Narrativa

Marcha fúnebre en el estilo de Callot

In memoriam M. E.

Se abrió la puerta del salón 2244 y un estudiante ojeroso, con sus manos en la bolsa de la sudadera, escapó como si escondiera algo o quisiera mostrar que tenía frío. La voz anapéstica del sociólogo se multiplicó y comenzó a retumbar en las paredes del pasillo, “el surgimiento del positivismo, y por la influencia de Gaos, que le dijo que no estudiara eso porque no leía griego ni latín, y entonces se preguntó cuál es el contenido filosófico-ideológico del mural de Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública. Y en parte bajo el espíritu de León-Portilla…” hasta que se cerró la puerta. Entonces sólo se escuchó la impresora de la esquina, frente al sillón negro, entre los salones 2245 y 2246, ése en el que duermen los alumnos durante el último mes de clases para no tener que regresar a casa.

El estudiante tanteó el rectángulo frío y delgado en la bolsa y volteó a revisar ambos extremos del pasillo. Cuando vio que estaba libre de sospecha, abrió la puerta frente al sillón, subió las escaleras, caminó hasta estar frente las oficinas de publicaciones, dio una vuelta a la izquierda y se apoderó de la banca frente al balcón. Procuró moverse con prisa, porque había salido de su clase con la excusa de ir al baño. Le gustaba esa banca porque estaba al aire libre, a esas horas le daba el sol y además estaba en el piso de oficinas, entonces podía cometer su crimen en santa paz. Sacó el rectángulo y oprimió el botón que tenía junto a la entrada para el cargador. En la esquina izquierda superior, el lector electrónico mostró la hora. Restaban cinco octavas partes de la clase de sociología, faltaba una hora y cuarto para el fin de semana, y tres días para volver a tener clase de redacción. En esa clase, el estudiante no se daba escapadas breves para leer por gusto. Por un instante, pasaron por su mente esas preguntas que lo molestaban desde que empezó la carrera, preguntas sobre pasiones no perseguidas, futuros, deudas, conformidades, su cobardía y mediocridad. Se repitió esas frases de autoconvencimiento sobre el prestigio de su universidad y el privilegio de estar ahí y logró callar sus preocupaciones por unos momentos.

Esos descansos duraban poco en el ocio contemplativo, entonces decidió seguir con su novelita para distraerse. Quería por lo menos acabar el capítulo, pero no seguirse, para que el Profesor M. no se preocupara. El estudiante lo admiraba, hasta lo respetaba, pero sentía que su clase merecía una atención que lo superaba, todavía más por dos horas seguidas. Aquél era un día especialmente difícil porque la clase había tenido algo que ver con el positivismo, no sabía qué. El estudiante perdió el hilo desde la semana pasada. Suspiró porque se sentía atrapado. En momentos como ese, le faltaba el aire. Sentía que este camino lo llevaría a ser un muerto vertical, un perfecto insensible productivo, intocado, frío e impoluto. El estudiante volvió a leer el título, Tres golpes de tristeza, una de esas novelitas que se han escrito sobre Mahler, y buscó la última palabra que había leído. Continuó con su lectura, como si el tiempo se solidificara entre los espacios blancos y las líneas negras:

«…ve el título del artículo en el periódico de la mañana, ‘Thousands mourn dead Fire Chief; Great Tribute to Kruger, who sacrificed his life in the Service’, y sospecha que la disonancia proviene de la muchedumbre que abruma la avenida gris e iluminada, aquélla que camina al lado de la oscuridad de Central Park, como un ejército que se confunde con un bosque. El compositor se asoma de la ventana del onceavo piso con suficiente fuerza para parecer que se quiere aventar de cara. Con sus manos aferrándose con firmeza al marco, ve la procesión fúnebre, lenta y rítmica, que honra al bombero caído. Así recordó cuando él tenía catorce años y su hermano favorito, Ernst, respiró por última vez. Gustav deseaba haberse sentado durante meses en la cama de su hermano pequeño, a su lado, con la esperanza de que no llegara su fin. Y llegó, como cualquier otro final. Todos a su alrededor siguieron con sus vidas. Nadie, salvo por él, estuvo de luto por el pequeño cadáver. Sólo esperaba que la muerte fuera capaz de otorgarle sentido a la vida. Y ahora, con la muchedumbre detenida abajo, el maestro de ceremonias da unos pasos adelante para decir unas palabras, enmudecidas por la distancia. El silencio es petrificante y redondo, como si durara un compás entero. Entonces lo rompe un niño —más diminuto aún desde el onceavo piso— que redobla, feliz y energético, un tambor, y Mahler toca en su mente los tres martillazos de su sexta sinfonía. Cada uno puede sobrevivir tres golpes al corazón y luego muere. ¿Cuántos había recibido él? Tal vez sólo aguantaría otro. El redoble acaba y él se da cuenta de que esto era distinto a su Sexta, algo de una profundidad emotiva suficiente para ser parte de otra obra, quizás su última. Pero el nuevo silencio mata su pensamiento. El sosiego intenso y palpable está tan impregnado de belleza y duelo que sus lágrimas como emoción cristalizada fluyen por sus pómulos de piedra caliza para caer once pisos y confundirse con la llovizna. Siente la suave mano blanca de Alma en su hombro, que intenta sacarlo de un lugar de soledad absoluta, voltea a verla y se quiebra en llanto por la inmediatez del amor, la vida, la alegría, la desesperanza y la muerte». 

El estudiante cerró el lector electrónico, y se sintió paralizado y empapado de empatía. Fue uno de esos momentos en los que algo resuena profundamente con la persona que lee y se tiene que tomar una pausa antes de regresar a la vida de la que escapó. Una vez más, ocultó el aparato en su sudadera y bajó al salón para evitar regaños. Abrió la puerta del salón 2244 y se volvió a romper el silencio del pasillo, ahora con un “le dijeron, es que profesor, usted está muy malo, necesita una dieta blanda y dejar de tomar. Ya deje de escribir cosas que lo alteren en la noche. Y entonces dijo que así no valía la pena vivir y se murió. José Ortega y Gasset, su amigo y casi casi…” El estudiante se infiltró hasta llegar a su asiento y comenzó a asentir y ver al Profesor M., como si supiera de qué hablaba. Se sintió avergonzado y culpable hasta que acabó la clase.

Cuando todos habían salido del salón, el estudiante guardó su aparato en la mochila, salió al pasillo y se encontró con el olor seco a tabaco de V., la profesora de español y redacción. Se saludaron, y la profesora, con una sonrisa juvenil que no tenía nada que ver con su edad, le ordenó que caminara con ella. Fue más una invitación imposible de rechazar que una imposición. Él intentaba grabar en su memoria todo lo que V. le decía y la acompañó gustoso. Pensaba que escuchar sus palabras, tan delicadas como definitivas, se asemejaban a tener mariposas anaranjadas entre las manos. Con un tono alentado y más cercano al murmullo que al habla, como si pesara cada letra contra sus alternativas, la profesora empezó a hablar. Ya terminé de leer el cuento que me prestó, dijo. No esperaba menos de una recomendación suya. Excelente y terrible: lo disfruté, es un texto sabroso. Ni se le ocurra dejar que alguno de sus compañeros más frágiles o inocentes lea nada de su Cărtărescu. Mucho menos cerca de los exámenes. Está como para deprimirse todas las vacaciones. Muy bueno. El estudiante se sintió orgulloso de que le hubiera gustado y disfrutó esa asociación, su Cărtărescu. Admitió para sus adentros que nunca había admirado a alguien tanto como a ella y recordó la vez en la que recitó Los dos reyes y los dos laberintos para corregir la gramática de Borges, de memoria.

Él pensó que quizás ese era un buen momento para compartirle sus dudas y pedirle consejo, pero antes de poder hacerlo, ella cortó su idea. ¿Ha leído algo de Cummings? La próxima semana le traeré una colección de poemas suyos, pero por ahora, busque i thank you God, para que no olvide respirar, descansar de sus profesores big-shot y pueda vivir de vez en cuando. Él estaba agradecido con V., mientras que medía sus pasos para que fueran tan graves y definitivos como los de ella. Profesora, dijo, inseguro, hay algo que quiero hablar con usted: llevo un tiempo pensando en cambiarme de carrera. Quizás a un programa de letras hispánicas o inglesas, pero todavía no acabo de decidirme. Sin sorpresa y con ternura, quizás con nostalgia en sus ojos, le detuvo en seco. Por favor no sea imbécil. Cuatro años no son nada, y después podrá hacer lo que quiera. Si quiere perseguir la literatura, por favor hágalo, yo le ayudo, pero en su tiempo libre y ya de lleno después de acabar sus estudios aquí. Y el estudiante intentó defender su postura con una voz cada vez más delgada. Pero creo que me podría empapar en literatura de una forma más completa si me dedicara a estudiarla formalmente. Además, en algún momento tengo que apropiarme de mi vida. Para ese entonces, ya habían alcanzado el elevador, ella presionó el botón, se abrieron las puertas y entraron. Él seguía esperando una respuesta mientras que ella intentó ocultar un ataque de tos.

 Se volvieron a abrir las puertas y salieron al pasillo del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, que sólo ofrecía posgrados. Con sus ojos perdidos y una mueca de arruga a arruga, ella abrió la puerta de su cubículo, tapizada de fotos de bustos griegos y otros hombres guapos, desde Harrison Ford y Marlon Brando, hasta Pericles y Alcibíades, y salió despavorido el olor de tabaco que permeaba todo lo que ella tocaba. Entró a su guarida y se sentó frente a su escritorio, que estaba cubierto de ensayos sin calificar, reseñas por leer y otras curiosidades impresas. A pesar de que iba a su cubículo cada semana, el estudiante seguía impresionado por sus libreros rebosantes de diccionarios de griego y latín, sus volúmenes de poesía del Siglo de Oro, y sus innumerables tomos de filología hispánica y filosofía clásica, todos en rojo, azul y verde. Ella esculcó en los papeles para encontrar una hoja. El estudiante la recibió con confusión y sólo la leyó hasta un año después, por miedo y dolor. Si le interesa aprender a escribir cuentos, lea a Chéjov. Si quiere aprender a leer cuentos, entonces tendrá que leer las Novelas Ejemplares. Pero si lo que busca es dominar la gramática y la redacción, yo le enseño todo lo que pueda enseñarle. Empecemos el lunes, dijo la profesora, con confianza y sin pretensiones. Él sabía que lo decía en serio y estuvo eufórico por la posibilidad de que le dé clases uno a uno. La hoja de papel era una lista de libros, y la profesora le dijo que la discutirían otro día. Tengo que irme, pero no olvide bailar esta noche. Relájese un poco. ¿Le veré la próxima semana?, preguntó V., sin necesitar la respuesta.

Ella se empezó a preparar para su próxima clase y él salió del cubículo sintiéndose vivo e intoxicado. Con prisa, regresó a casa para contar los segundos que faltaban para el lunes. La profesora V. nunca llegó. Seguramente fue cáncer de pulmón. La pérdida fue insoportable. Cuando él menos lo esperaba, ella se había ido para siempre. Y su partir dejó un vacío en su vida, un hueco que absorbía la luz. Se quedó sin refugio ni escapatoria. El miércoles, el estudiante prestó atención en su clase de sociología.

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