Ensayo

Sala 1

Apagadas las luces de la Sala 1 de la Cineteca Nacional, no queda más que intentar concentrarse en la pantalla luminosa que una tiene enfrente. La estricta política de cero tráilers —acaso un brevísimo rezo por la utilidad de los tapetes sanitizantes y el gel antibacterial— convierte a este cine en uno de los más puntuales de la ciudad: si tu función es a las 5, la película empieza a las 5. Si no fuera porque hoy vine a ver una película de Buñuel, y porque toda película viejita es una novela in extrema res (primero salen los créditos), no tendría tiempo ni de saludar al amigo que llegó tarde y está sentándose en la butaca de al lado. 

Los optimistas pensarán que semejante política alteró las costumbres chilangas, que refrescó la puntualidad y la discreción. Error. Sólo explica la marea de espectadores que sube y baja por los escalones alfombrados, arrojando la luz del celular para inspeccionar el número de asiento, tirando palomitas y propinando por igual patadas y Perdón. Mientras tanto, en la pantalla desaparece el nombre del director, la obertura termina y el protagonista se presenta con voz en off: “Mi familia tenía una posición económica muy desahogada; era hijo único. Crecí al cuidado de una institutriz, pero no por eso dejé de ir adquiriendo todos los defectos de un niño mimado…”. Risas amenazan el silencio incipiente. ¡Chissst!  

Lidiar con un batallón ciego en busca de butaca es miel sobre hojuelas: después de todo, el cine es público y lo público es esto. Confieso, por mi gran culpa, que la verdadera razón por la que prefiero ir a Cinépolis entre semana es para no toparme con rostros familiares. Pues ir a la Cineteca es un juego de ruleta rusa en el que me ha tocado el resultado mortal: te sientas con tu cita en uno de los cafés y de pronto un ex profesor, borracho, arrastra una silla hacia tu mesa y te arranca sonrisas incómodas con preguntas impertinentes. Ni se diga de las personas que dejé de ver en vida y en la virtualidad, pero que en la Cineteca son zombis que se alzan del panteón de Coyoacán, recorren estantes del Educal y hacen fila en la dulcería. La provinciana capital no ofrece la posibilidad de ser anónima. 

A veces, sin embargo, voy. 

Ensayo de un crimen
(La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, México, 1955, Dur.: 89 mins.)

Archibaldo de la Cruz está obsesionado con la muerte desde que era niño, pero la casualidad siempre frustra todos sus intentos por llevar a cabo un crimen. […] Buñuel exhibe las estructuras y valores que enmarcan el deseo feminicida del presunto criminal, un individuo neurótico semejante a otros personajes “buñuelianos” como el Francisco de Él o don Jaime de Viridiana.

Razones por las que decidí ver esta película:

1) Es de Buñuel
2) El protagonista se llama Archibaldo de la Cruz* 
3) Dura 89 minutos

A Ensayo de un crimen la cobijan primero que Buñuel está muerto, luego sus 67 años de antigüedad y que es la adaptación de una novela policiaca, al final su humor. Quiero decir, por supuesto, que la cobijan del sobresalto que podría provocar una sinopsis así en México, en 2022. O en 1990, 1970, 1960… ¿habrá habido un momento adecuado para ver esta película?

El niño Archibaldo creció en una capital de provincia durante la Revolución mexicana, y allí presenció la muerte de su guapa institutriz por una bala perdida. La belleza no es gratuita: Agustín Jiménez gira la cámara hacia las piernas de la muchacha fallecida, y la mirada de Archibaldo cambia. El origen de su deseo sexual, sadismo y machismo está condensado en apenas dos minutos de rodaje.

La sinopsis ya reconfortó sensibilidades advirtiendo que Archibaldo, Archi, no le toca un pelo a ninguna de las mujeres que ansía matar en el Distrito Federal. Apenas somos testigos de su deleite al calcular cada paso: mentir, acechar, perseguir, sofocar, disparar, confesar el crimen. En uno de sus ensayos, Archibaldo compra un maniquí a imagen y semejanza de Lavinia, una modelo que lo visita en su mansión para una falsa cita de trabajo. Cuando la llegada de un grupo de extranjeros frustra su plan, lo vemos aventar el maniquí dentro de una cámara y tranquilizarse, emocionarse sólo al verlo arder: la cera derretida corre lágrimas por las mejillas de la dama escultural. A ojos de Archi es la misma Lavinia la que ha sido incinerada. No hay más que decir. En el traslado persona-objeto, Buñuel recordó lo que mi generación aprendió de Sid en Toy Story: las formas inanimadas palian la urgencia sádica. 

Es simpático Archibaldo, un maravilloso narrador. Diríase que, porque el muy manipulador abrió contando su infancia privilegiada, firmamos un contrato vinculante en el que nos obligaron a empatizar con él. Mas son las risas espaciadas, asombradas —detrás de mí una mujer soltaba “¡Ay, no! ¿Ahora qué va a hacer?” cada quince minutos— las que remueven los asientos con disfrute incrédulo. Las risas y los sustos unen más a una audiencia que cualquier tragedia o causa moral.

La pálida maldad de Archibaldo es la alucinación de un caballero rico, narcisista y obsesionado con las formas y su propia particularidad. Cuando Archi se casa con Carlota e imagina cómo será matarla en la noche de bodas, Alejandro, el amante de ella, irrumpe en la iglesia y le pega varios tiros. Fin. Muy a pesar del marco analítico de Buñuel, que se concentra en la semilla de la psicopatía y encarna personajes femeninos virginales o sexuales, Alejandro ejemplifica el genuino perfil del feminicida mexicano: el hombre común y corriente. 

Lo inverosímil es la culpa de Archibaldo por un crimen que no cometió, las irresistibles ganas católicas de recibir un castigo por su mente pecaminosa. Hacia el final de la película, el juez, risueño, le dice a Archi que si arrestara a todos los que alguna vez quisieron matar a alguien, la mitad de la humanidad estaría tras las rejas. “El pensamiento no delinque”. El sermón secular que le permite ir en paz a Archi, absuelto, también es comedia negra involuntaria. Hoy que abundan los culpables es mucho pedir que se abra una carpeta de investigación.  

*En la novela de Rodolfo Usigli, el personaje se llama Roberto de la Cruz. 

18:29 pm. 

Hay que ser medio salvaje para alumbrar rostros pasmados, idiotizados, todavía en medio de la vergonzosa digestión de imágenes y sonidos. Encender las luces en cuanto acaba una película es igual que recibir un cubetazo de agua fría durante el sueño profundo. El audible quejido colectivo tampoco ha logrado alterar esta práctica de la Cineteca, y temo que ya es demasiado tarde: se reanudó el bullicio de levantarse, sacudirse la ropa y recoger las bolsas del suelo. Algunos se ocultan en las notificaciones del celular, sonríen por memes y mensajes antes de salir resignados al mundo real. Las parejas se hacen ovillo unos minutos más, se besan y se acarician a pesar de la iluminada sala traicionera.  

Ensayo

Notas sobre el diván

Si hay un consenso popular sobre la medicina moderna, es que su objetivo debe ser curar enfermedades. No hablemos de aliviar el sufrimiento, prolongar la vida de los moribundos o acabar con su agonía. Tampoco nos pronunciemos sobre las vacunas, los antibióticos y los analgésicos; así se enardecen los debates. El anarquista Iván Illich publicó Némesis médica en 1974 para denunciar que la práctica médica puede dañar la salud. Los antropólogos médicos nos han advertido de la medicalización de la vida desde hace décadas. Y, aunque muchas personas asumen que el movimiento antivacunas está conformado por una muchedumbre inculta y bruta, entre sus defensores hay médicos como Andrew Wakefield, hoy famélico de credibilidad.  

Hablemos de cosas más lindas, como la curación. La curación es una fiesta. La celebran pacientes, familiares y amigos que cabecean en la sala de espera sobre vasos de café quemado. Un cirujano soporta con sonrisa que su paciente exclame “¡Esto fue obra de Dios!” al salir de la sala de operación, como si Jesucristo le hubiera arrebatado el bisturí para ejercer la intangible ciencia del milagro. Sabe que lo colmarán a él de chocolates, frutos secos, botellas de vino y —según me han contado— una pistola Colt envuelta en satín. 

Presenciar la curación intensifica la confianza en la práctica médica, la ciencia y el sentido del quehacer profesional. Esto no quiere decir que un niño sin cáncer vuelva más atractivo al médico, pero sí que su sanación cumple una función elemental: lo legitima. Cuando da de alta a su paciente, el médico confirma que es un especialista.

No es de extrañar que miembros de la comunidad médica desconfíen de prácticas cuyos métodos y resultados son invisibles, como el psicoanálisis. Su duda es hasta deseable. La universidad debería enseñar, ante todo, a sospechar y a reconocer charlatanes. Y sabemos que en el psicoanálisis abundan los charlatanes. Hace días leí una entrevista, fechada en 1989, donde preguntaban a cuatro psicoanalistas si sus pacientes expresaban distintos problemas sexuales en ese momento, en contraste a cuando ellos comenzaron a ejercer. Una psicóloga respondió:

El lugar del sexo […] sigue siendo, como antes, un territorio de anhelos desconsolados. Desconsolados desde que la palabra arrancó los cuerpos del seno de la Naturaleza y los condenó al amor y a la muerte. Desde que la palabra estropeó la carne, como diría Mishima, y la arrojó al tumulto de las pasiones humanas. 

No sólo nos dejó con un gran signo de interrogación, sino que también aprovechó para llevarse de encuentro a Mishima. Total, los muertos no se quejan. 

II


En la colonia xxx hay una casa que visito desde 201x. Una vez a la semana, camino cuesta arriba por la jacarandosa calle xxx y me detengo frente a un alambrado cubierto de trepadoras. Por la ventana se asoma un pastor alemán con las orejas al aire, juicioso y vigilante. K. atiende el timbre y abre la reja chirriante. Hola, pasa, pasa. La banqueta conduce a un zaguán veterano. Un día triste sepultaron los helechos y los rosales en macetas de piedra, arrancaron el césped, tendieron una cama de cemento y estacionaron el auto que comenzó a liberar un tufo a gasolina. 

La costumbre dicta que debo virar a la izquierda, girar el picaporte de la única puerta a la vista, y esperar que K. entre tras de mí y cierre con pasador. 

Acostada en el diván, frente a una pared armada con acuarelas infantiles y pinturas abstractas, caigo en la tentación. Imagino que uno de los cuadros es una avenida vista desde el piso diez de una secretaría de gobierno: los autos aceleran y se funden con el borrón rojo del semáforo; siluetas grises caminan agotadas hacia su fonda de siempre, saboreando con anticipación el plato de arroz con huevo y los chismes de la oficina. La pintura basta para que recuerde los pilares de la burocracia: la jarra de agua del día, la aventura sexual con el compañero de trabajo y la hora de Luis Miguel. 

Debajo del cuadro hay una mesita de madera con figurillas, guardapelos y estuches metálicos que reflejan la luz de la tarde. Desvío la vista del techo a los cuadros a los objetos mientras anudo mis manos y juego con mi liga del pelo. Pienso cómo sería tomar terapia en un tejabán, con la mirada fija en una pared atestada de útiles sartenes y ollas de hojalata, tal vez con un sencillo calendario de carnicería (vaquitas pastando), o de taller mecánico (mujeres rubias de senos redondos posando en traje de baño).

Si fuera más consistente, escribiría un artículo sobre la disposición de los muebles o sobre esta pintura, es decir, “El materialismo en el proceso psicoanalítico: Las implicaciones del orden espacial y las condiciones materiales de un consultorio personal en la Ciudad de México”. O algo así.  

III


En su perfil profesional, K. menciona que es especialista en trastornos de la personalidad, adicciones, sexualidad, intervenciones en crisis, depresión neurótica, desorden de ansiedad por separación, terapia familiar y más temas que googleo un viernes por la noche. La visitan dieciséis pacientes por semana. 

Un mes después de haber regresado al consultorio, abandono uno de los sillones individuales porque el contacto visual con K. está entorpeciéndome. Me acuesto en el diván. Bienvenida, dice ella. Ese día comienzo escuchar que escribe a toda velocidad detrás de mí. Me pregunto si hacer apuntes en una sesión de terapia es, para la analista, tan esencial para retener información como lo es para un estudiante en la universidad. Escribe tanto sobre mí como escribí yo en una clase sobre la Revolución iraní. Nombres: Ayatollah Khomeini, Mossadegh, Reza Shah, Bazargan. Lugares, fechas, hechos. Su escritura frenética disminuye, y después de un rato distingo el sonido de un trazo lento y sostenido. Intento adivinar lo que dibuja.

A espaldas del diván y del sillón de K. hay un ventanal. A veces pauso la libre asociación porque Se compran colchones y el traqueteo de la camionetita exigen que me calle. Aunque va contra el objetivo del espacio, también me gusta cuando las personas pasan por la banqueta e irrumpen en el proceso. Mujeres le gritan a sus hijos, niños corren detrás de sus perros y sueltan carcajadas envidiables. Son las cinco y afuera la tarde transcurre con gozoso movimiento. Aquí hay tiempo suspendido, forcejeo mental y dos o tres ideas en el aire.  

Sigo: “He pensado que…”. Me irrito sola al enunciar que pienso y luego aclarar qué. Hablo y hablo y hablo: la charlatana soy yo. A veces K. responde sorprendida, o se ríe. Cuando permito que el silencio se apodere de la habitación, pregunta despacio:

—¿En qué te quedaste pensando?

Me tomo mi tiempo para contestar. Recuerdo al niño de “Tachas”, el cuento de Efrén Hernández, que mira a través de un agujero triangular en la puerta de su salón de primaria y, en lugar de atender al maestro, contempla las nubes que pasan y se disipan. El niño Juárez, sin duda un monje en formación, presta más atención al silencio que al parloteo educativo:  

No sé porqué, pero yo pienso que lo que me hizo volver, aunque a medias, a la realidad, no fueron las palabras, sino el silencio que después se hizo; porque el maestro estaba hablando desde mucho antes, y, sin embargo, yo no había escuchado nada.

IV


Después de septiembre de 2017, después de escuchar varias veces la alerta sísmica, subir corriendo a la azotea de un edificio de nueve pisos, sentir cómo se tambaleaba el mundo y presenciar cómo mi vecina tenía un ataque de pánico, empecé a soñar con temblores. Quisiera saber si alguien ha levantado una encuesta sobre sueños chilangos después de los dos 19 de septiembre. Aunque le creo al profesor que me aseguró que no existe la interpretación general de los sueños, sino que aquéllos cobran significado en cada cabeza, me muero por leer una historia local de las pesadillas. Una historia de las pesadillas urbanas.

V


La paciente de psicoanálisis recita su dolencia y pide alivio. Al igual que los superhéroes y los villanos, la paciente tiene una origin story que explica por qué decidió iniciar el análisis. Perdió a un ser querido. Se separó de su pareja. La asaltaron a punta de pistola. La violaron. Su hija o hijo desapareció. También hay pacientes, los menos, que son la otra cara de la moneda: ellos han violado, asesinado o amedrentado. En la sesión 1, la paciente suelta información de sopetón. La analista escucha, a sabiendas de que no ha llegado el momento de internarse en lo que en verdad importa, apenas de rascar la superficie del sueño que ella tuvo ayer. 

En la administración pública le llaman bomberazo al deber urgente que paraliza las actividades cotidianas. La caída de la línea 12 del metro, por ejemplo. La línea 12 capturó la atención de incontables políticos y servidores públicos por meses. Mientras la televisión transmitía imágenes del vagón desplomándose en avenida Tláhuac, tras bambalinas la función pública suspendía sus labores ordinarias y comenzaba a atender el desastre. La mitigación llega con los meses. Los periódicos continúan imprimiendo noticias; a una tragedia la sucede otra, sobre todo en este país. Para los familiares de las víctimas y los sobrevivientes, el fuego nunca se extingue.

Paradójicamente, para que el proceso psicoanalítico nos lleve hacia algún lado hay que esperar que el bomberazo propio se apague. Lo último que nos hizo sufrir debe ser tan relevante como habernos raspado la rodilla a los once años. Como cáscara de naranja el dolor adelgaza, se endurece y se hace polvo, y al fin podemos mirar hacia atrás. El análisis no curó, sino el tiempo.

VI


Cuando paso la sesión 10 en el consultorio de K., y creo que ya no tengo nada que decirle, empiezo a contarle lo que estoy escribiendo. De pronto, sin saber bien cómo, convertimos el consultorio en taller literario. Ella repite la trama, el narrador y los personajes; interpreta. Pienso pedirle que señale las deficiencias de la historia y que me diga si le aburre. Lo mejor que puede ocurrirte en una sesión de psicoanálisis es sentir que te cae el veinte, que notas algo nuevo en lo que sale de tu boca. Pero en este momento la envidio a ella, receptora de tanta gente, y pienso que Augusto Bracho debió dedicarle su canción: Tú has escuchado más cosas/Que enfermeras y taxistas.

Ensayo

La muerte de Proust

Estoy convencida de que día a día desecho recuerdos significativos y existo nuevamente. No soy la niña que despertó un domingo por la mañana en el 2000 y se empapeló en hojas de periódico, ni la que descubrió paralizada una serpiente bajo los mosaicos rojos en el patio de la abuela. Tampoco la que antes habló con otras palabras y otro acento, ni la que amó semblantes oscurecidos por el tiempo. Y así hay días en que me descubro los mismos ojos castaños y las mismas mañas. 

Hace muy poco un profesor me dijo que tenía oficio de historiadora. Lo dijo con seguridad y orgullo, como si creyera que estaba corroborando mi sospecha más íntima, cuando en realidad es la primera vez que alguien sugiere lo que soy o lo que podría ser, la primera que lo reflexiono en verdad. Disfruto las declaraciones apasionadas de monjas, médicos, zapateros, cocineras, maestros y madres que dicen haber dado en el clavo; me convencen del placer que obtienen de sus jornadas cíclicas. Pero más disfruto el refugio de lo general, la alegría espontánea de saber un poco de cosas lejanas, la procesión de abrirme al mundo como la estudiante que el primer día de clases llega con la mochila atestada de libros y el estuche repleto de lápices de colores. Comprendí el comentario de mi profesor cuando escuché que los historiadores historian también su propia vida.

En “La autobiografía”, Mauricio Tenorio elogia la prodigiosa memoria de Salvador Novo y su habilidad para “capturar, en exactas cápsulas, el tiempo, el espacio y las palabras […] evocar con detalle exacto nombres, lugares, colores y sabores”. Novo es el escritor homosexual más guarro y estilizado de la literatura mexicana del siglo xx. Por Estatua de sal sabemos que sintió avidez por el cruising y que era un ciudadano ejemplar, pues le entregó a la vorágine urbana todo lo que ella exige de su población: sudor, carne y lágrimas. Sin embargo, asestó Tenorio con precaución, Novo se limitó a narrar “la fugacidad de la ciudad”, adicto como era al confort, los excesos y las aventuras, se concentró en la crónica y no dirigió su inteligencia a escribir textos que pudieran leerse con más distancia.  

Rumiar el pasado personal es una adicción seria: hay que rescatar relatos inútiles o mezquinos, contarlos en una suerte de invocación perezosa, preguntarse constantemente en qué momento brincaste de A a B, cuándo dejaste de ser una persona que diría tal cosa para repudiarla hoy. Es un ejercicio intelectual de nulo riesgo, pues nadie te conoce mejor que tú, nadie podría desmentirte o confrontarte. Basta con aventar migajas de pensamiento al traqueteo automático de la cabeza para desarrollar dos o tres ideas chirriantes. Sólo una sabe si ha afilado el pasado hasta convertirlo en una reluciente piedra de río o si lo dejó hecho pedrusco. 

De Joe Brainard a Georges Perec a Margo Glantz al anónimo que viene cabeceando en el metro, todos “nos acordamos” y anotamos el recuerdo donde podemos: en post-its, un blog, las notas del celular, Twitter, libretas de bolsillo, agendas, recibos arrugados que echamos al fondo de la bolsa de un pantalón. Los menos ignoran el cosquilleo de la inmediatez y colan pacientemente el recuerdo en una obra: allí reside la dificultad, en encender y apagar el recuerdo, enfriarlo para así delegarlo a la palabra. 

II 

A la par del genuino goce con el que paseo por los años vividos, me agobia considerar que la memoria es una falsa identidad y que, en consecuencia, puede alejar de una verdadera presencia. Seré más clara. Me preocupa que cuanto más erudita la memoria, menos capacidad de movimiento, que ciertos recuerdos sujeten mis brazos y piernas cual riendas. Peor: antes me aterró enclaustrarme en muros cuarteados con recuerdos y desistir del mundo que afuera reverdece. Mi propia experiencia me obligó a concluir que una persona traumatizada no es tanto alguien que revive angustias como alguien que habita el tiempo con destreza utópica, porque el pasado nunca deja de ocurrirle. 

El franco asombro de haber sido y haber hecho es un tónico que, o agita violentamente la conciencia, o la envenena al punto de la parálisis. En su ensayo “Memoria y tradición”, Ricardo Piglia escribió que en la literatura contemporánea el héroe vive en el instante puro, sin nada personal, sin tradición; héroe es el que mata el recuerdo, el que se inventa un pasado y una identidad. Me obsesionaron sus líneas en cuanto las leí: del mismo modo que Don Draper renunció a su nombre y fabricó una vida de hombre dandi en Manhattan, el héroe literario tiene el mundo abierto para sí y puede ser quien le venga en gana. Piglia sugirió que a este fenómeno podríamos llamarlo “la muerte de Proust”, porque ni la memoria ni el recuerdo personal son indispensables para ostentar una identidad. El héroe se enfrenta desnudo a su mítico destino, y así es más misterioso y varonil. Qué atractiva me resulta esta imposible vida literaria. 

Es cierto. El recuerdo de la madre que nos acuesta y nos besa antes de dormir no dice nada de quiénes somos hoy. La vaquita (¡mu!) que va por el caminito de El retrato del artista adolescente y se encuentra un niñín muy guapín, el artista-niño, dejará de atraer al artista adulto, ya vuelto con intensidad hacia la mujer que se baña en el río. Ni siquiera el trauma de una joven que ha sido violada la erige eterna víctima, insistió Virginie Despentes en su Teoría King Kong; ella es más que lo que le ocurrió, más que la suma de sus experiencias. 

La tesis es clara: la libertad es posible, la identidad no está grabada en piedra. El pasado puede sacudirse como el polvo de un abrigo de segunda mano. Por más nostalgia que te despierte el sabor de aquel trozo de magdalena sopeado en té, Marcel, ¿no sería preferible proseguir con el festín? Habría que ser un loco o un misántropo para deambular por ese devastado recodo mental, tan repleto de espinos y animalejos, de luz enceguedora que lentamente quema la coronilla y las ideas, con el engañoso fin de conocerse a sí mismo. Al menos eso pensaba mientras respondía la serie de pruebas psicométricas que me ordenó un posible empleador, sin previo aviso, un martes por la tarde. 

    Sin razón, en ocasiones usted siente un miedo intenso y súbito 

    Le gustaría más vivir en medio de un bosque que en una ciudad

    Usted se mira en el espejo y confunde la derecha con la izquierda 

    Usted se mira en el espejo y no se reconoce

    Usted evita mirarse al espejo

¿Me miro con fijeza? ¿Es un espejo de cuerpo completo o uno redondo, de tocador, empañado por el agua de la regadera? Deseé interrogar a la prueba con agresividad similar a la que me sometía. Un vistazo sería suficiente para comprobar que tengo el mismo rostro que ayer, pero si abro el grifo del lavabo y dejo correr el agua mientras encaro una mirada prolongada, el desperdicio de líquido abriría camino a la turbación. Tendría noticias de mí: lo profunda que es la tierra de mis córneas, el preocupante lunar que nació en mi párpado mientras dormía, la marca de nacimiento que recorre la piel cercana a mi oreja izquierda y que descubro sólo a veces, de reojo, cuando soy osada y me inspecciono de perfil. Me evaporo en la imagen de mí misma. Soy un borrón, un relámpago de desconocimiento, polvo. 

¿Y qué hay de oír mi voz grave en una grabación, ver por primera vez una fotografía que alguien tomó de mí? ¿Me reconocería? 

III

Hasta aquí iba mi ejercicio sobre la identidad, la memoria. Era un sábado silencioso, estaba encaramada sobre el sillón deshilachado de una sala en la que ya no vivo. Tenía en el regazo un ejemplar manchado de café de Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, que el amable mensajero-ciclista de la librería Jorge Cuesta me había entregado unos días antes. Iría quizá por la página ciento y pico, ya absorta, cuando volví sobre mis pasos para releer los pasajes subrayados y pensé un guijarro más. 

El pueblo de Ixtepec describe el tiempo como un inmóvil globo de vidrio donde los personajes están obligados a existir de manera repetitiva. En la novela, el tiempo no transcurre como lo pensamos —de atrás hacia adelante—, sino que cada instante es en sí mismo “tiempo petrificado”; y el porvenir, “la repetición del pasado”, es una afrenta a la percepción lectora, a la actividad que inicia en la página uno y termina en el punto final de la última página. Los recuerdos del porvenir es una propuesta filosófica que no es ajena a la tradición que la precede. En cristiano, los personajes literarios existen fuera del tiempo (sí, existen: porque se siente el peso de su existencia). Si en los libros el tiempo es una experiencia subjetiva, individualizada al fin; en Los recuerdos del porvenir el manejo artificial del tiempo es autorreferencial. Paradójicamente, como alguna vez escribió George Steiner, es la ruptura de nuestra noción del tiempo la que proporciona un sentido de realidad a la ficción. 

A lo que iba. Escritores y lectores no corremos con la suerte de los personajes: estamos condenados a conversar con el mundo que hemos habitado. Pero esa condena puede ser también una hazaña. Si soy incapaz de soltar el pesado trajín de lo transcurrido, si soy incapaz de abandonar mi noción del tiempo, me dedicaré a saltearlo con memorias que no son mías, de nadie, hasta crear un monstruo de terribles proporciones a cuya sombra pueda dormir con tranquilidad, con la certeza de ser también lo que no soy. Las memorias ficticias se funden con la memoria vivida, la nutren— como escribió Piglia: cada día trabajamos con la memoria ajena sin darnos cuenta. El lenguaje memorioso se purifica con palabras, imágenes, sensaciones, relatos radiantes que abandonan la boca de quienes amamos. Estos son nuestros tiempos petrificados. 

Me esfuerzo ahora por empezar mi nueva autobiografía. Recuerdo la semana que Jo March se encerró en su ático a leer con compulsión lunática hasta quemarse las pestañas. Recuerdo versos de Villaurrutia: 

Amar es una angustia, una pregunta

una suspensa y luminosa duda;

es un querer saber todo lo tuyo

y a la vez un temor de al fin saberlo. 

Recuerdo el horror de la Sunamita, y el mío, cuando su tío moribundo estiró el brazo y le agarró el trasero. Recuerdo la inmensa pena de Bola de Sebo cuando su villa miserable la rechazó después de que se prostituyera por el bien común. Recuerdo la muerte de un burócrata común. Recuerdo, con claridad tremenda, la orden que acataron los Pevensie para llegar al Paraíso: “further up, further in”. Con más fidelidad, color y agudeza que ciertos días que viví en carne y hueso, lo recuerdo. La memoria engorda con la acumulación de hechos pasados, intepreta y otorga sentido, encandila. La memoria engaña. No es individual ni, propiamente, colectiva: es una fiesta bulliciosa de memorias en el silencio contemplativo de la propia. Sólo aquí tenemos la posibilidad de desdibujar nuestra identidad.  

Ensayo

La separación de los amantes

El último encuentro es el espectáculo más dramático en la vida de los amantes. Debe ser porque el espacio entre dos cuerpos antes fundidos se antoja eterno, o porque es allí donde ambos firman un contrato silencioso que obliga al desconocimiento. A partir de ahora seremos dos extraños. Giraremos la cabeza si nos topamos en la calle. Callaremos si escuchamos el nombre del otro en una conversación. Olvidaremos lo que nos revelamos en la cotidianidad. La separación niega el pasado y un posible destino, se convierte en una violenta referencia de muerte. 

Imagino un desenlace. Mi pareja está en la última mesa de un café triste. Hay reclamos. Súplicas. Miradas cargadas de desprecio. La visión definitiva de una espalda yéndose: él ha echado a andar por fin. Dejó con crueldad su taza tibia, mancillada en los bordes, sobre la mesa. Un abanico solitario da vueltas en el techo. Imagino a la persona que se queda con el rostro sepultado en las manos, que a su vez imagina cómo cruje la grava bajo los pies del que se va, cada zancada más lejos. Es el ser abandonado, escribió Igor Caruso en La separación de los amantes, quien dota de sentido a la despedida y arrastra consigo el pesado cadáver del amante.  

Por lo menos algo se insinúa en esta postal: la fractura de los amantes inicia con la espalda. 

En la inolvidable escena del avión de juguete de Chungking Express, el policía 663, Tony Leung, pasa una tarde enclaustrado en un apasionado mundo privado con su novia, la aeromoza que eventualmente lo dejará. “What a difference a day makes” de Dinah Washington suena en el fondo. El policía 663 planea una réplica de avión en el aire sofocante; persigue a su novia por el diminuto apartamento entre risas, la empuja contra la pared, forcejean, se besan. Wong Kar-wai dirige con cuidado la escena icónica: ella esconde una sonrisa boca abajo en la cama, semidesnuda y sudorosa, mientras él acaricia el arco de su espalda con el avión. Un retrato perfecto de los amantes amándose. It’s heaven when you find romance on your menu, canta Dinah. La espalda es territorio de profunda intimidad y las despedidas ocurren porque la espalda existe. ¿Es posible dudarlo? Pues el día que ella se dé la vuelta y exhiba impúdica la parte posterior de su tronco, cuando lo prive de sus ojos crispados y de sus labios finos y arranque con la ligereza de una niña que corre hacia nuevas aventuras, él presenciará un adiós. 

Desde el psicoanálisis Caruso describió los mecanismos de defensa posteriores a la separación: agresividad, indiferencia, la catástrofe del Yo, odio, pulsión de muerte. Uno mata simbólicamente al otro para seguir viviendo; hay hombres que desplazan el afecto hacia una nueva pareja casi al instante, añadió. La aproximación de Caruso es esquemática, culta, masculina —no por nada dialoga con Freud y Marcuse— y estudiable. ¿Quiénes lo leen? Los psicólogos, sin duda. Sospecho que también lo leen personas abatidas, hombres y mujeres que han sufrido un desengaño o sobrellevan el final de una relación tormentosa. Si el lector que imagino atisbara de reojo La separación de los amantes en los estantes de una librería, en la mesa de recomendaciones, entre novelas y biografías aparatosas de pensadores y políticos, algo brincaría en su pecho. Poco importa si no comprende la contraportada. A sus ojos Caruso deja de ser un escritor oscuro y sofisticado y se convierte en un autor de autoayuda. Es decir, La separación de los amantes puede ser, al mismo tiempo, un libro de teoría y un “libro de Sanborns”; y, especialista o no, el lector que acuda al libro en busca de consuelo difícilmente lo encontrará. Para eso sería más útil recurrir a una cantina y escuchar a José José predicar que el amor acaba, el amor acaba, rodeado de una muchedumbre borrosa. (“Porque el sentimiento es humo/Y ceniza la palabra”). 

La hermosa Catherine Deneuve se topa con su primer amor en el final de Les parapluies de Cherbourg, el musical rosa de Jacques Demy. La guerra en Argelia impidió el futuro imaginado de Guy y Genevieve. Él partió con el ejército francés. Ella, tras descubrir que había quedado embarazada, se casó con un joyero parisino y dejó Cherbourg con remordimiento. Años después, Genevieve atraviesa los caminos nevados en un auto último modelo, ataviada con un abrigo de piel y tacones negros, en compañía de su tierna hija Françoise. El destino la detiene en la gasolinera que atiende Guy, quien vive con su esposa Madeleine y su hijo, François. Descubrimos que Guy y Genevieve eligieron el nombre que habían planeado juntos para sus hijos hipotéticos. Sus ojos se encuentran a través del vidrio y ambos se paralizan. Seguirán momentos incómodos, vacíos. Antes los amantes cantaron la balada romántica de Michel Legrand al separarse: No, jamás podría vivir sin ti/No podría, me moriría […] Mi amor, te esperaré toda mi vida. Y sin embargo aquí están. Ella no esperó a que él volviera de la guerra. Ambos han vivido, y felices, sin el otro. Cuando Madeleine expresa su inquietud y pregunta a Guy si ha dejado de pensar en Genevieve, él contesta con simpleza que quiere hacer su vida con una mujer, como si una las contuviera a todas. Desplazar al ser amado es otra forma de asestar el golpe fatal.

Genevieve llora en brazos de Guy el día de la despedida
El reencuentro

Pienso ahora en la separación de dos amantes que no se conocen. Amantes que se quisieron sólo un momento. Hay una doble sorpresa en atizar el fuego crepitante y verlo extinguirse sin más.

En “El beso”, uno de los cuentos más leídos de Chéjov, una brigada de artillería que se ha detenido en la aldea Mechtonki recibe una invitación para tomar el té. En casa del teniente general Von Rabbek los oficiales se revigorizan, beben, saborean platillos, contemplan a las damas perfumadas. El oficial Riabóvich, el más tímido de la brigada, bajo de estatura, más bien mediocre y gris, observa el cotilleo de la cálida tertulia con indiferencia. No se une al juego de billar, donde se han congregado los hombres, ni presta atención a lo que discuten las señoritas. En el cenit del relato, Riabóvich se interna por equivocación en un cuarto oscuro al deambular por la casa; una presencia desconocida lo recibe jubilosa en el umbral y le planta un beso fresco en la mejilla. La estrujante muestra de afecto tiene el efecto de un eficaz estimulante: después del beso la mirada de Riabóvich se agudiza. Lo inundan unas locas ganas de bailar y reír. Se enamora de la sombra que se lanzó a sus brazos y la echa de menos. El encuentro inesperado abre el panorama de Riabóvich. El mundo que conoció en el cuarto oscuro insinúa las pinceladas rojas que han estado ausentes en su miserable existencia: no es ya una mujer en particular la que lo hace sufrir, sino la certeza de haber vislumbrado un destino. 

 En On the beach at night alone, la película de Hong Sang-soo, el narcisista alter ego del director parafrasea al poeta coreano Park Chong-hwa para enmendar las cosas con su joven y rencorosa amante, a quien abandonó para volver con su esposa: “Déjalo ir. Un amor que sofoca debe desecharse. El anhelo que te oprime, friégalo, lávalo. El dolor incesante por la separación —y la angustia, más grande, por el encuentro—: déjalos ir. Échalos al viento”. Ella escucha indiferente con la mirada clavada en algún punto sobre su hombro. La hemos acompañado en una lenta travesía de amor, descubrimiento, despecho y dolor que culminó en odio. Es un odio palpitante, confuso y empapado de sufrimiento. No es odio. Son las bocanadas desesperadas de alguien que casi muere ahogada y se rehúsa a volver al mar, a considerarlo siquiera.

Más apabullante que el duelo y el olvido es la certeza de que todo es finito. “Es muy difícil sentirse sostenida en el mundo, en general”, me dijo una amiga la última vez que la vi. La elección del verbo sostener me atrapó e imaginé sus palabras escritas desde que las pronunció. Sostener en mí evoca literalmente a una persona refugiada en brazos de otra. No se esconde ni pretende que la lleven consigo; es un acuerdo tácito de intimidad. La interpretación freudiana sería que fuimos expulsadas del vientre materno y que a partir de ahí no hay refugio que se le asemeje. En una comparación atrevida y acaso repulsiva, la separación es ser expulsadas una vez y otra de la fantasía del retorno al vientre. El llanto del recién nacido y de la persona abandonada tienen eso en común: la separación es despertar otra vez en un mundo hostil.  

Orfeo y Eurídice fijaron la vara para medir las despedidas poéticas. En la secundaria versión de Ovidio, Orfeo descendió a las profundidades para recuperar a su amada Eurídice, muerta por la maliciosa picadura de una serpiente. En las tinieblas lo recibió Perséfone, quien aceptó retornar a Eurídice al mundo terrenal con una condición: que en el camino hacia la superficie Orfeo no girara la cabeza para mirarla. El héroe aceptó. Ascendieron. Pero antes de cruzar la laguna Estigia, donde Carón aguardaba en su barca para remarlos a la felicidad, Orfeo dudó por un segundo de la presencia de Eurídice, se giró y de inmediato ella se hundió en la oscuridad. Murió otra vez, narró Ovidio, y no se quejó de que Orfeo le hubiera fallado: ¿de qué podría quejarse, si la amaba así?

La pintura de Christian Kratzenstein ilustra el momento anterior a la metamorfosis de Eurídice. La ninfa, a punto de precipitarse y ascender en volutas de gas, extiende sus brazos hacia Orfeo por última vez. Sus labios entreabiertos sugieren un llamado, quizá el intento frustrado por pronunciar el nombre sagrado. No decirlo es igual a morir.

reseñas

La escritura doliente de Cristina Rivera Garza

He considerado de reojo, entre líneas, la historia de Liliana Rivera Garza desde que leí el último párrafo de un fragmento de libro que publicó CRG en The Paris Review, en octubre pasado, titulado “The Language of Pain”. Ahí leí por primera vez que su hermana menor, Liliana, estudiante de arquitectura de la UAM Azcapotzcalco, fue víctima de un crimen: la madrugada del 16 de julio de 1990, Ángel González Ramos, su exnovio de la prepa, penetró su vivienda y la asesinó. Jamás fue detenido. El feminicidio de Liliana nos obliga a formular ya fatigosas preguntas sobre violencia patriarcal, la responsabilidad de quienes vuelven la cabeza, el ansiado derecho a la libertad de las mujeres. Pero porque fue la hermana mayor de Liliana, la escritora más conocida de la familia Rivera Garza, quien escribió aquel texto, en él también brilla una inquietud personal de CRG sobre su oficio a la luz de la tragedia: ¿Por qué escribo? ¿Qué hago con el dolor?  

Reconocer, nombrar lo que sucede en sociedad —“el hecho social”— y legitimar el sufrimiento es un forcejeo constante y, a veces, infructífero. Nadie lucha más consigo mismo que quien no encuentra palabras para expresarse. Nadie se lamenta más que quien descubre la palabra, el concepto reluciente y novedoso, que describe puntualmente una tragedia de hace tres décadas: feminicidio. Si en algo ha avanzado el movimiento feminista en México, en América Latina, es en la poderosa capacidad de pronunciar. La lengua rueda; hablamos, acusamos, describimos con precisión, exigimos justicia por la violencia tipificada. No debemos tomarla por sentado, esa conciencia límpida del hecho con nombre. Y la culpa no era mía/ ni dónde estaba/ ni cómo vestía.

CRG concluyó que ella no escribe para rodear el dolor ni para huir de él, sino para darle la bienvenida: escribe “to grieve”. ¿Y qué verbo escogemos en español? ¿Vivir el duelo, atravesarlo? En el libro al que pertenece el fragmento, un título de ensayos y crónicas de 2011, ella misma eligió Dolerse, “la escritura doliente”. CRG escribe para pensar por medio del dolor, como mujer que avanza entre matorrales, y para tendernos, después, su hallazgo. Debió pasar un periodo de enfriamiento, de lentísima resignación, para que comenzara a escribir la novela cuidadosa, sensible, que clama justicia. Así arrojó su último libro la escritora, así llegó a librerías la historia de Liliana.

En Autobiografía del algodón, CRG ya había hilado su narrativa y su historia familiar con investigación documental y trabajo de archivo. El invencible verano de Liliana se sostiene sobre un archivo acaso más difícil de recorrer e interpretar, un archivo contenido en pocas cajas de cartón: los diarios, las cartas, agendas, recados y recibos casuales de “Lili”, la muchacha contemplativa que llevaba un diligente registro de su vida. De su puño y letra surge la voz que se adueña de las páginas. Su influencia es tal que abarca la acertada elección del título, el invencible verano que se origina en una cita de Albert Camus y arde en el corazón de Liliana. Por lo demás, los diarios de Lili pasean por sus relaciones afectivas con compañeros de la universidad, sus ilusiones y arrebatos, y vuelven a una inusual y llamativa resistencia a “ser poseída”: Liliana tenía una fijación apasionada con la libertad.  

El trabajo de recopilación, clasificación y exhibición de la voz que ya no está, bajo la estricta lupa narrativa de CRG, es tan importante como el desarrollo de la trama. Liliana está muy viva en los recuerdos de la autora, los de sus padres y amigos. En los múltiples testimonios, que CRG transforma en narradores y personajes, que añade como entrevistas semiestructuradas hacia el final del libro, la presencia de Lili es abrumadora. Los estudiantes de la UAM que acompañaron a la joven durante sus últimos meses de vida, Ana, Manolo, Raúl, etcétera, apresaron su recuerdo, sin duda afectados por la pérdida traumática de su amiga, y la evocan con claridad. Puedo recordar ahora, por la repetición de sus descripciones, la visión de Liliana: alta, esbelta, guapa, su pelo largo y lacio, sus lentes redondos y doraditos, su rostro sin una gota de maquillaje. Y luego, ella: amable, buena onda, tomboy, graciosa, inteligentísima. No le costó echar raíz en la memoria. 

En cambio, la entrecortada presencia de Ángel González Ramos y su aura oscurecida auguran el final de la novela, el que conocemos de entrada. El exnovio posesivo, asesino, es una sombra lejana, pero palpable, en las reflexiones de la autora sobre la incapacidad de su hermana por nombrar el peligro mortal que la acechaba. Sin embargo, esta historia no es sobre Ángel González Ramos, feminicida; tampoco, propiamente, sobre el feminicidio de Liliana Rivera Garza. Es un retrato amoroso de Lili, con todo lo que conlleva la existencia de una niña y, después, una veinteañera amada: amigos, risas, proyectos escolares, cervezas en la habitación de una chica foránea en el Distrito Federal, cine, curiosidad intelectual, enamoramientos fugaces y olvidables, correspondencia familiar. La búsqueda y las andanzas incansables de CRG no ofuscan la anhelada presencia de su hermana. Triunfó CRG al retratarla, no sólo como víctima, sino como Liliana. Sólo por el grueso y apabullante marco del duelo, evidente en las respuestas lúgubres de sus padres en entrevista; por los lamentos de la autora y la crónica íntima de cómo sobrelleva latigazos cotidianos de dolor; sólo por eso lo sabemos: el recuerdo de Liliana está envuelto en luto. 

Justicia. 

  • Rivera Garza, Cristina, El invencible verano de Liliana, Random House, 2021.

Ensayo

Malas lectoras

“Don’t read like children, like vacation readers on the beach, like escapists, like fundamentalists, like nationalists, like antiquarians, like consumers, like ideologues, like sexists, like tourists, like yourselves.” 

Michael Warner

Pasta suave 
Crecí en una casa con libros, casi todos de mi mamá, pero nunca me inculcaron un fetiche por el libro-objeto. Libro que me daban era libro que brutalizaba. Manchar las páginas con café o jugo, doblar las hojas, subrayar con marcatextos; olvidar el libro en el asiento trasero del carro, donde el sol pegaba a través del vidrio caliente y decoloraba la portada; nada era un crimen. No sabía del culto a los libros. En casa había ejemplares de Porrúa y Tomo, números de Proceso, Letras Libres y Nexos, libros de fantasía y ciencia ficción, de autoayuda; también de texto, viejos, forrados con plástico, clásicos, de Borges, García Márquez, Kafka, Guy de Maupassant, las Brontë. Daba igual quién editaba, quién traducía, de qué tamaño era la letra y si las páginas eran ásperas o brillosas.

Por años no tuvimos un librero. Uno sobre otro, los libros crecían torres en el cuarto de mis padres, en contacto regular con el polvo que levantaban los aironazos de julio. Tampoco había espacios dedicados a la lectura. Leíamos en el carro; tiras de Mafalda durante los trayectos cortos; novelas y cuentos en la carretera. Leíamos en los peldaños fríos de la sala, con el débil soporte de una almohada; ahí también estudiábamos. En el banco, las plazas, el supermercado. 

Hay que leer así para entender que la concentración es un lujo. Como leer. Nosotros éramos desordenados, despreocupados y ligeramente corregibles. A la larga es costoso serlo, cuando te exigen métodos, pruebas y excelencia. Pero en la infancia, como introducción y lavado de cerebro, para que la niña lea sola, no sé si existe más disfrutable manera de leer. 

Hace semanas un amigo examinó el libro que yo iba leyendo. Era una edición de Penguin Classics, un paperback, un “pasta blanda” que a mí me gusta porque se contorsiona; lo doblas para que quepa en la mochila, lo aplastas. Está feo, el papel está feo, me dijo él. El papel de Penguin es delgado y translúcido, barato. En cambio, los libros de pasta dura son bonitos, pero rígidos. Exigen que una se siente en la mesa, que abra la edición con cuidado de no tronar la espina, no someterlo a presión excesiva. A veces es imposible rayar las páginas. Por eso son buenos regalos: son caros, tienen el lomo grueso, colorido y elegante, así que lucen bien en tu librero, en las fotos y en Zoom. Si quieren sentirse ridículos, intenten leer un libro de pasta dura en la playa, en el monte o en el transporte público. No están hechos para circular. 

Lectoras críticas
Imagino que una mala lectora, hoy, se vería como yo algunos días, cuando leo medio distraída, con el celular, atenta a las notificaciones de WhatsApp que iluminan mi pantalla, o intercambio tuits, veo memes y respondo mensajes cada tantas páginas; cuando el estruendo afuera de mi ventana es tal que renuncio al libro y me paro para averiguar qué está pasando. Leer es sinónimo de resistirse a las tentaciones externas, entrar en modo avión, cerrarse al mundo: es un tímido experimento de concentración. Puntualmente, también encarné a la mala lectora el día que cerré Moby-Dick en la página setenta y dos y no volví a abrirlo. Fui ella cuando me preguntaron, en una entrevista-interrogatorio, qué había leído del siglo xvii, y admití que nada, ni una sola palabra, además de los poemas de sor Juana y sus cartas, que todas hemos leído y entonces, lógicamente, ninguna entendimos. 

Una buena lectora ha leído los clásicos y exhibe pruebas. Los conversa tranquilamente, con placer, como si paseara por calles familiares. Nada más ordinario, nada más sencillo. 

Es bien sabido que hay buenos y malos lectores. Los buenos lectores son críticos, tienen un bagaje amplio, habitan un mundo poblado de libros, ensayos, artículos, teoría y ciencia, poemarios, obras, música. Leen con lápiz en mano; corrigen a los autores en el margen de las páginas sin dudarlo. Son políglotas. No regurgitan información cuando han terminado de leer; observan en silencio lo que no se halla en el texto, aluzan, arrojan pensamientos, contribuyen a la conversación. La lectura crítica engarza las perlas de intelectuales que llevan veinte, treinta años leyendo sin parar. Llevan muchos más años leyendo si contamos las horas de lectura de sus antepasados, y no sería injusto hacerlo: la lectura crítica es, en buena medida, una herencia. 

La obsesión por atravesar esa metamorfosis movediza y convertirnos en buenas lectoras llega muy pronto, muy tarde o nunca. No sé qué es más afortunado.  

Escapistas
Mme. Bovary era una mala lectora, aunque leía como loca, era lo único que hacía. Leía tanto que su suegra le sugirió a su esposo mediocre, Charles Bovary, que le quitara los libros. Emma sufría ataques de fiebre, agotamientos y tenía depresión. Nosotros sabemos que ya está pensando “¡Dios mío! ¿Por qué me habré casado?”, que está arrepentida del precipitado matrimonio y la lectura es su único consuelo. Para su suegra, Emma está exhibiendo los síntomas de una enferma o histérica. Para la academia, para las universidades, para las lectoras del siglo xxi que leemos a Flaubert, Emma es epítome de una mala lectora: emotiva y conmovible al borde de las lágrimas. 

Madame Bovary no tiene interlocutores ni amigas que la escuchen, así que se refugia en la narrativa. Esconde su semblante desesperado en novelas gordas y absorbentes. Se compadece de sí misma, se busca en las heroínas, fantasea; aborrece visiblemente a su marido, un médico fracasado, mojigato y patético. Es un cliché. Profundamente romántica a pesar de su infelicidad, Emma todavía cree que el amor es una solución existencial; de allí que caiga en las trampas de los amantes que se va encontrando. Hacia el final de la novela, Emma ha aceptado las mentiras de la ficción y las ha hecho suyas: creyó en las promesas seductoras de sus pretendientes, confundió la vida con la narrativa y pagó sus errores. Comparte padecimientos con don Quijote. 

He hablado de malas lectoras por una razón que adelanto ya. La cruzada contra los malos lectores es, en muchas ocasiones, una cruzada contra el mundo de mujeres que hemos “leído mal”. En su libro pionero de 1984, Reading the Romance: Women, Patriarchy, and Popular Literature, la crítica literaria Janice Radway entrevistó lectoras del medio oeste estadunidense. Sus entrevistadas eran apasionadas del género bodice-ripping, que con seguridad ustedes conocen: portadas color pastel, hombres musculosos que abrazan jovencitas caderonas, apretadas en corsets; los rostros enmarcados en cabelleras espesas; ella blanca y con escote pronunciado, él moreno y fiero. Novelas eróticas y románticas, despreciadas igualmente por hombres y feministas.

“We read books so we won’t cry”, le dijo una de las entrevistadas a Radway. En un inconsciente y magnífico performance de Madame Bovary, las mujeres acuden al género para huir de sus vidas cotidianas, de maridos violentos, apáticos o feos, del aburrimiento. Radway concluyó que los libros eróticos canalizaban el sufrimiento y el tedio de las vecinas. Aconsejó, sin embargo, que la protesta debía entrar al espacio público, no establecerse en la soledad de su imaginación ni en las prácticas lectoras. También se dirigió a las feministas y pidió comprensión: la lectura, antes que lectura, es un hecho social. 

Pienso en otra gran lectora de la literatura: Jo March. La más popular de las Mujercitas es mucho más difícil de clasificar. Jo fue escapista, muy al principio, cuando inició su paseo literario y devoró libro tras libro. En su rotundo rechazo a la feminidad, en su decidido deseo no sólo por igualar a los varones en libertad, aventuras y espíritu, sino también en talento literario, Jo se adecuó fácilmente a las exigencias del canon masculinizado. Renunció al amor romántico, que nunca le interesó. Como Emma, Jo se hinchó de historias, escenarios, dramas, poesía, por placer y a veces por escapismo; como escritora, se distanció con prudencia de los textos y leyó críticamente para escribir los propios. Jo dio el salto. 

Erótica de la lectura 
Desordenada, acrítica, mala, atenta o culta, la lectura no se me antoja virtuosa. Lo más incómodo del argumento, para quienes lo usan, debe ser describir la buena lectura. ¿Habrá una lectura tan crítica y pura, que resulte buena? Es fácil adivinar que los malos lectores, según estos juicios, han sido entorpecidos por su contexto. Las instituciones, las injusticias, la educación, las experiencias nos conducen a elegir ciertos libros y cómo los leeremos. Más ejemplos de “bad reading”, según Merve Emre: la lectura burocrática, informativa o revolucionaria. Los pedestres tienen las de perder. 

Pero ya dije que no voy a defender nada. Sí mencionaré un punto de otra persona, porque me gustó. En un capítulo de Reading Today, Stefano Rossoni escribió que la lectura indisciplinada de Madame Bovary atiende el llamado que hizo Susan Sontag en 1966, en Against Interpretation: “in place of a hermeneutics we need an erotics of art”. Rossoni cree que Emma bebió el antídoto que buscaba Susan Sontag. Emma lee con entrega, deseo y sensualidad; no le interesa el rigor, el conocimiento ni el estudio. Tal vez leer mal, o leer eróticamente, significaría no renunciar al cuerpo. En lugar de dejarlo atrás, en favor de la concentración absorta y la perfecta torre de marfil, estaríamos conscientes de él, de sus latidos, ruidos, susurros, sudores y emociones, del hambre y la sed. Sería una lectura viva, atravesada por la existencia. (¿Habrá, para los escritores, otra manera de sentarse a escribir?). 

Imaginemos a una muchacha que lee. 

A orillas de un ojo de agua. 
Su espalda contra un ahuehuete. 
A su lado alguien duerme. 
Ella misma está quedándose dormida en la tierra, entre brotes y retoños. 
El libro se le resbala entre las manos.  
Despierta cada tanto, se talla los ojos, bosteza. 
Un perro sucio atraviesa el cauce. 
Chapotea con las orejas bien paradas, cojea. 
Ella lo mira y él a ella. 
Esculca en su morral. Pela una naranja, los gajos vuelan. 
El olor penetra las páginas. 
Alguien despierta. 
Recibe besos en la nuca. En la espalda. 
Sigue leyendo. 

Ensayo

Provincia

Por varios años, desde que me mudé a la Ciudad de México, sufrí cada vez que volvía a Monterrey. Me acechaba una congoja severa cuando dejaba la ciudad. Para mí la vida se hallaba en el centro del país, con el bullicio y la velocidad abrumadora, y no en los rincones despoblados del norte ni en sus cielos azules. ¿Qué concedía ese poderoso magnetismo a la capital? En mi caso, la aglomeración de carteleras de cine, librerías, museos, universidades y conciertos; la promesa de una “oferta cultural”, si hablamos de la cultura que se imprime, numera y vende en boletos de cartón.   

Era imposible rehuir el vacío en el estómago cuando despegaba el avión. Durante el descenso observaba, extrañada, los rectángulos de tierra y las montañas despintadas. La sombra del metal alado se cernía sobre la pista ardiente y sobre mí, y  yo me preguntaba, de nuevo, qué estaba haciendo en Monterrey. ¿Y qué se compara al gozo de aterrizar de noche en la Ciudad de México, después de planear sobre su mundo de luces parpadeantes? ¿Con la visión de las miles de serpientes que transitan por sus calles y avenidas? ¿Con el vacío límpido y negro del lago de Texcoco, en el que una desea, a veces, zambullirse, como si se tratase de una alberca maravillosa? 

Emigrar para estudiar en la capital es igual a decir: hay algo allá que aquí no. La idea se convierte en sentimiento. Hay algo aquí que me abraza con brazos férreos, me retiene, me convence de que existo. Estoy viva. Aquí cobré vida. En este lugar aprendí, hablé, amé, lloré, sufrí, me quise morir. La aspiración sofoca y nubla el pensamiento. La contaminación droga. El eco del Periférico persigue. Perisur se abalanza con su sonrisa de esfinge. La Cineteca Nacional acorrala, incisiva: ¿Esta película también la pasan en Monterrey? Las librerías se amontonan: ¿Sólo tienen una Gandhi y un Fondo de Cultura? ¿No leen, o qué? Los peatones corren, caminan apresurados, sueltan codazos pendencieros para ganarte la entrada al vagón del metro. Hay mucho que hacer, el día es corto y las jornadas, largas. La ciudad está saturada y es nuestra. 

¿Qué vi la primera vez que un taxi me recogió del aeropuerto? Torres de Jenga. Luego, la desnudez impúdica de una urbe a la que no la protegen las montañas. Sólo los volcanes se asoman, tímidos, en los días más despejados, y me recuerdan que sí hay algo oculto entre la neblina y la nata, un montón de rocas calientes. Pero la mirada topa, aquí y allá, con espectaculares, edificios y segundos pisos. Me abrumó el ruido, atronador e incesante, de los taladros, las camionetitas, los elotes, el fierro viejo, el Metrobús, los camiones que aceleran para llegar a su destino. Hay que esquivar el mundo para escudriñar el cielo; hay que buscar un rincón arbolado, semivacío, para estar en paz. 

¿Qué es provincia? Me recordé niña, echada en la cama de mis padres. Con el control remoto viajé por todos los canales de la tele abierta, ida y vuelta, una y otra vez. Me detuve ante la visión más curiosa: un hombre mayor, blanco, diminuto, ataviado con un jumper rojo. “¡Los cuates de provincia!”, gritó. La voz, escuálida y temblorosa, salió disparada de su garganta como un silbido. Chabelo era mi única referencia de esa palabra.

Para mi cumpleaños veinticinco, mi amiga Josefa me regaló un dibujo del Cerro de la Silla que ella misma pintó con acuarelas. El contorno definido contiene la gama de verdes y cafés que eligió para la elevación. En el fondo grumoso, azul, espolvoreó nubes suaves. Acertó en la curva característica del cerro, que se hunde en el medio y luego repunta con sutileza. En la esquina inferior derecha garabateó la fecha con un marcador de punta fina. La postal está apoyada en mi escritorio, frente a una pequeña pila de libros: Diecinueve poetas contemporáneos de Nuevo León, una antología que encontré en una librería de viejo de la Roma; la Crónica regiomontana de Salvador Novo, el raquítico panfleto publicitario que escribió Novo por encargo de Cervecería Cuauhtémoc; la Historia breve de Nuevo León, de Israel Cavazos e Isabel Ortega Ridaura. Son para mi tesis, me dije al comprarlos, aunque no tenía mucho sentido. Quería leerlos. No sé cuándo me convertí en una persona a la que una amiga podría regalar un dibujo del Cerro de la Silla. No sé cuándo me interesó reevaluar mi relación con Monterrey, el norte, “la provincia”. 

El año pasado mamá hurgó en una caja de plástico transparente y desempolvó el acta de nacimiento del abuelo. Me mostró las líneas que le habían llamado la atención: “Ha nacido un niño indígena de raza blanca”. Mi abuelo, que no habló ninguna lengua indígena. Que no conoció a sus padres. Que se inventó el apellido dos veces, porque no sabía cómo se llamaba. Pero sí hubo tlaxcaltecas, muchos, en la Villa de Guadalupe. Allí se asentaron en el siglo xviii. Las pastorelas y la danza de los matachines son prueba de la herencia indígena. El norte, cuyas fronteras fueron una convulsión continua de trazos, albergó poblaciones más diversas de lo que se cree. El acta de nacimiento de mi propio padre dice lo mismo: niño indígena de raza blanca. Como diciendo “Es blanco, pero no se confundan”.

Recuerdo a mi abuelo. 

El abuelo era un frágil jarrón de porcelana en la salita de su casa. Tenía que agacharse para atravesar el umbral. Arrastraba todo el peso de su cuerpo, con dificultad, hacia el sillón. Era una visión en el grueso uniforme de mezclilla, las matavíboras en las que enfundaba sus pies, el casco que apenas disimulaba su pelo ralo. Las quemaduras insinuaban una piel por completo roja bajo la luz incipiente del candel. El abuelo suspira. Acomoda su reloj de pulsera en la muñeca izquierda. Lo revisa cada pocos minutos para asegurarse de que no ha perdido su único tesoro por los amplios ademanes que hace al hablar. Ese reloj parece de catrín, dice la abuela, te lo van a robar en la parada si te sigues yendo todo emperifollado. Él la ignora. Se sienta, abre las piernas hasta donde puede, y pide un cigarro. La abuela ríe como si él hubiera contado un chiste. Se levanta, sin embargo, y pone una olla sobre el fogón. Echa hojas de naranjo en una taza. Al final, agrega una cucharada de miel y revuelve el brebaje. Lucas bebe tragos largos. El líquido atraviesa el gaznate y se asienta en la panza. Ahora el agua dorada convive con el humo negro del carbón que lo despierta, de madrugada, con violentos ataques de tos. La abuela espera que la bebida baste para apaciguarlos. Ay Lucas, dice, es que te la vives trabajando. Sí. Su frente, todo él es caliente y tostado. Cuando tengo frío me recuesto en el pecho del abuelo. 

Mi recuerdo es falso. Lo fabricó mi imaginación. Mi abuelo murió quince años antes de que mis padres se conocieran, a los sesenta y cinco, de una enfermedad pulmonar. A veces pienso que llegué a la capital para pensar en él. La atracción que sentí al llegar, la ilusión enamorada, se evaporó como rocío en la madrugada. A veces pienso que vine para que me zarandearan. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Quiénes son tus padres y quiénes tus abuelos? Moverse es una fantasía y, a veces, una prisión. La ciudad saturada. Pero también es una imagen panorámica. La mía se extiende desde las montañas, la tierra, la abuela en la mecedora, la vergüenza que me enrojecía el rostro cuando me recogía del jardín de niños con su vestido desteñido y los huaraches que dejaban entrever sus pies; hasta los rascacielos, los edificios, el Colegio helado, las suaves corrientes de aire de la biblioteca. Mi corredor se extiende del vocabulario mutilado al nuevo acento. Pero cuando escribo, vuelvo. Escribo mucho y sobre cosas que no sé. Escribo para conocer a mi abuelo y recordar, con el ceño fruncido, a mi abuela.

Provincia. O como escribió Amado Alonso: “No hay estilo individual que no incluya en su constitución misma el hablar común de sus prójimos en el idioma, el curso de las ideas reinantes, la condición histórico-cultural de su pueblo y de su tiempo”. 

Narrativa

Caro

Su nombre era Belén Carolina, pero nunca quiso usarlo. No me sorprendió descubrir, años después, que había empezado a referirse a sí misma de otra forma.

Era una niña de ojos rasgados y oscuros. Cuando abría la boca evidenciaba dos cosas: tenía los dientes amarillos y un retraso en el habla. No podía articular bien, la voz se le atoraba en la garganta y hablaba hacia adentro. Era una alumna torpe, la peor en matemáticas. Lloraba cuando nos daban los resultados de los exámenes, las tareas, los ejercicios de geometría que hacíamos en hojas cuadriculadas. Quería que la llamáramos Freddie, como Freddie Mercury, pero no lo hacíamos porque un día la maestra escuchó que alguien le pedía un lápiz a Freddie y se escandalizó. Le decíamos Caro.

Durante los recreos Caro comía sándwiches envueltos en aluminio y fruta oxidada. Se sentaba en la misma banca todos los días y nadie quería acercársele porque siempre cargaba novedades sombrías. Tenía el aura pesada y nosotras soñábamos con tener novio, caminar por el centro y acampar en las playas fronterizas, donde dicen que el sol se desploma en segundos, como pelota en caída libre, y a la luz tibia del atardecer la suceden ráfagas de viento helado y áspero.

Caro repelaba. Para ella no había futuro. No se imaginaba en otros lados ni haciendo otras cosas. Su semblante enfadado se volvía siniestro cuando despertaba con alarmantes granos bulbosos que se multiplicaban en su nariz ancha. Pesada y con fatiga, Caro reptaba por los pasillos como si sus zapatos estuvieran llenos de guijarros, y su joroba absorbía toda nuestra diversión.

Un día fue a la secundaria con pantalones y la madre Teresa se enojó. Después de exhibirla y amonestarla por su apariencia varonil, la madre la encerró en el armario de limpieza y ahí la dejó todo el día, en la oscuridad, con las escobas, los trapeadores y los líquidos detergentes, porque nosotras no sabíamos que la había olvidado, creímos que sólo se trataba de un castigo excesivo y cruel. A la una cuarenta y cinco, cuando sonó el timbre de salida, la madre Teresa dejó caer el gis mientras apuntaba la tarea en el pizarrón, dijo ¡Madre santísima! y corrió al armario, donde encontró a Caro hecha ovillo en una esquina, con lágrimas corriéndole por las mejillas, y ella le echó una mirada de reproche que, ahora sí, le refrescó la memoria cada tanto hasta el día de su muerte.

Otro día llegó a la escuela con el pelo empapado de gel. Nos dijo que se había peinado con el rizador de su madre y que ella la había jalado al lavabo. Después de sumergirle la cabeza en agua fría, la señora le endureció la cabellera con el líquido pegajoso y hediondo del frasquito para castigarla por su vanidad. No supimos cómo consolarla. Mague le preguntó por qué se había rizado el pelo, si los chinos eran tan feos. Era cierto. Fátima tenía una mata espesa de rulos, un nido de pájaros sobre su cabeza de tabique, y todas sabíamos que era la niña más fea del salón.

No respondió. Suspiró y fue a sentarse a su banca, miserable.

Nunca vimos al señor. Caro evitaba hablar de él y se turbaba si alguien mencionaba a su propio padre. Retorcía las manos sudadas bajo el pupitre con desesperación y se quedaba callada, esperando a que la conversación virara a temas más agradables. Solía contemplar a los hombres que atravesaban el portón metálico del colegio, los electricistas y los plomeros que revisaban los desperfectos de las instalaciones, los administrativos que caminaban junto a las monjas con aire de importancia. La maestra dictaba verbos frente al pizarrón y Caro espiaba por un cachito de la ventana, un triángulo de fondo rojo por el que atisbaba pares de zapatos lustrosos. Las carcajadas la enloquecían. Pedía permiso para ir al baño y en el camino observaba fijamente a los caballeros de bigotes bien peinados, los que dejaban un tufillo a colonia en el aire. A su regreso hacíamos bolitas de papel y las lanzábamos a su espalda, riéndonos, y ella dejaba caer una cortina de pelo para que no le adivináramos el pensamiento.

Sus padres estaban separados, pero no se habían divorciado. El señor enviaba cheques por quincena y la señora era una mujer despuntada y rigurosa. Era escritora. Varias veces nos tocó leer cuentos suyos en el libro de español de la SEP. “La sopa de letras de Josefa”. “El tío Alberto está enojado”. Mi favorito, “La nutria que se zambulló en el fin del mundo”. Eran historias maravillosas. La maestra hacía énfasis en la identidad de la autora y le sonreía a Caro con complicidad desde su escritorio, como si creyera que para ella era un placer subrayar el nombre materno con el dedo índice, saborear el sonido de la tinta negra y nítida en su lengua. Pero Caro no podía leer ni un párrafo de corrido. Su lectura en voz alta era atroz, todavía más lo eran sus mejillas radiantes de humillación que nos obligaban a apartar la vista.

Caro creció con un aya. Así empezó a llamar a doña María cuando leímos fragmentos de El jardín secreto. Doña María era una mujer gorda y amable. Tenía cejas tupidas y oscuras como gusanos quemadores. Durante las asambles hurgaba en las profundidades de sus bolsillos manchados de aceite, donde escondía dulces de cajeta, y nos tendía los envoltorios rojos de celofán guiñando el ojo con rapidez. La mano rechoncha volvía al regazo acogedor y se engarrotaba, aprensiva, cuando era el turno de Caro de subir a la tarima. Doña María vino a todos los bailables hasta que se murió. La atropellaron en el centro, frente a la refresquería que está en la calle Vicente Guerrero, un día que fue a la Parisina a recoger unas telas. Eso lo supimos por El Norte, que publicó una breve nota con el título “Atropella camión a muchacha en el centro”. Caro no fue a la escuela ese día, ni el siguiente, ni toda la semana. Se apareció el lunes próximo, y durante los honores a la bandera vimos cómo enjugaba lágrimas con su brazo tembloroso en el suéter del colegio, llenando de mocos la manga azul marino. Tenía doce años y su madre pensó que ya no necesitaba que la cuidaran, así que se quedó sola, sin aya.

Le perdí la pista después de la secundaria, entre el torbellino de niñas que dejaban la escuela, se emparejaban con novios más grandes o se iban a la ciudad con sus primas.

La vi una sola vez, en el cine. Iba saliendo del brazo de Antonio. Habían proyectado Abismos de pasión en el parque de béisbol. Era la primera vez que veíamos algo así. Los besos de lengua. Los abrazos apretujados. La promesa de muerte ante la terrible posibilidad del amor perdido. Antonio se inclinaba, cariñoso, hacia mí, me susurraba frases tiernas y yo lo escuchaba, nerviosa, cuando la vislumbré junto a la verja de entrada. Vi su cabellera larga y negrísima. Luego escuché su voz inconfundible. La taquillera tenía una mano huesuda sobre su hombro y la guiaba hacia la salida con suavidad, ignorando sus protestas enfadadas. Entendí, por la escena, que la mujer se negaba a venderle un boleto para la siguiente función. Creía que Caro tenía retraso mental.

Apenada, jalé el brazo de Antonio para que se diera la vuelta y saliéramos por otro lado. No mencioné siquiera su nombre.

Seguido me hallaba pensando en ella de la manera más mezquina posible: enumeraba sus defectos y sus desgracias, y luego me sentía ventajosa, más libre y querida que la pobre Caro.

Fue mamá quien, en una llamada, me contó que se la había encontrado en el mercadito, el primer sábado después de Navidad. Dijo que la había visto muy cambiada, más blanca y ojerosa, con el pelo a rapa y aretes grandes, aunque antes fue tan recatada y sobria. Era un cambio radical para una mujer que ya insinuaba arrugas. Dijo que Caro puso una expresión muy rara cuando ella la saludó, que la agarró del codo y le pidió que la llamara Rosario, ya nadie la llamaba Caro. Aquí mamá se murió de risa en el teléfono y tuve que alejar el auricular hasta que se compuso. Se da lujos de rica pero ni sabe hablar, dijo, qué bárbara.

reseñas

«Hebras» de Esther Seligson

Lo que mueve a Seligson es el paso desenfrenado del tiempo, la infancia, la familia. Las despedidas. Así lo revela la autora desde el epígrafe de Edmond Jabès: “Todo libro se escribe en la transparencia de un adiós”. Hebras tiene el tono de un texto que se escribió de manera impúdica. Aquí no hay pretensión alguna de separar la emoción propia y su consecuencia intelectual.

En “Luciérnagas en Nueva York”, la escritora le habla a su nieta recién nacida. ¿Cómo ha sido la vida desde tu nacimiento?, parece preguntarse, y así redescubre el jardín de la casa que habitan tres generaciones de mujeres: las plantas y los bichos minúsculos, el atronador ladrido del perro, las fragancias de los nuevos pétalos. La perspectiva romántica predomina en la descripción de los espacios, en el agradecimiento por la sola posibilidad de vida y su manifestación en la nieta, porque con ella la abuela renació.

Redescubro contigo lo que de por sí es único y pronto olvidamos sumergidos en nuestras rencorosas soledades de adulto. Y lleva razón el poeta al reclamar del alma su infantil capacidad de asombro, de entrega, de anhelo

Estamos bebiendo café en la terraza del Centro Cultural Elena Garro. Hay una fuerte corriente de aire y hablamos apretando los vasos humeantes. Es invierno, no sé de qué año. Tampoco sé cómo saco el libro a colación. El punto es que Marcela me dice: No me gusta Seligson, es muy rosa, muy meh. Literatura rosa. Me quedo pensando. ¿No es otra forma de referirse a su narrativa como «prosa poética»? Eso ya lo escuché en otro lado. ¿Por qué me gusta a mí?

No entiendo cómo se modera el lenguaje poético, si debería hacerse siquiera. Aceptamos una verdad irrefutable: Chéjov es el maestro del cuento porque muestra al lector “lo que sucede” y no elabora en cosas que “no aportan” al relato (ahí suele terminar la afirmación, difícilmente alguien se aventurará a complejizarla). La conclusión es obvia: se desalienta la manipulación excesiva del lenguaje. Quizá no hay respuesta. Hay autoras como Seligson que reconocen y celebran el papel fundamental de las emociones en la creación literaria; y otros que la acusan de melodramática o chantajista, pues creen que dirige al lector, lo obliga a la experiencia estética.

Los complejidad de los primeros movimientos infantiles avanza a la par del lenguaje. En la infancia es imposible nombrar lo que acontece, y después, cuando podemos formar palabras, hemos olvidado lo que sintieron nuestros dedos al palpar por primera vez. Por eso la narradora se esmera en plasmar las impresiones que atestigua en su nieta (su reacción ante el sonido de las campanas, los ojos luminosos del gato sobre la maceta, las flores de tallo alto y pesado), con la lucidez que sus años le permiten: sus palabras están dirigidas a la niña futurizada, la lectora adulta.

La fijación en el lenguaje y la edad, y la fascinación por el asombro infantil, se repiten en “Retornos”:

Si tornara a vivir de nuevo, me gustaría ser una de mis nietas, que me cuenten las historias que conté y me contaron, abrir desmesuradamente los ojos, oídos y memoria, empalmar sin tregua amaneceres y crepúsculos, redescubrir el gozo de cada saber, las texturas del color, la inagotable filigrana de las letras que van haciéndose sílaba, vocablo, palabra, dibujando en el aire […]

Seligson, en el afán de volcar sensaciones y contactos primitivos en su escritura, acude, inevitablemente, a la poesía. Su prosa va y viene cual gato aburrido, entre la sutilidad estética y la descripción explícita. Aquí radica su encanto o fatalidad, dependerá ya del lector: en sus abstracciones del mundo y su audacia para notar las cosas más pequeñas, como “la mariposa atrapada entre el vidrio y la tela de alambre en la ventana, que empezaría a aletear en cuanto disminuyera la luz”. El relato rinde homenaje a la inspiración creadora.

El lector puede desgastarse por el tono romántico de la narrativa, pienso, si la lectura se reduce a un conjunto de adornos o frases rimbombantes. Si la prosa se sostuviera por completo en la combinación de palabras fortuitas, la narración sería pretenciosa, cansada, exhibicionista. Me gusta Seligson porque supo conciliar el relato y la unión entre el lenguaje y su sensibilidad; la forma y el estilo, me entero después por personas que saben mucho; o lo que se ve y lo que no se ve, para la mayoría. En Hebras lo memorable no es lo que sucede, sino lo que se muestra: la casa de la abuela, la madre joven, el acercamiento a las manos infantiles, el jardín que crece sin algo que le detenga, como planta trepadora, devorándolo todo.

La infancia es una oportunidad fugaz de cercanía física con el mundo. Pero el retorno a la infancia, a través de otro, también es una oportunidad de redescubrir la palabra y lo místico. “Jardín de infancia” es el relato fantástico de otro jardín, evocado por el sueño de una narradora sobre “el niño que fue y la niña que quiso ser y la niña que fue y el niño que quiso ser”. En el sueño, los niños emprenden la búsqueda de “la puerta de las siete alegrías” por invitación de serafines alegres pero de origen dudoso, quienes recitan adivinanzas y cantan música conocida: naranja dulce limón partido, dame un abrazo que yo te pido, reproduce Seligson, y el final del relato llega, brutal, con un destino trágico que ya se insinuaba en imágenes previas:

Al alba los ángeles recogen los cuerpos de los niños destrozados entre las patas de los caballos igualmente descabezados…

Despierto. La mariposa sigue ahí. Recuerdo que, mucho antes de saber quiénes eran, yo ya había escrito sus nombres en mis cuadernos escolares.

De tin, marín,
de do, pingué,
cucara, mácara,
títere fue.

De los relatos y textos que componen Hebras, destacan los que juegan con visiones alucinantes y fantasmagóricas, con la extensión del mundo onírico en una realidad aparatosa. Y como los niños que buscan lo inasible, el lector lee y relee en busca de significado. Hemos entrado al reino infantil de las canciones y las rondas. El lenguaje se endulza con la provocación de la memoria y la nostalgia, porque basta un verso para ubicar en geografía, remitir a una vida cotidiana específica, a la propia infancia. ¿Pero qué significa? ¿Significa algo, hay acaso un motivo trascendental de la escritura que el lector puede desentrañar, o es la pura compilación de lo que, para Seligson, fue la belleza? Es ese pensamiento, agraciado por la ambigüedad, el que seduce. No hay falta.

Seligson, Esther, Hebras, México, Ediciones sin nombre, 1996.

Cultura

Cecilia o el arte de ver las cosas

En “The Art of Seeing Things”, el naturalista estadunidense John Burroughs invita al lector a reparar en el complejo mundo natural, a observar de manera más precisa cuanto nos rodea:

El ojo ve aquello para lo que cuenta con recursos para ver, y estos recursos son directamente proporcionales al amor y al deseo. Al ojo lo informa y lo agudiza el pensamiento. Mi hijo ve patos en el río allá donde yo no los veo, porque en ciertas temporadas él piensa patos y sueña patos.

Burroughs glorificó las improbables virtudes de los granjeros, rancheros y pueblerinos. Las ciudades engendran el mal; el campo, el bien. Su pensamiento es radical, una vuelta de tuerca al concepto de civilización, pues para él ésta se encuentra, en realidad, en la vida campestre.

Leyéndolo algo me zarandeó. Es cierto, mucho se nos escapa al andar. El gorjeo chirriante de los canarios. Los retoños en las grietas de la banqueta. Los escarabajos de colores. Las enredaderas que suben por los postes que alumbran el camino. ¡Las señales del clima! Esa vida pasa inadvertida porque hay otra, más apremiante y nítida, que exige constante vigilancia.

Los sonidos y objetos humanos y artificiales se nos imponen, son parte de nuestro ámbito, por así decirlo; pero la vida de la naturaleza hemos de descubrirla por el camino, pues es tímida, retraída y se funde con un vasto fondo neutral.


Cecilia Ledesma estudió Biología y Ecología en la Humboldt State University, en California. Su familia es de Chiapas. Cuando era niña, en casa de sus tíos y abuelos había mascotas exóticas, monos araña, guacamayas y tortugas lagarto, porque era lo normal. “Ahora yo estoy limpiando sus pecados”, dijo riéndose.

Nos conocimos en la prepa y tenemos años sin vernos, pero irrumpimos en el celular de la otra con likes, reacciones en Instagram y mensajes esporádicos. El archivo de Cecilia es verde, café y azul, pero no es intencional ni ella cuidadosa: sólo fotografía el cielo, la tierra y distintos cuerpos de agua. Su perfil lo habitan cabras, lagartijas, pulpos, ajolotes, cervatillos, lagartos y quetzales.

Cecy trabajó en un centro de rehabilitación de animales silvestres, en Guatemala. Estudió animales que rescataron —o decomisaron—, víctimas del tráfico ilegal vinculado al narcotráfico: loros, monos, ocelotes, jaguares. En uno de los momentos más memorables de su estadía, la atacó un mono. Ella lo vio impulsarse, enseñar los dientes y prepararse para morderla, y se desmayó del susto. (Leyendo un borrador de este texto, Cecilia sugirió que aclarara que al mono no lo motivó la maldad ni nada semejante: me explicó que, como pasan mucho tiempo encerrados en jaulas, también desconfían de los biólogos).

Su tiempo en Guatemala la convenció de que quiere dedicarse a eso.

“Me encanta la etología. No me laten los animales domésticos. Los veterinarios, por ejemplo, sirven a la gente, porque trabajan con animales individuales, con dueños humanos. Yo prefiero trabajar con grupos de animales silvestres”.

Me envió el reporte sobre un grupo de guacamayas criadas en el centro de rescate. “Es muy sencillo porque se presentó al gobierno para liberarlas en un área protegida. Mi trabajo aquí fue más que nada un estudio de comportamiento para determinar si eran liberables o no”. 

Cuando dice que el reporte es “sencillo” se refiere a que no usó estadística avanzada, por consideración a los funcionarios públicos.

Nature fakers

Hablamos sobre los ensayos de los naturalistas. A Cecilia le dan risa sus descripciones melosas. “O sea, ya hablar de cómo los pájaros levantan el vuelo entre nubes de noséqué, pues ya es mucho choro”. Admito que a mí me gustaron las cursilerías de John Burroughs. Su prosa tiene algo poderoso: se ciñe a la realidad sin escatimar en sus impresiones. Alguna ciencia en lenguaje poético.

A inicios del s. xx, Burroughs estuvo en el ojo del huracán. La polémica estalló por la publicación de School of the Woods, de William J. Long, fechado en 1902, donde el autor describe cómo los animales “entrenaban” a sus crías y se comportaban de manera individualizada. Burroughs escribió una denuncia furiosa contra el texto, acusándole de incorrecto y engañoso. Long había dado rienda suelta a la imaginación.

En el debate hubo una contradicción importante. La literatura de nature realism hizo de los animales sus personajes, antropomorfos, sentimentales y fantásticos. El libro de Long se presentó como un puñado de observaciones «verdaderas», similar a los ensayos de Burroughs, pero se trasladó silenciosamente al género narrativo. Es comprensible reclamarle sus falsas vestiduras. Sin embargo, la controversia se extendió a las obras de Jack London, White Fang y Call of the Wild, que habían gozado de excelente recepción. La crítica acérrima de Burroughs —y del presidente Roosevelt, que en un momento insólito hizo de crítico cultural y acuñó el sofisticado insulto nature fakers— exigió fidelidad también de las novelas.

El mandato por narrar «la verdad» de la naturaleza se entiende por la ocasión histórica: los estadunidenses vivían los primeros años de aprendizaje colectivo, público e impreso, sobre el mundo natural. Aquellos autores que pretendiesen ser “realistas” estaban en deuda con sus lectores, sin importar el género de su obra. De la polémica sólo se salvaron los cuentos de hadas y las fábulas, pues aquéllos iban contra el sentido común. No había duda de que no pertenecían al mundo de lo real.

Ser científica

Le pregunté a Cecilia si se consideraba científica y se revolvió en su sillón. “Híjole”, dijo. Podría decir que lo es, por su título, porque usa el método científico. Pero adscribirse bajo esa palabra tiene significados implícitos. “Naturalista” tiene una acepción amable con el medio ambiente; es una vocación afectuosa, apasionada y noble. Llamarse «científica” es incluirse dentro de un grupo de profesionistas. “Como que te imaginas a alguien encerrado en un laboratorio y usando bata blanca”, dijo Cecy. Una caricatura.

Cecilia experimenta, emplea técnicas rigurosas, confía en lo que aprendió en la universidad. Lo que la detiene de tomar su carnet de científica no es el método, ni una crítica fundamental al sistema productor de conocimiento, sino algo intuitivo y personal: la autoperceción. Es como si, al llamarse científica, el afecto que siente por la naturaleza se mancillase.

Días después me escribió por WhatsApp:

[21:42, 7/13/2020] Cecilia Ledesma: Empecé a leer Consilience de Edward O. Wilson1 (un señor biológo muy acá de Harvard pero escribe cosas buenas) y menciona los tipos de científicos y me acordé de que me preguntaste si me considero científica y en ese momento como que no la pensé bien y te dije que no

[21:43, 7/13/2020] Cecilia Ledesma: Pero sí soy! Jajaja

Abrir el cuerpo

¿Cómo se cultiva la sensibilidad hacia la naturaleza si crecemos en ciudades? ¿En la escuela, con un libro de texto? ¿En campamentos de verano? ¿Con cápsulas informativas o campañas de difusión? Cuando le pregunté por el instante en que reconoció su atracción, Cecilia me habló de sus viajes al sur, de un curso que tomó en un zoológico. Tenía cuatro años.

Ambas cursamos biología en nivel superior. Nunca lo había pensado, pero ella me hace notar que la clase estuvo centrada en anatomía, biología homocéntrica. Se dejó un espacio insignificante para la ecología y los animales, y cuando sí los estudiamos, fue con conceptos, gráficas, procesos a grande escala. En la escuela no hay veredas para estudiantes de otras disciplinas.

Wes, el esposo de Cecy, es músico. En sus paseos ella se detiene a observar animales, bandadas de pájaros o alguno que planea solitario. Él solía esperarla a lo lejos, pero después de la repetición incansable de ese ritual, comenzó a imitarla por curiosidad. “Dice que quería saber qué era lo que me llamaba la atención”. Concluimos que el cuerpo es decisivo: salir, caminar, recorrer, palpar, explorar, absorber, descubrir. Los libros nos refieren a la existencia ajena, pero cuando el cuerpo se involucra, se abre el mundo.

Cuando te subes a un vagón de ferrocarril, quieres un continente, y el hombre en su carruaje precisa un municipio; pero un caminante como Thoreau encuentra tanto y más en las orillas de la laguna de Walden.

*

Cecy tiene más cosas en común de las que cree con John Burroughs. Fue ella quien empezó a contarme de la mirada silenciosa y el amor. Cuando volví a preguntarle cómo podemos sensibilizarnos a otras vidas, me respondió, “Yo creo que entre más observas a los animales y la naturaleza, más afecto sientes. Y más vivo sientes todo”. Y me recordó estas líneas del señor naturalista:

El secreto, sin duda, es el amor por esa práctica. El amor agudiza la vista, el oído y el tacto, acelera el paso, estabiliza el pulso, te pertrecha contra la humedad y el frío. Lo que amamos hacer, lo hacemos bien.

Burroughs, John, El arte de ver las cosas, trad. A. González Hortelano, Madrid, errata naturae, 2018.


1. Dice Wikipedia: «Consilience: The Unity of Knowledge is a 1998 book by the biologist E. O. Wilson, in which the author discusses methods that have been used to unite the sciences and might in the future unite them with the humanities».