reseñas

«Narda o el verano» de Salvador Elizondo

De Elizondo muchos ya han dicho que es experimental, o sea, que hizo lo que quiso, y ésa es una de las razones por las que su obra perduró. Elizondo fue un escritor vanguardista, irruptor y moderno en la segunda mitad del siglo xx mexicano. Pero una cosa es su escritura, y otra su escritura historizada y parchada entre más nombres intimidantes.

Cuando leí su libro no pensaba en esas cosas.

Mujeres, violencia, foto, “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar, miradas; algo así me dejó la primera lectura. “En la playa” es como una película de acción, porque un hombre gordo huye despavorido en una lancha y lo persigue este villano de nombre espectacular, Van Guld. “Puente de piedra” podría ser una historia de amor si no se deshilachara lo verdaderamente interesante, la tensión que subyace a la conversación entre dos amantes y que explota cuando aparece un niño deforme. La mirada del niño destruye la relación de la pareja y tiene símiles en “La puerta”, “Narda o el verano” y “La Historia según Pao Cheng”: acá también hay miradas vigilantes, miradas que espían, miradas terroríficas y cuasidemoníacas, y la propia mirada mirándose en un espejo que mira.

Son cuentos raros, oscuros, con finales inquietantes y abruptos. Elizondo no se cuestiona los saltos de tono. En ocasiones abandona el relato a su suerte y parece que hemos cambiado por completo de lectura; en otras el autor deja caer elementos extraños como piedritas, con finura, hasta que algo estalla.

Para ser experimental también hay que luchar contra el bagaje que traemos encima. A mí me enseñaron que una reseña debe titularse con la referencia del libro, nada más; que un párrafo debe tener más de cuatro líneas; que escribir ensayos académicos en primera persona está bien, porque así admito mi subjetividad (luego vinieron otros a decirme lo contrario, pero ya era demasiado tarde).

Y para sacudirse cualquier grupo de reglas está la liminalidad, ese espacio donde se suspende la vida social y germinan las preguntas radicales y la creación novedosa. En la literatura y el arte, pareciera que el colapso del orden social es una oportunidad para explorar la rabia, el sexo, todo lo pecaminoso que induce culpa y se ha hecho a un lado en favor de la rutina y el confort. Pero, más allá de escandalizar, la liminalidad en la literatura debería implicar una reinvención del lenguaje y las formas. Por eso remite a la vanguardia.

Todo esto lo pienso ahora, en mi segunda lectura, para leer el texto con otros ojos.

“Narda o el verano”, el cuento, es un espacio liminal en sí mismo. En algún lugar de Europa, dos amigos se lanzan a la aventura durante el verano, rentan una villa a la orilla del mar y comparten una amante que se da el nombre de Narda. El verano contrae un puñado de experiencias, las encierra en una temporalidad discreta y fantástica (nada existe fuera del verano mientras es verano) y las vidas ordinarias se interrumpen para explorar nuevas posibilidades. Por eso el inicio del relato tiene apariencia de crónica, como si su peculiaridad y tiempo fueran irrepetibles: “Puede decirse que el verano ha terminado. Ha llegado el momento de concretar todas las experiencias que han hecho esta temporada memorable y es preciso empezar por el principio…”.

El fin del verano, como el lector anticipaba, trae fracturas y cambios; entre ellos, que el protagonista ya no desea compartir a sus amantes. La “mujer nuestra” quedó como la menos lúgubre de las vivencias veraniegas. Y Narda no es distinta a la escultura de Pigmalión, una construcción al antojo del artista deseoso de amar. Narda es la idealización de la mujer, el nombre falso o la careta para el par de amigos que la descubren un verano, o la actriz que se ve a través del lente de una cámara. Narda es un montaje que aparece y desaparece.

Narda o el verano se publicó a mitad de la década de los 60, y la literatura mexicana ya llevaba años estancada, o eso escribió José Luis Martínez en una reseña que se incluyó en Problemas literarios. Aunque los temas de la Revolución mexicana ya estaban agotados, los escritores seguían abusando del tono de “la vida de los humildes y los desamparados”. Si exigimos de la literatura que las obras funcionen como espejo de la sociedad, la novela mexicana estaba en crisis. Los temas de la Revolución no eran vigentes y urgía renovar el tono, expandir las realidades. Porque, y aquí se merece el énfasis, es imposible que haya una sola realidad en un espacio tan vasto.

Los cuentos de Elizondo no respondían a la tradición de la Revolución, ni se interesaban por ser reflejos fieles de la realidad (los personifico porque así se presenta el volumen, vivo). Quizá porque no eran novela o quizá porque eran de Elizondo, los cuentos lidiaron con el espanto existencialista, el absurdo, la identidad, lo ambiguo. ¿Quién soy yo, que escribo? ¿Cómo soy con lo que escribo? ¿Lo que escribo está fuera de mí? “La historia según Pao Cheng” introduce con más fuerza la dimensión filosófica de la prosa de Elizondo, en la que ahondará en su obra futura. El texto, un ejercicio autorreflexivo sobre la escritura y la calidad del escritor, también juega con las formas. Pao Cheng escribe y en su pensamiento se cuela la visión de un hombre que escribe sobre él, que escribe, y de golpe el ojo lector se alza hacia el hombre que escribe, el escritor.

“La cucaracha soñadora”, el relato breve de Augusto Monterroso que se incluyó en sus fábulas de 1969, es otro ejemplo de metaficción:

Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

Lo reproduzco porque Monterroso invoca ese texto popular de Chuang Tzu, “El sueño de la mariposa”. Sobra decir, entonces, que “inventar” y “reinventar” son palabras que merecen cautela. Elizondo, haya reinventado las formas o no, irrumpió. Lo hizo a mediados del siglo xx, pero también leerlo hoy es verlo irrumpir. Esto me obliga a concluir que las formas y el lenguaje no envejecen como las aproximaciones o lo temas; al contrario, el manejo artificioso de la palabra permanece estático y atemporal. Perdura. Y la brevedad del relato, en particular, facilita la experimentación.

Ahora pienso en la prosa que surgió hace ya más de una década, la que alude al crimen organizado, el narcotráfico, la violencia mórbida. El tono, si tuviera que forzar las palabras, es “la vida de los desaparecidos, los cárteles, los cuerpos”. La discusión de hace sesenta años es vigente por razones obvias. La realidad, que debiera inspirar al trabajo literario, también tiene el potencial de empobrecerlo cuando se gasta o se abusa. Hoy decir “narcotráfico” es no decir nada.

En el ámbito literario, recordó José Luis Martínez, se defiende la existencia de “la alta cultura”, y aquí suelen ubicarse los trabajos que imitan lo más posible la experiencia humana; por eso la novela policial (o de ciencia ficción) se lee con altivez y se considera obra menor. ¿Pero qué ocurre cuando la literatura se ocupa de una realidad totalizadora?

Elizondo, Salvador, Narda o el verano, México, FCE, 1965.

Cultura

Palabras y expresiones norestenses

El arroz de boda es el arroz cotidiano, preparado con manteca de cerdo, tomate y cebolla, pero a éste se le agregan pasas o trozos de papa; así se transforma el platillo en uno especial, digno de un acontecimiento como el amor eterno. El arroz de boda acompaña al asado de boda o al mole de boda.

La capiroteada no debe confundirse con capirotada, el platillo típico de Cuaresma que lleva pan de bolillo remojado en jarabe dulce, coco rallado y cacahuate, y que los niños odian con toda el alma. Cuando decimos capiroteada nos referimos a otra combinación singular, pero de colores: la persona que va por la calle con playera rosa y pantalón verde va capiroteada.

El chcht ni cómo explicarlo, es la interrupción molesta para silenciar, el regaño que sin hablar te enciende. En el cine escucho que dicen shhh, muy elegantes, pero el chcht es diez veces más molesto: ch-cht viene con pausa, fuerte, dice cállate o bájale a tu cháchara, Antonio, acá en la cocina estamos hablando de cosas más importantes. Chcht es el atributo favorito de las voces con autoridad.

Para dar el cambiazo uno tiene que revelarse homosexual después de entrarle a la vida de casado, o haberse fingido heterosexual. Por estos rumbos, por ejemplo, Miguel dio el cambiazo cuando lo sorprendieron besándose con el monaguillo, ahí en la esquina de la iglesia, fue un escándalo muy divertido.

Deoquis es fácil de ilustrar: deoquis escribí tres protocolos de tesis, porque ninguno fue el bueno. Trabajé inútilmente, en vano me desvelé y leí, ese bonche de cuartillas podría no estar en mi computadora y no lo echaría de menos.

Pasemos a unas palabras más sentimentales. La abuela llamaba gorupientos a los pájaros más comunes, los gorriones grises que pican la tierra. A los gorupientos y las palomas les arrojaba migajas de pan; el alpiste era para los canarios, los jilgueros y otras aves que ameritaban jaulas. Ella decía alpistle con ele.

Gorupiento, dice el léxico del noreste, es lo que se ve enfermo y descuidado, puede ser gente o animal, y viene de gorupo. Y gorupo se llama el insecto que vive en el plumaje de las aves y se alimenta de su sangre. Entonces el maldito pájaro no es gorupo ni gorupiento. Ni fu ni fa.

Pausa: La abuela nunca quiso tener un periquito, una vez papá le compró uno en el tianguis y ella le pidió que lo regalara porque en su casa ella tenía el monopolio del habla.

Pausa dos: La abuela quiso a papá de inmediato porque era blanco, y concluyó que tendría hijos blancos con mamá.

El guato se manifiesta cuando la gente se arremolina en la calle y arma borlote alegre, un desmadre pero de los buenos. Se extraña el guato, los lazos estrechos de la vida comunitaria que se desdibuja en la Antigüedad. Ahorita es más difícil que haya guato, si acaso cuando hay fiestas, pero ya nunca entre extraños.

A ver, el que viene sí me encanta: hechizo. Hechizo de algún pasado de hacer, se refiere al objeto o producto casero, a veces hecho por encargo. El pan de plátano que todos andan haciendo es pan hechizo. Así hay falda hechizo, rebozo hechizo, bordado hechizo, libreta hechizo. El artefacto no comprado es hechizo.

Otro, ya casi para terminar, la bendita hulera, esa arma preciada que construía su dueño, el niño norteño. Agarras una rama fuerte, de buena densidad y con forma de horqueta; le amarras dos hules y al final, el parche aguantador. De ahí salen volando las piedras, los guijarros también salen despedidos con fuerza impresionante, y el niño la pasea por todos lados, sintiéndose aventurero. La hulera era símbolo de canícula y vacación, verano vivo.

Ahora una palabra de tensión y averiguación. Las mujeres trasculcan o esculcan los pantalones del esposo, las cajoneras, todo lo que sirve de escondite, porque en una de esas dan con cartas largas y románticas, así descubren que el patán tiene otra mujer y, en el peor de los casos, otra familia. ¡En fin! Trasculcar es la búsqueda apremiante, con urgencia.

Por último y porque viene bien sacarlo a colación, está esa palabra lamentable, zopilote, la que todavía en algunos lados se usa para referirse al hombre de piel oscura, el que se ve con sospecha sólo porque existe y camina por la cercanía.

El pobre hombre nomás ve pasar nubes, nubes lentas, nubes embarazadas. La hinchazón truena y cae el diluvio.


@apgarzag

Ensayo

Escribir una microhistoria del hogar

Nací en Monterrey, pero crecí en la colonia Cuauhtémoc, en San Nicolás de los Garza, Nuevo León. Eugenio Garza Sada fundó la colonia en 1957, mucho tiempo antes de la creación del Infonavit, para facilitar trescientas casas a los trabajadores de la cervecera y la siderurgia. “Don Eugenio” creó un espacio con iglesia, hospital, parques, deportivos, estadio de béisbol; fundó colegios católicos para niñas y lasallistas para niños. La Cuauhtémoc compactó el mundo social cual bola de cristal.

La invención fue peculiar. Las casas no eran homogéneas; tenían terrenos extensos porque el patrón apostaba por la movilidad social de sus “socios”, como le gustaba llamar a los obreros. En todos lados hay una combinación estrambótica de utilitarismo y, con ojos de lugareña, algo bello. La iglesia San José Obrero tiene una escultura del padre putativo de Jesús martillando; está hecha de clavos del mismo acero que se producía en las empresas. Pero el templo es obra de un arquitecto español famoso, Félix Candela, y tiene forma de paraboloide hiperbólico, algo rarísimo para su tiempo.

La busco en internet y el primer resultado es “Templo San José Obrero: curvatura con estilo”, un video de Youtube. También la encuentro en otra página bajo el encabezado “Mexico Mid Century Modernism”. Anónimo deja un comentario: “La colonia Cuauhtémoc es uno de los mejores ejemplos de vivienda social y urbanismo en Monterrey. A dos cuadras de la iglesia tuve la oportunidad de entregar una obra y todos los días me gustaba caminar por sus parques y callejones”.

Fotografía en blanco y negro: autor desconocido, hacia 1959. Las fotografías a color, recientes, son de Paco Álvarez y se reproducen con permiso del autor (@the_raws).


La primera generación de habitantes de la Cuauhtémoc, los obreros y sus esposas, venía de rancho. La industria apenas arreciaba y las empresas contrataban hombres en masa. Las familias utilizaron los terrenos para criar animales y sembrar parcelas de maíz. Las casas se llenaron de flores y plantas: higueras, aguacates, papayas, naranjos, duraznos, limoneros, nogales; colgaron manojos de chile piquín del techo para piscarlo en cuanto se secara. Las palomas anidaron en los jardines. Las personas vivieron en un limbo curioso, ya no en tejabanes, pero todavía con ganas de rehuir la vida citadina.

Mi abuelo consiguió la casa cuando lo contrataron en una de las empresas, Hojalata y Lámina (Hylsa). Él era agricultor. Mi madre llegó de bebé a la colonia Cuauhtémoc; aquí creció. Mi hermano y yo crecimos aquí también. La casa de la abuela se convirtió en una parte fundamental de la vida cotidiana, y, cuando empezamos la escuela, estudiamos en los colegios que fundó Garza Sada. En 2020, regreso a casa de mis padres y visito a «las hermanas» (Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, MCSS). Algunas tienen diez años sin verme, otras dieciséis. Una me ve y me reconoce al instante. No me sé todos los nombres, pero me acuerdo de las caras de las niñas que eran de aquí, me dice con una sonrisa. Durante la entrevista oculto mi brazo para que no vean mi tatuaje, y luego pienso en el bordado feminista que tiene mi mochila, la chica encapuchada. Me sorprendo niña.

Las vecinas también me reconocen. Las más jóvenes me llaman “la hija de Azucena”, las mayores, de la primera generación, “la nieta de doña Mela”. Me hablan de tiempos más felices. Cuando eras niña, dicen, ¿no te acuerdas de que todos teníamos mucho jardín? Sí me acuerdo. Los niños crecimos mientras los primeros árboles de la colonia ensanchaban sus cortezas. Muchas personas plantaron naranjos, así que llegaban los meses de primavera y el olor de los azahares impregnaba las calles. Una vecina regalaba duraznos y otra regresaba el favor con una bolsa de nueces, las que caían de su nogal.

Tejo con Luis González y González:

“Terruño: lo que vemos de una sola mirada o lo que no se extiende más allá de nuestro horizonte sensible. Es casi siempre la pequeña región nativa que nos da el ser, en contraposición a la patria donadora de poder y honra. Es la matria, que las más de las veces posee fronteras naturales, pero nunca deja de tener fronteras sentimentales”

Mi terruño no es Monterrey. Mi terruño tiene forma de colonia de ciudad, porque se fundó cuando no era colonia y cuando San Nicolás de los Garza todavía no tenía grandes avenidas, las que ahora llevan a la universidad. Era terruño porque las personas se conocían por el nombre de pila y llevaban una vida colectiva. Tanto así, que cuando las monjas descubrieron que mucha gente no estaba casada por la iglesia, organizaron una boda comunitaria. Mis abuelos y el resto de los vecinos se casaron el mismo día.

No sé si es terruño todavía. A veces creo que sí, con toda certeza, porque me despierta el canto de un gallo. O me llega el grito ensordecedor «¡Guapa! ¡Guapa!», el loro de la vecina. Resulta que hay loros que viven muchos años.

“El amor a la patria chica es del mismo orden que el amor a la madre. A la patria chica le viene bien el nombre de matria, y a sus vecinos, matriotas. Y a la narrativa que reconstruye su dimensión temporal podría llamársele, en vez de microhistria, historia, historia matria para recordar la raíz”

“Emociones que no razones son las que inducen al quehacer microhistórico. Las microhistorias manan normalmente del amor (a veces feroz, a veces melancólico) a las raíces”

Cuando mamá me cuenta de su infancia, el timbre de su voz cambia y la emoción le sacude el rostro. Mamá repite historias que ya conozco para escucharse a sí misma, pero lo hace tan bien que vuelvo a ella cuando me preguntan cómo empecé a leer. Cuando ella habla, apasionada y fiel a sus narraciones, imagino cada palabra flotando en el aire, las cambio de lugar, juego con ellas. La microhistoria la hacen ella, las vecinas y las personas que hablan con ganas y nostalgia; es una expresión popular. La microhistoria me gusta porque es historia y, a la vez, existencia. Narración oral.

La parte frontal de la credencial de la clínica era una fotografía. Foto: archivo familiar.

Una de mis tías regresó a Monterrey hace poco, después de vivir más de veinte años en Veracruz. Le pregunto cómo se siente y me sonríe y dice que se sintió en casa desde que entró a la Cuauhtémoc. Me detengo a evaluar el planteamiento y me doy cuenta de que lo comparto. ¿Dónde empieza y termina el hogar? ¿Y cómo se relaciona con la propiedad privada? Un habitante de la colonia, alguien que creció aquí, puede sentirse en casa desde que pisa avenida Famosa. Camina entre los restaurantes y la zona de comercio, pasa frente a la iglesia, gira a la derecha, y toda la extensión caminada tiene la sensación de pequeñez y familiaridad. Lo comparo con mis últimos seis años en la Ciudad de México; con la casa en la que vivimos antes de que mi abuela muriera.

Empecé a escribir sobre la Cuauhtémoc hace un par de años. Me inspiró el distanciamiento físico que tuve de la colonia; me angustió pensar que pronto olvidaría las cosas que me fascinaban. Y también tengo la impresión de que la colonia se está transformando. Leo que la microhistoria viene de una compulsión por conservar el pasado y honrar a los muertos. Yo sé que a nadie le importará escribir sobre mi casa, y que yo puedo bajar al papel lo que he escuchado desde que nací. Esta sensación de relevancia es incomparable. Relevancia para mí, por supuesto. No se trata de cuánto leí o investigué, o si he llegado a cierto nivel de especialización. La microhistoria es una oportunidad de fundir mi crecimiento, mis intuiciones y mi amor profundo por el hogar. Aluzo porque amo.

Revisé algunos de mis textos y escribí otros parecidos, hasta que caí en la cuenta de que eran demasiado románticos. La añoranza por la infancia, la propia y la de mi madre, me entorpecía. Comparto un ejemplo:

«Camino por las calles y las siento quietas, y el tiempo corre lento y sin ganas. Las calles están vacías, pero las cubre un celofán rojo y el filtro de colores me devuelve a las horas largas de la infancia. Las hojas murmuran el aire soporífero de la tarde, el sol pica en la espalda y sí, cómo suenan las campanas de la iglesia, en todos lados y después sólo en la cabeza […] La visión de pueblo perdido me provoca desconfianza. La verdad es quizá menos emocional y difícil de entender, y se aparece a veces cuando admito la racionalidad. La luz es distinta de centro a norte, incluso en todas las ciudades de este país. Las horas se antojan lentas porque no hay qué hacer ni a dónde ir, sólo el fin de la conversación y la luz ordenan el tiempo. Las calles están vacías porque las personas tienen miedo».

Aquí soy engañosa. Finjo ser crítica de mi propio sentimentalismo, pero luego escribo un párrafo así y me echo de cabeza, de nuevo:

«Ayer encontré una centena de urracas en el parque. Estaban en los árboles, en el zacate que crece bajo los columpios, en las jardineras circulares con rosales y sobre todo en la tierra. De pronto la sábana negra levantó el vuelo, gorjeando, y dejó detrás una polvareda extensa».

¿Qué quiero escribir? Mis clases, mis profesores, mi vida académica también me insistían: ¿Pero qué quieres hacer? Es fácil escribir líneas con lirismo. Sólo tengo que hacer énfasis en el pasado celestial, la idea de crecer en la mediación entre el rancho y la ciudad, la vida colectiva que daba sentido a todo. Pero si quisiera entender qué ha sucedido con las personas, quiénes son, por qué están convencidas de que el lugar ha cambiado, eso no basta.

Converso con un matrimonio anciano, y la mujer me dice con tristeza que ya no queda nadie. El primer cambio es natural: la gente se está muriendo de vieja. Este matrimonio se iba de vacaciones con sus vecinos. Éramos como una gran familia, me dice, y luego mira a su esposo con amor. Éramos buenos vecinos, enfatiza él. Me cuenta que antes salían al porche a ver pasar a la gente, pero ya no pasa nadie.


Las nietas de la Cuauhtémoc íbamos al Colegio Isabel la Católica por las mañanas, caminábamos una o dos cuadras, y llegábamos a comer a la casa de nuestros abuelos. Mi madre y sus hermanas ocuparon los mismos salones que yo. La educación en tres palabras: buena, católica, barata. Las hijas de los trabajadores tenían el derecho, y lo tienen todavía, a un subsidio sustancial.

Antes, las hermanas instruían a las niñas en educación básica, pero también en religión y faenas prácticas, como costura y cocina. Yo no tuve esa educación sexuada, ni las tuve a ellas como maestras. Las veía como espectros que deambulaban por los pasillos, ofrecían regaños y expulsiones (pues eran las administrativas, las directoras), y, a veces, reían a carcajadas. Parecían pasarla muy bien entre los colegios, el convento y la iglesia. Las personas dicen que, antes, una hermana fungía como trabajadora social de la Cuauhtémoc. Pido detalles y me dan un ejemplo de sus labores: «Una vez una mujer fue y se quejó de su esposo porque gastaba todo el dinero en alcohol, y la hermana arregló todo para que se lo dieran a ella directamente».

El colegio comenzó a aceptar varones después de 2001, por requisito de la Secretaría de Educación.

Cosas que no han cambiado y saltan a la vista:

— El cuadro de Eugenio Garza Sada, que descansa sobre los pizarrones de todas las aulas, entre la Virgen de Guadalupe y un crucifijo. El retrato de la fundadora, María Inés Teresa Arias, no está en los salones, pero sí en la dirección.

— Los uniformes. Las faldas grises de tablones, los zapatos negros y las calcetas azules todavía son una visión común en la Cuauhtémoc.

— Las misas, el primer viernes de cada mes.

En su oficina, la directora dice algo que llama mi atención:

“Los niños aquí son mucho menos clasistas que en otros colegios. No lo digo porque sean creyentes, más bien porque todos son hijos de obreros o mandos medios. No son ricos. Hay gente que viene desde San Pedro y luego luego se nota la diferencia. Vienen de otros colegios y llegan diciendo que sus nuevos compañeros son nacos. Pero, pues, sus padres quisieron meterlos aquí. La gente confía en nosotras y nos busca porque les gusta la imagen de las monjas educadoras”, se carcajea.

El comentario me parece interesante porque sugiere que ya ha conversado sobre eso con las demás. Recuerdo algo que leí: la microhistoria está llena de paja. Hay detalles y nimiedades, pero el microhistoriador los recopila obsesivamente, como pequeños tesoros. Pienso que muchas veces lo esencial está ahí, a plena vista, porque son las otras personas quienes le conceden importancia.


Reproduzco otro fragmento de mis primeros textos, uno que también es emocional, pero mantengo porque considero verdadero. Un profesor me dijo que leía el amor en mis líneas, la emoción que me provocaba el tema. Lo dijo como una virtud. Le confesé que me daba miedo academizar mucho el texto que quería escribir. ¿Qué quiere escribir?, me preguntó. Supongo que algo que conserve el pasado y honre a mis muertos.

«Quizá los relatos son la reencarnación del recuerdo, pero cobran otro sentido para quienes han vivido aquí toda su vida. Estas personas conviven con el pasado de manera cotidiana, caminan por lugares que ahora se elevan, monumentos de antaño. Es el caso de mamá, que volvió a casa de mi abuela cuando ella murió, su casa de la infancia y después de la adultez. Hoy caminamos por la Cuauhtémoc, nos detenemos en un parque que divide el jardín de niños de la primaria, aquí donde coincidimos mi hermano y yo un par de años. Nos sentamos en una banca de piedra, helada por el frío de diciembre, y noto que ella se ha quedado callada mirando hacia los columpios. A esta plaza nunca vengo, dice. No le pido una explicación».


Para ahondar en las citas: González y González, Luis, Todo es historia, México, Ediciones Cal y Arena, 1989.

@apgarzag