Jajaja

Abrir el cuerpo

¿Cómo se cultiva la sensibilidad hacia la naturaleza si crecemos en ciudades? ¿En la escuela, con un libro de texto? ¿En campamentos de verano? ¿Con cápsulas informativas o campañas de difusión? Cuando le pregunté por el instante en que reconoció su atracción, Cecilia me habló de sus viajes al sur, de un curso que tomó en un zoológico. Tenía cuatro años.

Ambas cursamos biología en nivel superior. Nunca lo había pensado, pero ella me hace notar que la clase estuvo centrada en anatomía, biología homocéntrica. Se dejó un espacio insignificante para la ecología y los animales, y cuando sí los estudiamos, fue con conceptos, gráficas, procesos a grande escala. En la escuela no hay veredas para estudiantes de otras disciplinas.

Wes, el esposo de Cecy, es músico. En sus paseos ella se detiene a observar animales, bandadas de pájaros o alguno que planea solitario. Él solía esperarla a lo lejos, pero después de la repetición incansable de ese ritual, comenzó a imitarla por curiosidad. “Dice que quería saber qué era lo que me llamaba la atención”. Concluimos que el cuerpo es decisivo: salir, caminar, recorrer, palpar, explorar, absorber, descubrir. Los libros nos refieren a la existencia ajena, pero cuando el cuerpo se involucra, se abre el mundo.

Cuando te subes a un vagón de ferrocarril, quieres un continente, y el hombre en su carruaje precisa un municipio; pero un caminante como Thoreau encuentra tanto y más en las orillas de la laguna de Walden.

*

Cecy tiene más cosas en común de las que cree con John Burroughs. Fue ella quien empezó a contarme de la mirada silenciosa y el amor. Cuando volví a preguntarle cómo podemos sensibilizarnos a otras vidas, me respondió, “Yo creo que entre más observas a los animales y la naturaleza, más afecto sientes. Y más vivo sientes todo”. Y me recordó estas líneas del señor naturalista:

El secreto, sin duda, es el amor por esa práctica. El amor agudiza la vista, el oído y el tacto, acelera el paso, estabiliza el pulso, te pertrecha contra la humedad y el frío. Lo que amamos hacer, lo hacemos bien.

Burroughs, John, El arte de ver las cosas, trad. A. González Hortelano, Madrid, errata naturae, 2018.


1. Dice Wikipedia: «Consilience: The Unity of Knowledge is a 1998 book by the biologist E. O. Wilson, in which the author discusses methods that have been used to unite the sciences and might in the future unite them with the humanities».

Cultura

El ritual y los chiles en nogada

Nunca me sentí cómoda en Puebla. Mi familia no es de ahí, nací en el Distrito Federal y siempre imaginé que mi vida sería distinta, mejor, si hubiera crecido en el D.F. —no le digo la Ciudad de México porque cuando pensaba eso no se llamaba así todavía. Sin embargo, a los dieciséis años me inscribí a una clase para aprender a hacer chiles en nogada, el platillo insignia de Puebla.

Pienso, por esta manía de rumiar el pasado, que esa clase fue un ritual.

Si algo bueno hay en Puebla es la cocina, y creo que deseaba participar en algo que me hiciera más poblana, no tanto por el lugar sino por el sabor del lugar. Al referirme a los rituales tengo en mente a Victor Turner, que los considera procesos de transformación y no sólo meras repeticiones. Para él, los rituales son un espacio liminal donde la posición social de las personas, la estructura del grupo, cambia. Pero en vez de ahondar en Turner, mejor esbozo algunos rasgos del ritual en el que participé.

Primero, los chiles en nogada son un platillo regional de temporada; es decir, no se pueden cocinar todo el tiempo. Segundo, al inicio de la clase, la profesora —que por cierto era poblana— entregó una hoja con la receta general, sin detalles sobre la preparación, pues esos eran “trucos que debíamos aprender”; además enfatizó que estábamos elaborando su receta familiar y no una de recetario (de una forma u otra nos volvíamos parte de su familia durante la clase). Tercero, en la clase había mujeres —sí, sólo mujeres— de todas las edades y, aunque platicábamos mientras hacíamos nuestras labores, nadie mencionó su lugar de procedencia (tal vez imaginábamos que la denominación de origen era un requisito para cocinar los chiles, entonces mejor no decir nada).

Al final, la transformación: me sentía como en Arráncame la vida cuando Catalina toma clases de cocina con las hermanas Muñoz y aprende a hacer “mole, chiles en nogada, chalupas, chileatole, pipián, tinga”; sólo que, a diferencia de ella, yo no era poblana ni estaba aprendiendo a cocinar porque me había casado.

Llegué orgullosa a casa con los dos chiles que me tocaron en la repartición. El platillo, antes exclusivo de familias poblanas y restaurantes, ahora era mío. Vuelve a ser mío cada vez que lo cocino y ajusto para tener mi propia receta. Ahora sí, tan poblana como Catalina (o como el mole, las chalupas, los molotes, las pelonas, las tortitas de santa Clara, los camotes, el pipián verde, la torta de agua, los tacos árabes, las cemitas, las chanclas, el rompope, las memelas, los tlayoyos y los chiles en nogada).

***

Para diez chiles en nogada, se tateman los chiles poblanos directo en el fuego o en comal. Una vez tatemados se envuelven en plástico para que suden unos diez minutos, se les quita la piel y se les hace un corte para quitar venas y semillas (hay quienes descalifican, enérgicamente, que se pelen y desvenen los chiles ayudándose de agua porque pierden sabor: es cierto, pero se vale si los comensales no toleran mucho el picante o si se está batallando demasiado con las semillas). Se cortan en cubos pequeños seis manzanas panocheras, seis peras de san Juan y seis duraznos amarillos, se pone bastante aceite vegetal en un sartén grande y se doran dos dientes de ajo, se retiran los ajos y se pone la fruta picada…

Hasta creen que les voy a dar mi receta, pasen por su propio ritual o encárguenme unos.

Ilustración: Salvador Novo, Historia gastronómica de la Ciudad de México, Porrúa, 1967.

María Alejandra Dorado Vinay (Ciudad de México, 1988) una vez se comió seis milanesas.