Narrativa

Caro

Su nombre era Belén Carolina, pero nunca quiso usarlo. No me sorprendió descubrir, años después, que había empezado a referirse a sí misma de otra forma.

Era una niña de ojos rasgados y oscuros. Cuando abría la boca evidenciaba dos cosas: tenía los dientes amarillos y un retraso en el habla. No podía articular bien, la voz se le atoraba en la garganta y hablaba hacia adentro. Era una alumna torpe, la peor en matemáticas. Lloraba cuando nos daban los resultados de los exámenes, las tareas, los ejercicios de geometría que hacíamos en hojas cuadriculadas. Quería que la llamáramos Freddie, como Freddie Mercury, pero no lo hacíamos porque un día la maestra escuchó que alguien le pedía un lápiz a Freddie y se escandalizó. Le decíamos Caro.

Durante los recreos Caro comía sándwiches envueltos en aluminio y fruta oxidada. Se sentaba en la misma banca todos los días y nadie quería acercársele porque siempre cargaba novedades sombrías. Tenía el aura pesada y nosotras soñábamos con tener novio, caminar por el centro y acampar en las playas fronterizas, donde dicen que el sol se desploma en segundos, como pelota en caída libre, y a la luz tibia del atardecer la suceden ráfagas de viento helado y áspero.

Caro repelaba. Para ella no había futuro. No se imaginaba en otros lados ni haciendo otras cosas. Su semblante enfadado se volvía siniestro cuando despertaba con alarmantes granos bulbosos que se multiplicaban en su nariz ancha. Pesada y con fatiga, Caro reptaba por los pasillos como si sus zapatos estuvieran llenos de guijarros, y su joroba absorbía toda nuestra diversión.

Un día fue a la secundaria con pantalones y la madre Teresa se enojó. Después de exhibirla y amonestarla por su apariencia varonil, la madre la encerró en el armario de limpieza y ahí la dejó todo el día, en la oscuridad, con las escobas, los trapeadores y los líquidos detergentes, porque nosotras no sabíamos que la había olvidado, creímos que sólo se trataba de un castigo excesivo y cruel. A la una cuarenta y cinco, cuando sonó el timbre de salida, la madre Teresa dejó caer el gis mientras apuntaba la tarea en el pizarrón, dijo ¡Madre santísima! y corrió al armario, donde encontró a Caro hecha ovillo en una esquina, con lágrimas corriéndole por las mejillas, y ella le echó una mirada de reproche que, ahora sí, le refrescó la memoria cada tanto hasta el día de su muerte.

Otro día llegó a la escuela con el pelo empapado de gel. Nos dijo que se había peinado con el rizador de su madre y que ella la había jalado al lavabo. Después de sumergirle la cabeza en agua fría, la señora le endureció la cabellera con el líquido pegajoso y hediondo del frasquito para castigarla por su vanidad. No supimos cómo consolarla. Mague le preguntó por qué se había rizado el pelo, si los chinos eran tan feos. Era cierto. Fátima tenía una mata espesa de rulos, un nido de pájaros sobre su cabeza de tabique, y todas sabíamos que era la niña más fea del salón.

No respondió. Suspiró y fue a sentarse a su banca, miserable.

Nunca vimos al señor. Caro evitaba hablar de él y se turbaba si alguien mencionaba a su propio padre. Retorcía las manos sudadas bajo el pupitre con desesperación y se quedaba callada, esperando a que la conversación virara a temas más agradables. Solía contemplar a los hombres que atravesaban el portón metálico del colegio, los electricistas y los plomeros que revisaban los desperfectos de las instalaciones, los administrativos que caminaban junto a las monjas con aire de importancia. La maestra dictaba verbos frente al pizarrón y Caro espiaba por un cachito de la ventana, un triángulo de fondo rojo por el que atisbaba pares de zapatos lustrosos. Las carcajadas la enloquecían. Pedía permiso para ir al baño y en el camino observaba fijamente a los caballeros de bigotes bien peinados, los que dejaban un tufillo a colonia en el aire. A su regreso hacíamos bolitas de papel y las lanzábamos a su espalda, riéndonos, y ella dejaba caer una cortina de pelo para que no le adivináramos el pensamiento.

Sus padres estaban separados, pero no se habían divorciado. El señor enviaba cheques por quincena y la señora era una mujer despuntada y rigurosa. Era escritora. Varias veces nos tocó leer cuentos suyos en el libro de español de la SEP. “La sopa de letras de Josefa”. “El tío Alberto está enojado”. Mi favorito, “La nutria que se zambulló en el fin del mundo”. Eran historias maravillosas. La maestra hacía énfasis en la identidad de la autora y le sonreía a Caro con complicidad desde su escritorio, como si creyera que para ella era un placer subrayar el nombre materno con el dedo índice, saborear el sonido de la tinta negra y nítida en su lengua. Pero Caro no podía leer ni un párrafo de corrido. Su lectura en voz alta era atroz, todavía más lo eran sus mejillas radiantes de humillación que nos obligaban a apartar la vista.

Caro creció con un aya. Así empezó a llamar a doña María cuando leímos fragmentos de El jardín secreto. Doña María era una mujer gorda y amable. Tenía cejas tupidas y oscuras como gusanos quemadores. Durante las asambles hurgaba en las profundidades de sus bolsillos manchados de aceite, donde escondía dulces de cajeta, y nos tendía los envoltorios rojos de celofán guiñando el ojo con rapidez. La mano rechoncha volvía al regazo acogedor y se engarrotaba, aprensiva, cuando era el turno de Caro de subir a la tarima. Doña María vino a todos los bailables hasta que se murió. La atropellaron en el centro, frente a la refresquería que está en la calle Vicente Guerrero, un día que fue a la Parisina a recoger unas telas. Eso lo supimos por El Norte, que publicó una breve nota con el título “Atropella camión a muchacha en el centro”. Caro no fue a la escuela ese día, ni el siguiente, ni toda la semana. Se apareció el lunes próximo, y durante los honores a la bandera vimos cómo enjugaba lágrimas con su brazo tembloroso en el suéter del colegio, llenando de mocos la manga azul marino. Tenía doce años y su madre pensó que ya no necesitaba que la cuidaran, así que se quedó sola, sin aya.

Le perdí la pista después de la secundaria, entre el torbellino de niñas que dejaban la escuela, se emparejaban con novios más grandes o se iban a la ciudad con sus primas.

La vi una sola vez, en el cine. Iba saliendo del brazo de Antonio. Habían proyectado Abismos de pasión en el parque de béisbol. Era la primera vez que veíamos algo así. Los besos de lengua. Los abrazos apretujados. La promesa de muerte ante la terrible posibilidad del amor perdido. Antonio se inclinaba, cariñoso, hacia mí, me susurraba frases tiernas y yo lo escuchaba, nerviosa, cuando la vislumbré junto a la verja de entrada. Vi su cabellera larga y negrísima. Luego escuché su voz inconfundible. La taquillera tenía una mano huesuda sobre su hombro y la guiaba hacia la salida con suavidad, ignorando sus protestas enfadadas. Entendí, por la escena, que la mujer se negaba a venderle un boleto para la siguiente función. Creía que Caro tenía retraso mental.

Apenada, jalé el brazo de Antonio para que se diera la vuelta y saliéramos por otro lado. No mencioné siquiera su nombre.

Seguido me hallaba pensando en ella de la manera más mezquina posible: enumeraba sus defectos y sus desgracias, y luego me sentía ventajosa, más libre y querida que la pobre Caro.

Fue mamá quien, en una llamada, me contó que se la había encontrado en el mercadito, el primer sábado después de Navidad. Dijo que la había visto muy cambiada, más blanca y ojerosa, con el pelo a rapa y aretes grandes, aunque antes fue tan recatada y sobria. Era un cambio radical para una mujer que ya insinuaba arrugas. Dijo que Caro puso una expresión muy rara cuando ella la saludó, que la agarró del codo y le pidió que la llamara Rosario, ya nadie la llamaba Caro. Aquí mamá se murió de risa en el teléfono y tuve que alejar el auricular hasta que se compuso. Se da lujos de rica pero ni sabe hablar, dijo, qué bárbara.

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